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Homilía
pronunciada por Mons. Francisco Robles Ortega,
Arzobispo de Monterrey, en ocasión de la peregrinación de la Arquidiócesis de Monterrey a la Basílica de Guadalupe.

12 de agosto de 2006

Muy amados hermanos y hermanas en Jesucristo Nuestro Señor, nos encontramos por la Gracia de Dios de nuevo aquí en la Casa de la Madre, Nuestra Madre Santa María de Guadalupe, nos encontramos los peregrinos de la Iglesia que peregrina en Monterrey.

Está presente su pastor en comunión con los hermanos obispos auxiliares y con los hermanos obispos eméritos; están presentes los presbíteros de esta iglesia en esta nutrida representación, esta presente la vida consagrada, nuestro querido seminario y están presentes distintos grupos de las parroquias que conforman la esta iglesia de Monterrey.

Estamos aquí con el cariño y la confianza de hijos, estamos aquí porque la Santísima Virgen, Santa María de Guadalupe nos congrega para presentarle con toda confianza lo que nos aqueja en nuestro corazón, lo que aqueja a nuestras familias, a nuestras comunidades,  a nuestra Patria y a nuestro mundo.

Ella quiso quedarse en su Bendita Imagen para prestar a todos sus hijos auxilio y consuelo. Siempre en el peregrinar de nuestra vida estamos necesitados del auxilio divino y del consuelo que nos viene de la infinita misericordia de Dios.

Estamos aquí hijos cariñosos y confiados para encomendar a la Santísima Virgen María Nuestra Madre, el esfuerzo evangelizador que queremos impulsar en nuestra iglesia con nuestro nuevo Plan Diocesano de Pastoral.

Con este trabajo y con este esfuerzo queremos impulsar a todos al seguimiento de Cristo, y que mejor que confiarle éste nuestro anhelo a la que supo ser verdadera discípula de Jesucristo, la Santísima Virgen María.

Queremos con Ella renovar nuestra condición de discípulos para vivir en un auténtico seguimiento de su Hijo Jesucristo y lo queremos hacer con una renovada y permanente evangelización para todos. Queremos hacerlo en un espíritu de verdadera comunión y participación de todos los miembros del pueblo de Dios.

Queremos testimoniar con nuestra vida personal, con nuestra vida de iglesia y con nuestra vida comunitaria el seguimiento de Jesucristo y desde ese testimonio queremos transformar todos los campos y todos los ambientes de la vida humana. Queremos con este esfuerzo abrirnos y salir al encuentro de tantos hermanos y hermanas que viven alejados, indiferentes y hasta contrarios a la fe de Jesucristo.

Queremos salir en un espíritu misionero a la búsqueda fraterna de todos estos hermanos y hermanas, y queremos con todo esto crecer en nuestra vida de santidad. Todo esto anhelamos, todo esto buscamos con nuestro nuevo Plan Diocesano de Pastoral, y lo confiamos a la poderosa intercesión de Santa María de Guadalupe quien está dispuesta, quien quiso quedarse en esta casa para prestarnos auxilio y consuelo.

Pero junto con presentarle estas nuestras ilusiones pastorales, queremos confesarle también lo que siente nuestro corazón con relación a temas tan preocupantes que aquejan a nuestro mundo como es la violencia, la inseguridad y la guerra. Que Ella interceda ante su Hijo Jesucristo para que nos conceda el don de la paz y que nosotros sepamos ser responsables de este don.

Queremos también confesarle a la Santísima Virgen María de Guadalupe la conciencia que tenemos y que queremos acrecentar de ser hijos suyos, de ser una sola familia en nuestra Patria y queremos presentarle nuestro anhelo, que no obstante las diferencias en nuestra manera de pensar, de percibir la realidad y sus problemas, somos hermanos llamados a habitar y compartir la misma casa, nuestra casa que es México y no queremos dañarla, queremos mejorarla cada día más para que todos los hermanos gocen de las mismas posibilidades que pongan en evidencia la dignidad y el valor de todos. No queremos vivir divididos, mucho menos enfrentados unos a otros como si fuésemos enemigos.

No queremos gastar las energías que requiere nuestra Patria para mejorar tantos campos de la vida, no queremos gastar esas energías en hacernos la guerra unos a otros.

Todo lo contrario, queremos respetarnos, queremos asumir las reglas que todos nos hemos dado para convivir pacífica y armónicamente, no obstante nuestra válidas y explicables diferencias.

Necesitamos reglas que nos permitan convivir pacíficamente como hermanos, queremos reconocer esas reglas y queremos atenernos a ellas porque garantizan nuestra pacífica convivencia y el respeto que nos debemos unos a otros. Queremos también dar fuerza a las instituciones que reconocemos para que velen y que hagan posible el cumplimiento de estas reglas.

Creo yo que estos anhelos que en el fondo cada uno y todos tenemos, son de vivir como hermanos. Ella vino precisamente para congregar, reunir, superar, tantas divisiones en el origen, en la raíz de nuestra conformación como pueblo, como nación. Ella vino para ser instrumento de unidad y de comunión en nuestro pueblo.

Por eso digo, antes que estar en nosotros, estos anhelos de fraternidad, comunión, y de progreso de nuestra Patria, estos anhelos están en el corazón de la Madre y Ella sabe dónde está la fuente que garantice que estos anhelos pueden ser una realidad.

La fuente es nada menos que su Hijo Jesucristo, que murió en la Cruz para reconciliar a todos los hombres entre si y para reconciliarnos a todos los hombres y mujeres con Dios.

Él rompió ya todos los muros que nos dividen, como hombre y como mujer, como judío y como gentil. Él ha derrumbado todos los muros que nuestro egoísmo pone a la fraterna convivencia Jesús es el Príncipe de la Paz y Él nos ha pacificado no con la violencia, nos ha pacificado con la fuerza de su entrega y de su sacrificio. María sabe que la fuente de la paz, de la fraternidad, del auténtico progreso, la fuente de la vida es su Hijo Jesucristo. María sabe, Ella nos convoca, nos reúne en torno a este banquete que es su Hijo Jesucristo.

Y estamos aquí porque nos sentimos convocados, vamos a participar del banquete, vamos a reafirmar estos anhelos y vamos hacernos enviados. María con su Hijo nos envía para que seamos testigos de estos anhelos en donde quiera que desarrollemos nuestra vida, nuestra vocación, en nuestra familia y en nuestro ambiente.

Nos vamos de aquí como testigos de paz, de fraternidad, de comunión en Jesucristo, quien nos alimenta con la Palabra, con su Cuerpo y su Sangre participándonos de su mismo Espíritu. Con estos anhelos, ilusiones y propósitos, hermanas y hermanos, sigamos celebrando en comunión con María, a Jesucristo nuestro único y verdadero Salvador, Príncipe de la paz. Que así sea.

 
 
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