Mis amados hermanos y hermanas, todos.
Hoy con la imposición de la ceniza comenzamos el tiempo de
la Cuaresma. Dispongámonos a escuchar con atención la voz del
Señor que nos dice: “Ahora conviértanse a mí de todo corazón,
no endurezcan su corazón. Vivamos esta cuaresma 2008, para
que también, podamos vivir en este año la Pascua 2008. “Les
pido que se reconcilien con Dios”, nos ha dicho ya, san Pablo.
Miren, mis hermanos, y hermanas, la Cuaresma sitúa nuestra
conversión en un período muy concreto; el que va desde hoy hasta
la Pascua. La noche de aquel día renovaremos nuestros compromisos
bautismales. De cómo vivamos la Cuaresma dependerá la autenticidad
y la profundidad de nuestra Pascua.
El Bautismo, es el sacramento de la primera conversión, ahora
bien, no siempre los bautizados llevamos una vida de convertidos.
Frecuentemente vivimos una fe tibia, una fe poco consecuente,
sin tensión espiritual, incluso, mis amados hermanos, algunos
santos han dejado constancia de esa situación, por ejemplo: santa
Teresa de Ávila, esta gran mística, explica que experimentó una
larga etapa de enfriamiento cuando ya era religiosa y resume así,
lucidamente el resultado: no gozaba de Dios, ni encontraba
el consuelo del mundo.
Mis amados hermanos y hermanas, ¿no es esto lo que a veces
nos pasa, también, a nosotros? No gozaba de Dios, ni encontraba
el consuelo del mundo. Gozamos poco a Dios, disfrutamos poco,
no entramos en el misterio de Dios. La primera conversión debe
ir seguida de otras y otras y otras, la vida cristiana es un proceso
de conversión continua.
Miren, mis amados hermanos, la Palabra de Dios que hemos proclamados
este día de Ceniza, contiene una insistente llamada a la conversión:
“Conviértanse al Señor su Dios”, hemos escuchado en la
primera lectura, tomada del libro de Joel. “Les pido que se
reconcilien con Dios”, es la exhortación que nos dirige san
Pablo en su segunda carta a los Corintios, en la segunda lectura.
Y también la oración colecta ahonda en esta dirección, que nos
mantengamos en espíritu de conversión. Una conversión que se plasma
en la práctica con la autenticidad de la oración, del ayuno y
de la limosna, tal como nos ha escrito Jesús esto en el trozo
del Evangelio de san Mateo, que forma parte de la profundización,
concretización de lo que escuchábamos el domingo pasado en las
Bienaventuranzas. Y el Señor Jesús insiste: no para ser visto
por los hombres, sino para que sea Dios quien lo perciba.
Este camino clásico de la penitencia cuaresmal intenta renovar
a la persona en sus tres relaciones vitales, en nuestras relaciones
con Dios, en nuestras relaciones con los demás y en nuestras relaciones
con uno mismo. Así la oración abre nuestro corazón a Dios, en
la Cuaresma debiéramos cuidar, intensificar, nuestra oración personal,
nuestra oración cuaresmal comunitaria; incluso, mis hermanos,
tenemos retiros cuaresmales, pláticas, charlas espirituales intensas,
en muchas partes en este tiempo.
El ayuno es el camino para renunciar a tantas cosas superfluas
que invaden nuestro corazón. Nuestro corazón parece una bodega
llena de cosas y más cosas y es tiempo de vaciarlo, para que el
Señor nos llene con su gracia, con la fuerza de su Espíritu. La
Cuaresma deberá servirnos para analizar nuestro interior, ver
lo que alberga nuestro corazón y descubrir de qué debo ayunar
para dejar espacio para Dios.
Y la limosna, nos hace mirar a los demás y dejar de lado a
nuestro egoísmo innato, dar y compartir nuestro dinero, dar y
compartir las cosas, el tiempo, nuestras capacidades, nuestras
cualidades.
Hermanos, a la luz de la Palabra que hoy hemos proclamado,
preguntémonos, ¿cómo voy hacer esto? ¿cuándo voy hacer estas prácticas?
¿con quién voy a realizarlas? El Evangelio, el Señor Jesús en
el Evangelio, nos insiste, trata de tres caminos de conversión
y toda la Cuaresma va a ser un volver y volver sobre estos tres
caminos: ¿cómo oró?, ¿cómo ayuno?,¿cómo doy limosna? Tendemos
a estar muy pendientes de nosotros mismos, a mirarnos mucho, estamos
llenos de nuestro yo, hasta el punto de tener la impresión de
que en nuestra vida a menudo; agitada, inquieta, ya no cabe nada
más, ni siquiera Dios.
Ahora se trata de girarnos, de ponernos, diríamos, de espaldas
a nosotros mismos, de abrir en nuestra vida, demasiado cerrada,
las tres ventanas que nos propone hoy el Evangelio. Abrir estas
tres ventanas, para que entre ese aire fresco del Espíritu y nos
renueve y nos transforme, porque es el Espíritu el que nos va
a renovar, el que me va a llevar al desierto, como lo vamos a
contemplar el próximo domingo. A Jesús que es llevado por el Espíritu
Santo al desierto y ahí es tentado.
Mis hermanos, que el Espíritu Santo venga sobre nosotros en
abundancia y abramos estas tres ventanas que nos propone Jesús
en el Evangelio. La primera debe permitirnos ver al otro, al necesitado.
Esto no es fácil, la experiencia enseña que todo mundo ve lo que
quiere ver. Convertirse es ver al otro y darse a él: dar limosna,
en lenguaje clásico; ponerse a favor de los pobres, en el lenguaje
de hoy. Dos matices que no se excluyen; el primero debe llevar
al segundo, lo importante, mis hermanos, es hacer camino.
La segunda ventana lleva a Dios directamente, es a Él con su
gracia que nos convertimos, en Él vivimos, en Él nos movemos,
en Él existimos, que no se nos disipe su presencia. Debemos reservar
espacio, en esta Cuaresma y según las posibilidades de cada uno,
a la conversación íntima y personal con el Señor; a la lectura
reflexiva, sobretodo de la Palabra de Dios; a la participación
en los sacramentos en una manera más viva y constante, sobretodo
en la Sagrada Eucaristía, en el Sacramento de la Reconciliación.
Miren, mis hermanos, de todo ello obtenemos la fuerza para convertirnos,
a la vez que es ya parte de nuestra conversión.
Por la tercera ventana descubrimos el valor de sobriedad, que
modera nuestro afán de suficiencia, ayuda a los pobres y nos hace
imitadores de Jesús. Cuando unimos ayuno y limosna, no damos lo
que nos sobra, sino aquello de lo que nos privamos. Tradicionalmente,
mis hermanos, el ayuno hace referencia a la comida y a la bebida,
pero hay otras adicciones poco controladas que nos quitan libertad,
pensemos de que vamos ayunar; a lo mejor hay que ayunar de televisión;
ayunar de radio; de tantos ruidos, qué se yo, cada uno de nosotros
debe saber de que va ayunar, ayunar de criticar, ayunar de murmurar.
Todos estos son ayunos que el Señor quiere que revisemos. Ayunar,
mis queridos hermanos, es mantener una actitud crítica de resistencia
efectiva en medio de las inevitables presiones del consumismo.
Del texto evangélico se deduce que en el ámbito de Jesús y
a diferencia del nuestro, la limosna, la oración y el ayuno eran
tres valores socialmente reconocidos, hasta podían usarse para
hacerse ver, para hacerse notar, por eso el Señor enseña de qué
manera y con qué intensión hay que practicarlo. Dice el Señor
Jesús: “Ve” y nos hace dar cuenta así de dos posibles
escenarios donde proyectamos nuestras buenas obras. El primero
es el ámbito de los hombres; el de la pura imagen diríamos hoy;
el de los hipócritas que salen a las calles a toque de trompetas,
en busca de alabanzas humanas; en busca de la exhibición; que
todo mundo los vea; que todo mundo los aplauda; que todo mundo
los reconozca. En el pecado encuentran la penitencia, no pasan
de ahí, “ya tienen su recompensa”, dice el Señor, “ya
tienen su recompensa”. El otro es el ámbito del Padre, un
ámbito secreto donde sólo el puede ver, en este se mueven bien
aquellos que cuando dan con la mano derecha, no lo sabe ni su
mano izquierda, los que rezan sin exhibirse, los que ayunan con
aspecto alegre ofreciendo a los demás un rostro limpio y perfumado,
sin cansárseles con tantas moralinas y tantos sermones, que a
veces se nos ocurre darles.
Mis amados hermanos, Jesús conocía bien este ámbito, el de
los adoradores en espíritu y en verdad y gozaba de él, especialmente
cuando se retiraba a orar, los evangelios nos hablan frecuentemente
de que Jesús se retiraba a orar de noche en la montaña preferentemente.
Mis hermanos, es el ámbito donde debe producirse nuestra conversión.
Que nuestra Niña y Muchachita, Santa María de Guadalupe interceda
por nosotros, para que de verdad realicemos la conversión que
Dios quiere y espera de nosotros y vivamos intensamente la Pascua
del Señor.
Que así sea.