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Homilía
pronunciada por Mons. Pedro Rafael
Tapia Rosete, Arcipreste de la INBG, en la Fiesta
de la Presentación del Niño Jesús en el Templo.
2 de febrero de 2006
Mis
queridas hermanas y hermanos todos en el Señor, queridos hermanos
y hermanas de la Vida Consagrada, señores diáconos, padres
capellanes, mis hermanos canónigos:
"Tenía que parecerse en todo a sus hermanos para ser Sumo
Sacerdote compasivo y fiel"...
Estas palabras tomadas de la Carta a los Hebreos expresan
bien el mensaje de esa fiesta de la Presentación del Señor
en el Templo, por decirlo así, le dan su clave de lectura
poniéndola en la perspectiva del Misterio Pascual.
El acontecimiento que hoy celebramos nos remite a lo que hicieron
María y José, cuando 40 días después del nacimiento de Jesús,
lo ofrecieron a Dios como su primogénito, cumpliendo las prescripciones
de la Ley Mosaica.
Esta ofrenda se realizará sobre todo de modo pleno y perfecto
en el Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor,
entonces Cristo cumpliría su misión de Sumo Sacerdote, compasivo
y fiel, compartiendo hasta las últimas consecuencias nuestra
condición humana.
Esta es una fiesta muy antigua en la Iglesia que data ya desde
finales del siglo IV, los cristianos orientales la llaman
hipapanté, que en griego significa encuentro.
En efecto, junto con María y José, aquellos dos ancianos,
Simeón y Ana, son los representantes del Israel de la fe,
que saben salir al encuentro de Dios que viene a salvar a
la humanidad.
Entre nosotros antes esta fiesta se llamaba “De la purificación
de Nuestra Señora” o también “De la Candelaria”, por la procesión
con candelas o velas con las que se simboliza a Cristo como
luz de las naciones. Tanto en la presentación en el templo
como en el Calvario está a su lado María, la Virgen fiel,
participando en el plan eterno de la Salvación.
La liturgia del día de hoy ha comenzado con la bendición de
las candelas y la procesión hasta llegar al altar para encontrarnos
con Cristo y reconocerlo al partir el pan, esperando su venida
gloriosa.
La fiesta de hoy, en cierto modo, sirve de clausura de la
celebración de la Navidad y nos ayuda a entenderla en profundidad.
Ante todo admiramos la sencillez y la solidaridad de Jesús
con su pueblo, con nosotros. Dios anuncia los tiempos mesiánicos
con un signo entrañable: un niño pequeño que entra en el templo
en brazos de sus padres, gente humilde y sencilla.
Es el estilo de Dios, Jesús ha nacido, recorrerá nuestro camino,
incluído el de la pobreza y el dolor y luego morirá, y así
podemos tener en Él un mediador comprensivo, cercano,
Él es nuestra luz. Hoy, popular día de la Candelaria,
se refleja todavía la luz de la Navidad como consigna de Salvación
para todos nosotros.
En este marco de luz, de fe y de esperanza, la Iglesia celebra
hoy la Décima Jornada de la Vida Consagrada. Quienes han entregado
para siempre su existencia a Cristo por la venida del Reino
de Cristo, son invitados a renovar su sí a la especial vocación
recibida, pero también toda la comunidad eclesial redescubre
la riqueza del testimonio profético de la vida consagrada
en la variedad de sus carismas y compromisos apostólicos.
Con sentimientos de alabanza y de acción de gracias al Señor
por este gran Don de la vida consagrada, quiero saludar de
un modo especial esta mañana a los hermanos y hermanas de
los diversos institutos de vida consagrada; contemplativa
y activa, a las sociedades de vida apostólica y miembros de
los institutos seculares, así como a todos los que testimonian
de modo fiel los valores de la vida consagrada en torno a
esta Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe.
Cristo los llama a configurarse cada vez más a Él,
que por amor se hizo obediente, pobre y casto, sigan dedicándose
con celo al anuncio y a la promoción de su Reino.
Esta es su misión, tan necesaria hoy como en el pasado. ¡Qué
ocasión tan propicia les brinda esta jornada dedicada a ustedes,
mis hermanos y hermanas de la vida consagrada, para reafirmar
su fidelidad a Dios con el mismo entusiasmo y la misma generosidad
de cuando pronunciaron por primera vez sus votos! Repitan
cada día con alegría y convicción su sí al amor de Dios.
En la intimidad del monasterio de clausura, del convento,
de la casa religiosa, o al lado de los pobres y marginados,
entre los jóvenes o dentro de las estructuras eclesiales,
en las diversas actividades apostólicas o en tierras de misión,
Dios quiere que sean fieles a su amor y que todos se dediquen
al bien de sus hermanos.
La Iglesia tiene necesidad de su testimonio, tiene necesidad de una vida
consagrada que afronte con valentía y creatividad los desafíos
del tiempo presente.
Ante el avance del hedonismo, se les pide el testimonio valiente
de la castidad como expresión de un corazón que conoce la
belleza y el precio del amor de Dios.
Ante la sed de dinero, su vida sobria y disponible al servicio
de los necesitados, recuerda que Dios es riqueza auténtica
que no perece.
Ante el individualismo y el relativismo que llevan a las personas
a convertirse en la única norma de sí mismas, su vida fraterna
capaz de dejarse coordinar y por lo tanto capaz de obedecer,
confirma que ponen en Dios su realización. Cómo no desear
que la cultura de los consejos evangélicos, que es la cultura
de las bienaventuranzas, pueda crecer en la Iglesia para apoyar
la vida y el testimonio del pueblo cristiano. Esta es la valiosa
contribución que pueden dar a la Iglesia para que el Evangelio
de la esperanza llegue a los hombres y a las mujeres de nuestro
tiempo.
Todos, religiosos y no religiosos, como cristianos que somos,
hemos empezado nuestro camino con Jesús el día de nuestro
Bautismo, nos ha consagrado para Él desde aquel venturoso
día en que nuestros padres y padrinos nos presentaron a la
Iglesia para que recibiéramos las aguas del Bautismo, y día
tras día debemos renovar nuestra entrega, cada uno en
su género de vida.
Esperamos terminarlo a la hora de nuestra
muerte con la luz de nuestra fe y de nuestro amor encendidos
como la vela que hoy hemos portado en nuestras manos, siendo
entonces nosotros los que seremos presentados en el templo
del cielo.
Asíi lo diremos al final de esta Eucaristía en la oración
después de la comunión. Así como a Simeón no le dejaste morir
sin haber tenido en brazos a Cristo, concédenos también a
nosotros.
Contemplemos pues la Virgen María, nuestra Señora y Niña,
mientras presenta a su Hijo en el templo de Jerusalén, María
que había aceptado incondicionalmente la voluntad de Dios
en el momento de la Anunciación, repite hoy en cierto modo
su: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra”.
Esta actitud dócil de adhesión a los designios divinos caracterizó
toda su existencia, por tanto, la Virgen Santísima Nuestra
Madre es el primer y elevado modelo de toda persona consagrada.
Déjense guiar por Ella, hermanos y hermanas de la vida consagrada
y fieles todos de Cristo, recuerdan a su ayuda con humilde
confianza especialmente en los momentos de prueba y adversidad.
Y tú María, vela sobre estos hijos e hijas tuyos y llévalos
a Cristo, gloria de Israel y Luz de todos los pueblos. Virgen
de las Vírgenes, Madre del Salvador, ruega por nosotros, amén.
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