UN PROCESO DE FE EN EL GRUPO DE DISCÍPULOS
Mis amados hermanos y hermanas:
“¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya! ¡Aleluya!”
Con la celebración de la Pascua de Resurrección ponemos punto
final a Triduo Pascual e iniciamos la Cincuentena Pascual que,
a diferencia del Adviento y la Cuaresma, no nos prepara para nada
especial, sino que nos prolonga la celebración de la fiesta más
importante del año, como si fuese un domingo de cincuenta días,
de los ocho primeros están considerados “Solemnidades del Señor”
como el mismo día de Pascua.
Mis hermanos, el evangelio de san Juan nos da cuenta, muy probablemente,
del proceso de comprensión, desde la fe, por el que transitaron
los primeros cristianos, incluidos los mismos apóstoles. Este
proceso lo expresa el evangelista con la frase: “Y es que hasta
entonces los discípulos no habían entendido la Escritura, según
la cual Jesús tenía que resucitar de entre los muertos” (v.9).
La relación de Jesús con los discípulos ya no podía ser la misma
que antes de su pasión y resurrección. Para san Juan la gloria
de Jesús resplandecía en cruz, pero se hizo explícita en su resurrección.
La tumba vacía y los demás signos son precisamente la manifestación
material de ella, pero no deja de exigir la fe para entenderla.
La victoria de Jesús sobre la muerte no es algo fácil de entender
y, aunque los apóstoles sabían que estaba ya anunciada en las
Sagradas Escrituras, no es sino después del encuentro con
él, inicialmente a través de los signos que mostraban su ausencia
física y después personalmente ya sea en el camino, sea junto
al mar o en el lugar de encierro por temor a los judíos.
El descubrimiento de la tumba vacía es, entonces la
primera parte de la experiencia de fe en la resurrección, fundamento
de la fe en Jesucristo. María Magdalena encuentra una explicación
muy lógica: si no está en la tumba, es que alguien se lo ha
llevado. Ni María ni Pedro, ni Juan, entienden lo que sucede,
¿cómo es que, en el supuesto de que se hayan llevado el cadáver,
le han quitado las vendas y hasta han doblado con toda calma
la sábana que lo envolvía para llevárselo? Se trata del signo
de que Jesús ha vencido a la muerte. Pero ellos todavía
no lo comprenden. Lo van a comprender con las experiencias
que seguirán, esto es apenas una especie de presentimiento
que provoca en ellos expectativas válidas y permiten una apertura
al misterio. Así procede la fe.
Es de madrugada, no sale el sol, no se ve claramente, no se
distinguen todavía todas las cosas. "En el encuentro con
el Señor resucitado saldrá para ellos el sol, todo se iluminará.
Noche y tiniebla, muerte y aflicción, miseria y debilidad, quedan
esclarecidas y vencidas por la luz del Señor resucitado, por la
gloria de su vida inmortal" (Ib., p 141).
El punto de partida de la fe de los discípulos, su inicio, el crecimiento, su consolidación
y su afirmación que se expresa en su predicación, pasando por
la tristeza, el desconcierto y la confusión y la alegría como
nos lo relatan los Hechos de los Apóstoles, son una profunda
motivación para nosotros que caminamos por los senderos de la
fe tal vez inmadura necesitada de purificación. Tal vez tengamos
que reconocer que nos falta mucho por recorrer en este proceso.
Tal vez nos demos cuenta de que nos falta todavía la experiencia
de un encuentro vital con su persona. El Señor vive hoy en
nuestras comunidades, entre nosotros; es la fe comunitaria, tal
vez falta todavía que yo, buscándolo, lo encuentre a través
de un itinerario personal. Seguramente Él, se hará el encontradizo,
sólo está esperando que me interese un poco; Él hace, como
siempre, la mayor parte. (Cf., además, G. Zevini y Pier
G. Cabra, Lectio Divina, 1 Los relatos de la Pasión, Pamplona,
2006, Ed. Verbo Divino, p. 268-277).
Si la iniciativa del proceso salvador proviene del amor gratuito
de Dios,
su cumplimiento en nosotros se realiza cuando somos injertados
a Jesús Resucitado en el bautismo –precedido y acompañado
de la fe– que nos ha hecho hijos de Dios, hermanos de Jesucristo
y miembros de su cuerpo místico que es la Iglesia, y ya ha
empezado a hacernos participar de su resurrección y vida gloriosa.
Esta realidad no es ahora visible, permanece escondida con
Cristo en Dios, pero cuando el Señor aparezca con todo su
esplendor, alcanzará su plenitud y se manifestará a todo el mundo.
Sería muy loable y provechoso que recordando lo que hacían
los neófitos, es decir, los recién bautizados, que asistían
con sus vestidos blancos a las celebraciones durante toda la octava
de Pascua, saboreáremos durante estos días la alegría del bautismo,
diéramos gracias a Dios por él y procuraremos extraer todas sus
consecuencias.
Y de cara al mundo que Dios ha confiado a nuestra inteligencia
y a nuestras manos, ayudados por nuestra Niña y Señora Guadalupe,
conservémoslo, perfeccionémoslo y pongámoslo al servicio de toda
la humanidad, sin olvidarnos de buscar, siempre y en todo “los
bienes de allá arriba” (col 3,1). Amén.