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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Javier Navarro
Rodríguez, Obispo de la Diócesis de San Juan de los Lagos,
Jalisco , en
ocasión de la peregrinación de la Diócesis
de San Juan de los Lagos, Jalisco a la Basílica
de Guadalupe.
17
de mayo de 2006
Hermanas y hermanos, fieles cristianos
de las distintas comunidades de nuestra Diócesis Mariana de
San Juan de los Lagos. Muy querido seminario en quien ponemos
el corazón y las esperanzas y la oración constante, como promesa
de un futuro todavía mejor y más lleno de santidad en nuestra
diócesis.
Muy queridos hermanos sacerdotes, que
lo somos por nuestra configuración a Cristo Pastor, a quien
María engendró en su seno y por lo que en María encontramos
esa oportunidad de seguirnos cincelando para limar aristas
e imperfecciones que nos distancian, más que acercarnos, a
Jesucristo el modelo del varón perfecto y Nuestro Sumo y Eterno
Sacerdote.
Son sentimos contentos esta espléndida
mañana de mayo, mes de las flores, mes de María. Mes en que
acabamos de celebrar el día diez a nuestras mamás vivas y
difuntas y en que el día trece hemos celebrado a María, la
misma de Guadalupe, de San Juan de Nazaret y de Fátima.
Hoy ha sido este el término y la meta
de la peregrinación emprendida por muchos ayer o por todos
desde ayer, o algunos esta madrugada. Y la meta de nuestra
peregrinación es al mismo tiempo plataforma de lanzamiento
y es al mismo tiempo punto de origen y es también la cuna
donde nace México. Es aquí, en el Tepeyac, donde hace 475
años por providencia de Dios, María sale al encuentro del
balbuceante México, para de veras darlo a luz y provocar así
un verdadero alumbramiento, según la fe.
México nace en el Tepeyac y México
sigue renaciendo desde el Tepeyac y es que María la escogida
por Dios desde todos los siglos, la que en el tiempo fue agraciada,
con toda gracia y hermosura, Ella bajo su advocación de Guadalupe
hace 475 años, nos sale al encuentro para decirnos: Soy la
Madre de Dios, por quien se vive, quiero un templo más espiritual,
que material, para mostrarme piadosa Madre de ustedes y escuchar
desde este lugar sus angustias, preocupaciones, así como enjugar
sus lágrimas.
Nos sentimos contentos, alabando a
Dios en esta Eucaristía, unidos a Jesucristo el Hijo de María.
En la diócesis hemos estado celebrando, igual que en muchas
otras de todo México este Año Jubilar Guadalupano, por los
475 años de la aparición gloriosa de la Virgen.
Sin duda, este año nos ha dado la oportunidad
de sentir el calor del regazo materno y de generar proyectos
de nueva y más eficaz evangelización. Qué alegría comprobar
que el fenómeno Guadalupano, María de Guadalupe en medio de
este fenómeno ha impulsado nuestros planes de acción pastoral,
diocesanos, decanales, parroquiales. Ha inspirado los temas
de reflexión cuaresmal, de reflexión en las jornadas juveniles,
así como en las fiestas patronales.
Qué alegría pensar que María, la perfecta
discípula del Señor, ahora que nos encaminamos a la Quinta
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano el próximo
año, ya nos está inspirando para ser discípulos que a los
pies del Maestro nos animemos a estar con Él, como María lo
llevo en su seno nueve meses y estuvo con Él hasta cerca de
los treinta años. En ésta unión física constante y permanente,
que nos animemos a estar con Él para luego ir a comunicarlo
a los demás, como lo empieza a comunicar María.
Como esa primera custodia viviente,
como el primer relicario palpitante al unísono del corazón
de su Hijo, que comienza a formarse en sus entrañas y de la
que ella es cristofora al llegar a la casa de Isabel, para
apoyar aquella en los quehaceres domésticos, que llevaba ya
seis meses de embarazo.
María, la que en Juan Diego le sale
al México balbuceante para decirle: “Soy tu Madre”, María
la que provoca este feliz alumbramiento en la fe de México,
es la que, como ella misma alaba al Señor en el canto reconoce
un Dios que en ella ha hecho maravillas y que es un Dios que
trastoca los planes y los cálculos humanos para enderezarlos
según el corazón de Dios y convertirlos en historia de salvación.
Derriba del trono a los poderosos y
enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos. Habiendo obispo y los primeros
misioneros, clérigos y conquistadores españoles; tal vez más
conquistadores que religiosos, que hombres de fe elige precisamente
a uno de nuestra raza para ser su confidente y su embajador
digno de confianza.
Es el estilo de familia, el estilo
de familia trinitaria, el estilo de Jesucristo su Hijo, que
no retuvo habidamente sus prerrogativas de Dios, como cuenta
San Pablo en Filipenses, sino que se reviste hasta las últimas
consecuencias de nuestra condición humana y aparece como uno
de tantos semejante a todos nosotros, menos en el pecado.
María la Virgen, es esta mujer sencilla
que tiene predilección por los sencillos y en aquel, que él
se consideraba insignificante, Ella lo eleva, porque es el
estilo de Dios, elevar del estiércol, la basura al pobre y
hacerlo sentar entre príncipes.
María la Virgen, en este Año Jubilar
Guadalupano y avanzando en el proceso de nuestro cuarto plan
diocesano de pastoral, nos invita, como reza nuestro objetivo
general, a impulsar una nueva Evangelización, en comunión,
participación y en un más comprometido al diálogo con la cultura
actual.
En la exhortación de Iglesia en América,
entregada por el queridísimo y llorado Papa Juan Pablo II,
en esa exhortación que él mismo entregara, desde esté mismo
lugar en una fecha solemne para toda América, él nos recuerda
que Santa María de Guadalupe, es el modelo de evangelización
perfectamente inculturada.
Llega a tiempo apenas a diez años de
que en estas tierras, se ha escuchado explícitamente el nombre
de Dios revelado, con la revelación que llega a su culmen
en la persona de Jesucristo. Este nombre de Dios revelado
en Jesucristo del que los pueblos que moraban en estas tierras,
ya tenían algún acercamiento por esas semillas del verbo que
Dios desde el principio de la creación ha esparcido por todas
las latitudes y por todos los rincones de esta tierra.
María de Guadalupe, llega a tiempo
para avalar la predicación de aquellos primeros misioneros
y de la incipiente jerarquía en estas tierras mexicanas.
Y su rostro moreno, su indumentaria, los colores de su traje,
su palabra blanda y cortes, en el náhuatl que pudiera entender
el indígena, nos hacen ver ese empeño de Dios por acercarse
a través del rostro materno de su Madre, la Madre de Jesucristo,
para presentarnos un Evangelio que podamos entender y aceptar.
Y le habla a su confidente con diminutivos, como hablamos
nosotros los mexicanos, y a él y no a otro lo considera, aquel
que debe ser el portador de tan alegres noticias.
Si queremos promover un Evangelio en
un diálogo muy comprometido con la cultura de hoy, habrá que
estar atentos para observar desde la inspiración de la fe,
las realidades de este mundo contemporáneo y posmoderno. Ahora
hay que estar atentos para no sólo observar y con María elevar
nuestro cántico a Dios por las maravillas que ha hecho en
nuestras tierras, de esta región del altiplano de los Altos
de Jalisco y la ciénega de este mismo estado.
Habrá que estar atentos para reconocer
las maravillas, no como alguien que ha merecido tanta bondad
de Dios al ver esa siembra de Evangelio que realizaron religiosos
franciscanos y agustinos en nuestras tierras y que florecieron
en ese fruto maduro de los mártires ya canonizados y algunos
recientemente beatificados.
Pero nuestra atención se debe centrar
también aquellas sombras que hacen penumbra, en lo que debería
ser pura luz del Evangelio. Hay elementos de cultura, que
empiezan ha adoptarse en nuestra región, que no son esa cultura
que tiene como matriz el Evangelio. Hay signos preocupantes,
que son más bien signos de anticultura, que de cultura entendida,
como los signos y las actitudes a través de las cuales se
expresa el hombre, para relacionarse con Dios, para relacionarse
con la naturaleza y para relacionarse con los demás.
En nuestra relación con Dios, queremos
el diálogo con la cultura, promover entre el creyente y aquel
al que se dirige nuestra fe como su objeto último. No queremos
promover otra fe, que la fe que nos ha manifestado en Jesucristo
y en la cual Jesucristo es el centro.
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No pensamos que pueda haber creyentes del verdadero Dios sin referencia
a Jesucristo o sin referencia a esta Iglesia de Jesucristo, humana y
divina, santa y pecadora, bajo distintos aspectos pero llamada por Dios
a ser signo e instrumento eficaz de salvación universal. La relación
con Dios ha de ser a través de Jesucristo y las mismas variadas muestras
de religiosidad popular que se dan en nuestra diócesis, tienen que ser
vistas con respeto y observadas en actitud sanamente crítica para depurarlas
y sanearlas con la luz del Evangelio.
Puede haber prácticas de piedad o religiosidad
popular que empiezan con buena intención y si no las confrontamos
constantemente con el Evangelio, pueden degenerar en superstición
que nos aparta del verdadero Dios por quien se vive y de Jesucristo,
que es finalmente el objeto central de nuestra fe.
Si, culturas son los signos y actitudes,
a través de los cuales nos relacionamos con la naturaleza, habrá que
ver si hay armonía en nuestro quehacer cotidiano entre nosotros que
alabamos al Dios de cuyas manos salió todo bueno; y en el último día
de la creación haciendo al hombre a su imagen y semejanza, salió todo
muy bueno, habrá que ver si en nuestro trabajo y quehaceres diarios
estamos de verás recibiendo con gratitud esta naturaleza que Dios
Creador puso en nuestras manos, para que la perfeccionemos y para
que sigamos siendo custodios de la creación que salió buena.
Mucha gente no respeta normas elementales
para lograr una ecología más sana, no respeta normas elementales para
convivir pacíficamente con este sol, con esta agua, con estas plantas
y animales que Dios puso bajo el dominio del hombre y a su servicio.
Nosotros en nuestras relaciones con los demás, manifestadas en signos
y actitudes diversas, habrá que manifestar que tenemos una cultura
en la que en el centro está Jesucristo, como ideal de todo hombre
y mujer creyentes; en el centro está Jesucristo, que con su testimonio
y palabra nos indica claramente el camino por donde seguir, abra que
estar convencidos de que su ley es perfecta y es descanso del alma,
de que tienen mucha paz los que aman sus leyes.
Hoy, el mundo pretende estar muy avanzado
en cuestiones culturales, pero pareciera desviarse, si es un mundo
creyente, si es un mundo que tiene a Cristo en el centro; pareciera
desviarse del testimonio y de la palabra clara de Jesucristo, cuya
ley es perfecta y descanso del alma. No podemos nosotros entender,
que sea muy moderno culturalmente hablando, un mundo que en las cuestiones
de bioética e ingeniería genética, acepte la manipulación del embrión
o de la célula madre para hacer experimentos en favor de otros seres
vivos, como si al ser humano le tocara juzgar; ¿Cuál vida es de mayor
calidad y cuál es de menor calidad?, ¿Qué vida tenemos que respetar
y cuál otra podemos manipular en favor de la que decidimos mejor?
Asusta lo que los medios de comunicación
social nos has presentado recientemente acerca de los avances en estas
cuestiones de ingeniería genética en España y otros países europeos,
¿Se puede de tal manera manipular el embrión?, según las normas legales
de aquellos países, que hasta hay la posibilidad de fabricar seres
híbridos, parte humano y parte animal irracional.
En nuestra cultura poniendo en el centro
a Jesucristo, el Dios de la vida, la misma ciencia y la tecnología
y el progreso en cualquier otra expresión artística que fuera, todo
esto ha de tener como medida a Jesucristo y no todo lo que es posible,
es moralmente aceptable, no todo lo que es probable, puede ser aceptado
por todos, como verdad.
En nuestra cultura no podemos aceptar,
como signo de modernidad, la posibilidad que en lenguaje cristiano
es aberración, de proponer al mismo nivel que el sacramento del matrimonio,
proyecto de Dios, como unión estable de un hombre y una mujer para
complementarse y engendrar hijos. No podemos poner a la par este otro
remedo, caricatura de matrimonio, que proponen ciertas legislaciones
civiles y que en la nuestra ya ha habido no pocas iniciativas o intentos
de que también se acepte de que se acepte también como algo equiparable
al matrimonio, la unión de dos hombres ó de dos mujeres, aunque no
sea de ninguna manera una unión que les complemente, ni mucho menos
que esté abierta a la procreación al engendrar hijos.
Ante signos de anticultura que empiezan
a aparecer como signos de modernidad en nuestra diócesis, habrá que
estar atentos de las manos de Dios y con la Luz de Cristo, para en
el diálogo con la cultura, respetuoso, sereno, tener la actitud valiente
y crítica para reaccionar ante todo aquello que se oponga al plan
de Dios.
Hoy, en la presencia de Dios y bajo
la mirada tierna de Santa María de Guadalupe, nos hemos dirigido al
Padre de la vida pidiéndole que: ya que ha puesto a este pueblo suyo
bajo la especial protección de Santa María de Guadalupe, nos conceda
por su intersección, buscar el progreso de nuestra patria y nos conceda
profundizar más en nuestra fe, pero siempre por caminos de justicia
y paz.
En esta peregrinación de mayo, estamos
ha un mes y medio de un momento muy significativo y trascendente en
todo México. Hemos sido convocados como ciudadanos a emitir un voto
responsable y razonado en favor del partido o candidato de nuestra
preferencia. Desde aquí, invito a todos a orar para que esta próxima
jornada electoral en todo México y sobre todo en nuestra región, se
realice de verás con apego a las normas que nos rigen, respetando
las reglas de la democracia que no hemos inventado nosotros desde
la Iglesia, sino, esté sistema que ha sido elaborado y perfeccionado
por los mexicanos a través del tiempo.
Invito a todos a que tengamos firme
convicción de que las instituciones que nos rigen, los órganos que
vigilan el justo desarrollo de las elecciones, son órganos a los que
hay que creer y respetar, no se vale que cualquiera, por más encumbrado
que este en la vida política, le grite alguna majadería a aquel que
representa a la institución de México ó que ponga en duda la credibilidad
de órganos electorales que están puestos para vigilar el buen desarrollo
de las elecciones.
No se vale, que alguien quiera a toda
costa ganar el poder por el poder, violando las normas de la democracia
que significa respetar el voto y sumar voto a voto a ver quien finalmente,
de los que se proponen como candidatos logro la mayoría. Hay gente
en México, no digo que en nuestra región, pero en México que aparece
aquí y allá, generando violencia y pienso que no es casualidad que
lo hagan en este tiempo, en vísperas de una jornada electoral tan
importante en nuestro país.
La violencia engendra violencia y nunca
ha sido el camino para que la gente logre la paz y la estabilidad.
Esta paz que hoy hemos pedido a Dios por intersección de Santa María
de Guadalupe junto con el progreso de nuestro pueblo. No es opcional
ir a sufragar o no el 2 de julio, no es tampoco un añadido como si
fuera una tarea extra para los que nos decimos cristianos, es una
obligación de conciencia emitir un voto y más aún no sólo quedarnos
ahí, sino desde ahora y después del voto, saber que como ciudadanos,
candidatos a la patria futura, estamos comprometidos con esta patria
terrena para anticipar la venida del Reino haciendo que se vivan ahora
los valores del Evangelio que vivió Santa María de Guadalupe y que
promovió al estar al comienzo de este México que aquí nace y aquí
renace.
Elevamos juntos nuestra plegaria a
Dios y le confiamos a Santa María de Guadalupe esta etapa que se avecina
para México. Porque sabemos que sin la oración, estamos abandonados
a nuestros pobres esfuerzos y a nuestros limitados cálculos humanos
y estamos en cambio seguros de que todo lo pondremos en aquel que
nos conforta.
Y que de esta fecha que se avecina
y lo que siga después para este México que tiene que vivir libre,
soberano, creyente, plural, abierto a todas las ideologías y con respeto
a quién piense diferente a nosotros. Este México así de diverso, como
un mosaico cultural y religioso y tan diferente en una región a otra,
este México así es querido por Dios, para que en medio de nuestras
diferencias vivamos unidos en algo tan esencial, como es nuestra fe
y el amor a esta patria que queremos libre, soberana y en un constante
ascendente desarrollo.
Pongamos en el altar de Dios y bajo
la mirada de Santa María de Guadalupe, estas y las demás preocupaciones
personales y familiares, ella está aquí para mostrarse piadosa, Madre
Nuestra. Ella nos invita a confiar plenamente abandonarnos en sus
manos diciéndonos: ¿No estas a caso en mi regazo y corres por mi cuenta?,
Es nada lo que te preocupa y aflige
Y llendo a Ella de su mano vayamos
a aquel que es el Dios por el que Ella ha venido a este pueblo y al
que ella nos invita a obedecer diciéndonos como en Caná; “Hagan lo
que mi Hijo les diga”. Así sea.
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