DIOS, FUTURO DEL SER HUMANO
Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos
de Cristo. Muy amados hermanos y hermanas de la Vida Consagrada,
mis amados hermanos diáconos, capellanes, Cabildo de Guadalupe.
Alabemos a Dios, Padre de nuestro Señor y Dios, Jesucristo, porque nos ha manifestado
el infinito amor con que nos ama en la persona de su Hijo amado,
a quien no dudó en enviar a nosotros para que nos salvara y encontráramos
por medio de Él, el camino de regreso a su Reino, y nos ha
concedido su Espíritu sin medida para responder a su amor con
nuestro amor y obediencia. ¡Qué grande ternura y caridad por
nosotros, que para librarnos de la esclavitud del pecado entregó
a su Hijo! Y todavía más, mis amados hermanos y hermanas, nos
dio el gran don que es Espíritu. ¡Su vida misma! Para que
entendamos que nuestro destino está en Él. ¡Bendito sea el
Señor!
La sagrada liturgia de este domingo de la Santísima Trinidad
nos invita a contemplar ese inmenso amor, ese amor desmedido y
apasionado de Dios por nosotros; por todos y cada uno de los
formamos parte de la humanidad.
Es la característica principal del cristianismo: que Dios
nos ama sin medida, irrevocablemente, con un amor fiel como nadie
lo puede hacer. De esto podemos estar seguros: Él nunca, mis
amados hermanos, nunca dejará de amarnos, nunca. Pareciera
que coloca, como dice el Papa Benedicto XVI, su amor contra
su justicia (Deus Caritas est, 10). El suyo es “un gran
amor que pone a Dios contra sí mismo”.
Volvamos, hermanos, la atención sobre los textos de la Escritura que hemos
escuchado hoy para entender a la Palabra que Dios nos regala este
domingo y comprobar en ella lo que venimos diciendo.
En la primera lectura, el libro de Éxodo nos ofrece
maravillosamente el misterio del amor de Dios del que estamos
hablando. El pueblo de Israel ha ofendido gravemente al Señor
Dios haciéndose un ídolo, un becerro de oro en quien ha puesto
su confianza para que los proteja acompañándolo en su camino.
Esto, apenas a poco tiempo de que Dios había sellado la alianza
por medio de Moisés. Todavía éste se encontraba en el Sinaí
y fue precisamente Dios quien le hizo saber que el pueblo ya había
pecado. Moisés suplica el perdón para su pueblo y le pide una
nueva oportunidad. Dios accede y escribe nuevamente las tablas
de la ley.
Es interesante, mis amados hermanos y hermanas, repasar las
palabras con las que Dios mismo se describe a sí mismo: Yo
soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso
y fiel. A Él se dirige Moisés para adorarlo y pedirle que
acepte como cosa suya al pueblo de cabeza dura. Esta actitud
tan humilde, serena y confiada de Moisés no hubiera sido posible
sin conocer primero la bondad y ternura infinitas de Dios.
En la segunda Lectura, san Pablo, en su segunda carta
a los Corintios, nos transmite probablemente un saludo antiguo
que los cristianos se daban en el nombre de la trinidad. Esta
fórmula, que se ha hecho litúrgica, es decir, se ha tomado para
el uso cultual, nos remite a una experiencia profunda y original
del misterio trinitario en la vida del creyente. Creer en
la trinidad es reconocer la gracia, es decir el gran don que se
nos ha dado en la persona de Jesucristo, ¡todo Él es gracia,
todo Él es gracia, es decir don! El amor del Padre es lo que la
fe nos invita a aceptar en primer lugar; bastaría realmente
sólo saber profundamente que Dios nos ama entrañablemente para
decidirnos a vivir de una manera totalmente nueva; y, si
verdaderamente creemos en la obra maravillosa de la comunión realizada
por el Espíritu Santo, no nos dejaríamos seducir por nada que
nos alejara de vida que Dios nos ofrece en el Señor Jesús.
Pero es el evangelio de san Juan, queridos hermanos
y hermanas, el que nos da el impulso decisivo para aceptar
en la fe lo que venimos diciendo, porque lo escuchamos en
los labios de Jesús, el mismo Señor y Dios, Cordero de Dios e
Hijo del Padre que nos ha revelado el misterio de Dios con
su encarnación, su muerte y su resurrección. Nos quedamos
sin palabras antes este texto del evangelio de Juan, nos quedamos
mudos, tanto, tanto nos ama Dios. Y si creemos con firmeza que
solamente por Él y con Él tenemos acceso al Padre, hemos de reconocer,
también, hermanos, que no podemos agradar, alabar, bendecir,
glorificar y dar gracias al Padre si no es por medio de Cristo.
Sólo por medio de Él se nos concede la gracia de ser hijos de
Dios y sin Él no tenemos ninguna gracia o favor. Para esto
nos lo envió el Padre: para que tuviéramos vida y vida en abundancia,
vida en plenitud con todos los bienes espirituales y materiales
que conlleva.
La
Eucaristía, mis queridos hermanos y hermanas,
hace posible celebrar, actualizar y vivir estos misterios,
especialmente en la celebración dominical. No olvidemos que en
ella nos unimos al único sacrificio de Cristo y con Él nos ofrecemos
al Padre como ofrenda santa y perfecta en la comunión del Espíritu
Santo. Antes que cualquier cosa deberíamos ser conscientes
de que celebramos el amor de Dios que se nos ha manifestado
en la persona de su Hijo Jesucristo que se entregó y murió
por nosotros y que nos ha alcanzado en abundancia el don de su
Espíritu Santo. La Sagrada Eucaristía, la Santa Misa es el sacramento
del amor divino.
Y así es toda la vida del cristiano, mis hermanos, así va
desarrollándose, miren pues: se desarrolla en el ámbito del misterio
trinitario. Desde que nos levantamos hasta que volvemos al
descanso; desde lo más ordinario de nuestra vida hasta lo más
solemne y formal como es la sagrada liturgia con los demás sacramentos,
empezando por el Bautismo que nos incorpora a la vida misma de
Dios, todo, todo lo hacemos con la señal de la Cruz y en el nombre
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo
Mis hermanos y hermanas, que nunca nos falte la experiencia
profunda de nuestra existencia en Dios que le da sentido y
dirección hasta que alcancemos la meta que esperamos alcanzar
en la plenitud que es Dios mismo.
Y que nuestra Muchachita y Dulce Señora, Santa María de Guadalupe
nos acompañe siempre en esta experiencia, la que Ella vivió
intensamente y a profundidad como hija predilecta del Padre,
como Madre del verdadero Dios por quien se vive y como templo
del Espíritu Santo.
Amén.