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Homilía
pronunciada por
Mons. Carlos Suarez C., Obispo de Zamora en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Zamora a la Basílica de Guadalupe.

18 de enero de 2006


M
uy queridos hermanos sacerdotes y fieles cristianos laicos de la diócesis y de otras iglesias particulares.
La diócesis de Zamora se une con especial alegría a la celebración del año Guadalupano, con ocasión de los 475 años de las apariciones de la Santísima Virgen de Guadalupe.

El aniversario a lo largo de todo este año, le imprime un tinte jubilar a nuestra peregrinación diocesana, dándole un realismo especial al encuentro con nuestra Señora, otorgando gracias singulares a nuestros peregrinos, llenando de una luz, y una verdad particular la memoria de las apariciones y dotando de una encantadora belleza a la imagen de la Señora y Niña Nuestra, como nos enseño a llamarla Juan Diego, el Santo.

Un acontecimiento también singular nos llena de alegría a nosotros este año, en que queremos agradecer a la Santísima Virgen María, por la reciente beatificación de un jovencito de nuestra diócesis de Zamora, José Sánchez del Río, quien dio su vida a los catorce años y once meses por la causa de Cristo y de la Virgen de Guadalupe, el 10 de febrero de 1928 en plena persecución religiosa, había nacido en Zaguayo, Michoacán, diócesis de Zamora el 28 de marzo de  1913, en el ceno de una familia cristiana y católica formada por Macario y María, fue bautizado en la parroquia de Santiago Apóstol de la misma ciudad seis días después, e hizo sus primeros estudios en el colegio de su pueblo natal, como todo niño de aquel tiempo jugaba normalmente a los trompos, a las canicas, era de un carácter alegre, según sus biógrafos y testigos oculares que aun hay, travieso, buen estudiante y mejor cristiano, rezaba el rosario diariamente no falla a su misa dominical junto con sus papas, gente reconocida y de buena posición social en aquel rincón del occidente de México.

Como muchas familias en aquellos difíciles días, la familia de José tuvo que irse a vivir un tiempo a Guadalajara, para evitar el hostigamiento de los perseguidores de la iglesia, pero cuando en el 26 se decreto la suspensión de cultos, los hermanos mayores de José se alistaron para defender su fe y presentar la batalla a los enemigos de la fe y José no fue la ecepción.

El capitán no acepto su petición, por ser demasiado pequeño el muchacho, pero nuestro mártir insistió e incluso tuvo el permiso de sus papas para ir a la tropa, nunca ha sido tan fácil ganarse el cielo como ahora, le decía a su madre y le cantaba aquel canto que todos nosotros cantamos en el catecismo, al cielo, al cielo, al cielo quiero ir, expresando con estas palabras, el sorprendente deseo de dar la vida por Cristo, favor que pido ante la tumba Anacleto González Flores durante su estancia en Guadalajara, tenía apenas como año y medio en campaña, donde llego a ser el clarinero de la tropa, y  se gano el mote de tarcicio, en memoria del niño mártir de la eucaristía, cuando el mismo fue aprendido en las inmediaciones de Cotija al entregar su caballo al capitán de los cristeros, para que huyera de los soldados “pues usted hace más falta que yo”, le dijo José, trasladado a Zaguayo, fue encerrado en la parroquia de Santiago Apóstol, convertida en cuartel general, ahí escribió una carta a su mamá de su puño y letra que se conserva.

Fue hecho prisionero en combate en este día, “creo que voy a morir, pero no importa mamá,  no te preocupes por mi muerte, que te preocupes si que me mortifica, resígnate a la voluntad de Dios, ten valor y mándame tu bendición juntamente con la de mi padre”.

A las once de la noche del 10 de febrero del año 1928, lo sacaron del templo, le desollaron los pies y con ellos sangrantes lo llevaron a pie al cementerio, donde lo acuchillaron y le dieron el tiro de gracia, a cada acuchillada que le daban el niño mártir gritaba; “viva Cristo Rey, viva la Virgen de Guadalupe”.

Fue beatificado el pasado 20 de noviembre en la ciudad de Guadalajara, en la misma causa de beatificación de Anacleto González Flores, a quien él le había pedido la gracia del martirio años antes, entre venerables sacerdotes y maduros laicos ese día, se rindo una ovación, un aplauso y una acción de gracias muy especial, porque entre ellos había una criatura de estos años de edad catorce José.

La iglesia de Cristo es ante todo la santa iglesia, la iglesia de los santos, y la santidad es el  adorno con que Cristo embellecía a su esposa, purificándola con su sangre y lavándola con el baño de la regeneración bautismal.

Su carta sobre el tercer milenio, el recordado y querido Juan Pablo II; señalaba que confesar a la iglesia como santa quería decir en primer lugar, que ella pertenece aquel que es por excelencia tres veces santo, y luego confesar que en ella habría su rostro de esposa de Cristo por la cual el se entrego, la santidad es la vocación de todo cristiano, no es un ideal de perfección que implique una especie de vida extraordinaria, señalaba el Papa, practicarlo solamente por algunos genios de la santidad, los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno, y enseguida decía; doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos y entre ellos a muchos laicos, que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida.

José Sánchez  de Río es un ejemplo de estos santos de todos los días y de todas las edades, de los que hablaba el Papa. No le toco a Juan Pablo beatificarlo pero si le toco reconocer su martirio el 22 de junio de 2004, solemne sesión de la sagrada congregación para las causas de los santos.

El camino de José fue a la vez grandioso y sencillo, ordinario y maravilloso, se santifico en la vida de familia, en su escuelita primaria, en la devoción a los santos sobre todo a San Luis Gonzaga, Patrono de la Congregación Mariana y luego en la difusión y defensa de la fe, encargo que recibió el día de su confirmación cuando fue hecho soldado de Cristo, alistado para la batalla, según la teología habitual de este sacramento en aquel tiempo.

La santidad según el mismo Papa tiene una pedagogía que es capaz de adaptarse a los mismos y a las edades de cada persona, la pedagogía y la santidad de José, corría a cargo de la Virgen de Guadalupe a quien el amo entrañablemente durante toda su vida, como un nuevo y más pequeño Juan Diego y cuyo nombre murió pronunciando a viva voz el día de su sacrificio, los vivas a Cristo Rey, los vivas a la Virgen de Guadalupe,  fueron su querigma y a la vez su testamento, su grito de guerra y a la vez de victoria, el motivo de su condena y también de su glorificación.

José es una muestra de la obra maravillosa de Santísima Virgen María que es la madre, es la maestra, es la catequista y la mistagoga de todos los fieles cristianos.

Ella nació de Jesús en sus años de Nazaret y en su vida pública también, madre y maestra, pasando de maestra a discípula, de discípula a madre de todos los que creemos en Cristo. En el beato José, la Santísima Virgen nos da una muestra más por su predilección por los sencillos de corazón, una nueva proclamación de la infancia espiritual como condición para ir al cielo, una prueba más de la grandeza divina que encierra la pequeñez humana, una demostración del poder de la gracia para transformar la personalidad de apenas un adolescente, un testimonio de la grandeza de alma para dar la vida por Cristo de un hijo de Dios que alcanzo la madurez espiritual cuando aun no tenia la edad para ser considerado un hombre perfecto y en una palabra; tuvimos una muestra del triunfo de la virtud sobre el pecado, del amor sobre el temor, de la valentía sobre el miedo, del amor a Dios sobre todos los amores hasta el de su familia, de sus padres y de la entrega a Cristo más allá del amor por la propia vida, pareciera como que María al igual que su Hijo Jesús, pusiera también en medio de nosotros a un niño para normarnos la jerarquía de valores y medir la estatura y grandeza con las medidas del reino, sino se hacen como este niño no podrán entrar al cielo.

Por su parte José con su amor y su viva a Cristo Rey y a la Virgen de Guadalupe gritados en el postrer momento de su vida, nos enseña con su testimonio por demás elocuente que es lo que verdaderamente vale en la vida, por quienes vale la pena vivir y morir, hasta que punto Cristo y María deben ser la razón de nuestra vida y de una manera especial lo que es y ha sido la Virgen de Guadalupe para las familias mexicanas, para nuestros adolescentes y jóvenes, también nos enseña la convicción absoluta que se ha de tener para defender los verdaderos valores de la patria y la heroica dedición para dar la vida como otras grandes héroes de nuestra Nación, a fin de que se cumpliera el proyecto del reino que esta contenido el mensaje de Guadalupe, una Nación soberana de hombres y mujeres libres, con la libertad de los hijos de Dios, de verdaderos hermanos más allá de las diferencias sociales, culturales, económicas y éticas y de una ley humana y divina donde se proclame por igual los derechos de Dios, los derechos de la iglesia, y los derechos humanos especialmente de los más necesitados.

José fue un pequeño David que nos da muestras del poder de Dios ante la soberbia de los hombres, este niño tiene más valentía que toda la tropa junta confesar en sus mismos victimarios. Hoy por primera vez podemos invocar a la Madre y a su hijo pequeño, a la niña y al niño, a María y a José; Santa María de Guadalupe ruega por nosotros, beato José Sánchez del Río ruega por la patria, por la diócesis de Zamora, por los niños adolescentes y jóvenes de todo México. Amén            

 
 
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