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Homilía
pronunciada por
Mons. José Trinidad Zapata Ortíz, IV Obispo de San Andrés Tuxtla, en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de San Andrés Tuxtla a la Basílica de Guadalupe.

18 de julio de 2006

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos, religiosas, seminaristas, queridos hermanos todos en Jesucristo Nuestro Señor. Como cada año, hemos venido desde San Andrés Tuxtla a este Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe como peregrinos que van en busca de una Patria mejor.

Hermanos, la fe tiene sus señales. Hemos escuchado en la primera lectura que el Señor le habló al Rey Ajaz diciendo: “Pide al Señor tu Dios una señal, una señal de abajo, en lo profundo o de arriba, en lo alto”. Ajaz con pretexto de no tentar a Dios no quiso pedir la señal, en realidad era por falta de fe. No obstante el Señor de todas maneras le dio una señal: “He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios con nosotros”.

Para los incrédulos no hay señales. Recordemos cómo los escribas y fariseos querían ver una señal milagrosa y el Señor Jesús les dijo que no se les daría ninguna señal, sino la señal de Jonás, es decir su muerte y su resurrección. Esta era la gran señal, pero para los incrédulos no hay señal que valga.

En cambio para los que tienen fe hay muchas señales. El hombre que espera en Dios y que quiere ver su rostro descubre muchas señales de Dios en su vida y en su historia. A María, el ángel Gabriel le dio como señal del poder de Dios el embarazo de Isabel la que llamaban estéril (Lc 1, 36). Y en este evangelio de hoy Isabel aparece como aquella que supo descubrir en María la señal de que aquella era la Madre del Señor.

El apóstol Tomás, como ustedes recordarán, quería asegurarse de su fe viendo las señales de la pasión. Pues bien, el Señor le mostró las señales que pedía y le arrancó aquella profesión de fe que todos recordamos: Señor mío y Dios mío”. En el relato de las apariciones de la Santísima virgen a Juan Diego, el obispo fr Juan de Zumárraga para asegurarse de que Juan Diego no lo estaba engañando consideró que era necesario alguna señal. Y la Santísima Virgen, como sabemos, accedió a dar esta señal y nos dejó su bendita imagen estampada en la tilma de Juan Diego.

Por eso siguiendo esa señal hemos venido como peregrinos hasta este santuario que pidió la Virgen Santa María, Madre del Verdadero Dios por quien se vive. Nuestra peregrinación es símbolo de nuestra vida en la que tenemos que seguir los pasos de Cristo nuestro hermano mayor y nuestro Dios. En este peregrinar la Santísima Virgen María es señal o estrella de la mañana que anuncia el amanecer, que anuncia la salida del sol de justicia que nace de lo alto, Cristo nuestro Señor. Por eso, nuestro amor a la Virgen no nos aparta del amor de Cristo, sino que nos lleva a él; y el amor a Cristo no excluye el amor a su Santísima Madre, sino que se fortalece.

Hermanos, todos nosotros hemos visto señales en nuestra vida de la presencia de Dios. Como ustedes saben, en los primeros meses de este año fui intervenido quirúrgicamente en dos ocasiones, pero gracias a la misericordia de Dios salí bien librado y he tenido una muy buena recuperación.

Desde la primera cirugía le pedí a Cristo que él fuera el cirujano principal y me encomendé a la Virgen de Guadalupe, al Papa Juan Pablo II, a Monseñor Guízar Valencia, que muy pronto será santo, y al beato Ángel Darío Acosta Zurita. Para mí los buenos resultados que he tenido, en mi recuperación, son signos de la Providencia de Dios, son señales de su amor.

Desde la primera aparición, la Santísima Virgen le dijo a San Juan Diego que fuera a decirle al Obispo fr. Juan de Zumárraga el siguiente mensaje: “Deseo que se me erija aquí un templo para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa… para oír allí sus lamentos y remediar sus miserias, penas y dolores”.

Y más tarde, cuando Juan Diego iba preocupado por la salud de su tío Bernardino, la Virgen le dijo: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad… ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo?... Por eso hermanos, hemos venido para poner a los pies de la Santísima Virgen María nuestras preocupaciones, nuestros proyectos y nuestras ilusiones.

Como diócesis queremos un presbiterio unido y comprometido en el testimonio y anuncio del evangelio, un presbiterio más humano, más fraterno y más cercano a la gente. Un presbiterio que busque las señales de Dios y que dé señales de fe a nuestra gente para que sean muchos los que por nuestro ministerio se acerquen a Dios.

Queremos también más vocaciones y estamos trabajando para ello en la promoción vocacional, pero hace falta que todos los sacerdotes seamos promotores de vocaciones por nuestro testimonio sacerdotal. Nunca está de más vivir nuestro ministerio con entusiasmo y así contagiar a muchos jóvenes para una entrega generosa al seguimiento de Jesucristo.

Como parte de nuestra preocupación por las vocaciones, tenemos la construcción del Seminario, que gracias a la colaboración de muchos bienhechores y de todos ustedes sigue adelante. Pero no sólo estamos edificando el edificio material; también estamos tratando de construir el edificio espiritual de la formación de los futuros sacerdotes. Para ello no sólo dedicamos recursos materiales, sino también humanos, es decir, padres formadores a tiempo completo a la formación.

Con fecha 23 de mayo, en el cuadragésimo séptimo aniversario de la erección de nuestra diócesis, entró en vigor el nuevo ordenamiento de la pastoral para los sacramentos. Es necesario que todos lo conozcamos para ponerlo en práctica de la mejor manera posible.

Estamos iniciando una nueva etapa en nuestras foranías. Hemos elaborado nuevos estatutos y conforme a éstos hemos elegido nuevos foráneos a quienes queremos darles el encargo que el derecho les concede y por consiguiente la preparación que para ello se necesite, pero sobre todo el respaldo y respeto para que lleven a cabo esta misión como colaboradores del obispo y hermanos mayores en su foranía, esto para una mejor coordinación del trabajo pastoral y comunión sacramental entre los consagrados.

También, como ya les he anunciado a los sacerdotes en agosto voy a iniciar las vistas pastorales a las parroquias. Será una oportunidad para conocer en contacto directo las angustias y las preocupaciones, las alegrías y las expectativas de la gente. Será también una oportunidad para reanimar las energías de los agentes evangelizadores, felicitarlos, animarlos y consolarlos.

Finalmente, nos preocupa la incertidumbre respecto de quien será el nuevo presidente de México. Esperamos que todos estemos a la altura de las circunstancias de manera que cualquiera que sea el desenlace, prevalezca la unidad de los mexicanos y nuestro amor por México.

Como diócesis de San Andrés Tuxtla ponemos a los pies de la Santísima Virgen María todas estas preocupaciones, proyectos e ilusiones y esperamos que ella, como en las Bodas de Caná, vea qué es lo que más nos hace falta y le diga a su Hijo Jesús para que él nos ayude en aquello que más necesitamos, sobre todo si nosotros colaboramos echando agua a las tinajas como aquellos servidores de las Bodas de Caná.

Que la Santísima Virgen bendiga a toda nuestra diócesis de San Andrés, especialmente a quienes han participado en esta peregrinación y a sus familiares que no pudieron venir. ¡Que así sea!

 
 
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