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Homilía
pronunciada por
Mons. Mario de Gasperín Gasperín, Obispo de Querétaro, en ocasión de la peregrinación de la Diócesis Querétaro a la Basílica de Guadalupe.

16 de julio de 2006

Hermanos peregrinos
Hermanas y hermanos en nuestra santa fe católica.

1. Iniciamos, con el favor de la Providencia divina, nuestra peregrinación número 116 a pie al Tepeyac. Nos espera nuestra Madre para estrecharnos contra su regazo, para hablarnos al corazón, para sanar nuestras heridas sociales y espirituales y para conducirnos hacia el Corazón de su Hijo Santísimo Jesucristo, Nuestro Salvador. Porque todos venimos buscando la fuente de nuestra eterna salvación.

2. Nuestra salvación está en Jesucristo, en nadie más. Él es el único salvador del mundo. Las multitudes, nos dice el evangelio, iban tras de Jesús para escuchar su palabra y formar, en torno a él, la nueva familia de los hijos de Dios, lo que hoy llamamos la Iglesia.

Pero llegó a su pueblo, donde se había criado, a Nazaret, y sus paisanos decían con desprecio: Ése es el carpintero, el hijo de María, el carpintero, el hijo de José.

Tenían al Salvador entre ellos, había crecido como vecino y compañero de barrio, como obrero que se ganaba honestamente su pan en su taller, pero no lo conocían en verdad.

Para ellos era simplemente, y lo decían con desprecio, el carpintero como su padre José. Ignoraban en verdad quién era Jesús: el Hijo de Dios. Jesús les respondió: Ningún profeta es reconocido como tal en su tierra y se alejó de ellos, sin hacer allí ningún milagro, a los pueblos vecinos. Sus paisanos, por su incredulidad, desperdiciaron la gracia salvadora de Dios que les ofrecía Jesús.

3. Hermanos peregrinos, ¿Cuánto tiempo hace que camina Jesús en medio de nosotros? ¿Cuánto tiempo hace que nuestra Madre la Iglesia nos lo ofrece, como María a sus paisanos, y que nosotros no le hacemos caso? ¿Es Jesús, de verdad, para cada uno de nosotros el Salvador, nuestro Señor? ¿Es nuestra Iglesia católica en verdad nuestra Madre? ¿Son los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Misa dominical, nuestra fuente de vida? ¿Son los Mandamientos de Dios el camino por donde conducimos nuestros pasos? ¿Es nuestra familia una iglesia doméstica donde se adora a Dios, se observan sus leyes y se transmite la vida junto con la fe católica a los hijos?

4. Hago estas preguntas porque, en la primera lectura del profeta Ezequiel, escuchamos un reclamo muy fuerte de Dios a su pueblo: “Yo te envío -le dice al profeta-  a los israelitas, a ese pueblo rebelde, que se ha sublevado contra mí. Ellos y sus padres me han traicionado hasta el día de hoy. También sus hijos son testarudos y obstinados. A ellos te envío para que les comuniques mis palabras. Ellos, te escuchen o no, porque son un pueblo rebelde, sabrán que hay un profeta en medio de ellos”.

Hermanos peregrinos: Esta es la misión de la Iglesia: Anunciar la salvación, la palabra de Dios y cada uno sabe si la escucha o la rechaza; pero, sea como sea, cada uno debe saber que hay una salvación que se  le ofrece y que, si se pierde -Dios no lo quiera-, será por su propia responsabilidad. Nuestra iglesia, nuestra parroquia, nuestro párroco, nuestros catequistas nos ofrecen la salvación. Cada uno es responsable de aceptarla o no, como Jesús lo hizo con sus paisanos de Nazaret.

5. Han sucedido, hermanos peregrinos, muchas cosas importantes en nuestra vida nacional. Hemos escuchado propuestas, promesas, críticas, insultos y agravios de unos contra otros. Nosotros hemos dado, espero que todos, nuestro parecer y nuestro voto para determinar el destino que queremos para nuestra patria y para nosotros mismos.

Ahora es necesario que escuchemos la voz de Dios que se ha expresado por las autoridades e instituciones que nos hemos dado y que, durante esta peregrinación, meditemos en el mensaje de nuestra Señora de Guadalupe y veamos qué es lo que Ella pide y exige de nosotros para llamarnos hijos suyos. Ella no vino a enfrentar a los unos contra los otros, sino a unir y concordar; Ella no vino a dividir a los pueblos, sino a unirlos en un abrazo bajo su corazón maternal; Ella no vino a enfrentar a los ricos contra los pobres, sino a hacer que nos veamos y nos ayudemos como  verdaderos hermanos; Ella no vino a aplaudir al poderoso o al opresor sino a levantar al humilde y devolverle su dignidad de hijo de Dios; Ella no vino a malograr la vida, sino a darnos al Dios verdadero por quien todos viven y para que vivamos todos; Ella no vino a dividir la  familia sino a curar al tío Bernardino, para que se reintegrara a su hogar lleno de salud.

El mensaje de Santa María de Guadalupe es de concordia, de reconciliación, de fraternidad, de respeto a la dignidad humana, de unidad y de paz.

6. Esta es hora de que también los poderosos de este mundo, los que se han enseñoreado de las plazas, de las calles, de los micrófonos y de los medios de comunicación y que casi nos han aturdido con tantas palabras, es hora, digo, de que también ellos escuchen la voz de Dios y el mensaje de santa María de Guadalupe.

México es la patria y la tierra y el suelo de todos, no de un grupo ni de una facción. Es la Casa común, que todos, al unísono, debemos edificar y donde Santa María de Guadalupe es la Dueña de esa casa. 

Hace muy pocos días lo expresó un escritor mexicano, el señor Carlos Fuentes, cuando dijo: “Santa María de Guadalupe, patrona de México: Ella es la única realidad verdadera en México. Ella es todo lo que realmente la gente cree”. Eso nosotros lo sabemos, lo vivimos desde hace muchos años, pero le agradecemos al escritor recordárnoslo.

7. Ahora, en este momento de la vida nacional, es ocasión propicia para que retomemos en nuestra vida diaria y en nuestra oración el mensaje guadalupano, para que seamos, con santa María de Guadalupe, factores de unidad, constructores de fraternidad, y metamos todos juntos, con responsabilidad solidaria, el hombro a este país que es la patria que Dios nos dio y que Santa María de Guadalupe bendijo al posar en ella sus plantas benditas.

Ella puede transformar los cactus en rosales y los pedruscos en diamantes y la aridez del desierto en manantiales de agua y  de vida. Por eso oramos con el salmo de la misa: “En ti, Señor, que habitas en lo alto, tenemos fijos nuestros ojos. Como el esclavo fija sus ojos en las manos de su señor... como la esclava los fija en las manos de su señora; así tenemos los ojos en el Señor, esperando su misericordia. Ten piedad de nosotros, Señor,  ten piedad, porque estamos hartos de injurias, saturados de desprecios, de insolencia y de burlas. Señor, ten piedad de nosotros”.

Santa María de Guadalupe Reina de México, salva nuestra patria y conserva nuestra fe. Amén.

 
 
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