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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Ricardo Watty, Obispo de la Diócesis de Nuevo Laredo, en ocasión a su peregrinación a la Basílica de Guadalupe

27 de julio de 2007

Me alegra, especialmente el que los sacerdotes de la Diócesis de Nuevo Laredo estemos celebrando y presidiendo esta Eucaristía, pero en particular me alegra que el Arzobispo Francisco Pérez, que es Arzobispo Castrense de las Fuerza Armadas en España, haya querido venir y acompañarnos en esta bella celebración, a él en particular le doy las gracias, y le doy la bienvenida a esta celebración en que nos acompaña con otros dos sacerdotes.

Muy queridos hermanos y hermanas, todos en Jesucristo, hemos venido desde el Noreste del país, desde la Diócesis de Nuevo Laredo y algunos otros lugares, para presentar lo que desde julio paso a este hemos vivido en familia, en nuestras poblaciones, en nuestras comunidades cristianas, en nuestras parroquias, en nuestros decanatos, en nuestra diócesis. ¡De cuánto hay que darle gracias a Dios! y a través de María se las damos hoy, pero quisiera mencionar algunas actividades, además de tantas otras en las que hemos participado:

En la XIII Asamblea Diocesana y la Semana de Programación. En el tercer año de misión que estamos realizando y el inicio de la Obra Pontificia de la Infancia y Adolescencia Misionera. El inicio del proyecto de años de Pastoral Vocacional. La participación en la preparación a la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y Caribeño.

Hemos, también, recibido un nuevo sacerdote, un nuevo diácono, el Secretario de Evangelización y de Catequesis ha incrementado su trabajo de servicio a la catequesis y a los catequistas, con unas hermanas religiosas que han llegado. Instauramos el Día del Catequista. Tenemos el inicio, después de un discernimiento, de una modalidad nueva para nuestro Seminario Mayor.

Hubo dos encuentros de jóvenes, muchachas, de vida consagrada y muchachos, el preseminario, con esto queremos darle algo al Señor de todo lo que pudimos vivir durante este año, y con estas expresiones que fueron diocesanas se las entregamos por manos de María.

Pero, también, queremos presentar en esta ocasión nuestra realidad, que sigue siendo presa de violencia, de injusticia que nos perturba a todos, familias y sociedad entera. Esto es un dolor que le presentamos a Dios a través de María, y a través de Ella le pedimos a Dios que nos ayude a vivir; aún en estas peripecias que tenemos y sufrimos, en paz y en alegría. Y pedimos por todos aquellos que ejercen violencia a nuestras poblaciones, y pedimos también para ellos y ellas la conversión, que el amor de Dios llegue a sus corazones.

Venimos a esta casa con alegrías y quizás con sufrimientos; pero venimos porque confiamos en nuestra Madre. Ella nos quiere decir hoy lo que a Juan Diego le dijo: “¿Qué te asusta y aflige?. Es nada, no se turbe tu corazón ¿no estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿no estás por ventura en mi regazo?”

Así nos queremos sentir hoy, bajo la mirada de María y su tierna figura y presencia maternal. Así nos confortamos todos, así nos renovamos todos, y así deseamos que se renueve toda nuestra diócesis, para seguir cantando el gozo de ser de Dios, el gozo de ser hijos e hijas de María.

En la primera lectura escuchamos al profeta Isaías que nos presenta un momento de la historia de Israel, una manifestación, una expresión del amor de Dios se le va a dar a su pueblo: una mujer cuyo hijo será el que venga a renovar ese pueblo. Una sola será su noticia, una virgen concebirá, dará a luz un hijo y tendrá el nombre de Emmanuel, Dios con nosotros.

Si bien históricamente se dio una respuesta, sabemos que esta respuesta en plenitud se nos da en María y en el hijo de María. Es Ella la mujer, Jesús Dios-con-nosotros es el Emmanuel, el único salvador y en Él creemos, en Él confiamos, en Él esperamos y queremos ser sus discípulos y misioneros para aprender de Él a vivir y trasmitir la vida de Él a nuestros pueblos, a los lugares donde nosotros desarrollamos nuestra existencia. Discípulos y misioneros de Jesucristo para nuestros pueblos en Él tengan vida, por eso pedimos nosotros hoy también con san Pablo elogiar, bendecir y alabar a nuestro Padre, porque Él es quien en su Hijo, Cristo, nos ha hecho hijos e hijas suyos y nos ha llamado a ser un pueblo que viva el amor como Jesús lo vivió: Ámense, los unos a los otros como Yo lo he amado.

Esto es lo que nos ha de mantener siempre en la alegría de vivir y la tristeza, si bien puede llegar en momentos, hay que erradicarla porque la presencia de Jesús es la que nos da la alegría. Eso pasó cuando María visitó a Isabel: el niño que esperaba Isabel saltó de gozo en su seno. La misma Isabel con alegría dice: ¿de dónde a mí que venga la madre de mi Señor? Y María canta llena de júbilo porque ha visto, ha recibido, ha conocido al Salvador. Es la alegría de vivir en Cristo Jesús.

Por eso, en esta ocasión, además de la alegría que tenemos por estar aquí, le pedimos a Dios el don de la alegría, que si bien es fruto del Espíritu Santo, es también apertura nuestra para vivir en alegría todo momento de nuestra vida.

¡Qué bien decía san Pablo estad siempre alegres en el Señor! Este año que viene va a traer novedades, siempre en la condición de discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestra sociedad en el tengan vida y va a traer una novedad específica que es ayudar a nuestras familias tengan vida y vida en abundancia, vivan en la alegría y allí aprendan a ser discípulos y misioneros de Jesús.

Desde Aparecida descubrimos, entre otros desafíos y retos, las familias necesitan ser discípulas y misioneras de Jesús y los miembros de las familias necesitan ser discípulos y misioneros de Jesús, así como san José, así como María que fueron también padre y madre, también fueron discípulos y misioneros de Jesús.

Que así sean nuestras familias durante todo este año que vamos a recorrer hasta el próximo preparándonos al Congreso Internacional de la Familia, al que esperamos venga su S.S. Benedicto XVI y por intercesión de María le pedimos a Dios que pueda hacerlo; él lo desea, pero todavía no puede indicarnos si vendrá o no vendrá.

Por eso, amados hermanos y hermanos, además de poner todo lo que tengamos en nuestro tiempo pasado, pongámosle también nuestro tiempo venidero: la alegría de ser discípulos y misioneros de Jesús, ¡que nadie nos arrebate la alegría de nuestro corazón!, aunque haya sufrimiento, aunque haya violencia, aunque haya injusticia; que la alegría de Jesús en nuestro corazón permanezca y la seguridad de que María nos sigue acompañando en nuestro caminar diocesano.

 
 
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