VERDADERAS DISCÍPULAS Y MISIONERAS
Mis amados hermanos y hermanas:
“¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya! ¡Aleluya!”
Hemos empezado nuestra celebración a oscuras. Pero no nos hemos quedado en la oscuridad.
También Jesús pasó por la muerte, pero no se quedó en ella.
Con fuego nuevo hemos encendido el cirio pascual que durante
cincuenta días nos recordará la presencia entre nosotros del
Señor resucitado. El nos ilumina, con el nos disponemos a
hacer fuego nuevo en nuestra vida. Un fuego que nunca se apagará.
Somos hijos de aquella aurora, la más bella entre todas, que
el evangelista San Mateo acaba de recordarnos. Hoy todos somos
María Magdalena y la otra María. Ellas amaban a Jesús y, aquellas
tarde y noche de su muerte no pudieron dormir. Esperaban la hora
de poder ungir el cuerpo del Maestro. Pero encontraron mucho
más de lo que esperaban: en lugar de una losa fría, un
ángel luminoso; en lugar del pobre consuelo de lamentos
y lágrimas, el anuncio más feliz que podían soñar: “No teman;
ya sé que buscan a Jesús el crucificado. No está aquí, ha resucitado…
va por delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán”.
Mis hermanos y hermanas, Jesús muere y parece que con su
muerte todo se ha acabado. Ni Jesús se salvó a sí mismo; ni
Dios intervino para reivindicarlo. Jesús ha muerto marcado
con la ignominia de los criminales. Jesús ha quedado como
un fracasado.
Sin embargo, en el día de la Pascua se anuncia a las mujeres
que van a la tumba que ha sucedido un cambio radical de la
situación. Contra todo lo esperado, Dios ha intervenido
a favor de su Hijo resucitándolo de entre los muertos y ellas
lo comprueban, cuando se les aparece, viéndolo, oyéndolo y
adorándolo.
Estas mujeres, primeros testigos del Resucitado, no lo son fortuitamente.
Podríamos decir, más bien, que se han preparado en la constancia
de su seguimiento de Jesús, hasta su muerte desconcertante por
ignominiosa. Mientras los discípulos varones huyeron cobardemente,
ellas permanecieron como verdaderas discípulas hasta ser testigos
del camino de su cruz. Ahora lo son de su Resurrección, porque
permanecen fieles a Jesús y quieren estar junto a Él; por eso
se dirigen presurosas a la tumba: para estar con Él.
Es a ellas, también, a quienes Jesús les encomienda la primera
misión.
Son enviadas a dar testimonio de la experiencia del poder
de Dios que se les ha manifestado en el terremoto y en el
anuncio del ángel: El Crucificado está vivo. Toda la violencia
y el odio que descargaron los hombres para acabar con Él se ha
revertido con la vida con la que su Padre lo ha reivindicado.
Ésta es la obra de Dios. Y es lo que Dios quiere para todos
los hombres, y especialmente ha de entenderse para todos los que
son tratados injustamente. No puede triunfar el mal sobre el
bien; ni la mentira sobre la verdad, ni el odio sobre el amor,
ni la injusticia sobre la justicia.
La misión de estas mujeres, que han sido primero auténticas
y perseverantes seguidoras y discípulas de Jesús, consiste
en anunciar a los discípulos, que habían huido ante su pasión
y su muerte, que Jesús ha resucitado y que, como les
había ya anunciado él mismo en la última cena, se les adelantaría
en Galilea. Esta noticia para los discípulos fue de gran importancia,
pues con esa Jesús les ofrecía su perdón frente a su huída
y abandono de la comunión con Él. Ellos no hubieran sido capaces
de restablecer la comunión si no era ofrecida por Jesús mismo
como signo de reconciliación con ellos.
Miren mis amados hermanos y hermanas, el Maestro seguirá siendo
el maestro y ellos continuarán siendo discípulos. Los ha perdonado y quiere que lo sigan
como antes de la ruptura. De esta manera aquellas mujeres quedan
constituidas en mensajeras del perdón y de la vida, efectos
de la Resurrección del Señor. Misterio que pone en claro el verdadero
plan de Dios, la revelación definitiva. La muerte sufrida por
Jesús no es la última palabra, como no lo es tampoco para el hombre
creyente, a pesar de la evidencias históricas. (Cf. Klemens
Stock, La Liturgia de la Palabra. Comentario a los Evangelios
dominicales y festivos, ciclo A, pp. 133-137).
Hermanos y hermanas, todos nosotros, bautizados, hemos
muerto al hombre viejo con Cristo y ahora vivimos con él,
como nos ha dicho el apóstol Pablo. La muerte ya no tiene poder
sobre nosotros. Acojamos bien, en la nueva Pascua que hemos
estrenado esta noche, las grandes lecciones que hemos escuchado.
Amemos a Jesús con ternura y pasión, como las mujeres del Evangelio.
Démonos cuenta de que la muerte, todas las muertes, son provisionales.
Él no está. No tengamos miedo. Vayamos a la Galilea de nuestra
vida y anunciemos la buena nueva, con nosotros está nuestra
Muchachita y Celestial Señora impulsándonos. El anuncio nos
lleva al encuentro con Jesús y Jesús nos empuja al anuncio.