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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
Mons. Alfonso Humberto Robles Cota, Obispo de la Diócesis de Tepic, en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Tepic a la Basílica de Guadalupe.

21 de mayo de 2006

Quiero darles hermanos sacerdotes, religiosas, religiosos. Amadísimos fieles cristianos, hijos de Dios, quiero darles antes que otra cosa un pensamiento por la alegría de la Pascua del Señor. Estamos celebrando el sexto domingo después de la Pascua de Dios, Pascua que significa paz, es Dios hermanos el  que a querido pasar cerca de nosotros y esto lo viene realizando el Señor  desde hace más de dos mil años.

Es Jesús, amadísimos hermanos, el que muriendo en la cruz, alcanzó para nosotros el verdadero perdón, que necesitaban  nuestras vidas y Él dio su vida por nosotros, por eso el pensamiento más propio de la Pascua es hermanos; la alegría, el gozo espiritual de saber que nuestro Padre Dios nos ama y tanto nos ha amado, que a querido regalarnos a su Hijo y su Hijo eterno como Él, tanto nos ha amado que no le pareció mucho morir por nosotros, porque sabía que iba a resucitar y ésta es amadísimos hermanos, la alegría de nuestra Pascua. Nosotros tenemos esperanza de resucitar como Él. Nos lo recuerda un anuncio que vi por aquí, donde nos dice; Jesús ha resucitado, nosotros también vamos a resucitar.

Amadísimos hermanos, Monseñor Adolfo que nos dio un saludo afectuoso de parte de las  autoridades religiosas de la Basílica, nos habló de ser  peregrinos.

Este domingo, tercer domingo del mes de mayo, la iglesia diocesana de Tepic, se hace presente en esta basílica para celebrar nuestra peregrinación de cada año. Quiero agradecer a todos los demás  peregrinos que están presentes en esta basílica y pedirles que rueguen a Dios, por la  Diócesis de Tepic y nosotros también pedimos por todos ustedes.

Gracias hermanos por aceptar que celebremos juntamente con ustedes nuestra peregrinación diocesana. Son muy semejantes nuestros sentimientos y nuestros pensamientos ante la presencia cariñosa de la Madre Santísima de Guadalupe.

Es una providencia cariñosa de Dios, nos decía Monseñor Adolfo al saludarnos, que esta imagencita de Nuestra Madre Santísima se haya conservado durante 475 años. Es una providencia cariñosa de Dios para conservar  el Ayate de San Juan Diego. Vamos a admirar y vamos a bendecir a Dios.

Amadísimos hermanos, los peregrinos que venimos hoy desde la Diócesis de Tepic, compartimos con todos ustedes las gracias que queremos pedirle a Dios.

En esta ocasión, queremos presentar a nuestro padre Dios, por las manos benditas de María, particularmente tres intenciones particulares de la diócesis.

La primera, nuestra intención hermanos, de ser peregrinos, eso venimos a decirle a María. Nuestra intensión de ser peregrinos, es semejante a la intensión de todos, que Dios nos dé la gracia de ser peregrinos, no solamente en esta visita al Tepeyac, sino en todo el caminar de nuestra vida, hasta llegar al final del camino que Dios nos tiene señalado, caminando con fidelidad en la vida, intentando siempre guardar un corazón limpio como Jesús una ocasión nos decía:”Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” ya nos lo decía Monseñor Adolfo en el saludo.

La segunda necesidad hermanos,  que queremos presentarle a Nuestra Madre Santísima y que nos trae hoy al Tepeyac son las conclusiones de nuestro Sínodo Diocesano. Queremos pedir a la Madre del cielo su gracia, para que podamos presentarle al Señor el quehacer de nuestra diócesis y el quehacer de nuestro sínodo que concluimos en noviembre.

Para que los trabajos que ahora debemos realizar, sus hermanos de aquella Diócesis de Tepic, los hagamos en nombre del Señor, que todos nos esforcemos por caminar juntos, buscando siempre la voluntad de Dios, como queremos expresar en nuestro lema, que teníamos como sínodo: “Caminemos juntos en nombre del  Señor”.

Y en tercer lugar hermanos, la tercera necesidad que le presentamos a Dios, queremos hacer conciencia de vivir este año particular, como año jubilar diocesano a favor de las vocaciones. Dios a bendecido a su servidor, obispo de aquella diócesis, porque este año he cumplido cincuenta años como sacerdote, veinticinco años como obispo de Tepic, por eso he declarado desde octubre pasado un año jubilar vocacional, con el cual queremos comenzar a realizar la aplicación de nuestro sínodo en la vida diocesana.

Permítanme amadísimos hermanos, no quiero abusar de sus cansancios, pero permítanme alguna reflexión por cada uno de estos tres motivos, para cumplir nuestra intención de ser peregrinos en este lugar admirable de nuestra patria.

Nuestro ser de peregrinos hermanos, nos obliga a esforzarnos para vivir como hijos de Dios.A este pensamiento quiero unir el pensamiento de la Pascua, que estamos viviendo en la Iglesia, Jesús nuestro salvador resucitado, por su Pascua, por su paso en medio de nosotros es quien le da el verdadero sentido al ser peregrinos en la vida.

Quiero invitarlos a todos así, con el sentido gozoso de la Pascua y expresarle a Dios nuestro caminar, porque el Señor nos llama a todos  para que unidos a los apóstoles, seamos testigos también nosotros en nuestra vida, testigos de la resurrección, testigos desde nuestra fe en Jesús resucitado.

Aquí nos lo recuerdan nuestras autoridades religiosas de la Basílica, Santa María de Guadalupe hermanos, es nuestra primera peregrina al Tepeyac hace 475 años ella vino desde el cielo al Tepeyac de siempre, el Tepeyac de nuestros corazones.

Jesús y María, hermanos, ellos pueden darle el sentido verdadero a nuestra vida peregrina en la Tierra. Se lo pedimos de corazón para todos los que venimos de Tepic, todos ustedes a quienes hemos encontrado con cariño en este lugar.

Espero, hermanos, que todos hayamos fortalecido nuestra fe en esa fecha de la Pascua gozosa de Jesús, iluminados por la luz de Cristo, que nos comunica su luz para iluminar con su claridad nuestros caminos, todos nuestros caminos de peregrinos. Los caminos personales, los caminos de nuestras familias y los caminos de nuestras comunidades.

Esta presencia hermanos, de muchos peregrinos en la Basílica de Guadalupe, debe ser signo de nuestra presencia ante Jesús y sobre todo signo de la presencia de Jesús en nuestras vidas. Toquémonos el corazón, tratemos de experimentar hermanos, en nosotros el gozo de saber que somos amados del Padre. Es la intención hermanos, que debe movernos siempre para venir aquí, Ella nos dijo; en la persona de Juan Dieguito, así lo llamaba Ella por cariño, Juan Diego, Juan Dieguito a quien amo.

Quiero mostrar aquí, mi amor tierno y cariñoso por todos los moradores de esta tierra, y por todos los que invoquen mi nombre. Buscamos a María hermanos como causa de nuestra alegría, así busquémosla cuando falten hermanos, todos los motivos para mostrar un rostro gozoso de hijos de Dios; nunca faltará Ella, la Madre del Hijo de Dios, porque el Jesús nuestro salvador, es deberás el que causa nuestra alegría, pero Él le hadado gozo a Ella, para ser también nuestra alegría.

En cuanto a nuestro sínodo diocesano hermanos, no lo realizamos cuando hacíamos asambleas y trabajos del sínodo, simplemente para hablar del sínodo sino que buscamos, honestamente, quiero decirlo ante todos, nuestros sacerdotes y ante ustedes hermanos nuestros, hijos de Dios, buscamos humildemente, honestamente, buscamos caminar los caminos de Dios.

Por eso necesitamos, hermanos mucho la inspiración de Ella, María para el hacer y el quehacer de nuestra Diócesis de Tepic. Fortalecer lo que hacemos bien, corregir lo que hacemos mal y comenzar hacer aquello que no hemos sabido realizar, por eso expreso y le pido su oración, queremos purificar nuestras intenciones y obrar todo por Jesús. Otra vez Jesús hermanos, le da sentido a nuestro actuar, le da sentido a nuestro peregrinar, como le ha dado sentido siempre sentido a la vida de los hijos de Dios.

María Santísima, hermanos, desempeña en la Iglesia con todo cariño y con eficacia, su oficio de  estrella de la Evangelización y por eso en nuestro sínodo debemos experimentar el gozo de Dios, para llevar el Evangelio a nuestros hermanos ¿Cómo no honrar a María?, ¿Cómo no amarla?, ¿Cómo no buscarla? haciendo como Ella la voluntad de Dios.

Nuestro sínodo diocesano,  al ser aplicado en la vida, debe ser una búsqueda de la voluntad de Dios. Ella es la primera, en esta nueva Evangelización, de tal manera que el Evangelio nos llene, que no se quede adentro, que quiera salir para comunicarlo a nuestros hermanos, esa es la Nueva Evangelización, no es un nuevo Evangelio no es otro Evangelio, es nueva.

Y por eso en esta bendita casa del Tepeyac queremos pedirle a Ella, como lo hizo un día con Juan Diego, nos siga cuidando con ternura de Madre a través de sus palabras; como sigue haciéndolo  con cada uno de nosotros a través de su imagen.

Por tanto, amadísimos hermanos, roguemos al Señor por intercesión de la Virgen Guadalupana, Nuestra Madre, que bendiga a todos los que formamos la  Diócesis de Tepic, para que podamos gozar los dones de la justicia, de la fraternidad y de la verdadera paz en nuestro mundo.

¿Qué hace, hermanos, la Diócesis de Tepic? Podemos preguntarnos y nos preguntamos, por nuestros caminos y podemos ver si abrimos los ojos de la fe lo que nos dice el apóstol: “No amemos solamente de palabra, amemos de verdad y con las obras. Si, cumplimos los mandamientos de Dios y hacemos lo que le agrada a Dios, ciertamente obtendremos de Él todo lo que pidamos”.

Ahora bien ese mandamiento hermanos, es que creamos en Jesucristo su Hijo y como Él nos dice en su mandamiento, que nos amemos, los unos a los otros, como Él nos ha amado. Así lo hemos escuchado hoy, en el Evangelio de nuestra Eucaristía.

Amadísimos hermanos, quiero decirles finalmente. Traemos amadísimos hermanos, todos traemos tantas cosas en nuestro corazón, que debemos mencionarle al Señor con palabras del corazón aquello que tanto nos anima en la vida.

Decía al principio que he declarado un año jubilar diocesano a favor de las vocaciones, pidiendo al Señor que multiplique su llamada a los jóvenes de nuestras familias, para que sean muchos los que acepten consagrar su vida al servicio de sus hermanos. Todavía tiene valor aquella palabra de Jesús; “Rueguen al  dueño del campo, que envié obreros a su mies”. Así decimos a María: Madre, caminamos en el nombre del Señor, bendice nuestra diócesis con abundantes vocaciones, al servicio del amor verdadero. Y permítanme, porque muchos peregrinos que hoy estamos aquí, hemos suplicado oración especial por algunos enfermos, tenemos un sacerdote muchos años párroco en la Costa de Oro, al norte de la diócesis, el padre Juan García Lepe, vamos a orar por él. Tenemos un seminarista apenas en medio de su formación, muy delicado en su salud, Rodrigo Francisco Hernández. Una señora peregrina que venia con nosotros, no ha podido venir porque ha enfermado de gravedad. Nos piden por el descanso eterno para muchas gentes; Narciso Real que cumple hoy un año de muerto, Héctor Julián Fonseca, Marcos Estrada, Radsedis Maldonado, Vidal Estrada, Teodoro Loera, Jesús Carrillo y tantas almas, hermanos que han muerto y no tienen quienes rueguen por ellos.

Hoy le pedimos a María, que nos dé vocaciones al servicio del amor de nuestros hermanos, digámosle una breve oración: Como no darte gracias  amabilísima Señora y Madre Nuestra por los beneficios incontables que nos concedes, fijaste en esta Nación, esos tus ojos misericordiosos y ante el trono excelso de Dios, le pediste esta nación como tuya.

¿Qué pudo moverte, a descender desde los cielos a  nuestro árido Tepeyac? Sino el singular amor que nos tienes y la inmensa miseria nuestra. Gracias Señora, qué los ángeles te alaben por tan insigne favor, qué las naciones todas te bendigan y qué México postrado a tus inmaculadas plantas, te ame con todos sus corazones y te digan el canto  que con antigüedad le cantaron a la mujer: “Tú eres, la alegría de nuestro pueblo”. Perdona Madre a los que nos portamos ingratos y  prevaricadores, robustece la fe de los que te aclaman y te invocan, y concédenos en fin; Madre, que formemos tu corte verdadera aquí en la Tierra y que vayamos dulcísima Señora y Madre a cantar contigo un día las alabanzas eternas ante el trono de Dios. Amén.

 
 
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