La
unión con Dios en el cielo es la meta del hombre: por ello
el hombre de fe acepta el camino de su vida, como venido
de las manos de Dios, las penas y las alegrías, las cosas
que nos hacen sufrir y las cosas que nos suponen dicha,
y aún la muerte misma. Sin embargo, ese camino áspero y
arduo a veces, terso y lleno de dulzura otros.
Hay también un atajo, una senda que
abrevia y facilita el camino que es María. El pueblo cristiano.
Por aspiración sin duda del Espíritu Santo, ha tenido siempre
esta intuición divina; recordemos que siempre: "Es
más fácil llegar a Dios a través de su Madre".
Nuestro muy querido Obispo de la Diócesis
de Culiacán, Mons. Benjamín Jiménez Hernández, muy estimados
hermanos sacerdotes y ustedes fieles peregrinos de nuestras
parroquias que año con año muchos de ustedes han venido
al Tepeyac. Hemos venido a saludarte Señora Nuestra, con
un gozo inmenso, para darte gracias, para pedirte, para
acogernos bajo tu manto. Bendita seas María.
Recordamos con gran alegría esa historia
que nos llena de fascinación y hace que nuestro corazón
se llene de regocijo, una o otra vez podemos escuchar el
relato de sus apariciones y como algo nuevo y porque nuestra
fe y esperanza se renueva.
Nos dicen los relatos: un sábado de
1531 a principios de diciembre, un indio llamado Juan Diego
iba muy de madrugada del pueblo en el que residía a la Ciudad
de México a asistir a sus clases de catecismo y oír la Santa
Misa. Al llegar junto al Cerro del Tepeyac, amanecía y escucho
una voz que lo llamaba por su nombre. El subió a la cumbre
y vio a una señora de sobrehumana belleza, cuyo vestido
era brillante como el sol, la cual con palabras muy amables
y atentas le dijo: "Juanito, el más pequeño de mis
hijos, yo soy la siempre Virgen María, Madre del Verdadero
Dios por quien se vive. Deseo vivamente que se me construya
aquí un templo para en el mostrar y prodigar todo mi amor,
compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta
tierra, y a todos que me invoquen y en mí confíen. Ve a
donde el señor Obispo y di/e que deseo un templo en este
lugar. Anda y pon en ello todo tu esfuerzo”.
Es por eso que estamos aquí ante nuestra
Madre y Gran Intercesora, es por eso que la tenemos como
auxilio nuestro, invocándola porque Ella tiene un corazón
tan humano como el nuestro, para comprender nuestras miserias
y ayudándonos siempre porque somos sus hijos.
El Evangelista San Lucas hace dos referencias
al corazón de la Santísima Virgen que llaman poderosamente
la atención. La primera nos describe a los pastores quienes
convocados por un ángel del Señor, encontraron a la Sagrada
Familia. Encontraron las cosas que les habían sido anunciadas
sobre este niño y todos los que lo oyeron quedaron maravillados
de cuanto los pastores les habían dicho. María guardaba
todas estas cosas ponderándolas en su corazón.
En el mismo capítulo del evangelista,
tras el episodio del niño perdido y hallado en el templo,
encontramos una segunda y muy similar referencia: "su
Madre, la Madre del Salvador guardaba todas estas cosas
en su corazón".
A la luz del Evangelio, valdría la
pena preguntarnos si esas cosas de Dios que aprendemos en
la Sagrada Escritura, el algún retiro espiritual, o en la
Eucaristía misma las estamos guardando en nuestro corazón.
Pero además la dulcísima Madre de Cristo no solo las guardaba,
sino que además las ponderaba. Sólo María era capaz, en
su pureza y plenitud de Gracia ponderar y guardar las cosas
de Dios en su corazón.
Pensemos que la Virgen, no solamente
ha sido el más grande ejemplo de fe al decir al Ángel Gabriel:
Hágase en mí según tu palabra", sino que la vemos como
un modelo de amor humano. No es difícil imaginar a la Virgen
Santa con el Niño Dios en brazos derramando amor y ternura,
entregando su corazón plenamente a esa frágil criatura que
es Dios mismo, hecho Hombre.
Esa Madre amorosa que abraza al Pequeño
Niño, es la misma que acogió en su regazo el cuerpo inerte
de Jesús Crucificado, y es la misma que nos acoge a nosotros
los mexicanos. "¿Qué no estoy yo aquí que soy tu Madre?,
¿Qué no estas bajo mi regazo"? Palabras de la Virgen
de Guadalupe que las llevamos grabadas en nuestro corazón.
Es el mismo corazón el de María que se llenaba de gozo y
pronunciaba: "Un cántico lleno de belleza y poesía.
Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se alegra en Dios
mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava".
La Virgen nos enseña de un modo muy
especial con la visitación, las virtudes de la humildad,
de la caridad, de la generosidad, así como el deseo de servir
con prontitud. Y ella, Santa María de Guadalupe nos ha visitado
para mostrarse Madre amorosa y oír nuestros ruegos y suplicas
y darnos a conocer a Jesús como el Pan de Vida, a transmitirnos
la fe como la Gran Evangelizadora de nuestro Continente.
Porque nadie como Ella vivió las verdades
del Evangelio predicado por su Hijo, como la primera mujer
que creyó en Jesús y se convirtió en el primer Sagrario
aquí en la tierra. La Primera Cristiana, que nos viene a
mostrar a Jesús como el camino, la verdad y la vida, y como
alimento en nuestro caminar y a decirnos que: "Siempre
Jesús será el pan de Dios en medio de la gran masa de los
creyentes y que para comulgarlos solo es necesario creer
en Él y esperar en Él, y entonces solo entonces, poder vivir
como Él.
El corazón de María es el que con el
cuerpo exánime de Jesús en los Brazos parecía escuchar:
¿"A dónde se fue tu amado, oh la más hermosa de las
mujeres?, ¿A dónde se marchó en que tú quieres, y le buscaremos
contigo"? (Cant. V, 17).
Ese corazón entregado eternamente a
Dios aún antes de la anunciación, es el mismo que gime y
solloza al pie de la cruz. Ese mismo corazón en el que se
guardaban las maravillas que ocurrían en torno a el Salvador,
es Él, el que remueve con fuerzas de terremoto ante el sacrificio
del Rey de Reyes. Y era un corazón humano el que daba tanto
amor y sentía el más profundo de los dolores, y ese corazón,
el de María, era humano como el tuyo y como el mío. Santa
María no tuvo más corazón, ni más vida que la de Jesús,
una vida y un corazón humanos, pero de Jesús.
¿Podemos acaso, tu y yo amar y entregamos
de igual manera? El corazón humano de María pudo hacerlo,
tu y yo tenemos su propio corazón, como un escalón a la
puerta Santa de la Madre de Dios, no solo sabemos que podemos
amar a Cristo, debemos amarle así porque la tenemos a Ella
como intercesora.
Santa María de Guadalupe a lo largo
de nuestra historia ha manifestado el gran amor hacia nuestro
pueblo, mostrándonos todas las bondades divinas, arrancando
milagros del cielo ante nuestras súplicas, poniendo atención
a nuestras peticiones. Nos ha mostrado un corazón generoso
y tierno como por naturaleza de toda mujer que es madre,
el de María la Santísima Virgen nos inspira profundamente.
Un corazón amoroso y entregado, un
corazón fiel que nos muestra todas las emociones encontradas
que un corazón es capaz de sentir. Es el corazón de la Virgen
María tan grande y generoso que ha sido nuestro propio refugio
y un gran consuelo para la aflicción, y cada uno de nosotros
lo hemos experimentado, vivido y sentido, por eso al pensar
cada día en Nuestra Señora de Guadalupe, al venerarla exclamando
cantos, vivas, queremos manifestarle nuestro profundo agradecimiento
por esa gran distinción de amamos tanto.
Desde niño aprendí a amar a Santa María
De Guadalupe y aquellas palabras del catecismo guadalupano
que dice: "Que no ha hecho nada igual con ninguna nación
y hasta el día de hoy". Sólo nosotros podemos decir
que tenemos este regalo del cielo, la Imagen Bendita y preciosa
de la Madre de Dios. Ella pide un templo para mostrarse
Madre amorosa con los que la invoquen y en Ella confíen.
No solo se le ha construido un templo, sino millones de
templos, porque en cada hogar, en cada familia veneramos
su Bendita Imagen.
Es Ella, Santa María de Guadalupe,
Nuestra Madre a quien hemos de acudir para pedirle que nos
enseñe a amar, a entregamos, a ser justos, a rogarle que
con su corazón nos proteja, nos enseñe y nos guié. Bendita
seas María. Alabado sea Jesucristo. |
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