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Homilía
pronunciada por Mons. Juan Frausto Pallares, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de León Guanajuato, en la peregrinación de su arquidiócesis a la Basílica de Guadalupe.

21 de octubre de 2007

Saludo con cariño y respeto a todos los que participan en esta asamblea eucarística, venidos de distintos lugares: sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos.

Un saludo muy especial para los peregrinos procedentes de la Arquidiócesis de León. Las peregrinaciones que realizamos a los distintos santuarios nos recuerdan nuestra condición de peregrinos hacia la patria celestial. Las incomodidades, el cansancio, el sufrimiento y los peligros que se pueden encontrar en el camino, nos enseñan que, para llegar al cielo, también hay que luchar y sufrir, pero siempre en unidos a Jesucristo.

Hoy estamos aquí ante nuestra Reina y Madre. Los católicos mexicanos llevamos en lo más íntimo de nuestro corazón un amor profundo a la Santísima Virgen en esta advocación de Santa María de Guadalupe; este amor no es solamente la expresión natural del amor del hijo: hacia la madre o la búsqueda interesada de la protección materna en las necesidades; es, principalmente, la acción del Espíritu Santo que eleva este amor filial y esta búsqueda de protección al orden de la salvación sobrenatural.    

Sabemos que la Santísima Virgen es la mujer singular mediante la cual el Padre celestial nos dio a su Hijo, como lo afirma la Carta de San Pablo a los Gálatas: "Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer" (GaI 4,4).

En las Apariciones de la Santísima Virgen a Juan Diego, ahora santo canonizado, ella se presentó diciéndole: "Sábelo, ten por cierto, hijo mío el más pequeño, que yo soy la perfecta Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive". (Nican Mopohua 26).

Además de ser la Madre de Dios, es también Madre nuestra, pues estando Jesucristo en la cruz, leemos en el Evangelio de san Juan: "Jesús viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: "mujer ahí tienes a tu hijo". Luego dice al discípulo: "Ahí tienes a tu madre" (Jn 19,26-27).

María Santísima es Madre de Dios y Madre nuestra. Estuvo íntimamente unida a la obra redentora de Cristo, desde cuando contestó al ángel Gabriel "hágase en mi según tu palabra", concibiendo en ese momento por obra del Espíritu Santo, hasta los momentos dramáticos al pie de la cruz, aceptando todo con una fe profunda y acatando con fidelidad la voluntad del Padre celestial. Precisamente, porque es Madre de Dios y porque estuvo íntimamente unida a la obra redentora de Cristo, tiene un grande poder de intercesión.

En estas verdades se fundamenta el profundo amor que el pueblo católico tiene a la Santísima Virgen y, apoya su confianza para acudir a ella en busca de comprensión, ayuda y consuelo en todas sus necesidades. ¿Quién no tiene problemas, enfermedades, situaciones difíciles? ¿Quién puede sentirse autosuficiente para dar respuesta a sus necesidades?

Ciertamente todos nos sentimos muy limitados, carentes y frágiles; ante esta realidad nos enternecemos y nos sentimos apoyados y protegidos al escuchar las palabras de la Santísima Virgen a San Juan Diego "¿No estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy yo la fuente de tu alegría? ¿No estás en hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidades de alguna otra cosa?" (Nican Mopohua 119).

Movidos por el amor y por un fuerte sentimiento de gratitud venimos a postramos ante su venerada imagen, para darle gracias por los innumerables beneficios que por su intercesión hemos alcanzado de su divino Hijo. Le presentamos nuestras necesidades y las peticiones de aquellas personas que al saber que veníamos ante nuestra Reina y Madre nos pidieron que se las hiciésemos presentes. Le pedimos por todas las necesidades y el Plan de Pastoral de nuestra Arquidiócesis de León, en especial le decimos, también, que interceda para que nuestro Plan Diocesano de Pastoral sea totalmente de acuerdo a la voluntad de Dios.

Nos llevaremos de parte de Santa María de Guadalupe la respuesta favorable quizá no como nosotros la quisiéramos, sino todavía mejor, como realmente convenga para nuestra salvación.

El amor verdadero a la Santísima Virgen nos llevará siempre al amor a Jesucristo su Hijo; el amor que pretendiera tenerla a ella como lo más importante, dejando a Cristo en segundo lugar, no sería verdadero amor. El amor a la Santísima Virgen también nos llevará al descubrimiento de Cristo en los demás; nos unirá solidariamente a sus alegrías y a sus tristezas, enfermedades y fracasos y, ciertamente, no sólo con expresiones de condolencia, sino, sobre todo, proporcionando ayuda eficaz de acuerdo a las propias posibilidades.

Hemos venido en peregrinación, en este día en que la Iglesia celebra el Domingo Mundial de las Misiones. Ojalá que nos llevemos en nuestro corazón y en nuestra voluntad el compromiso de hacer presente, en todos los ambientes donde nos movemos, el anuncio de la salvación, con nuestro testimonio y nuestra palabra, haciendo congruente nuestro comportamiento con la fe que profesamos.

También colaboremos con nuestra oración, nuestros trabajos y sufrimientos, con nuestros donativos en lo económico para que llegue la luz del Evangelio a los lugares donde aún no se conoce a Jesucristo.

En este tiempo en que se ataca tanto a la Iglesia, urge que todos sigamos proclamando el Evangelio haciendo de nuestra vida un testimonio creíble, es decir, que en nuestras palabras, en el trato con los demás, en la responsabilidad dentro del trabajo, en nuestro compromiso con la verdad y la justicia, en la sana conservación de nuestro ambiente, manifestemos auténticamente nuestra fe.

Urge, que estemos siempre dispuestos a escuchar la voz de Cristo Maestro, que acudamos frecuentemente a recibirlo como alimento en la Eucaristía; que él encuentre en nosotros la decisión de despojamos de todo lo que no se lleve con su amistad; que tengamos siempre el compromiso generoso para vivir con exigencia lo que más nos asemeje a él.

Que a partir del día de hoy, en que realizamos nuestra visita a este santuario mariano, se realice un progreso notorio en nuestra vida cristiana, amando a Dios y amando al prójimo, valorando, cultivando y defendiendo la vida, luchando por la verdad, la justicia, el amor y la paz.

Que Santa María de Guadalupe, que en el año de 1531 vino a estas tierras para apoyar y facilitar la difusión del Evangelio, intervenga ahora, de manera especial, en la tarea de la nueva evangelización, y así se manifiesta cada día mejor y muy palpablemente, en todos los lugares de nuestra patria, la presencia del Reino de Dios.

Que así sea.

 
 
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