Queridos
hermanos sacerdotes, diáconos, religiosas, seminaristas,
queridos hermanos todos en Jesucristo Nuestro Señor. Como
cada año, hemos venido desde San Andrés Tuxtla a este Santuario
de Nuestra Señora de Guadalupe como peregrinos que van en
busca de una Patria mejor.
Hermanos, la fe tiene sus señales.
Hemos escuchado en la primera lectura que el Señor le habló
al Rey Ajaz diciendo: “Pide al Señor tu Dios una señal,
una señal de abajo, en lo profundo o de arriba, en lo alto”.
Ajaz con pretexto de no tentar a Dios no quiso pedir la
señal, en realidad era por falta de fe. No obstante el Señor
de todas maneras le dio una señal: “He aquí que la Virgen
concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán el nombre de
Emmanuel, que quiere decir Dios con nosotros”.
Para los incrédulos no hay señales.
Recordemos cómo los escribas y fariseos querían ver una
señal milagrosa y el Señor Jesús les dijo que no se les
daría ninguna señal, sino la señal de Jonás, es decir su
muerte y su resurrección. Esta era la gran señal, pero para
los incrédulos no hay señal que valga.
En cambio para los que tienen fe hay
muchas señales. El hombre que espera en Dios y que quiere
ver su rostro descubre muchas señales de Dios en su vida
y en su historia. A María, el ángel Gabriel le dio como
señal del poder de Dios el embarazo de Isabel la que llamaban
estéril (Lc 1, 36). Y en este evangelio de hoy Isabel aparece
como aquella que supo descubrir en María la señal de que
aquella era la Madre del Señor.
El apóstol Tomás, como ustedes recordarán,
quería asegurarse de su fe viendo las señales de la pasión.
Pues bien, el Señor le mostró las señales que pedía y le
arrancó aquella profesión de fe que todos recordamos: Señor
mío y Dios mío”. En el relato de las apariciones de la Santísima
virgen a Juan Diego, el obispo fr Juan de Zumárraga para
asegurarse de que Juan Diego no lo estaba engañando consideró
que era necesario alguna señal. Y la Santísima Virgen, como
sabemos, accedió a dar esta señal y nos dejó su bendita
imagen estampada en la tilma de Juan Diego.
Por eso siguiendo esa señal hemos venido
como peregrinos hasta este santuario que pidió la Virgen
Santa María, Madre del Verdadero Dios por quien se vive.
Nuestra peregrinación es símbolo de nuestra vida en la que
tenemos que seguir los pasos de Cristo nuestro hermano mayor
y nuestro Dios. En este peregrinar la Santísima Virgen María
es señal o estrella de la mañana que anuncia el amanecer,
que anuncia la salida del sol de justicia que nace de lo
alto, Cristo nuestro Señor. Por eso, nuestro amor a la Virgen
no nos aparta del amor de Cristo, sino que nos lleva a él;
y el amor a Cristo no excluye el amor a su Santísima Madre,
sino que se fortalece.
Hermanos, todos nosotros hemos visto
señales en nuestra vida de la presencia de Dios. Como ustedes
saben, en los primeros meses de este año fui intervenido
quirúrgicamente en dos ocasiones, pero gracias a la misericordia
de Dios salí bien librado y he tenido una muy buena recuperación.
Desde la primera cirugía le pedí a
Cristo que él fuera el cirujano principal y me encomendé
a la Virgen de Guadalupe, al Papa Juan Pablo II, a Monseñor
Guízar Valencia, que muy pronto será santo, y al beato Ángel
Darío Acosta Zurita. Para mí los buenos resultados que he
tenido, en mi recuperación, son signos de la Providencia
de Dios, son señales de su amor.
Desde la primera aparición, la Santísima
Virgen le dijo a San Juan Diego que fuera a decirle al Obispo
fr. Juan de Zumárraga el siguiente mensaje: “Deseo que se
me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi
amor, compasión, auxilio y defensa… para oír allí sus lamentos
y remediar sus miserias, penas y dolores”.
Y más tarde, cuando Juan Diego iba
preocupado por la salud de su tío Bernardino, la Virgen
le dijo: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño,
que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón,
no temas esa enfermedad… ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?
¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás
por ventura en mi regazo?... Por eso hermanos, hemos venido
para poner a los pies de la Santísima Virgen María nuestras
preocupaciones, nuestros proyectos y nuestras ilusiones.
Como diócesis queremos un presbiterio
unido y comprometido en el testimonio y anuncio del evangelio,
un presbiterio más humano, más fraterno y más cercano a
la gente. Un presbiterio que busque las señales de Dios
y que dé señales de fe a nuestra gente para que sean muchos
los que por nuestro ministerio se acerquen a Dios.
Queremos también más vocaciones y estamos
trabajando para ello en la promoción vocacional, pero hace
falta que todos los sacerdotes seamos promotores de vocaciones
por nuestro testimonio sacerdotal. Nunca está de más vivir
nuestro ministerio con entusiasmo y así contagiar a muchos
jóvenes para una entrega generosa al seguimiento de Jesucristo.
Como parte de nuestra preocupación
por las vocaciones, tenemos la construcción del Seminario,
que gracias a la colaboración de muchos bienhechores y de
todos ustedes sigue adelante. Pero no sólo estamos edificando
el edificio material; también estamos tratando de construir
el edificio espiritual de la formación de los futuros sacerdotes.
Para ello no sólo dedicamos recursos materiales, sino también
humanos, es decir, padres formadores a tiempo completo a
la formación.
Con fecha 23 de mayo, en el cuadragésimo séptimo aniversario de la erección de nuestra
diócesis, entró en vigor el nuevo ordenamiento de
la pastoral para los sacramentos. Es necesario que todos
lo conozcamos para ponerlo en práctica de la mejor manera
posible.
Estamos iniciando una nueva etapa en
nuestras foranías. Hemos elaborado nuevos estatutos y conforme
a éstos hemos elegido nuevos foráneos a quienes queremos
darles el encargo que el derecho les concede y por consiguiente
la preparación que para ello se necesite, pero sobre todo
el respaldo y respeto para que lleven a cabo esta misión
como colaboradores del obispo y hermanos mayores en su foranía,
esto para una mejor coordinación del trabajo pastoral y
comunión sacramental entre los consagrados.
También, como ya les he anunciado a
los sacerdotes en agosto voy a iniciar las vistas pastorales
a las parroquias. Será una oportunidad para conocer en contacto
directo las angustias y las preocupaciones, las alegrías
y las expectativas de la gente. Será también una oportunidad
para reanimar las energías de los agentes evangelizadores,
felicitarlos, animarlos y consolarlos.
Finalmente, nos preocupa la incertidumbre
respecto de quien será el nuevo presidente de México. Esperamos
que todos estemos a la altura de las circunstancias de manera
que cualquiera que sea el desenlace, prevalezca la unidad
de los mexicanos y nuestro amor por México.
Como diócesis de San Andrés Tuxtla
ponemos a los pies de la Santísima Virgen María todas estas
preocupaciones, proyectos e ilusiones y esperamos que ella,
como en las Bodas de Caná, vea qué es lo que más nos hace
falta y le diga a su Hijo Jesús para que él nos ayude en
aquello que más necesitamos, sobre todo si nosotros colaboramos
echando agua a las tinajas como aquellos servidores de las
Bodas de Caná.
Que la Santísima Virgen bendiga a toda
nuestra diócesis de San Andrés, especialmente a quienes
han participado en esta peregrinación y a sus familiares
que no pudieron venir. ¡Que así sea! |