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Homilía
pronunciada por Mons. Constancio Miranda Weckmann,
Obispo de Atlacomulco, en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Atlacomulco a la Basílica de Guadalupe.

20 de octubre de 2006

Discípulos de Jesús con María Discípula

Estamos de nuevo, como cada año con la ayuda de Dios, los Fieles de la Diócesis de Atlacomulco, contemplando el rostro sereno y lleno de amor de la Madre de Jesús; el rostro moreno que Ella quiso tener entre nosotros. Es el rostro de la mujer que contempló a Dios hecho hombre en sus entrañas y lo siguió acompañándolo hasta la cruz y a la resurrección.        

Venimos a aprender de Ella, discípula de su Hijo, la paz del alma y de la vida que tanto necesitamos en estos días; a poner nuestra confianza en "el verdadero Dios por quien se vive"; a oír de sus labios aquellas palabras que reavivan nuestra fe: "No temas, el más pequeño de mis hijos, nos estás por ventura en mi regazo y corres por mi cuenta, que has de menester".

Venimos a expresar de nuevo la fe y el amor de este pueblo que desde siempre ha tenido a María de Guadalupe como su esperanza. Venimos a depositar en sus manos que nunca dejan de orar por nosotros, los problemas y alegrías de cada creyente y de cada comunidad de nuestra Diócesis.

Venimos a orar y al mismo tiempo a manifestar que queremos la paz y la concordia de nuestra Patria. Venimos a decirle a la Morenita que hoy es uno de esos momentos en que México necesita de su ayuda y de su luz; que nos una y nos hermane, que destierre las ambiciones y nos haga pensar como una sola familia que somos los mexicanos, que destierre los odios y la violencia. Que Ella sea el corazón de México para llevar a todos la vida, el amor y la paz.

Venimos a que nos enseñe a ser verdaderos discípulos de su Hijo. Somos un país cada vez más plural en el que debemos alcanzar una convivencia pacífica y respetuosa, puesto que todos buscamos el progreso, la justicia, los derechos humanos y el bien de la Patria.

Pero si bien en una familia caben legítimamente las diferencias y divergencias, no es concebible el odio, y mucho menos la violencia que siempre será condenable y estéril. Eso mismo hemos comprendido y debemos seguir asimilando del mensaje guadalupano: Santa María de Guadalupe vino a esta nación a  hermanarnos y a enseñarnos a ser todos hijos de un mismo Padre.

Hemos venido hoy, en actitud de discípulos, con María discípula, a escuchar de nuevo la palabra de Jesús: "Ahí tienes a tu madre". Madre del Amor Hermoso, del que el Santo Padre Benedicto XVI, en su Encíclica Dios es Amor nos dice: "A su bondad materna se dirigen los hombres de todos los tiempos en sus necesidades y esperanzas, en sus alegrías y contratiempos, en sus soledades y en su convivencia.

Y siempre experimentan el don de su bondad; experimentan el amor inagotable que se derrama desde lo más profundo de su corazón. La devoción de los fieles muestra al mismo tiempo la intuición inefable de cómo es posible este amor: se alcanza merced a la unión íntima con Dios. María, la Madre, nos enseña qué es en el amor en dónde tiene su origen, su fuerza siempre nueva".

Que bueno que nos hallamos, queridos Hermanos, a los pies de nuestra Madre, a los pies de la Señora de México, la gran mujer que ha orientado, que ha caminado con el pueblo mexicano durante estos 475 años. Ella nos ha enseñado a ser verdaderos discípulos y misioneros de su Hijo Jesucristo. Nos ha enseñado' a colaborar en mantener la unidad del espíritu con el vínculo del amor.

Nuestros pueblos de la Diócesis de Atlacomulco necesitan de auténticos y verdaderos cristianos, auténticos y 'verdaderos discípulos, quienes con su presencia comprometida y activa, demos razón de nuestra fe católica en, la cual jamás debe existir separación o divorcio entre lo que se cree y lo que se vive. Y todo esto lo realiza la respuesta de nuestro amor al amor de Dios en nuestros hermanos.

Ante este maravilloso encuentro de peregrinación, caemos en la cuenta, de que no regresamos a nuestras casas, vacíos, solos y desamparados, sino sintiendo el amor de María de Guadalupe, su protección y su cuidado, pero ante todo regresamos portando a Dios.

Somos mensajeros, somos discípulos de su Hijo Amado. Llevémoslo a nuestros seres queridos y manifestémosles ante todo que el amor de Dios está con ellos, que nunca nos abandona y que Santa María de Guadalupe bendice nuestros hogares, bendice a sus personas y las protege con su amor de bondadosa madre. Pido a Dios Padre que los bendiga y los proteja a todos con su gracia y con su amor.

 
 
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