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Homilía
de Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad de Pentecostés.

11 de mayo de 2008

PENTECOSTÉS, FIESTA DE LA COMUNIÓN CRISTIANA

Muy queridos hermanos y hermanas: “El Espíritu del Señor ha llenado toda la tierra; Él da unidad a todas las cosas y se hace comprender en todas las lenguas”. Así lo afirma toda la Iglesia el día de hoy con las palabras que abren la celebración litúrgica y que toma del libro de la Sabiduría.

Esta antífona de entrada resume perfectamente el sentido de esta gran celebración con la que culmina la Pascua. Es como su corona, puesto que nos lleva a contemplar la obra de Dios realizada por Jesucristo con la presencia permanente del Espíritu. En efecto, mis amados hermanos y hermanas, todo comenzó con la acción fecunda del Espíritu en el vientre virginal de María, la madre de Jesús. No podía culminar de otra manera, ya que el Espíritu Santo, según nos lo hace entender san Lucas en su evangelio, acompañó toda la vida y la obra de Jesús.

La Iglesia, mis hermanos y hermanas, es también obra del Espíritu. Podríamos decir que en la fiesta de Pentecostés celebramos que ella nace también por obra del Espíritu. Él es como el hilo conductor de la obra de la salvación: estuvo presente en la vida de Jesús, desde su nacimiento y está  también poderosamente presente en el de la Iglesia.

Pero creemos, queridos hermanos, que el Espíritu Santo, así como en la vida y obra de Jesús estuvo siempre presente, así también está desde entonces en la vida y en la misión de la Iglesia. Por eso, así como Jesús enseñó, curó, sanó a cuantos se presentaron ante Él o le llevaron para recibir algún beneficio suyo, así también la Iglesia, representada en la narración evangélica y en los Hechos por la persona de los apóstoles, está capacitada para sanar, está capacitada para curar y poner al alcance de todos la salvación. Para eso el resucitado concede a sus apóstoles y por su medio a su Iglesia el gran don del Espíritu Santo.

Hace ochos días, hermanos, que celebrábamos la Ascensión del Señor, escuchábamos la promesa que Jesús hacía sus discípulos acerca del don del Espíritu Santo que habría de llenar de fortaleza par ser testigos por todo el mundo comenzando por Jerusalén. Esa promesa la había hecho Jesús en su predicación, y especialmente, por tres veces, según san Juan, en la noche de su despedida. Pero podríamos decir, mis hermanos, que esa promesa está también ya presente en el Antiguo Testamento, sobre todo en el ministerio profético.

Ahora sabemos y entendemos cada vez mejor que el don del Espíritu Santo sólo puede entenderse como efecto de la pascua, es decir, de la pasión, muerte y gloriosa resurrección de Jesús. Según san Juan es don de Jesús y de su Padre. Lo que este don produce inmediatamente, mis queridos hermanos, es una nueva manera de ser, una nueva manera de existir: ahora en Cristo, el primogénito de la creación. En otras palabras, podemos afirmar que es obra del Espíritu Santo la vida nueva que se nos comunica por medio precisamente del Espíritu que Jesús glorioso derrama abundantemente sobre nosotros.

Es el Espíritu Santo quien nos hace capaces de escuchar, es el Espíritu Santo quien de entender y de vivir las enseñanzas y los mandamientos de Jesús. Es lo primero que resulta de nuestro ser en Cristo. Y es en esto en lo que consiste ya la vida eterna, según nos lo dice Jesús en ese discurso de despedida del evangelio de san Juan donde escuchamos a Jesús pidiendo al Padre en su oración por la unidad de todos sus discípulos en Él, para que, por medio de esta unión con Él, alcancemos la unión con el Padre. Es, entonces, mis amados hermanos y hermanas, el Espíritu Santo el que realiza la unidad entre nosotros mediante la reconciliación y el amor con Cristo y por Él con el Padre. Esto, hermanos es también otro aspecto de la vida eterna que nos ganó Cristo por su muerte y resurrección.

Lograr todo esto, mis hermanos, es la misión de la Iglesia, especialmente mediante el testimonio de vida. El mejor servicio que podemos hacer a todos los que tiene derecho a la salvación es dar testimonio de la unidad entre nosotros y de nosotros con Cristo y por medio de Él, con el Padre, en el Espíritu Santo. Por aquí va el significado de las lenguas de fuego que une a los apóstoles y en las que se expresan ellos mismos para el anuncio de salvación a la multitud de pueblos de la tierra.

La sagrada Eucaristía, queridos hermanos, es la ocasión excelente y auténtica de este misterio de amor: la unidad. Durante su celebración dominical, oramos, unidos a Cristo, no sólo por nosotros los presentes, sino por todos los hombres y mujeres del mundo, vivos y difuntos. La Iglesia existe para unir, la Iglesia para incluir, para sumar, jamás para excluir y rechazar, no, por su naturaleza la Iglesia no excluye absolutamente a nadie. En esta celebración, especialmente la dominical, somos enviados a dar testimonio, en la vida ordinaria, en la vida de todos los días, en los quehaceres cotidianos, en los misterios que hemos celebrado. Ojalá, mis amados hermanos y hermanas, que con la ayuda del Espíritu vayamos entendiéndolo cada vez con mayor profundidad. Que el Espíritu Santo nos acompañe para que tengamos la fuerza necesaria para vivir, en medio de adversidades y tentaciones de todo tipo –como puede ser la división, el odio, el rencor, el resentimiento. El Espíritu Santo nos inflama en el fuego del amor, cuando fallamos, cuando nos desviamos del camino, nos desviamos de la unción y de la acción del Espíritu Santo. El va con nosotros, el está con nosotros. Si bien Jesucristo es el Dios con nosotros, el Espíritu Santo es el Dios en nosotros, es santidad, es gracia, es unción, es amor, es unidad.

Mis amados hermanos, que nos acompañe para que tengamos las fuerzas necesarias para vivir en medio de adversidades y tentaciones. Miren la misión que nos permite ser  instrumentos suyos en la salvación de la humanidad,  de eso depende su eficacia de estar atentos a la acción y a la unción del Espíritu Santo.

Que Nuestra Muchachita y Celestial Señora y Maestra que fue siempre dócil a las mociones del Espíritu Santo nos contagie de su fidelidad, nos contagie de su disponibilidad. Que Nuestra Muchachita que  presidió junto al humilde Juan Diego Cuauhtlatoatzin, el Pentecostés de este continente que nos abrió los dones del Espíritu Santo, nos acompañe en esta tarea, en esta misión.

Que así sea, mis amados hermanos.

 
 
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