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Homilía
pronunciada por
Mons. Leopoldo González González, Obispo de la Diócesis de Chipas, en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Chiapas a la Basílica de Guadalupe.

28 de mayo de 2006

Una vez más, el último domingo de Mayo las tres diócesis de Chiapas, San Cristóbal de las Casas, Tuxtla Gutiérrez y Tapachula, llegamos como peregrinos al Tepeyac, a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.

El sureste de nuestra Patria, allá donde están nuestros hogares, parece muy distante, sin embargo desde mucho antes de ponemos en camino, nuestro corazón ya se encontraba aquí, en el temple cito que nuestra Madre nos pidió construirle para en él mostramos a Aquel que es todo su amor, su mirada compasiva, su auxilio, Jesús, su Hijo, nuestro Salvador.

Sentimos grande alegría al llegar a este lugar de donde, Dios quiera, nunca se aparte nuestro corazón.

Este domingo celebramos la ascensión del Señor Jesús al cielo. Después de dar, a sus discípulos, numerosas pruebas de que había resucitado y está vivo, "subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios".

- Al elevarse, Jesús nos revela de manera muy clara su divinidad. Después de cumplir su misión en la tierra, regresa allí de donde ha venido, regresa a Dios.
Sólo Él tiene la fuerza divina y el derecho de subir al cielo, porque es el Hijo de Dios que ha bajado del cielo.

- Al venir del Padre a nosotros no se aferró a las prerrogativas que le correspondían por ser Dios, y se hizo uno de nosotros, uno como cualquiera de nosotros, para vivir entre nosotros.

Ahora que vuelve al Padre, se sienta a su derecha, porque es Dios todopoderoso como el Padre; pero retorna hecho uno de nosotros: es Dios Hijo que se ha hecho hombre. En Jesús el hombre se mira en el cielo, y descubre que a eso está llamado. Ahí el Señor nos prepara un lugar y, cuando todo esté listo, vendrá y nos llevará con Él, a la felicidad plena del encuentro con Dios, nuestro Padre.

Unidos a San Pablo pidamos a Dios que ilumine nuestra mente para que comprendamos cuál es la esperanza que nos da su llamamiento, y desde esa esperanza orientemos nuestras decisiones de cada día.

San Lucas nos dice que los apóstoles vieron a Jesús que se iba elevando, "hasta que una nube lo ocultó de su vista". Esa nube no es signo de ausencia y lejanía. Esa nube nos habla de la intimidad de Dios en la que entra Jesús, y también de su presencia a nuestro lado. Es verdad que al subir al cielo, ya no lo miramos como lo veían Pedro y sus contemporáneos. Su presencia ahora es invisible, pero muy real: los apóstoles "fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba su predicación con los milagros que hacían".

Y además, esa presencia del Señor Jesús ya no está limitada por el lugar y el tiempo: Jesús está con cada uno de nosotros, cada día hasta el fin del mundo. La ascensión implica una separación, pero proporciona una comunión con el Señor Jesús, más profunda y permanente, que tendrá su plenitud al final de los tiempos.

Cuando los apóstoles miraban a Jesús alejarse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: "Galileos, ¿qué hacen ahí parados mirando al cielo? Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo han visto alejarse". La ascensión nos invita a mirar a lo alto y elevar el corazón, pero no permite que nos quedemos en la añoranza de otros tiempos.

Hoy la Iglesia pone en nuestros labios esta oración: "Señor Jesús, Tú que por el camino del amor descendiste hasta nosotros, haz que nosotros, por ese mismo camino, ascendamos a Ti". Hay una misión que cumplir y un testimonio que dar: hemos de llevar .a todas partes la Buena Nueva del Reino, pero no podemos olvidar que para construir el Reino de Dios, hemos de tener en Dios el corazón.

Cuando el camino es muy accidentado, nos hace poner en él toda nuestra atención. No nos permite mirar a lo alto. Si estamos cargados de muchos problemas, tenemos la tentación de centrar en ellos nuestra vida y para nada mirar a Dios. Algo parecido le pasó a San Juan. Diego con la Virgen. Tenía una gran preocupación en su corazón: el tío Juan Bernardino estaba gravemente enfermo.

Por ello decidió no pasar por el lugar donde la Virgen se le había aparecido, para- no entretenerse y poder atender la pena que le embargaba. "Se imaginaba que por dar allí la vuelta no iba a vedo Aquella cuyo amor hace que absolutamente y siempre nos esté cuidando".

La Virgen le salió al encuentro y, luego de escuchar sus penas, le dijo: "¿Acaso no estoy yo aquí que soy tu Madre?". Esas palabras de la Virgen han quedado en el corazón de cada uno de nosotros. Por eso, las preocupaciones no nos hacen darle la vuelta, sino encaminamos a ella, para que ella nos guíe a su Hijo y ponga en sus manos aquello que nos preocupa e inquieta.

Este año nuestro corazón tiene grandes temores y preocupaciones. Nos hace miedo la temporada de lluvias y queremos pedir que sea un buen tiempo, de bendición y no de desastres.

Que no falte el agua a los campos para que las cosechas den a todos lo necesario para vivir, y los manantiales nos sigan ofreciendo suficiente agua para beber. Junto con nuestra petición, la Virgen reciba nuestro compromiso de cuidar el medio ambiente.

A los niños de Primera Comunión han de plantar dos árboles y cinco los jóvenes que reciban la Confirmación, muchos podemos plantar siquiera uno. Ya es buen tiempo. No dejemos de hacerlo.

Con la temporada de lluvias, ya presente desde hace algunas semanas, lo realizado hasta ahora de las obras de reconstrucción no hace tranquilidad.

Es necesario un esfuerzo mayor de quienes están a cargo y cuidado de esas obras, para que puedan ser realizadas en el tiempo prometido. Encomendamos a la Virgen los cauces de los ríos, las casas que habitamos y por construir y caminos que reparar. Ella nos ayude a recobrar la confianza y reconstruir por caminos de justicia y de paz.

Nos duele la situación de nuestro pueblo en el extranjero y que no se reconozcan plenamente los derechos de los ilegales a un trabajo justo. Reconocemos, sin embargo, los avances logrados y esperamos que se consoliden. Pero nos da pena el trato sufren muchos extranjeros que pasan por nuestros pueblos, camino al norte.

En estos días difíciles, recurrimos a la Virgen y le pedimos la gracia de ser la familia que ella quiere, una familia en la que los más pequeños y pobres se sientan fraternamente protegidos y apoyados. Tal vez no podamos darles todo 10 que quisiéramos, pero sí podemos comprometemos a no abusar de ellos.

También hemos de poner nuestra mano y empeñar nuestro esfuerzo en proteger nuestros hogares y nuestras ciudades de las drogas, de su comercio y de su consumo, y de la violencia que surge de todo eso. Apoyemos con algo que está al alcance de todos: en nuestro corazón y en nuestros labios el rechazo 'rápido y firme de cualquier droga, porque es semilla de muerte.

Ponemos en el corazón de nuestra Madre de Guadalupe el momento electoral que estamos viviendo, en el País y en nuestro Estado. Ella nos dijo que quería ser la Madre de todos los moradores de estas tierras, e hizo el milagro de que en su rostro pudiéramos vemos lo mismo el indígena, que el español y el mestizo. Quiere que todos sus hijos vivamos unidos. Le pedimos que nos ayude a mantenemos hermanos, que la contienda electoral no se convierta en confrontación que nos divida, sin caer en extremismos violentos respetar la pluralidad de opciones y el justo resultado de la opinión mayoritaria.

En estos tiempos es grande la tentación de pasar los días como vagabundos. La Virgen nos conceda vivir como peregrinos a la Casa del Padre. El vagabundo es un hombre desorientado, a quien lo mismo da un camino u otro, porque va a ninguna parte. El peregrino sabe bien a dónde va y allá dirige sus pasos, ve desde lejos y ama el lugar al que se encamina. Sus pasos pueden ser cansados, pero camina seguro. Nuestro Camino es Jesús, que está a la derecha del Padre, se encuentra en medio de nosotros y recibiremos en la Eucaristía. Es el único que puede llevamos a Casa del Padre.

La mirada y la voz de Nuestra Madre, la Santísima. Virgen de Guadalupe, hacen que renazca en nosotros la esperanza. Nos reconforta para volver a nuestra casa y a nuestro trabajo con nuevo impulso... Como a San Juan Diego nos dice: "Ya has oído, hijo mío, el más amado, mi aliento, mi palabra. ¡Ojala aceptes ir y tengas la bondad de poner todo tu esfuerzo", En nuestra boca esté también su respuesta: "Señora mía, mi Niña, ciertamente ya voy para poner por obra tu venerable aliento, tu amada palabra. Por ahora de ti me despido, yo, tu humilde servidor". 

 
 
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