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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Luis Morales Reyes, Arzobispo de la Arquidiócesis de San Luis Potosí, en la peregrinación de su arquidiócesis a la Basílica de Guadalupe.

11 de noviembre de 2007

Somos peregrinos potosinos, llenos de fe y de amor a la Santísima Virgen en su entrañable advocación de nuestra Señora de Guadalupe, nos sentimos en nuestra casa, porque es la casa de nuestra Madre.

Venimos de muchos lugares; allá también la veneramos a lo largo del año; allá en nuestro templo, nuestra capillita, en nuestro hogar, en nuestra familia le decimos cuanto la amamos, cuanto la necesitamos. Pero este día de nuestra peregrinación diocesana llegamos hasta su casa que Ella pidió a san Juan Diego, esta casa primordial del amor guadalupano, donde Ella prometió mostrar y prodigar todo su amor, compasión, auxilio y defensa a los moradores de estas tierras mexicanas y amadores suyos que la invoquen y en Ella confíen.

 

¿Cuántos sentimientos hermanos peregrinos y peregrinas?, ¿Cuántos sentimientos embargan nuestro corazón? ¿Qué pensamientos se anidan en nuestra mente y en nuestro espíritu? ¿Cuál es nuestra plegaria más honda y sentida en este lugar sagrado, esta tarde guadalupana? Tengamos confianza nuestra Madre de Guadalupe la conoce y la escucha maternalmente, para presentarla ante su Hijo, nosotros sólo la miramos, la invocamos y le mostramos nuestro amor, Ella hace lo demás, porque Ella nos ama como hijos muy queridos.

 

Como iglesia potosina traemos ante la celestial Señora las sombras que envuelven nuestras vidas: la pobreza, la enfermedad, el desempleo, la emigración, le traemos el dolor a causa de la violencia, los asesinatos, la inseguridad pública, el aborto, el desprecio de la vida, la exclusión y olvido de los pobres. Pero, también, venimos ante Ella trayéndole las luces y las flores, las bellas flores de la fe firme, de la religiosidad festiva, del amor fraterno, del trabajo y del bienestar en las familias, le traemos los frutos pastorales de cada comunidad, de cada parroquia.

Los frutos pastorales, me atrevo a decir yo, de esta segunda visita pastoral, así como nuestros anhelos y esfuerzos en la elaboración del III Plan Diocesano de Pastoral. Esto último es algo que yo; siento muy hondo en mi corazón en este día.

 

El Evangelio que se ha proclamado nos invita a meditar y vivir la preciosa escena de la visita de María a su prima Isabel, el texto bíblico nos dijo: “María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y entrando en la casa de Zacarías saludó a Isabel”. ¿Cómo vivió María este momento?, nos podemos preguntar. ¿Cómo vivió esta visita y esta peregrinación y caminata hacia la casa de su prima Isabel? ¿Qué sucedió en su corazón de mujer?

 

Después del anuncio del ángel María es una persona a la cual se le ha confiado un gran secreto que cambia su vida; que la compromete profundamente, que la llevará a vivir una experiencia muy diferente a lo que Ella se imaginaba para su vida. Guarda en su corazón este secreto y no lo puede compartir con nadie, es un secreto de alegría, de gozo, pero, también, es un secreto de dolor, el ángel le dijo: “Concebirás y darás a luz un Hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande, será llamado Hijo del Altísimo”, eso fue la primera anunciación. En la segunda anunciación el anciano Simeón, le dijo: “A ti una espada de dolor te atravesará el alma”. María se encuentra en una difícil situación, por un lado lleva algo grande dentro de sí y por otro quisiera decírselo a alguien, quisiera que alguien la comprendiera, pero no sabe a quién y como decírselo.

 

En esta soledad espiritual recorre el camino hacia la casa de Isabel para ayudarla y al llegar a esa casa, nos dice el texto bíblico, entonces Isabel llena del Espíritu Santo y levantando la voz exclamó: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre, ¿quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga a verme?”.  Y de pronto con estás palabras de su prima, María se sintió comprendida, sintió que su secreto había sido recibido y recibido con amor, con benevolencia, con confianza, se siente acogida y comprendida. Ahora ya puede dar rienda suelta a la plenitud de sus sentimientos. Ahora puede proclamar en voz alta lo que lleva dentro, puede expresar su secreto a una amiga discreta y atenta que tiene un corazón capaz de comprenderla y así deja salir su canto que grita lo que había meditado a lo largo de viaje, a lo largo de su peregrinación y caminata. María se expresa cantando, porque su alma está llena de alegría y dice: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de  júbilo en Dios mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava”.

Que importante es, mis hermanos y hermanas, tener un amigo cercano que nos entienda y que nos ayude a sacar todo lo que traemos dentro de hermoso y de alegre o de triste, lo que traemos dentro de bueno, también de malo, tener un verdadero amigo que acompañe nuestra soledad, para decirle los sentimientos que embargan el corazón. Esto es justamente lo que nos ofrece esta tarde nuestra Madre de Guadalupe en esta peregrinación.

 

Tengamos confianza de decirle todo, porque Ella está aquí no sólo como amiga, sino como Madre tierna, para escuchar nuestros secretos, para escuchar nuestras confidencias, para escuchar nuestro canto de gratitud o de dolor, está aquí para oír con un corazón atento y amoroso de Madre nuestras plegarias filiales.

Nos consuela ver como María pone en el centro de su canto a los pobres. Ustedes peregrinos y peregrinas son los pobres de Dios, los peregrinos y peregrinas son siempre pobres, necesitados de Dios, por eso se ponen en camino. Dios siente predilección por los que se abajan, por los últimos concediéndoles sus dones como canta María, enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de vienes y a los ricos los despide vacíos.

 

María se sabe hija predilecta del pueblo de la promesa y representante genuina de los humildes, el Altísimo está obrando maravillas en su persona agraciada, por eso pone alma, vida y corazón, para alabar, engrandecer y dar gracias a su Señor.

 

Hermanos y hermanas, como peregrinos no nos vayamos de la casa de nuestra Madre sin cantar nuestro propio canto de gratitud al Señor, preguntándole en nuestra plegaría ¿Cómo Tú,  Dios, eres el Dios de mi salvación? ¿Cómo puedo yo cantar mi propio magníficat? ¿Cuáles son las grandes obras que Tú has realizado en mi vida? Tú eres el Dios que cambia mi vida, que me da esperanza, que me hace ver con ojos nuevos a los demás, con ojos de amor y de justicia, con ojos de fraternidad, de perdón y de paz.

Que nuestra peregrinación sea toda ella un canto de alegría y gratitud a Dios. Que nuestra Madre de Guadalupe nos guié y nos fortalezca en el camino que lleva al encuentro transformante con Jesucristo vivo. Que aprendamos de Ella a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar hondamente la profundidad de su amor por nosotros. Ella nos sentir y gritar; Cristo es nuestro tesoro, Cristo es nuestra dicha, conocer a Cristo es lo mejor que pudo acontecernos en nuestra vida y darlo a conocer es la dicha más grande, porque Cristo es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida.

No queremos retirarnos de este Santuario sin decir una plegaría más a nuestra Madre de Guadalupe: Gracias Señora y niña nuestra, porque has estado muy cerca de nosotros todo este año, nos has cuidado y nos has cobijado como a Juan Diego con el pliegue de tu manto. Te alabamos Madre de Dios, porque tú eres la discípula más perfecta del Señor y su primera misionera y en el evangelio brillas como mujer fuerte, creyente y obediente. Tú nos invitas a entrar en tu escuela de fe y de amor y al verdadero seguimiento de tu hijo Jesucristo, para que seamos sus discípulos fieles y sus misioneros valientes y eficaces.

¡Oh Madre nuestra ven en nuestra ayuda a fin de que vivamos fraternalmente unidos y siempre seamos solidarios generosos y serviciales! Madre y Reina de México protege a los más débiles de nuestras comunidades, a los niños y a los ancianos, a los pobres y a los enfermos, a los migrantes y desempleados. Finalmente te pedimos que cuides de todas nuestras familias, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!

 

Amén.

 
 
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