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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Misa Solemne de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

23 de marzo de 2008

UN PROCESO DE FE EN EL GRUPO DE DISCÍPULOS

Mis amados hermanos y hermanas:

“¡Cristo ha resucitado!  ¡Aleluya!  ¡Aleluya!”

Con la celebración de la Pascua de Resurrección ponemos punto final a Triduo Pascual e iniciamos la Cincuentena Pascual que, a diferencia del Adviento y la Cuaresma, no nos prepara para nada especial, sino que nos prolonga la celebración de la fiesta más importante del año, como si fuese un domingo de cincuenta días, de los ocho primeros están considerados “Solemnidades del Señor” como el mismo día de Pascua.

Mis hermanos, el evangelio de san Juan nos da cuenta, muy probablemente, del proceso de  comprensión, desde la fe, por el que transitaron los primeros cristianos, incluidos los mismos apóstoles. Este proceso lo expresa el evangelista con la frase: “Y es que hasta entonces los discípulos no habían entendido la Escritura, según la cual Jesús tenía que resucitar de entre los muertos” (v.9). La relación de Jesús con los discípulos ya no podía ser la misma que antes de su pasión y resurrección. Para san Juan la gloria de Jesús resplandecía en cruz, pero se hizo explícita en su resurrección.

La tumba vacía y los demás signos son precisamente la manifestación material de ella, pero no deja de exigir la fe para entenderla. La victoria de Jesús sobre la muerte no es algo fácil de entender y, aunque los apóstoles sabían que estaba ya anunciada en las Sagradas Escrituras, no es sino después del encuentro con él, inicialmente a través de los signos que mostraban su ausencia física y después personalmente ya sea en el camino, sea junto al mar o en el lugar de encierro por temor a los judíos.

El descubrimiento de la tumba vacía es, entonces la primera parte de la experiencia de fe en la resurrección, fundamento de la fe en Jesucristo. María Magdalena encuentra una explicación muy lógica: si no está en la tumba, es que alguien se lo ha llevado. Ni María ni Pedro, ni Juan, entienden lo que sucede, ¿cómo es que, en el supuesto de que se hayan llevado el cadáver, le han quitado las vendas y hasta han doblado con toda calma  la sábana que lo envolvía para llevárselo? Se trata del signo de que Jesús ha vencido a la muerte. Pero ellos todavía no lo comprenden. Lo van a comprender con las experiencias que seguirán, esto es apenas una especie de presentimiento que provoca en ellos  expectativas válidas y permiten una apertura al misterio. Así procede la fe.

Es de madrugada, no sale el sol, no se ve claramente, no se distinguen todavía todas las cosas. "En el encuentro con el Señor resucitado saldrá para ellos el sol, todo se iluminará. Noche y tiniebla, muerte y aflicción, miseria y debilidad, quedan esclarecidas y vencidas por la luz del Señor resucitado, por la gloria de su vida inmortal" (Ib., p 141).

El punto de partida de la fe de los discípulos, su inicio, el crecimiento, su consolidación y su afirmación que se expresa en su predicación, pasando por la tristeza, el desconcierto y la confusión y la alegría como nos lo relatan los Hechos de los Apóstoles, son una profunda motivación para nosotros que caminamos por los senderos de la fe tal vez inmadura necesitada de purificación. Tal vez tengamos que reconocer que nos falta mucho por recorrer en este proceso. Tal vez nos demos cuenta de que nos falta todavía la experiencia de un encuentro vital con su persona. El Señor vive hoy en nuestras comunidades, entre nosotros; es la fe comunitaria, tal vez falta todavía que yo, buscándolo, lo encuentre a través de un itinerario personal. Seguramente Él, se hará el encontradizo, sólo está esperando que me interese un poco; Él hace, como siempre, la mayor parte.  (Cf., además, G. Zevini y Pier G. Cabra, Lectio Divina, 1 Los relatos de la Pasión, Pamplona, 2006, Ed. Verbo Divino, p. 268-277).

Si la iniciativa del proceso salvador proviene del amor gratuito de Dios, su cumplimiento en nosotros se realiza cuando somos injertados a Jesús Resucitado en el bautismo –precedido y acompañado de la fe– que nos ha hecho hijos de Dios, hermanos de Jesucristo y miembros de su cuerpo místico que es la Iglesia, y ya ha empezado a hacernos participar de su resurrección y vida gloriosa. Esta realidad no es ahora visible, permanece escondida con Cristo en Dios, pero cuando el Señor aparezca con todo su esplendor, alcanzará su plenitud y se manifestará a todo el mundo.

Sería muy loable y provechoso que recordando lo que hacían los neófitos, es decir, los recién bautizados, que asistían con sus vestidos blancos a las celebraciones durante toda la octava de Pascua, saboreáremos durante estos días la alegría del bautismo, diéramos gracias a Dios por él y procuraremos extraer todas sus consecuencias.

Y de cara al mundo que Dios ha confiado a nuestra inteligencia y a nuestras manos, ayudados por nuestra Niña y Señora Guadalupe, conservémoslo, perfeccionémoslo y pongámoslo al servicio de toda la humanidad, sin olvidarnos de buscar, siempre y en todo “los bienes de allá arriba” (col 3,1). Amén.  

 
 
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