Acabamos de revivir
la pasión de Jesús, según la historia que
nos ha dejado san Mateo, procuremos que nos se nos resbale, abramos
el odio y el corazón tal y como nos lo ha aconsejado la
primera lectura. También, a cada uno de nosotros el Espíritu
del Señor nos ha hablado al oído, meditemos, pensemos:
¿qué nos está diciendo? ¡Puertas, ábranse de par en par; agrándense portones eternos,
porque va a entrar el Rey de la gloria! (Sal 24, 7.9).
Mis
amados hermanos y hermanas: así canta hoy toda la Iglesia, así
hemos cantado y recibido al Señor que entró en procesión al Templo.
Con aclamaciones y felicitaciones. Estamos entrando también nosotros con el Salvador a la Semana
Santa, a la Semana Mayor, a la Semana Grande. Que recuerda actualizando
su obra redentora. Es importante, mis amados hermanos y hermanas,
que no nos quedemos, esta semana, sólo en la exterioridad de
los signos doloristas, sentimentales y mucho menos folklóricos
de las representaciones de la pasión. Muchas veces esas representaciones
no producen un efecto diferente de lo que produce la tragedia
representada en el teatro: sólo catarsis o proyección de "nuestros
dramas interiores y de situaciones sociales" (Javier
Garrido, Seguir a Jesús en la vida ordinaria, Verbo Divino, 77).
Mis hermanos y hermanas muy queridos, al iniciar la Semana
Mayor, entremos con Jesús en el drama humano-divino en
el que se conjugan, precisamente, estos dos extremos: el pecado
y la salvación. Contemplemos la fidelidad misericordiosa
de Dios que, asumiendo al hombre, tal como es, en la persona
de su Hijo, es decir, con todo y su pecado, lo dignifica con
el perdón y la gracia que lo salva, lo acerca definitivamente
a Él, para liberarlo de sus pecados, para sanarlo radicalmente,
para hacerlo plenamente feliz. A esto vino Jesús, mis amados
hermanos y hermanas, el Cristo, al mundo. A eso entró a
Jerusalén y se ha quedado en medio de nosotros.
No tiene sentido, entonces, mis hermanos y hermanas, que nos detengamos
en la compasión, sino en la gratitud y en la adoración. Porque
Cristo en su pasión y en su cruz, pero, también, en su
resurrección, asume nuestras frustraciones; asume nuestras
esperanzas; asume nuestras ilusiones; nuestras mentiras y nuestra
lucha por la verdad y la paz; nuestro desprecio por la
vida y la justicia con la entrega generosa de nuestra fe y
nuestro amor.
Es ahí, mis amados hermanos y hermanas, es ahí en
su cruz y su la resurrección donde nos crucificamos también
nosotros, nos crucificamos con Él, junto con nuestros vicios y
con nuestro deseos de ser virtuosos; deseos puestos por Él
en el fondo de nuestro ser y que no dejamos aflorar. Esta semana,
mis hermanos y hermanas, es la oportunidad de experimentar
vivamente nuestra miseria, es una semana, para experimentar vivamente
nuestros pecados, transformados por la gracia redentora del Señor
a causa de salvación para la vida eterna.
Es, después de todo, mis amados hermanos, lo que celebramos
cada misa durante todo el año, particularmente en los domingos
especialmente.
Quiera nuestra Muchachita y Dulce Señora refugio de
pecadores y quien contempla misericordiosamente nuestras miserias
acompañarnos en el camino de la cruz hasta la gloria
de la resurrección de su Hijo. Amén.