Hermanas y hermanos muy queridos en
Cristo:
Hoy es la fiesta del amor. Esta tarde
entramos a la celebración del Misterio central de la fe cristiana.
Es una fiesta que a partir del domingo se prolongará por cincuenta
días para celebrar al Espíritu de Dios en Pentecostés.
Jueves Santo es día del amor; pero no de un amor cualquiera,
ni siquiera de un amor enamorado, sino de un amor extremado,
de un amor entregado, de un amor que romper todas las medidas
y cuidados.
Fue el amor que manifestó Jesús a sus
discípulos, de mil formas y signos, y que él ofreció al mundo como la señal de su
presencia, como signo de identidad de sus discípulos y
como camino de salvación para todos.
Nos interesa vitalmente saber como
amó Jesucristo, porque ésa es nuestra asignatura pendiente,
la única de la que seremos examinados “en la tarde de la vida”
(cf Mt 25; S Juan de la Cruz); es nuestra Suma Teológica y
espirtual. Cristiano es el que ama como Jesucristo, dicho
más humildemente, el que se esfuerza por vivir el amor de Jesucristo.
A mayor amor, mejor cristiano. Si el amor fuera como el de Jesucristo,
seriamos otros Cristos.
Pero antes tendríamos que decir: cristiano
es el se que deja amar por Jesucristo; cristiano es el que
ha conocido el amor que Dios nos tiene y ha creído en él (cf.
1 Jn 4,16); un Dios que nos ha amado tanto que “envió al mundo
a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4,9).
Si nos abrimos a su amor, viviremos en-namorados y podremos amar
y amarnos como él amó y nos amó.
La estampa de Jesús, el Señor, lavando
los pies a sus discípulos es impresionante. Esa imagen vale,
si, por miles de discursos. Desde que Jesús lavó los pies de sus
discípulos entendemos mejor la humildad y maternidad de Dios.
Desde que Jesús lavó los pies de sus discípulos aprendemos que
el cristiano no puede dejar de servir. Desde que Jesús
lavó los pies de sus discípulos nos esforzaremos por celebrar
la Eucaristía después de haberse dejado lavar el corazón.
Lo he hecho, ¡para que lo hagan
también ustedes! He vivido amando del todo, ¡para que ustedes
también amen del todo! He dado la vida para que la den amando
hasta el extremo. El discípulo es aquel que encuentra la plenitud
de su vida en esta plenitud de amor de su Maestro y Señor. El
discípulo vive de la Eucaristía, de esta obra ininterrumpida
del amor de Dios que hace posible lo que para nosotros, los
seres humanos, nos hubiera sido completamente imposible. Sin
la Eucaristía, la Iglesia, no sería nada; el discípulo no
pasaría de ser un atrevido que quiere vivir algo que tan sólo
el Espíritu de Dios puede realizar.
Mis hermanos la Eucaristía no
es creación humana ni viene de la tradición judía, es institución
verdaderamente cristiana. Pablo explica las palabra y los
gestos de Jesús, en la segunda lectura que hemos proclamado de
la 1ª Cor. 11, 23-26.
Pablo sería el segundo anillo de la
cadena que ha llegado hasta nosotros: <<Yo he recibido
una tradición (2) que procede del Señor (1) y que a mi vez, les
he transmitido (3)>>. Es la tradición mejor conservada
y transmitida: el pan partido y el cáliz, el cuerpo y la sangre
del Señor.
Iglesia, Eucaristía, Caridad, para
una vida nueva, para un Reino nuevo. Este es el misterio del Jueves Santo
que anticipa lo que será realidad en la culminación de la Pascua.
Desde ella los apóstoles comprenden todo el alcance del gesto
del Señor: “¿Comprenden lo que he hecho con ustedes?”. El
ministerio ordenado nace de este gesto del Señor y está totalmente
al servicio de hacer presente al Señor Jesús a favor de la Iglesia
y del mundo. ¡Para que todo sea nuevo! Hacer presente al
único sacerdote celebrando “aquella misma memorable Cena en que
tu Hijo, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia
el banquete de su amor, el sacrificio nuevo de la alianza
eterna (oración colecta).
No debe extrañarnos, pues, que hoy
sea el día de la Eucaristía, y también el día del Orden
sacerdotal, y el día de la Caridad.
Como afirma san Pablo en la segunda
lectura, es la tradición que ha recibido para celebrar su memorial.
¡Y esta tradición viene del Señor! Ya no es tan sólo el
memorial que debemos celebrar con una peregrinación, como una
institución perpetua, como decía la lectura del Éxodo. Es infinitamente
más, porque cada vez que celebramos “se realiza la obra de
nuestra redención” (oración sobre las ofrendas), hasta que
vuelva: ¡Ven, Señor Jesús!
La
Pascua judía actualizaba el día memorable
en que Dios pasó por Egipto a fin de liberar a su pueblo.
Se recordaban las amarguras de la esclavitud, las prisas esperanzadas
de los ácimos, la sangre liberadora del cordero y el banquete
de bendición y acción de gracias.
Jesús da un nuevo significado a las palabras,
los signos y la realidad. Ahora hablamos de otro paso, de otra
libertad, de otra inmolación del cordero, de otra presencia de
Dios en medio de su pueblo.
Ahora nosotros, con el pensamiento
y el corazón puestos en la estampa de la Última Cena y con una
actitud muy receptiva, nos ponemos en la escuela de la mesa
de Jesús: queremos asimilar las lecciones que de ella nos
llegan.
Sentarnos todos juntos en la mesa con
Jesús es realizar su gran proyecto de nueva humanidad,
la gran utopía de Jesús es una mesa festiva de comedor familiar
que nos reúne a todos a su alrededor. El siempre dijo que
su Reino es como un banquete al cual estamos invitados, sin distinciones.
Un banquete que empieza aquí y que será eterno en la casa del
Padre. Participar en el depende sólo de nosotros, tan inclinados
a buscar excusas, tan fascinados por nuestras pequeñas cosas.
La Iglesia, a fin y al cabo, es esto: una mesa
que da sentido de mesa a toda la vida. Y nosotros, a los invitados
a la fiesta y, al mismo tiempo, los enviados a anunciarla a todos
para hacerles llegar la invitación del Señor. La Eucaristía de
cada día y particularmente de cada domingo actualiza y dinamiza
su memorial.
Que Dios nos conceda que el amor, su
amor, en el que somos invitados a participar en este banquete
sagrado, no se quede en meros buenos deseos o en proyectos
demasiado generales o abstractos o románticos, sino en un proyecto
concreto de encuentro, cada véz más profundo, con Dios y con
aquellos con quienes compartimos diariamente la vida. Que así
sea.