12 de febrero de 2012
Queridos hermanos con con
gran alegría nos unimos una vez más a la larga tradición que se
remonta al año 1887, cuando mi venerado predecesor el Señor Obispo
José María Mora y Daza instituyó esta peregrinación, organizada
por el Padre Ramón Ibarra y González, quien habría de convertirse
en el último Obispo y el primer Arzobispo de nuestra Puebla de
los Ángeles.
Qué dicha tan grande llegar
a este Santuario para postrarnos a los pies de la Morenita del
Tepeyac, y escuchar en lo más profundo de nuestros corazones aquellas
palabras que dirigió al indio san Juan Diego: "No se turbe
tu corazón ni te inquiete cosa alguna ¿No estoy yo aquí, que soy
tu madre?"
Al igual que hizo en aquellos
días con su parienta Isabel, como lo escuchamos en el Evangelio
a quien visitó hasta las Montañas de Judea. María se encaminó
presurosa en 1531 hasta este cerrito del Tepeyac, para traernos
a Jesús, Hijo único de Dios, "nacido de mujer, para rescatar
a los que se hallaban bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos",
como explica san Pablo, quien concluye diciendo en la Segunda
Lectura: "siendo hijo eres también heredero por voluntad
de Dios".
En Jesús, la misericordia de
Dios "llega a sus fieles de generación en generación",
como afirma la "Madre del Amor, la Madre de Esperanza", quien,
deseosa de que "todos los pueblos alaben al Señor" y alcancen la vida
plena y eterna que sólo Él puede dar, viene presurosa a nosotros,
porque como decía san Ambrosio: "el amor no conoce de
lentitudes".
Mirándola con amor y gratitud,
podemos repetirle aquello que santa Isabel le dijo: "Bendita
tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre... ¡Dichosa
tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado
de parte del Señor!"
Efectivamente, quien cree es
dichoso. Por eso, para ayudarnos a tomar conciencia de la grandeza
de este don, nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, quien
en unos días más estará entre nosotros "para proclamar
la Palabra de Cristo y se afiance la convicción de que éste es
un tiempo precioso para evangelizar". Ha promulgado
un Año de la fe, que comenzará el próximo 11 de octubre,
en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano
II y los veinte años de la publicación del Catecismo de la
Iglesia Católica.
En su Carta Apostólica Porta
Fide, el Santo Padre nos dice: "Se cruza la puerta
de la fe (cf. Hch 14, 27) cuando la Palabra de Dios se
anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma.
Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda
la vida".
En esta perspectiva -continua
diciendo- el Año de la fe es una invitación a una auténtica
y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. La «fe
que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio
de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre
(cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef4, 20-29; 2 Co 5,17).
Precisamente, la venerada Imagen
de la Morenita del Tepeyac, de rostro dulce y sereno, impresa
en esta tilma del indio san Juan Diego -afirma el Papa- nos conduce
siempre a su divino Hijo, el cual se revela como fundamento de
la dignidad de todos los seres humanos, como un amor más fuerte
que las potencias del mal y la muerte, siendo también fuente de
gozo, confianza filial, consuelo y esperanza.
Con esta confianza, queridos
hermanos, les invito a seguir adelante, con renovado entusiasmo,
en la misión continental promovida en Aparecida, procurando ser
cada día auténticos discípulos y misioneros de Cristo, para que
nuestros pueblos tenga vida en Él, que es el camino, la verdad
y la vida. Recuerden que Puebla está en misión permanente;
recuerden que Puebla está mostrando un rostro de iglesia misionera;
recuerden que los acontecimientos que vamos a vivir este año nos
deben motivar para seguir viviendo la misión. El Año de la fe,
los cincuenta años del Concilio Vaticano II, el Sínodo Mundial
de los Obispos con el tema de la Nueva Evangelización, que
no es sino ir alegres a la misión. El Congreso Eucarístico Internacional,
la Jornada Mundial de las Familias, el Encuentro Mundial de la
Juventud en Brasil. Todos estos acontecimientos nos deben motivar
para seguir siendo Puebla una iglesia misionera. Y el reciente
Congreso Nacional de la Infancina y Adolescencia Misionera que
ha tenido como sede nuestra ciudad arzobispal donde miles y miles
de niños de nuestras parroquias de la arquidiócesis y de todos
los rincones de nuestra patria tuvieron un lugar de encuentro
con Jesús, tuvieron un lugar de convivencia fraterna, tuvieron
un lugar para tomar conciencia de su misión de discípulos y misioneros.
Queremos avanzar sin desaliento
en la construcción de una sociedad en la que todos sin excepción
podamos alcanzar el desarrollo integral, haciendo triunfar el
bien, la justicia y la paz, preparándonos responsablemente para
alcanzar el gozo eterno prometido a los siervos buenos y fieles
(cfr. Mt 25,23).
En el cumplimiento de esta
misión, el Santo Padre nos ha recordado algunas tareas concretas:
salvaguardar el rico tesoro de fe; defender la vida humana desde
su concepción hasta su ocaso natural; ser promotores de la paz;
tutelar a la familia en su genuina naturaleza y misión; intensificar
una tarea educativa que haga a las personas conscientes de sus
capacidades, de modo que afronten digna y responsablemente su
destino; fomentar la reconciliación, la fraternidad, la solidaridad
y el cuidado del medio ambiente; superar la miseria, el analfabetismo
y la corrupción; y erradicar toda injusticia, violencia, criminalidad,
inseguridad, narcotráfico y extorsión.
Con su misma existencia en
el mundo -nos dice el Santo Padre-, los cristianos están llamados
a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos
dejó. Lo podemos hacer
porque, como la Virgen Santísima, también podemos afirmar que
"Dios ha puesto sus ojos en nosotros".
Con esta certeza, queridos
hermanos, unidos a santa María de Guadalupe, glorificamos al Señor,
en quien nuestro espíritu se llena de júbilo, aún en medio de
las penas y dificultades de la vida, porque sabemos que Él está
con nosotros, y que, a pesar de las vicisitudes de esta vida terrena,
al final triunfará para siempre el bien sobre el mal.
Animados por esta esperanza,
dejemos que el amor de Cristo nos impulse a conocer cada vez mejor
nuestra fe, con la ayuda del Catecismo de la Iglesia Católica;
que nos impulse a evangelizar, a celebrar nuestra fe y a vivirla
cada día con coherencia. Ese es el proceso desde el principio
de la vida de la Iglesia de la fe. La fe que profesamos la hacemos
celebración, sobre todo cuando celebramos los sacramentos y de
una manera especial, cuando celebramos el sacramento del amor
que es la Eucaristía y después la hacemos vida. Después esa fe
que celebramos la vivimos cada día con coherencia.
Como María, encaminémonos presurosos
a los hombres y mujeres de hoy, que "buscan con sinceridad
el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del
mundo", y llevémoslos
al encuentro de Cristo, confesando la fe con plenitud, con renovada
convicción, con confianza y esperanza. Con Jesús en el corazón,
conectados a la misión, cantaron miles y miles de niños en
el Congreso Misionero, que recientemente termino en nuestra Ciudad
de Puebla.
Que la Morenita del Tepeyac,
que san Juan Diego, que san José María de Yermo, que el beato
Juan de Palafox y Mendoza y el beato Sebastián de Aparicio nos
obtengan del Señor la fuerza necesaria, para encontrar en la fe
el ancla que nos permite permanecer firmes en medio de las tormentas
del mundo, y testimoniarla viviendo como auténticos y entusiastas
discípulos y misioneros de Jesucristo.
Como nos dice Aparecida, queridos
hermanos: las naves mar a dentro, sin miedo a las tormentas confiando
únicamente en el Señor.
Encomendemos estos propósitos
a la amorosa mediación de Santa María de Guadalupe, así como el
destino de nuestra Puebla, de nuestro México y del mundo entero.
Así sea.