Muy
queridos hermanos, en nuestro Señor Jesucristo. ¡Cuanto hemos
de agradecer al evangelista san Juan, que nos ha dejado esta
preciosa perla, este pasaje que acabamos de escuchar en el Evangelio
presentándonos a Jesús junto con María, su Madre, en esa hermosa
fiesta de Caná de Galilea!
Veía hace pocos días una pintura antigua bizantina, que representa
a aquellos esposos sentados en una mesa especial para ellos
en la fiesta y a Jesús y a María a su lado, compartiendo la
alegría de su nuevo hogar.
Ciertamente, yo desearía que todos los muy queridos esposos,
todas las familias así invitaran a Jesús y María para que
estuvieran con ellos; en sus gozos, en sus alegrías y también
en sus penas y en sus trabajos. Jesús y María fueron con
gusto. Y María, como nos dice el Evangelio, estaba pendiente
por la alegría de aquella fiesta y notando que se les había
acabado el vino, tal vez porque habían llegado más invitados
de los que habían previsto.
María se lo dijo a Jesús. Jesús en un primer momento no quería
intervenir, pero María insistió, y a los servidores les dijo:
hagan lo que Él les diga, y Jesús hizo su primer milagro y
el agua que recogieron los servidores fue cambiada en vino
por su poder, por el poder de Jesús y sus discípulos creyeron
más en Él.
Hace apenas unos meses celebrábamos en nuestra muy estimada
arquidiócesis la Asamblea Pastoral centrada en el tema de
la familia y todos ponderábamos la necesidad de preocuparnos
por elevar el nivel humano y divino de la familia para que
en verdad sea un santuario de la vida y del amor de Dios y
para que haga presente a Jesús y María siempre.
Así queremos que sean nuestras familias y así estamos resueltos
a seguir trabajando, y hoy le podemos pedir a la Santísima
Virgen que así como en Caná de Galilea, ella se preocupó para
que no faltara alegría en esa celebración, así siga preocupándose
por nuestras familias; para que no falte aquella alegría que
brota de una familia cuando invita a Jesús y a la misma madre
suya, María Santísima, cuando hace que convivan que participen
de toda su vida, de toda su convivencia familiar.
Hoy se lo podemos pedir especialmente, cuando hemos venido
a esta su casita, como ella quiso llamarla donde quería mostrar
todo su amor, toda su preocupación por nosotros y brindarnos
su auxilio, su defensa, su amparo. Cuanta necesidad tenemos
de ese auxilio, de esa defensa, de ese amparo y cuanto le
agradecemos que efectivamente desde hace 475 años ella haya
continuado aquí derramando con abundantísima plenitud ese
amor, amor de madre, amor misericordioso y compasivo, amor
que se preocupa por remediar las necesidades de sus hijos.
Por eso, hoy venimos llenos de agradecimiento a decirle nuestra
alegría, en esta misa, en el Salmo Responsorial, hemos cantado:
Bendito sea el Señor desde ahora y para siempre, sí
bendito sea Jesús traído a nuestra tierra por María en persona
y bendita sea también ella misma que nos lo trajo y que vela
por nosotros y que nos asiste y nos acompaña, que camina con
nosotros en nuestra peregrinación hacia Dios.
Que nuestra acción de gracias también encuentre en María su
corazón lleno de alegría. Ayer celebramos la fiesta de la
Presentación de Jesús en el Templo y notábamos el gozo de
María cuando presentó a Jesús, juntamente con san José. Que
también nosotros seamos el gozo de María que ella nos pueda
presentar a Jesús ya desde ahora y un día en el cielo para
que ese gozo sea más completo, para que se haga más felicidad
y dicha, porque eso es lo que también quiere María de nosotros.
Que podamos nosotros participar su gloria y la de Jesús en
el cielo, para siempre.
Así sea.