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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad de la Santísima Trinidad.

18 de mayo de 2008

DIOS, FUTURO DEL SER HUMANO

Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo. Muy amados hermanos y hermanas de la Vida Consagrada, mis amados hermanos diáconos, capellanes, Cabildo de Guadalupe.

Alabemos a Dios, Padre de nuestro Señor y Dios, Jesucristo, porque nos ha manifestado el infinito amor con que nos ama en la persona de su Hijo amado, a quien no dudó en enviar a nosotros para que nos salvara y encontráramos por medio de Él, el camino de regreso a su Reino, y nos ha concedido su Espíritu sin medida para responder a su amor con nuestro amor y obediencia. ¡Qué grande ternura y caridad por nosotros, que para librarnos de la esclavitud del pecado entregó a su Hijo! Y todavía más, mis amados hermanos y hermanas, nos dio el gran don que es Espíritu. ¡Su vida misma! Para que entendamos que nuestro destino está en Él. ¡Bendito sea el Señor!

La sagrada liturgia de este domingo de la Santísima Trinidad nos invita a contemplar ese inmenso amor, ese amor desmedido y apasionado de Dios por nosotros; por todos y cada uno de los formamos parte de la humanidad.

Es la característica principal del cristianismo: que Dios nos ama sin medida, irrevocablemente, con un amor fiel como nadie lo puede hacer. De esto podemos estar seguros: Él nunca, mis amados hermanos, nunca dejará de amarnos, nunca. Pareciera que coloca, como dice el Papa Benedicto XVI, su amor contra su justicia (Deus Caritas est, 10). El suyo es “un gran amor que pone a Dios contra sí mismo”.

Volvamos, hermanos, la atención sobre los textos de la Escritura que hemos escuchado hoy para entender a la Palabra que Dios nos regala este domingo y comprobar en ella lo que venimos diciendo.

En la primera lectura, el libro de Éxodo nos ofrece maravillosamente el misterio del amor de Dios del que estamos hablando. El pueblo de Israel ha ofendido gravemente al Señor Dios haciéndose un ídolo, un becerro de oro en quien ha puesto su confianza para que los proteja acompañándolo en su camino. Esto, apenas a poco tiempo de que Dios había sellado la alianza por medio de Moisés. Todavía éste se encontraba en el Sinaí y fue precisamente Dios quien le hizo saber que el pueblo ya había pecado. Moisés suplica el perdón para su pueblo y le pide una nueva oportunidad. Dios accede y escribe nuevamente las tablas de la ley.

Es interesante, mis amados hermanos y hermanas, repasar las palabras con las que Dios mismo se describe a sí mismo: Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel. A Él se dirige Moisés para adorarlo y pedirle que acepte como cosa suya al pueblo de cabeza dura. Esta actitud tan humilde, serena y confiada de Moisés no hubiera sido posible sin conocer primero la bondad y ternura infinitas de Dios.

En la segunda Lectura, san Pablo, en su segunda carta a los Corintios, nos transmite probablemente un saludo antiguo que los cristianos se daban en el nombre de la trinidad. Esta fórmula, que se ha hecho litúrgica, es decir, se ha tomado para el uso cultual, nos remite a una experiencia profunda y original del misterio trinitario en la vida del creyente. Creer en la trinidad es reconocer la gracia, es decir el gran don que se nos ha dado en la persona de Jesucristo, ¡todo Él es gracia, todo Él es gracia, es decir don! El amor del Padre es lo que la fe nos invita a aceptar en primer lugar; bastaría realmente sólo saber profundamente que Dios nos ama entrañablemente para decidirnos a vivir de una manera totalmente nueva; y, si verdaderamente creemos en la obra maravillosa de la comunión realizada por el Espíritu Santo, no nos dejaríamos seducir por nada que nos alejara de vida que Dios nos ofrece en el Señor Jesús.

Pero es el evangelio de san Juan, queridos hermanos y hermanas, el que nos da el impulso decisivo para aceptar en la fe lo que venimos diciendo, porque lo escuchamos en los labios de Jesús, el mismo Señor y Dios, Cordero de Dios e Hijo del Padre que nos ha revelado el misterio de Dios con su encarnación, su muerte y su resurrección. Nos quedamos sin palabras antes este texto del evangelio de Juan, nos quedamos mudos, tanto, tanto nos ama Dios. Y si creemos con firmeza que solamente por Él y con Él tenemos acceso al Padre, hemos de reconocer, también, hermanos, que no podemos agradar, alabar, bendecir, glorificar y dar gracias al Padre si no es por medio de Cristo. Sólo por medio de Él se nos concede la gracia de ser hijos de Dios y sin Él no tenemos ninguna gracia o favor. Para esto nos lo envió el Padre: para que tuviéramos vida y vida en abundancia, vida en plenitud con todos los bienes espirituales y materiales que conlleva.

La Eucaristía, mis queridos hermanos y hermanas, hace posible celebrar, actualizar y vivir estos misterios, especialmente en la celebración dominical. No olvidemos que en ella nos unimos al único sacrificio de Cristo y con Él nos ofrecemos al Padre como ofrenda santa y perfecta en la comunión del Espíritu Santo. Antes que cualquier cosa deberíamos ser conscientes de que celebramos el amor de Dios que se nos ha manifestado en la persona de su Hijo Jesucristo que se entregó y murió por nosotros y que nos ha alcanzado en abundancia el don de su Espíritu Santo. La Sagrada Eucaristía, la Santa Misa es el sacramento del amor divino.

Y así es toda la vida del cristiano, mis hermanos, así va desarrollándose, miren pues: se desarrolla en el ámbito del misterio trinitario. Desde que nos levantamos hasta que volvemos al descanso; desde lo más ordinario de nuestra vida hasta lo más solemne y formal como es la sagrada liturgia con los demás sacramentos, empezando por el Bautismo que nos incorpora a la vida misma de Dios, todo, todo lo hacemos con la señal de la Cruz y en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo 

Mis hermanos y hermanas, que nunca nos falte la experiencia profunda de nuestra existencia en Dios que le da sentido y dirección hasta que alcancemos la meta que esperamos alcanzar en la plenitud que es Dios mismo.

Y que nuestra Muchachita y Dulce Señora, Santa María de Guadalupe nos acompañe siempre en esta experiencia, la que Ella vivió intensamente y a profundidad como hija predilecta del Padre, como Madre del verdadero Dios por quien se vive y como templo del Espíritu Santo.

Amén.

 
 
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