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Versión estenográfica de la
Homilía

pronunciada por Mons. Onésimo Cepeda Silva,
Obispo de la Diócesis de Ecatepec, en ocasión de la XI peregrinación de la Diócesis de Ecatepec a la Basílica de Guadalupe.

2 de septiembre de 2006

Muy queridas hermanas y hermanos, pueblo de Dios que peregrina en la Diócesis de Ecatepec y que sabe que vive en el corazón de su obispo y no pagan renta.

Amadas religiosas, amadísimos seminaristas, queridos diáconos, muy amados señores presbíteros que colaboran conmigo en la difícil y ardua tarea de evangelizar a una diócesis tan inmensa como la de Ecatepec.

Hemos venido aquí hoy a rendirle homenaje y pleitesía a la Virgen María de Guadalupe, nuestra Madre, la que desde pequeños supimos que estaba con nosotros, la que nos enseñaron a amar y a venerar desde que éramos niños, que ha caminado con nosotros a lo largo de toda nuestra vida y especialmente a lo largo de nuestra vida diocesana.

Estamos aquí en momentos difíciles para nuestro país, en momentos en que se debate la incertidumbre, en momentos en los cuales tenemos que venir aquí y evocar lo que dice la Primera Lectura: “Tú eres la Madre de la esperanza, venimos a ti para que llenes nuestro corazón de esperanza, de consuelo, para que llenes nuestro corazón de gozo y de paz; Para que llenes nuestro corazón de amor, para amar a todos nuestros hermanos”.

Nosotros hemos tratado en nuestra amada diócesis de Ecatepec y en el municipio que nos toca tener ahí, el poder vivir la alternancia.

Hemos tenido los tres últimos presidentes de tres distintos partidos y hemos pasado en esta alternancia el tiempo en la paz, en la concordia, aceptando la victoria de uno, la derrota, pero sabiendo que lo que subsiste en el fondo de todo son las estructuras, es la institución que se mantiene firme que es la que resguarda el Estado de Derecho que debe regir a una nación.

Por eso, en la toma de posesión de nuestro hermano José Luis Gutiérrez Cureño, quien es presidente de Ecatepec, mi primera cosa que dije en la Catedral fue que nos podrá caer bien o mal pero es nuestro presidente y tenemos que respetarlo y apoyarlo y caminar con él para poder así crecer todos juntos en la diócesis de Ecatepec.

México está en las mismas condiciones y exige en cada uno de nosotros los mexicanos, que sepamos estar unidos y vivir unidos en el amor.

El ser competidores políticos, el ser adversarios políticos, no necesariamente nos lleva a ser enemigos. Mi adversario es alguien que piensa distinto que como pienso yo, pero al que yo respeto porque es la ley de la democracia y es la ley del cristiano, respetar las ideas de todos los demás para que puedan respetar las mías, y respetando las ideas de todos los demás, hacer que prevalezca la mejor idea que nos haga crecer, alimentarnos, que nos haga vivir, creando, construyendo, el México de los valores, de la justicia.

Me llama mucho la atención como en la primera oración que hacemos aquí a la  Virgen María de Guadalupe el día de hoy, por lo primero por lo que pedimos, porque ahí esta en el formulario, es: “Te encomendamos a nuestra Patria para que podamos vivir en justicia y en paz”.

Hermanos, es lo que nos toca a cada uno de nosotros hacer, nosotros tenemos que ser promotores firmes, alegres, promotores de la justicia, promotores firmes de la paz, que no nos dejemos violentar por nadie, no tenemos ídolos.

Nosotros tenemos a uno al que tenemos que seguir y a ese uno lo tenemos que seguir siempre, a todos lados, y lo tenemos que seguir de acuerdo con los valores que El nos ha establecido.

Ese uno al que tenemos que seguir se llama Jesucristo que murió por nosotros en la cruz, para darnos todo lo que era, que se sacrificio y se entregó completo por nosotros para que pudiéramos nosotros obtener la Salvación.

Y no contento con eso, nos deja el mejor regalo de todo que es, su Madre, la Virgen María, nos la entrega como Madre de todos nosotros, y a la Virgen María de Guadalupe, la Virgen María del Tepeyac, que viene a aparecerse en medio de un  pueblo que estaba triste, sojuzgado, que había perdido en la lucha; viene para hacer la paz, para sanar las heridas, para amarnos, para hacer que nos amemos los unos a los otros, para hacer sus prodigios de unidad, de paz, de concordia entre nosotros.

Y por eso hoy, en este principio del siglo XXI en el que nos enfrentamos como nos hubiéramos enfrentado hace 100 años, en luchas por el poder, lo único que tenemos que hacer es venir con María, es venir y presentarnos con nuestra Madre de Guadalupe y decirle: María, sana nuestros corazones heridos, haz que en México prevalezca la justicia, haz que en México prevalezca la paz, haz que en México prevalezca el amor de los hermanos, haz que sepamos concertar nuestros problemas, que sepamos respetar nuestras instituciones, que sepamos caminar por el Estado de Derecho que se ha implantado en nuestra Patria desde hace siglos.

Un país que vive fuera de un Estado de Derecho, es un país que en un momento determinado tiende a caer en la anarquía, en la perdición de todos, en la violencia, los robos, en las matazones que estamos viendo, gracias a Dios, no tan cerca de nosotros.

Por eso nosotros te damos gracias Madre, no porque no haya pecado en medio de nosotros, sino porque habiendo pecado, hay voluntad de cambiar, hay voluntad de concertar, hay voluntad de querer unirnos todos, para mejorar nuestro Ecatepec. Ojala esa misma voluntad se dé en nuestro México.

Madre, toca los corazones de todos aquellos que nos tienen angustiados a todos, para que admitiendo las instituciones, admitiendo el derecho y la justicia, puedan ellos en un momento determinado, hermanarse, caminar juntos, porque México para crecer tiene que vivir unido. Un reino desunido es fácil presa para sus enemigos. Un reino unido no es vencido por nadie, nos dice Jesús, y ese reino unido tiene que tener los valores que Cristo nos ha enseñado desde toda la eternidad.

Desde siempre nos ha enseñado a respetar la vida, a respetar la justicia, nos ha enseñado a respetar la libertad, nos ha enseñado a vivir en el amor, nos ha enseñado a vivir en la verdad.

Y por eso nosotros tenemos que vivir en esos principios. Nos ha enseñado a ayudar a nuestros hermanos los más pobres, los más necesitados, a colaborar con ellos para que crezcamos todos juntos y en México haya menos injusticia de la que hay, menos diferencias entre los hermanos,  como era la primera comunidad cristiana, al que tenía no le sobraba y al que no tenía, nada le faltaba.

Esa es la comunidad que tenemos que llegar a tener, esa es la lucha que todos nosotros tenemos que hacer, la verdadera y auténtica lucha por México es la lucha por un México de Cristo, por un México auténtico, por un México que viva valores, no el ansia de poder desmedido.

Por el México que respete lo que somos y los que tenemos y que podamos crecer con ello y seguir adelante, cambiando aquello que nos estorba para vivir los valores de Cristo y luchando por aquello que nos ayuda y nos ha ayudado a caminar en la verdad de Cristo.

Hermanos, yo les pediría a todos ustedes que, junto con conmigo, le pidiéramos a la Virgen María:
Morenita, Madre de todos los mexicanos, ven y acude en este momento de peligro para nuestra Patria, en este momento de angustia y de inquietud. Ven acude a nosotros para ayudarnos a resolver nuestros problemas en la paz, para ayudarnos a no convertirnos en enemigos sino en adversarios, en gente que piensa distinto pero que tolera el pensamiento de los demás y lo acepta.

Ayúdanos, Madre del Cielo, a convertirnos en hermanos que sed aman. No permitas nunca en medio de nosotros una lucha fraticida, no permitas jamás que hermano con hermano se hagan la guerra, sino al revés, que hermano con hermano busque el bien el uno al otro, para que todos juntos podamos vivir mejor.

Madre, estamos en tus manos, tú has defendido a México siempre y México ha confiado siempre en ti. Nosotros, la Diócesis de Ecatepec, sabemos de tu amor, sabemos de lo que eres capaz, sabemos que tú eres la que tienes la influencia mayor con Jesús, Señor del Cielo y de la Tierra, a quien se le ha dado todo poder en el Cielo y en la Tierra y en todo lugar, para transformar los corazones de los hombres y hacer de nuestro pueblo el pueblo que tú quisiste que fuéramos, el pueblo de los hijos de Dios.
Gracias Madre, Bendita seas. Amén. 

 
 
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