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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
Mons. José Andrés Corral Arredondo, Obispo de la Diócesis de Parral, en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Parral a la Basílica de Guadalupe.

20 de julio de 2006

Como cada año venimos a la casita de la Morenita del Tepeyac para darle gracias por su tierno amor materno, con el que va acompañando nuestros pasos, con el que va ayudándonos a profundizar en nuestra fe, como lo decíamos en nuestra oración, y también ayudándonos a crecer en el amor como hijos de Dios y como hermanos.

¡Cuántas cosas traemos en nuestro corazón, para darle gracias! Pero, ¿cuántas otras cosas traemos en nuestro corazón, para ponerlas en su regazo maternal?, para decirle: Madre, somos tus hijos, tú conoces nuestros dolores, nuestras angustias y sufrimientos. ¿A quién mejor que a ti podemos acudir para que nos cobijes con tu manto lleno de estrellas?

Venimos también a poner bajo sus pies, en su regazo, todo lo que somos y todo lo que tenemos, nuestras riquezas, nuestras miserias y pobrezas.

Yo quiero, hermanos, de manera especial poner en el regazo materno a mis hermanos sacerdotes y diáconos, y quiero pedirle de manera muy especial, a Ella que fue la discípula y misionera por excelencia que nos ayude a nosotros, sacerdotes, a ser verdaderos discípulos de Cristo; es decir, a estar con Él, a estar cerca de Él y anunciarlo con todo el corazón y nuestras fuerzas, anunciarlo no sólo con la palabra sino con nuestra vida.

Quiero poner también a mis hermanos y hermanas, religiosos y religiosas, que tanto bien hacen en nuestra diócesis, en nuestra patria y en el mundo entero; para que a ellos los ayude también a crecer en su entrega personal y hacer para todos nosotros un signo cada día más perfecto de justicia, de amor y de paz.

No podemos, hermanos, dejar a un lado nuestras familias; ya que en nuestras familias abrazamos a toda esa gama y mosaico de personas que viven y que comparten la vida en todas las regiones de nuestra diócesis.

A todos los ponemos en el regazo materno de la Morenita del Tepeyac, de manera particular a nuestros enfermos, a nuestros indígenas, a aquellos más pobres entre los pobres, para que Ella los acaricie con su manto, los acaricie con su mano y los ayude a vivir en la esperanza de una vida y un mundo mejor.

Creo, hermanos, que en éste momento no podemos olvidarnos de nuestra patria, no podemos pensar sólo en nuestra patria chica, tenemos que pensar en éste jirón de tierra que el Señor nos regaló y que la Santísima Virgen María consagró con sus pies en el cerrito del Tepeyac.

Y así, como le decíamos en la oración, queremos que nuestra patria progrese, dé un paso adelante, pero que progrese por caminos de justicia y de paz.

En este momento tan importante de nuestra patria no podemos olvidarnos de Ella que nos ha acompañado siempre en los momentos más dramáticos de nuestra historia y también en los momentos de mayor esplendor de nuestra patria. Hoy tiene que estar presente en el corazón de esta nuestra patria, para ayudarnos a todos a salir fortalecidos de este momento difícil por el que estamos pasando. No podemos perder nuestra esperanza, no podemos desconfiar de su cercanía maternal.

Vamos a poner en sus pies todo lo que somos, lo que tenemos, todo lo que traemos en nuestro corazón y poner también poner a esta nuestra patria que Ella quiso adoptar como suya. En un momento de silencio, hermanos, vamos a vaciar nuestro corazón, en el corazón de nuestra Madre.
Que así sea.

 
 
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