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Homilía
pronunciada por
Mons. José Rafael Palma Capetillo, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Yucatán, con motivo de la peregrinación anual a la Basílica de Guadalupe de la Arquidiócesis de Yucatán.

12 de julio de 2006

Siguiendo la sana costumbre de los yucatecos, acudimos presurosos, como María Santísima, al cerro del Tepeyac, para compartir la Santa Misa en esta casita de oración, inspirada en las palabras de la Virgen Santísima, que se presentó para nosotros como la Madre del verdadero Dios por quien vivimos.

En efecto, con los miles de peregrinos que se han organizado y esforzado con tanta devoción para estar presentes en esta peregrinación anual, llegamos con el corazón lleno del gozo de la fe, anhelando este encuentro con Jesús, el fruto bendito del vientre de la Madre del Redentor.

Sabemos de un gran número de personas que durante el año van preparando este encuentro eclesial y separan como intocables, casi sagradas, estas fechas para cumplir piadosamente con este homenaje que la Iglesia Arquidiocesana de Yucatán rinde desde hace 72 años ininterrumpidos a la Reina del Cielo en este lugar privilegiado.

Nos unimos, en este año 2006, al jubileo de la patria mexicana y de la Iglesia entera, que conmemora los 475 años de las apariciones de la Virgen  Santísima de Guadalupe. Como san Juan Diego, recibimos de nuevo la invitación a orar y aprender a servir como María a nuestros hermanos; y, como san Juan Diego. Procuraremos estar atentos a las encomiendas de hacerlo todo con la aprobación de la Iglesia, de ser dóciles instrumentos al servicio de Dios y de no desalentarnos jamás ante las dificultades y obstáculos que puedan surgir.

Con el valioso mensaje de la Virgen morena, lleno al mismo tiempo de ternura y de vigor, aceptamos ser defensores y proclamadotes de los valores humanos y cristianos, en cuanto a la dignidad de cada persona humana y de cada hogar como lo ha hecho recientemente el Papa Benedicto XVI, en el V Encuentro Mundial de las Familias en Valencia, España, señalando siempre y en todas partes el homenaje a la vida humana desde su inicio hasta su conclusión natural y a la maravillosa capacidad de amar y ser amados.

Toda peregrinación nos hace más conscientes de que “caminamos en la fe” y que somos signo de la Iglesia universal que permanece en marcha construyendo el Reino de Dios. Toda acción de la Iglesia que camina, nos recuerda vivamente que no estamos solos porque Jesús nos acompaña siempre y María Santísima nos anima.

Esta cita que nos hemos dado en la Basílica de Guadalupe, como toda peregrinación, nos indica vehementemente que en toda ocasión debemos apoyarnos mutuamente y hacer nuestro recorrido cotidiano al ritmo que Dios nos marca.
Toda marcha realizada en el nombre de Jesucristo y en plena comunión con la Iglesia, como la que ahora realizamos, hace resonar en nuestro corazón que no podemos detenernos jamás hasta llegar, cuando Dios nos llame, a la casa eterna del Padre.

Somos peregrinos de Dios, la Virgen María, como madre y maestra de la Iglesia de todos los tiempos, se adelanta a nosotros en esta experiencia de la fe para mostrarnos el camino. Así, en medio de las dificultades y las angustias que suelen surgir con frecuencia, sepamos reconocer la luz de Cristo, que nos guía, nos fortalece y nos llena de su paz y de su amor.

A nombre del Excmo. Sr. Arzobispo de Yucatán, Mons. Emilio Carlos Berlie Belaunzarán, y de su servidor, agradecemos y bendecimos a todos los sacerdotes y fieles laicos organizadores de las distintas peregrinaciones que han concurrido hoy a este importante y hermoso evento, para que continúen motivando a una preparación espiritual y digna de los devotos hijos de la Virgen Santísima al acudir a este Santuario Nacional Guadalupano. Expresamos también nuestro agradecimiento a los yucatecos que residen en el Distrito Federal y en otros lugares vecinos y que nos acompañan en esta solemne ceremonia. Gracias a todos los que hoy comparten con nosotros esta oración eucarística con nuestra comunidad yucateca.

Por intercesión de la siempre Virgen María de Guadalupe, ponemos en el altar de Dios nuestras intenciones y las de todos los que se han encomendado a nuestra plegaria. Imploramos de manera especial por el futuro de nuestra patria, por nuestros hermanos enfermos y los más necesitados e imploramos también la protección de Dios por los que viajan de regreso a casa. Que Dios los bendiga a todos.

 
 
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