La
Providencia paternal de Dios, que alimenta a las aves del
cielo y viste a los lirios del campo, con más razón cuida
de sus hijos, y se manifestó alimentando a su pueblo escogido,
con el maná misterioso en su ardua peregrinación por el
desierto.
Pero no fue Moisés según nos enseña Cristo quien dio a los
israelitas el pan del cielo, el pan que baja del cielo y
da la vida al mundo viene de Dios y es Cristo mismo, el
maná no impidió que murieran los que lo comieron, Cristo
pan vivo satisface el hambre y la sed, y quien lo come no
muere, sino vivirá para siempre, su carne es manjar y su
sangre es bebida, hay que tomarlos para tener vida, santificante
y eterna.
La vida que se tiene por la comunión con Cristo, es participación
de la unión que tiene Cristo con su Padre.
Esta doctrina fue dura para muchos de sus discípulos, algunos
murmuraron e incluso otros se apartaron de él, para Pedro,
para la Iglesia, para nosotros es palabra de vida eterna.
Se narra en el primer libro de los Reyes, que el profeta Elías
se encontraba cansado y desanimado en sumo grado, pues sus
trabajos y fatigas, para que su pueblo se convirtiera de
los falsos ídolos al Dios verdadero, habían sido inútiles,
más aun Elías era perseguido a muerte, tiene que huir, caminar
por un inmenso y agreste desierto, iba con el alma abatida,
con el cuerpo exhausto, estaba totalmente desilusionado
que llegó al extremo de pedir que acabara su vida.
En ésta situación deprimida, se hace presente el don de Dios,
el Dios en quien el profeta confiaba y a quien había servido
incluso con sacrificios.
Elías dormía y un ángel le despierta y le invita a comer
un pan cocido y un reconfortante jarro de agua.
La Iglesia en ese pan ha visto una figura de la Eucaristía,
que en cuanto verdadera comida alimenta a los que peregrinamos
por el mundo, y así como con el alimento Elías se levantó,
comió y tuvo fuerza para caminar cuarenta días y cuarenta
noches hasta el Horeb, el monte de Dios (cfr. I Re.19, 4-18).
Con la Eucaristía se nos da vida en abundancia para caminar
al encuentro del Señor.
Jesucristo nos dice: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo,
el que come de éste pan, vivirá por siempre... el que come
mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré
el último día" (Jn. 6,51.54).
A fin de que los hombres y mujeres tuviéramos un alimento divino,
el Señor nos donó la Eucaristía, donde se hace presente,
se ofrece y reparte, Cristo mismo vida nuestra ¡Gran don,
espléndido e inmerecido!
La Eucaristía recibida como alimento, nos participa de la
vida misma de Cristo, vida gloriosa, vida eterna, que nos
santifica, nos robustece y nos concede desde ahora la vida
que no tendrá fin.
Nosotros que peregrinamos por el tiempo y la historia, que
experimentamos el dolor, la enfermedad, el sufrimiento y
que en ocasiones probamos los sinsabores de la vida, con
nuestras solas fuerzas humanas nos puede pasar una situación
semejante a la de Elías, sentirnos acabados, derrotados
e incluso con deseos de morir, y así como Elías fue confortado
y alentado con el pan cocido enviado por Dios, así también
nosotros, con la Sagrada Eucaristía que nos ha legado Jesucristo,
podemos sortear y superar todas las dificultades de nuestra
existencia, y podemos exclamar con San Pablo "todo
lo puedo en aquel que me conforta".
Con la Eucaristía, alimento de vida eterna, cobramos ánimo
y entusiasmo para tener una actitud positiva en la vida,
para ser constructores y para ser constantes en nuestra
opción por el bien. Con ella adquirimos fuerzas para ejercer
la caridad y el servicio generoso al prójimo.
La Eucaristía nos hace fuertes en nuestra debilidad
y en perseverar en el camino de la salvación. Con ella superamos
el egoísmo y podemos ser más generosos, con ella valoramos
más a las personas, los respetamos y colaboramos a expresar
la familia de los hijos de nuestro Padre Dios.
Que todos tengamos en alta estima el alimentamos de la Eucaristía,
de Cristo pan de vida, pues cuando comemos su carne inmolada
por nosotros quedamos fortalecidos y se nos concede la prenda
de los bienes supremos, pues la Eucaristía es "medicina
de inmortalidad, antídoto contra la muerte y alimento
para vivir siempre en Jesucristo" (San Ignacio
de Antioquia). Santa Eucaristía que nos santifica y fortalece
en lo ordinario y extraordinario de la vida.
Virgen Santísima de Guadalupe, Reina y Patrona de México, ruega
por nosotros para ser cada día más conscientes y decididamente
hijos del mismo Padre, entusiastas discípulos de Jesucristo
y siempre disponibles a las mociones del Espíritu Santo,
Señor y Dador de vida, principio y Agente de la Unidad.
Que nuestro Dios Uno y Trino y la intervención de María,
propicien que todos los mexicanos nos orientemos a la armonía,
al entendimiento, a la comunión, que realicemos con nuestra
colaboración el exhorto de Juan Pablo II "Hoy lo sabemos
mejor que ayer, no estaremos nunca felices y en paz los
unos sin los otros, y mucho menos los unos contra los
otros. ¡Nunca más unos separados de los otros!, ¡Nunca más
unos contra los otros!, ¡TODOS JUNTOS SOLIDARIOS, BAJO LA
MIRADA DE DIOS!"
V i r gen del T e p e y a c, Madre común de todos nosotros,
bendice la Diócesis de Mazatlán, que seamos una Iglesia
más una, más Santa, más Universal y más Misionera, bendice
nuestra Patria y que todos caminemos con el amor del
Padre, la gracia de Jesucristo y la fortaleza del Espíritu
Santo hacia la comunión y la fraternidad.
Así sea. |
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