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Homilía
pronunciada por Mons. Guillermo Ortíz Mondragón,
Obispo de Cuautitlán, en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Cuautitlán a la Basílica de Guadalupe.

23 de noviembre de 2006

María Discípula y Misionera

"Muy de mañana se encaminó María hacia las montañas de Judea para visitar a su prima...". Desde el momento en que María vive su encuentro ron Jesucristo al acogerlo como Palabra de Dios anunciada por el Ángel, bajo la acción del Espíritu Santo, comienza una nueva etapa en su vida.

Ella, adherida profundamente a su Hijo que lleva en su seno, al mismo tiempo comparte el gozo del Espíritu a quien será Precursor. Educa a Jesús a lo largo de su crecimiento, “guardando en su corazón” todas las cosas que se refieren al Único que tiene “Palabra de Vida Eterna”, y ha venido a realizar" las cosas de mi Padre”'.

Más adelante estará presente en su camino misionero, cercana para el anuncio de la Buena Nueva en la Sinagoga de Nazaret, donde se había criado. Y así lo contempla mientras elige a sus discípulos y los va educando; de manera especial aparece en las bodas de Caná, en donde Ella interviene: “hagan lo que Él les diga”. Está “de pie junto a la Cruz”, uniéndose al misterio de dolor, esperando obediente la voluntad de su Hijo, en la esperanza de la vida eterna; ahí recibe como hijo al Discípulo Sacerdote y, en él, a todos nosotros; su nueva Misión.

María es el rostro de la Iglesia peregrina, misionera, evangelizadora que, formando parte de ella, se une a los discípulos de su Hijo primero, y luego misioneros hasta aquellos que llegaron a nuestras tierras, y sigue acompañándonos en nuestros días, en la Historia que vamos construyendo con la esperanza de la Salvación.

Y precisamente hace ya 475 años viene al encuentro de un indio bueno apenas convertido. Cuauhtlatoatzin, que vive la transición de fe basada en la Antigua Palabra de los mayores, que se abría misteriosamente al encuentro con el Verdadero Dios por Quien se vive.

Las Semillas del Verbo estaban latentes en la búsqueda bien intencionada de los moradores de estas tierras, nuestros antepasados. De manera especial Cuauhtlatoatzin representa a aquellos que buscan a Dios con sincero corazón. En continuidad con esta actitud se abre a la Palabra y es asiduo a la enseñanza de los sacerdotes porque quiere ciertamente hacerse discípulo del verdadero y único Maestro.

Nuestra Historia Reciente

El Señor Arzobispo don Felipe de Jesús Cueto y el Señor Obispo don Manuel Samaniego, mis Ilustres antecesores, fueron marcando al inicio un camino lleno de aventura, con el apoyo de magníficos sacerdotes, religiosos, religiosas y muchos laicos. Invito a que agradezcamos a ellos, algunos presentes, su trabajo en estas diócesis. Elevamos nuestra oración a Cristo Pastor de nuestras almas por estos Señores Obispos para que Él los acoja en su misericordia.

Hoy hace un año la Providencia Divina me encomendó el cuidado pastoral de esta amada Diócesis de Cuautitlán. Desde el primer momento, mientras agradecía a Dios, oraba por cada uno de ustedes con quienes he querido vivir la comunión que permita, antes que nada, ser signo de la Iglesia comunión y misión, formadora de maestros y de discípulos de Cristo.

El acercamiento al documento de Participación para la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe nos permitió tener un camino común que nos acercara a un trabajo conjunto tanto a sacerdotes, como fieles laicos, religiosos y religiosas. Este marco nos permitió tomar conciencia de una nueva etapa en nuestra Diócesis. Así comenzamos por definir los territorios parroquia les. Iniciamos el acercamiento entre parroquias para conformar los Decanatos, espacio de comunicación, cercanía y operatividad para la Pastoral de Conjunto.

Caminado Permanente

El fin primero, crecer en la fraternidad y comunión sacerdotal y el bien de los fieles, nos permitirá continuar, bajo la acción del Espíritu, nuestro camino en el horizonte de la Gran Misión Diocesana, siguiendo los pasos de San Juan Diego, el discípulo de la Dulce Señora del Cielo. Iniciaremos el Año litúrgico unidos a toda la humanidad que espera al Dios vivo. Las fiestas propias de estos días, en el contexto del Tiempo de Adviento, son el cauce natural para una primera etapa.

María, en su Inmaculada Concepción y Guadalupe, nos Invita a contemplar el Misterio de Cristo desde su mirada de discípula, rezando el Santo Rosario en familia por la paz. El novenario de preparación para la Natividad de nuestro Salvador nos dará la oportunidad de vivir el Kerigma a través de esta oración mariana y cristológlca. Dejemos que este anuncio nos invada, nos mueva a una más profunda adhesión de fe en Cristo muerto y resucitado.

Pido que celebremos la Fiesta de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin con toda solemnidad en cada una de las comunidades, por la mañana o por la noche, de modo que nos encontremos al medio día en su casa para celebrarlo como Iglesia Particular, ya que fue elegido como Mensajero. Su vida, su conversión y su apostolado nos marcan las etapas de nuestro camino espiritual. Su misión sigue siendo actual, y toca a nosotros continuarla.

En un país en donde las diferencias culturales, ideológicas y políticas crean situaciones de conflicto, inseguridad y dificultad en el desarrollo de las comunidades, al ver interrumpida su vida ordinaria, la educación y el trabajo de muchos, es necesario seguir el camino de la reconciliación, del encuentro, más allá de actitudes egoístas, abrimos a la tarea por construir la concordia y la solidaridad, la complementariedad, en la que nuestro Santo participó tan intensamente con su testimonio de fe y su actitud de generosa entrega a la evangelización.

En este mismo contexto, invitemos a las familias a recuperar la elaboración del Nacimiento con el lema “En la Familia damos posada a Jesús, José y María”. La invasión de la sociedad de consumo con muchas propuestas en este tiempo contra nuestras costumbres y el sentido de la familia, confunde el mensaje de la Iglesia. Cuidemos la fe de las comunidades a nosotros encomendadas acogiéndolos en estas sencillas tradiciones en tomo a la Navidad. 

Nuestra Conversión Pastoral

“Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”. Isabel experimenta en sí misma el gozo de María que está llena del Espíritu Santo; es un gozo que nadie les quitará. Esa es la promesa que tenemos por delante en la medida que, como nuestra Madre nos enseña, profundicemos en nuestra fe en primer lugar nosotros los agentes, para poder después anunciar al Verdadero Dios por quien se vive.

Y sábete, hijito mío, que yo le pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has emprendido, así habló la que perfectamente está mirando bien a todas partes, cuando se dirigió a San Juan Diego. En esta nueva etapa de nuestra vida diocesana recibimos el consuelo de nuestra Madre como lo recibe nuestro guía y protector.

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos y seminaristas, no tengamos miedo de vivir la conversión pastoral que no está pidiendo el momento que el Espíritu nos lleva a vivir. Muy queridos hermanos y hermanas de vida consagrada, muy queridos hermanos laicos, no nos detengamos en el camino. Decidámonos todos como Iglesia particular de Cuautitlán a despertar nuestro espíritu misionero bajo el cobijo de nuestra Madre que hoy, como hace 475 años dijo a Juan Dieguito: ¿No estoy aquí; yo que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi manto en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?

 
 
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