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Homilía
pronunciada por
Mons. Rutilo Muñoz Zamora, Obispo de la Diócesis de Coatzacoalcos en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Coatzacoalcos, a la Basílica de Guadalupe.

11 de julio de 2006

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y apreciables hermanos laicos de las comunidades parroquiales que han venido con Espíritu de fe y alegría a esta Insigne Basílica, a las plantas de Santa María de Guadalupe.

Un saludo también a todos los demás  hermanos que vienen de otras diócesis,  de otros lugares de  esta misma Arquidiócesis a participar en esta acción de gracias al señor, a las plantas de la Santísima Virgen María.

Hoy hemos venido, como cada año, la Diócesis de  Coatzacoalcos para manifestar nuestro agradecimiento al Señor a través de la intercesión de María Santísima.

Esta Diócesis va siendo camino, son ya veintidós años de experiencia eclesial, en ésta peregrinación que hacemos, manifestando a Dios Padre, a su Hijo Jesucristo y al Espíritu Santo, el reconocimiento que se está dando a ésta iglesia en particular, pero también, reconocemos esa intercesión permanente de María,  en su advocación de  Santa María de Guadalupe.

Queremos poner en las manos de Dios  y  también en el regazo de María, nuestros gozos,  nuestras preocupaciones, nuestros proyectos, para que sean purificados y transformados por  Jesucristo el Señor.

Quisiera anunciar algunas de las manifestaciones más sencillas que estamos viviendo en nuestra Diócesis, tanto en el aspecto social como en el eclesial, todo esto, para entender lo que hoy  Dios nos está pidiendo,  para poder continuar como  fieles colaboradores suyos en esa implantación del Reino de Dios en nuestra Diócesis.

Entre  las luces de la realidad eclesial, puedo enumerar el crecimiento  en el proceso de Evangelización en la mayoría de nuestras  comunidades. Se ha ido acrecentando este hábito del Anuncio pero también de la vivencia de Jesucristo el Señor, y sigue impactando éste anuncio y éste seguimiento de Cristo.

La participación de un buen número de agentes  de evangelización, sobre todo en el proceso que llevamos hacia el II Plan Diocesano de Pastoral. También  se esta dando una mayor sensibilidad y conocimiento de la realidad social y de la vida de la Iglesia. Podría  anunciar algunos proyectos para una mejor planificación y desarrollo socioeconómico de la región, y también una mayor participación ciudadana en los programas sociales y culturales.

Pero también encontramos sombras y que son para nosotros, una oportunidad para madurar, para crecer entre estos problemas del ámbito social. Se está dando o persiste la pobreza y marginación de un gran número de personas en nuestra región, la desocupación por falta de fuentes de trabajo, los brotes de violencia e inseguridad en algunas zonas.

En el ámbito eclesial, falta un mayor surgimiento y  acompañamiento de los laicos, para  comprometerse en la vida y transformación  de la realidad social. También nos hace falta una mejor organización de la pastoral de conjunto y  vemos la necesidad de un fortalecimiento y adecuación  de la evangelización  en las zonas urbanas.

También necesitamos un gran número de agentes de pastoral bien preparados, desde  sacerdotes, con una formación de verdaderos pastores que amen y entreguen su vida por Cristo, por su iglesia, por un testimonio de vida pero también con esa gran riqueza  del encuentro con Cristo y de un convencimiento de vivir la caridad social.

Ante este panorama anunciado brevemente, hoy también, escuchamos la palabra de Dios. Escuchamos muy atentamente en las lecturas de ésta Santa Misa, especialmente en el texto del Evangelio, el testimonio de María como mujer de profunda fe y  confianza en el cumplimiento de la voluntad del Señor.

Cuando va de visita  a la casa de su  prima Isabel, es recibida y reconocida como una mujer de fe y de confianza en el Señor  “¡Dichosa  tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor  se cumplirá.”

Y también digamos, como María es  modelo de amor y de servicio, dice el texto del evangelio: “María se puso en camino y fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá”, ahí donde vivía su prima Isabel, va en su ayuda solícita, estará con ella el tiempo necesario para preparar también el nacimiento de su hijo Juan el Bautista.

Ella se hace  sierva del Señor, María, con  su servicio, se enriquece con la alegría de llevar a Cristo que ha concebido en su seno y además con la  oración del Magnificat exalta esa Buena  Nueva del amor y poder de Dios, especialmente  por los  más pobres y  sencillos.

A la  luz de estas dos consideraciones del Evangelio, viendo el testimonio y la experiencia de María Santísima, quiero aplicar esta respuesta y esta realidad de María a nuestra vida, especialmente como Diócesis, pero también para cada uno de nosotros.

Siguiendo  pues ese testimonio de María en el camino de nuestra vida de Iglesia Diocesana, estamos llamados a renovar una y otra vez la firme confianza  en el Plan  salvador de Dios: a creer firmemente en lo que El nos dice y nos pide para hacerlo presente en la vida y realidad que nos toca asumir, y que yo he anunciado brevemente y saber que ahí  está  también, en esta experiencia de fe, nuestra dicha y nuestra alegría.

Tengamos seguridad de que impulsados por la Santísima Virgen, mientras peregrinamos, Ella será la madre educadora de la fe, la que  cuida de que el Evangelio nos penetre conforme nuestra vida diaria y produzca frutos de santidad, como nos dice los obispos en los documentos de Puebla. Ella tiene que ser cada vez más la pedagoga del Evangelio en todos nuestros pueblos de América Latina.

El estilo de atención y servicio de María para con sus hermanos, como lo escuchamos hoy en la lectura del Evangelio en su visita a su prima Isabel, nos anima y compromete a ejercitarlo también nosotros a nivel  personal y eclesial, ir al encuentro de los demás de manera pronta y efectiva, llevándoles la noticia buena que es Cristo.

Al venir, queridos hermanos, en esta peregrinación a las plantas de María Santísima, reconocemos la obra de Dios durante todo un año  en la  vida concreta de nuestra Diócesis.

Es a  la Virgen María,  a la Morenita como le llamamos con cariño, que le pedimos siga intercediendo por todos y cada uno de nosotros, para que sigamos creciendo en el camino de la fe y del servicio fraterno y solidario,  para que como Diócesis, junto con toda la Iglesia, sigamos decididos y perseverantes en cuidar y comunicar el tesoro que es Cristo, la Buena Nueva por excelencia, que es lo más valioso y necesario para que el mundo tenga la verdadera vida.

Y hoy también pedimos de una forma especial a María, que con su maternal intercesión, siga llenando de gozo ante el Padre misericordioso a nuestro querido hermano Obispo Carlos Talavera Ramírez, quien en días pasados, el 2 de julio, fue llamado para el encuentro definitivo de plenitud de vida, con Cristo Resucitado. El fue el primer Obispo de nuestra Diócesis, un siervo fiel y prudente, un amigo y buen pastor que entregó su vida sirviendo a la Iglesia.

A la santísima Virgen, a la  Madre del amor puro, a la que  desde hace más de cuatro siglos y medio nos a dicho :“ ¿ No estoy yo aquí  que soy tu madre?”, encomendamos y consagramos una vez más toda nuestra Iglesia diocesana, obispos, sacerdotes, diáconos, nuestro seminario, todos nuestros hermanos y hermanas de la vida consagrada, los agentes de pastoral, nuestras familias, los jóvenes, los  niños, a todos los consagramos y manifestamos una vez más nuestro cariño y nuestro agradecimiento.

 
 
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