Queridos hermanos sacerdotes, diáconos,
religiosos, religiosas y apreciables hermanos laicos de las comunidades
parroquiales que han venido con Espíritu de fe y alegría a esta
Insigne Basílica, a las plantas de Santa María de Guadalupe.
Un saludo también a todos los demás
hermanos que vienen de otras diócesis, de otros lugares de esta
misma Arquidiócesis a participar en esta acción de gracias al
señor, a las plantas de la Santísima Virgen María.
Hoy hemos venido, como cada año, la
Diócesis de Coatzacoalcos para manifestar nuestro agradecimiento
al Señor a través de la intercesión de María Santísima.
Esta Diócesis va siendo camino, son
ya veintidós años de experiencia eclesial, en ésta peregrinación
que hacemos, manifestando a Dios Padre, a su Hijo Jesucristo y
al Espíritu Santo, el reconocimiento que se está dando a ésta
iglesia en particular, pero también, reconocemos esa intercesión
permanente de María, en su advocación de Santa María de Guadalupe.
Queremos poner en las manos de Dios
y también en el regazo de María, nuestros gozos, nuestras preocupaciones,
nuestros proyectos, para que sean purificados y transformados
por Jesucristo el Señor.
Quisiera anunciar algunas de las manifestaciones
más sencillas que estamos viviendo en nuestra Diócesis, tanto
en el aspecto social como en el eclesial, todo esto, para entender
lo que hoy Dios nos está pidiendo, para poder continuar como
fieles colaboradores suyos en esa implantación del Reino de Dios
en nuestra Diócesis.
Entre las luces de la realidad eclesial,
puedo enumerar el crecimiento en el proceso de Evangelización
en la mayoría de nuestras comunidades. Se ha ido acrecentando
este hábito del Anuncio pero también de la vivencia de Jesucristo
el Señor, y sigue impactando éste anuncio y éste seguimiento de
Cristo.
La participación de un buen número
de agentes de evangelización, sobre todo en el proceso que llevamos
hacia el II Plan Diocesano de Pastoral. También se esta dando
una mayor sensibilidad y conocimiento de la realidad social y
de la vida de la Iglesia. Podría anunciar algunos proyectos para
una mejor planificación y desarrollo socioeconómico de la región,
y también una mayor participación ciudadana en los programas sociales
y culturales.
Pero también encontramos sombras y
que son para nosotros, una oportunidad para madurar, para crecer
entre estos problemas del ámbito social. Se está dando o persiste
la pobreza y marginación de un gran número de personas en nuestra
región, la desocupación por falta de fuentes de trabajo, los brotes
de violencia e inseguridad en algunas zonas.
En el ámbito eclesial, falta un mayor
surgimiento y acompañamiento de los laicos, para comprometerse
en la vida y transformación de la realidad social. También nos
hace falta una mejor organización de la pastoral de conjunto y
vemos la necesidad de un fortalecimiento y adecuación de la evangelización
en las zonas urbanas.
También necesitamos un gran número
de agentes de pastoral bien preparados, desde sacerdotes, con
una formación de verdaderos pastores que amen y entreguen su vida
por Cristo, por su iglesia, por un testimonio de vida pero también
con esa gran riqueza del encuentro con Cristo y de un convencimiento
de vivir la caridad social.
Ante este panorama anunciado brevemente,
hoy también, escuchamos la palabra de Dios. Escuchamos muy atentamente
en las lecturas de ésta Santa Misa, especialmente en el texto
del Evangelio, el testimonio de María como mujer de profunda fe
y confianza en el cumplimiento de la voluntad del Señor.
Cuando va de visita a la casa de su
prima Isabel, es recibida y reconocida como una mujer de fe y
de confianza en el Señor “¡Dichosa tú que has creído!, porque
lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.”
Y también digamos, como María es modelo
de amor y de servicio, dice el texto del evangelio: “María se
puso en camino y fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá”,
ahí donde vivía su prima Isabel, va en su ayuda solícita, estará
con ella el tiempo necesario para preparar también el nacimiento
de su hijo Juan el Bautista.
Ella se hace sierva del Señor, María,
con su servicio, se enriquece con la alegría de llevar a Cristo
que ha concebido en su seno y además con la oración del Magnificat
exalta esa Buena Nueva del amor y poder de Dios, especialmente
por los más pobres y sencillos.
A la luz de estas dos consideraciones
del Evangelio, viendo el testimonio y la experiencia de María
Santísima, quiero aplicar esta respuesta y esta realidad de María
a nuestra vida, especialmente como Diócesis, pero también para
cada uno de nosotros.
Siguiendo pues ese testimonio de María
en el camino de nuestra vida de Iglesia Diocesana, estamos llamados
a renovar una y otra vez la firme confianza en el Plan salvador
de Dios: a creer firmemente en lo que El nos dice y nos pide para
hacerlo presente en la vida y realidad que nos toca asumir, y
que yo he anunciado brevemente y saber que ahí está también,
en esta experiencia de fe, nuestra dicha y nuestra alegría.
Tengamos seguridad de que impulsados
por la Santísima Virgen, mientras peregrinamos, Ella será la madre
educadora de la fe, la que cuida de que el Evangelio nos penetre
conforme nuestra vida diaria y produzca frutos de santidad, como
nos dice los obispos en los documentos de Puebla. Ella tiene que
ser cada vez más la pedagoga del Evangelio en todos nuestros pueblos
de América Latina.
El estilo de atención y servicio de
María para con sus hermanos, como lo escuchamos hoy en la lectura
del Evangelio en su visita a su prima Isabel, nos anima y compromete
a ejercitarlo también nosotros a nivel personal y eclesial, ir
al encuentro de los demás de manera pronta y efectiva, llevándoles
la noticia buena que es Cristo.
Al venir, queridos hermanos, en esta
peregrinación a las plantas de María Santísima, reconocemos la
obra de Dios durante todo un año en la vida concreta de nuestra
Diócesis.
Es a la Virgen María, a la Morenita
como le llamamos con cariño, que le pedimos siga intercediendo
por todos y cada uno de nosotros, para que sigamos creciendo en
el camino de la fe y del servicio fraterno y solidario, para
que como Diócesis, junto con toda la Iglesia, sigamos decididos
y perseverantes en cuidar y comunicar el tesoro que es Cristo,
la Buena Nueva por excelencia, que es lo más valioso y necesario
para que el mundo tenga la verdadera vida.
Y hoy también pedimos de una forma
especial a María, que con su maternal intercesión, siga llenando
de gozo ante el Padre misericordioso a nuestro querido hermano
Obispo Carlos Talavera Ramírez, quien en días pasados, el 2 de
julio, fue llamado para el encuentro definitivo de plenitud de
vida, con Cristo Resucitado. El fue el primer Obispo de nuestra
Diócesis, un siervo fiel y prudente, un amigo y buen pastor que
entregó su vida sirviendo a la Iglesia.
A la santísima Virgen, a la Madre
del amor puro, a la que desde hace más de cuatro siglos y medio
nos a dicho :“ ¿ No estoy yo aquí que soy tu madre?”, encomendamos
y consagramos una vez más toda nuestra Iglesia diocesana, obispos,
sacerdotes, diáconos, nuestro seminario, todos nuestros hermanos
y hermanas de la vida consagrada, los agentes de pastoral, nuestras
familias, los jóvenes, los niños, a todos los consagramos y manifestamos
una vez más nuestro cariño y nuestro agradecimiento.