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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Jueves Santo.

20 de marzo de 2008

“LA EUCARISTÍA, ACTUALIZACIÓN DEL AMOR”

Hermanas y hermanos muy queridos en Cristo:

Hoy es la fiesta del amor. Esta tarde entramos a la celebración del Misterio central de la fe cristiana. Es una fiesta que a partir del domingo se prolongará por cincuenta días para celebrar al Espíritu de Dios en Pentecostés.

Jueves Santo es día del amor; pero no de un amor cualquiera, ni siquiera de un amor enamorado, sino de un amor extremado, de un amor entregado, de un amor que romper todas las medidas y cuidados.

Fue el amor que manifestó Jesús a sus discípulos, de mil formas y signos, y que él ofreció al mundo como la señal de su presencia, como signo de identidad de sus discípulos y como camino de salvación para todos.

Nos interesa vitalmente saber como amó Jesucristo, porque ésa es nuestra asignatura pendiente, la única de la que seremos examinados “en la tarde de la vida” (cf Mt 25; S Juan de la Cruz); es nuestra Suma Teológica y espirtual. Cristiano es el que ama como Jesucristo, dicho más humildemente, el que se esfuerza por vivir el amor de Jesucristo. A mayor amor, mejor cristiano. Si el amor fuera como el de Jesucristo, seriamos otros Cristos.

Pero antes tendríamos que decir: cristiano es el se que deja amar por Jesucristo; cristiano es el que ha conocido el amor que Dios nos tiene y ha creído en él (cf. 1 Jn 4,16); un Dios que nos ha amado tanto que “envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él” (1 Jn 4,9). Si nos abrimos a su amor, viviremos en-namorados y podremos amar y amarnos como él amó y nos amó.

La estampa de Jesús, el Señor, lavando los pies a sus discípulos es impresionante. Esa imagen vale, si, por miles de discursos. Desde que Jesús lavó los pies de sus discípulos entendemos mejor la humildad y maternidad de Dios. Desde que Jesús lavó los pies de sus discípulos aprendemos que el cristiano no puede dejar de servir. Desde que Jesús lavó los pies de sus discípulos nos esforzaremos por celebrar la Eucaristía después de haberse dejado lavar el corazón.

Lo he hecho, ¡para que lo hagan también ustedes! He vivido amando del todo, ¡para que ustedes también amen del todo! He dado la vida para que la den amando hasta el extremo. El discípulo es aquel que encuentra la plenitud de su vida en esta plenitud de amor de su Maestro y Señor. El discípulo vive de la Eucaristía, de esta obra ininterrumpida del amor de Dios que hace posible lo que para nosotros, los seres humanos, nos hubiera sido completamente imposible. Sin la Eucaristía, la Iglesia, no sería nada; el discípulo no pasaría de ser un atrevido que quiere vivir algo que tan sólo el Espíritu de Dios puede realizar.

Mis hermanos la Eucaristía no es creación humana ni viene de la tradición judía, es institución verdaderamente cristiana. Pablo explica las palabra y los gestos de Jesús, en la segunda lectura que hemos proclamado de la 1ª Cor. 11, 23-26.

Pablo sería el segundo anillo de la cadena que ha llegado hasta nosotros: <<Yo he recibido una tradición (2) que procede del Señor (1) y que a mi vez, les he transmitido (3)>>. Es la tradición mejor conservada y transmitida: el pan partido y el cáliz, el cuerpo y la sangre del Señor.

Iglesia, Eucaristía, Caridad, para una vida nueva, para un Reino nuevo. Este es el misterio del Jueves Santo que anticipa lo que será realidad en la culminación de la Pascua. Desde ella los apóstoles comprenden todo el alcance del gesto del Señor: “¿Comprenden lo que he hecho con ustedes?”. El ministerio ordenado nace de este gesto del Señor y está totalmente al servicio de hacer presente al Señor Jesús a favor de la Iglesia y del mundo. ¡Para que todo sea nuevo! Hacer presente al único sacerdote celebrando “aquella misma memorable Cena en que tu Hijo, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el banquete de su amor, el sacrificio nuevo de la alianza eterna (oración colecta).

No debe extrañarnos, pues, que hoy sea el día de la Eucaristía, y también el día del Orden sacerdotal, y el día de la Caridad.

Como afirma san Pablo en la segunda lectura, es la tradición que ha recibido para celebrar su memorial. ¡Y esta tradición viene del Señor! Ya no es tan sólo el memorial que debemos celebrar con una peregrinación, como una institución perpetua, como decía la lectura del Éxodo. Es infinitamente más, porque cada vez que celebramos “se realiza la obra de nuestra redención” (oración sobre las ofrendas), hasta que vuelva: ¡Ven, Señor Jesús!

La Pascua judía actualizaba el día memorable en que Dios pasó por Egipto a fin de liberar a su pueblo. Se recordaban las amarguras de la esclavitud, las prisas esperanzadas de los ácimos, la sangre liberadora del cordero y el banquete de bendición y acción de gracias.

Jesús da un nuevo significado a las palabras, los signos y la realidad. Ahora hablamos de otro paso, de otra libertad, de otra inmolación del cordero, de otra presencia de Dios en medio de su pueblo.

Ahora nosotros, con el pensamiento y el corazón puestos en la estampa de la Última Cena y con una actitud muy receptiva, nos ponemos en la escuela de la mesa de Jesús: queremos asimilar las lecciones que de ella nos llegan.

Sentarnos todos juntos en la mesa con Jesús es realizar su gran proyecto de nueva humanidad, la gran utopía de Jesús es una mesa festiva de comedor familiar que nos reúne a todos a su alrededor. El siempre dijo que su Reino es como un banquete al cual estamos invitados, sin distinciones. Un banquete que empieza aquí y que será eterno en la casa del Padre. Participar en el depende sólo de nosotros, tan inclinados a buscar excusas, tan fascinados por nuestras pequeñas cosas. La Iglesia, a fin y al cabo, es esto: una mesa que da sentido de mesa a toda la vida. Y nosotros, a los invitados a la fiesta y, al mismo tiempo, los enviados a anunciarla a todos para hacerles llegar la invitación del Señor. La Eucaristía de cada día y particularmente de cada domingo actualiza y dinamiza su memorial.

Que Dios nos conceda que el amor, su amor, en el que somos invitados a participar en este banquete sagrado, no se quede en meros buenos deseos o en proyectos demasiado generales o abstractos o románticos, sino en un proyecto concreto de encuentro, cada véz más profundo, con Dios y con aquellos con quienes compartimos diariamente la vida. Que así sea.

 
 
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