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Versión estenográfica de la
Homilía

pronunciada por Mons. Ricardo Guízar Díaz,
Arzobispo de Tlanepantla, en la peregrinación de la Arquidiócesis de Tlanepantla a la Basílica de Guadalupe.

03 de febrero de 2007

Muy queridos hermanos, en nuestro Señor Jesucristo. ¡Cuanto hemos de agradecer al evangelista san Juan, que nos ha dejado esta preciosa perla, este pasaje que acabamos de escuchar en el Evangelio presentándonos a Jesús junto con María, su Madre, en esa hermosa fiesta de Caná de Galilea!

Veía hace pocos días una pintura antigua bizantina, que representa a aquellos esposos sentados en una mesa especial para ellos en la fiesta y a Jesús y a María a su lado, compartiendo la alegría de su nuevo hogar.

Ciertamente, yo desearía que todos los muy queridos esposos, todas las familias así invitaran a Jesús y María para que estuvieran con ellos; en sus gozos, en sus alegrías y también en sus penas y en sus trabajos.  Jesús y María fueron con gusto. Y María, como nos dice el Evangelio, estaba pendiente por la alegría de aquella fiesta y notando que se les había acabado el vino, tal vez porque habían llegado más invitados de los que habían previsto.

María se lo dijo a Jesús. Jesús en un primer momento no quería intervenir, pero María insistió, y a los servidores les dijo: hagan lo que Él les diga, y Jesús hizo su primer milagro y el agua que recogieron los servidores fue cambiada en vino por su poder, por el poder de Jesús y sus discípulos creyeron más en Él.

Hace apenas unos meses celebrábamos en nuestra muy estimada arquidiócesis la Asamblea Pastoral centrada en el tema de la familia y todos ponderábamos la necesidad de preocuparnos por elevar el nivel humano y divino de la familia para que en verdad sea un santuario de la vida y del amor de Dios y para que haga presente a Jesús y María siempre.

Así queremos que sean nuestras familias y así estamos resueltos a seguir trabajando, y hoy le podemos pedir a la Santísima Virgen que así como en Caná de Galilea, ella se preocupó para que no faltara alegría en esa celebración, así siga preocupándose por nuestras familias; para que no falte aquella alegría que brota de una familia cuando invita a Jesús y a la misma madre suya, María Santísima, cuando hace que convivan que participen de toda su vida, de toda su convivencia familiar.

Hoy se lo podemos pedir especialmente, cuando hemos venido a esta su casita, como ella quiso llamarla donde quería mostrar todo su amor, toda su preocupación por nosotros y brindarnos su auxilio, su defensa, su amparo. Cuanta necesidad tenemos de ese auxilio, de esa defensa, de ese amparo y cuanto le agradecemos que efectivamente desde hace 475 años ella haya continuado aquí derramando con abundantísima plenitud ese amor, amor de madre, amor misericordioso y compasivo, amor que se preocupa por remediar las necesidades de sus hijos.

Por eso, hoy venimos llenos de agradecimiento a decirle nuestra alegría, en esta misa, en el Salmo Responsorial, hemos cantado: Bendito sea el Señor desde ahora y para siempre, sí bendito sea Jesús traído a nuestra tierra por María en persona y bendita sea también ella misma que nos lo trajo y que vela por nosotros y que nos asiste y nos acompaña, que camina con nosotros en nuestra peregrinación hacia Dios.

Que nuestra acción de gracias también encuentre en María su corazón lleno de alegría. Ayer celebramos la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo y notábamos el gozo de María cuando presentó a Jesús, juntamente con san José. Que también nosotros seamos el gozo de María que ella nos pueda presentar a Jesús ya desde ahora y un día en el cielo para que ese gozo sea más completo, para que se haga más felicidad y dicha, porque eso es lo que también quiere María de nosotros. Que podamos nosotros participar su gloria y la de Jesús en el cielo, para siempre.

Así sea. 

 
 
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