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Homilía
pronunciada por Mons. José Guadalupe Galván Galindo,
Obispo de Torreón, en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Torreón a la Basílica de Guadalupe.

9 de agosto de 2006

Virgen Santísima, Madre de Guadalupe. Permíteme y permítanme Ustedes, queridos hermanos y hermanas, ser la voz de la Iglesia de Torreón que en nosotros, hoy se postra a los pies de la Morenita del Tepeyac.

Como cada año, la Iglesia de Torreón ha recorrido un largo camino para llegar puntuales a la cita que tenemos contigo, Dulce Señora del Tepeyac.

Venciendo obstáculos y dificultades, llamados por tu amor de Buena Madre que nos toma entre sus manos para presentarnos ante su Hijo Jesús, abrazamos con alegría y esperanza la condición de peregrinos.

Nos pusimos en camino, como intentando responder al amor que reclama amor. Así hemos llegado hasta este monte santo, en donde el cielo y la tierra se tocan, para que hoy, también nosotros podamos tocar a Dios y Él pueda tocar nuestra historia, cubriéndonos con tu manto, Virgen Santísima.

En nosotros está hoy presente la Iglesia que peregrina en las tierras laguneras, en donde hemos aprendido que la vida es don y tarea. Aquí están los niños, adolescentes y jóvenes.

Aquí están los adultos y ancianos. Hombres y mujeres, ricos y pobres, habitantes del campo y de la ciudad.

Aquí están los seminaristas, las religiosas y los religiosos. Aquí estamos los presbíteros y el Obispo; servidores todos que queremos vivir al estilo de tu Hijo, el Buen Pastor.

Aquí estamos, Santa María de Guadalupe, tus hijas e hijos sin distinciones ni diferencias. Aquí estamos nosotros que atraídos por el brillo del Sol que te envió a nuestras tierras, nos sabemos destinatarios del mensaje que hace 475 años confiaste a Juan Diego.

Tú, Señora del Tepeyac, pusiste en sus labios y en su corazón una gran tarea: ser portador de la Buena Nueva del Amor liberador de Dios que es capaz de derrumbar las barreras del odio y del resentimiento, de la esclavitud y de toda tención por la lucha de poder.

A Juan Diego y en él, a todos tus hijos e hijas “moradores de estas tierras” encomendaste la tarea de construir una casa común, en la que las relaciones entre las personas fueran siempre fraternas y justas.

Aquí en esta casa, Tú, como una buena Madre, eres la maestra que nos ha enseñado que la auténtica dimensión de la vida está en la disponibilidad al servicio y en la entrega generosa, amando a Dios y a los hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios.

En tu mirada descubrimos la mirada del Padre. Tus labios pronunciaron palabras que sólo pudieron nacer del corazón de Dios, el Único que es compasivo y misericordioso.

Te hiciste eco dulce de su amor y solicitud, de su cuidado providente y paternal. Por eso, hoy, al escuchar en nuestro corazón tus palabras de ternura, nos sentimos confortados y llenos de una profunda esperanza.

Hemos venido de lejos, Dulce Señora, no sólo para expresarte nuestro amor y gratitud. Sino también para reiterar en este Santuario, nuestro deseo de ser tus mensajeros. Como Juan Diego, el Santo de estas tierras, también nosotros queremos ser enviados.

Queremos recorrer los caminos que él recorrió; aceptamos el reto de “caminar por caminos que no hemos caminado” llevando con alegría y confianza tu mensaje de amor y fraternidad.

En este tiempo en que nuestro México es amenazado por tantas divisiones, odios y rencores, ofensas y agravios, te decimos, Virgen de Guadalupe, que queremos ser portadores de tu mensaje de fraternidad.

Estamos decididos a construir un mundo de justicia y respeto, en donde el centro sea el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios.

Por eso, Dulce Madre de Guadalupe, ponemos en tus manos todos nuestros esfuerzos y tareas. La riqueza de nuestro campo y de nuestras ciudades.

Las penas y dolores de hombres y mujeres que, a pesar de las dificultades de la vida, no se dan por vencidos y siguen trabajando por un mundo mejor.

La ciudad de Torreón, sede de esta Iglesia local, está por celebrar el Primer Centenario de su Fundación.

Desde aquí ponemos en tus manos a nuestras autoridades municipales y a los hombres y mujeres de todas las condiciones sociales, y credos políticos y religiosos que con entusiasmo y confianza han construido y siguen construyendo esta gran región.

Nuestro Plan Diocesano de Pastoral marca el rumbo por el que la Iglesia de Torreón, atenta a los signos de los tiempos, debe caminar.

En él están definidos nuestros grandes desafíos: la familia, la construcción de la comunión eclesial, las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, la educación, los adolescentes y jóvenes, y el mundo de los alejados.

Ayúdanos, Señora del Tepeyac, a construir en estos espacios de nuestra realidad concreta, “tu casa”, en la que puedas mostrarnos “todo tu amor y tu bondad”.

No permitas, Virgen Santísima, que el desaliento anide en nuestro corazón. No dejes que el egoísmo nos derrote.

Enséñanos a poner nuestra vida entera al servicio del Proyecto del Reino de Dios. Coloca, Señora y Niña Nuestra, en nuestro corazón, tus palabras: “AQUÍ ESTÁ LA ESCLAVA DEL SEÑOR”…. “QUE SE HAGA EN MI S U VOLUNTAD”.

Santa María de Guadalupe, ruega intercede por nosotros y danos tu bendición.

 
 
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