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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Sergio Obeso Rivera,
en la peregrinación de la Arquidiócesis de Xalapa, en la Basílica de Guadalupe.

25 de abril de 2007

Hermanos y hermanas, se nos ha hecho ya familiar la palabra homilía, esa palabra quiere decir; conversación familiar, porque cuando el sacerdote principal en una celebración tiene, como decimos; que hacer la homilía; lo que tiene que realizar es una conversación familiar con toda la asamblea de fe que está participando en la Santa Eucaristía. Pero con tal de que esta conversación parta de la Palabra de Dios, con tal de que esta conversación sea un compartir a la Palabra de Dios.

Pues más que nunca, hermanas hermanos, quisiera yo la asistencia del Señor para que esta sea una conversación con toda la diócesis aquí presente, con los presbíteros que concelebran aquí conmigo y con todos ustedes hermanas y hermanos, provenientes de las distintas comunidades parroquiales de la arquidiócesis.

Y refiriéndome a la Palabra de Dios, quisiera hacer mías esas mismas palabras tan acertadas como que son del mismo apóstol Pablo cuando se refiere hoy a sus fieles, cuando les hace recomendaciones particulares, cuando nos invita al ejercicio de las virtudes cristianas empezando por la humildad y cuando termina refiriéndose a nombres concretos, a Marcos cuya memoria celebra hoy la Iglesia en todo el mundo, porque hoy es san Marcos Evangelista. Eso mismo que acabamos de escuchar del apóstol Pablo es lo que yo quisiera decirles a todos ustedes. Pero sobre todo las palabras de Jesús, las dijo cuando estaba por subir al Padre de donde vino, cuando había construido su obra redentora, pasando por su vida, por su pasión, por su muerte y por su resurrección.

Muerte y resurrección que precisamente estamos celebrando llenos de alegría en este tiempo pascual, porque a esa muerte y a esa resurrección debemos ser este pueblo santo, heredero de las promesas trasladado de sus tinieblas a su luz admirable.

Pues, cuando Jesús terminó su obra, su misión por la que fue enviado por el Padre, fue cuando dijo esas palabras, que la Iglesia ha recibido y ha guardado celosamente en su corazón para darles realización a lo largo de los siglos y que seguirá realizando hasta que Cristo vuelva al final de los tiempos. ¿Cuáles son esas palabras? “Vayan por todo el mundo y lleven el Evangelio”, anuncien el Evangelio. El Evangelio que es en realidad una persona, es como si Cristo nos dijera hablen de una persona, ¿de quién?, de mí, decía Jesús. Lleven mi doctrina, mi persona, mi ejemplo, mi vida a todas las naciones.

En todos los tiempos, en todos los lugares, en todas las culturas, porque el que crea y me acepte como su salvador está salvado. Así como lamentablemente el que me rechace a sabiendas, está rechazado por el Padre definitivamente. Esa es la misión concentrada en unas cuentas palabras que la Iglesia de todos los tiempos y de todos los lugares y consiguientemente nuestra iglesia de Xalapa ha recibido de Cristo nuestro Señor.

Esa iglesia nuestra que fue fundada en 1864 y que ha peregrinado en medio de muchas vicisitudes. Como hago decirles a ustedes con las palabras de san Agustín, que ha peregrinado en medio de las consolaciones de Dios y de las tribulaciones del mundo. Pero esa iglesia de Xalapa que en su peregrinación siempre ha sido fiel a su Señor, siempre sea mantenido como heredera de la fe que le dejaron sus padres y como transmisora de esta misma fe, que es Jesucristo, el Señor a las nuevas generaciones como se van presentando.

Y al decir esto, hermanas y hermanos, no idealizo, se que somos una Iglesia pecadora, se que continuamente estamos necesitados de purificación, pero se también que básicamente esta Iglesia se ha mantenido fiel al mandato de Jesús, de llevar su nombre a todas las naciones.

Porque esta iglesia que en 1864 nació como una sola, cubriendo casi todo el Estado de Veracruz, se ha preocupado de ir atendiendo cada vez con más profundidad y con más densidad a ese pueblo de Dios que peregrina desde el Estado de Veracruz. Y como un signo de lo que estoy diciendo esa iglesia que comenzó siendo una, ahora está dividida en ocho, porque en estado de Veracruz hay actualmente ocho obispados entre los cuales, la iglesia más antigua, la hermana mayor es precisamente nuestra Arquidiócesis de Xalapa. Esta multiplicación de iglesias particulares es un signo evidente, claro, de que hemos estado viviendo aún en medio de nuestras tibiezas y de nuestros tropiezos, que humildemente confesamos ante Dios. Sin embargo que hemos estado cumpliendo esa misión para dar a conocer la persona del Señor Jesús, sintiéndonos cada vez más honrados de esa misión; esplendida, bella, extraordinaria que el Señor Jesús puso en manos de sus primeros apóstoles y en sus manos de todos aquellos que habrían de seguirle.

Pues, en esa iglesia de Xalapa actual, hermanas y hermanos, vive circunstancias muy especiales que quiero compartir con ustedes pero a los pies de la Madre para que Ella siga realizando en esta nueva etapa que va a comenzar nuestra iglesia las palabras que un día dijo a san Juan Diego: ¡No te acongojes, no te turbes! ¿Qué a caso no estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿A qué me estoy refiero?, ¿por qué estoy mencionando hablar de estas nuevas circunstancias a los pies de María de Guadalupe, bajo su mirada maternal y amorosa? Porque me despido, hermanos, y al mismo tiempo recibo a un hermano mío entrañable que ha de continuar  esta obra. Me despido con un gran gozo, no sin sentimientos, pero con un gran gozo, ¿por qué? Porque el Señor se ha portado grande conmigo.

Cuando empecé hace ya 36 años como obispo, sentía yo que aquellas palabras del Salmo cuando iban, iban llorando y sintiendo el peso de la responsabilidad para regar la semilla, pero cuando vuelven, vuelven cantado alegres porque sus manos no son capaces de abrazas las gavillas. Ese es mi caso hermanas y hermanos, tengo la sensación de que el Señor se ha portado grande conmigo.

Ustedes habrán leído en los papeles oficiales y en muchos otros estas palabras raras “Virtus  in infirmitate” son palabras que yo escogí cuando empecé a ser obispo, porque sentí yo que sintetizaban perfectamente todo lo que yo albergaba en mi corazón en esa ocasión; ¿qué quieren decir esas palabras? Son nada menos que del apóstol Pablo y quieren decir la fuerza de Dios. Virtus quiere decir la fuerza de Dios se manifiesta con toda claridad a nuestro favor y para nuestra salvación en la debilidad humana. In infirmitate en la debilidad humana. Porque cuando el Señor me llamó por boca de Pablo VI de santa memoria, sentí precisamente que se me llamaba a una misión que superaba mis capacidades. Pero que entraba yo totalmente lleno de confianza porque era el Señor el que me entregaba esa misión.

Y ahora, después de tantos años puedo decirles y compartir con ustedes, hermanos, que el Señor no me ha fallado nunca, porque siempre ha manifestado su fuerza salvadora a través de mis múltiples limitaciones y por eso estoy alegre. Porque siento, no por mis realizaciones, sino por la presencia de Cristo el Señor que los brazos no me son suficientes para abrazar las gavillas. Esas gavillas son todos ustedes que están aquí presentes hoy en la casa de Nuestra Madre y que están representando a muchos otros que tuvieron que quedarse por múltiples razones, entre otras cosas por su pobreza.

Por eso el Señor se ha comportado grande conmigo y estoy alegre yo les pido, hermanas y hermanos, que me acompañen en esta sensación de alegría. No me atrevo a decirle al Señor; ¿cómo va ser? Como el decía en la cruz: “Todo está consumado, todo está cumplido”, ¿cómo puedo decir eso? Pero si puedo decirle; Señor hice lo que puede. Hice lo que pude y con tu fuerza se pudieron hacer muchas cosas.

Acompáñenme, pues hermanos, a decirle esto a nuestro Señor, pero por medio del corazón amoroso de María de Guadalupe. Pero junto con eso, también tienen que acompañarme para decirle al Señor: Señor perdona, perdóname porque muchísimas veces no supe estar a la altura de esta misión grandiosa que Tú me confiaste. Perdóname Señor te lo digo con toda verdad, necesito tu perdón, pero también te lo digo con toda paz, sin complejos de culpa, porque se que eres mi Hermano mayor, mi Redentor y que juntamente contigo Señor Jesús, puedo decirle, al que está más arriba: Padre perdóname y dame el poder seguir adelante sirviendo, según mis fuerzas a tu Iglesia de la que me siento orgulloso de servir y a la que me siento orgulloso de pertenecer.

Eso es en relación al que se va, pero también, hermanas y hermanos, en este foro privilegiado que tengo enfrente, en toda la amadísima Arquidiócesis de Xalapa que tengo enfrente, quisiera decirles también; vamos a recibir al que viene a Mons. Hipólito Reyes, hasta ahora Obispo de Orizaba. Lo vamos a recibir con una gran fe, con una gran ilusión, con un espíritu de colaboración, para que entregándole yo la estafeta, él la reciba y siga adelante corriendo la carrera del Señor hasta llegar a la meta. Meta que nunca vendrá, hasta que el Señor vuelva.

Somos un pueblo de fe, y como pueblo de fe, hubiéramos recibido con un corazón de hijos y de hermanos a cualquiera que el Santo Padre hubiera designado como el nuevo Arzobispo de Xalapa. Lo digo porque sé que así sería, lo hubiéramos recibido, quien fuera, con una gran fe.

Pero, en este caso, todavía lo recibimos con una mayor alegría, porque es alguien que sale de nuestra casa y vuelve a su casa, porque es alguien que se formó en nuestro seminario, que fue compañero de muchos sacerdotes aquí presentes conmigo, en esa tarea bellísima e incomparable de participar en el sacerdocio ministerial de Cristo. Y porque también ha sido durante 7 años compañero mío en el episcopado, ese es Mons. Hipólito. Por eso también por tantas razones los invito a que el próximo 19 de junio lo recibamos con un corazón lleno de alegría y con un corazón filial, al mismo tiempo que fraternal, porque con espíritu de fe; podemos decir con palabras de la Escritura: “Bendito el que viene en el nombre del Señor”.

Aquí a los pies de María Santísima les hago esta petición de hermano, vamos a recibirlo con una gran alegría. Pero que esa alegría del momento se prolongue en una colaboración incondicional en participar juntamente con él, según las distintas vocaciones a la vida cristiana que están  aquí representadas le brindemos toda nuestra colaboración.

Para que así crezcamos como una iglesia adulta, como una iglesia que ha llegado a la mayoría de edad, como una iglesia que ya no se resigna a recibirlo todo, sino que siente el compromiso que difundir lo que gratuitamente hemos recibido, también con la misma largueza con la que nuestros padres en la fe nos fueron llevando de la mano hasta esta edad adulta de Cristo Jesús. Esa es mi petición, hermanas y hermanos.

Hace un momento mencionaba yo el lema “Virtus in infirmitate” la fuerza de Dios resplandece en la debilidad humana. Les quisiera yo mencionar el lema que mi sucesor y de mi hermano muy querido Mons. Hipólito Reyes; hace alusión al Espíritu Santo. El quiso poner los principios de su episcopado bajo la mirada poderosa de Aquel que es Señor y dador de vida, el Espíritu Santo. Por eso estamos alegres, porque que mejor encomienda que poner esta iglesia en manos del Espíritu Santo. Del que es vida, del que colma a su iglesia con sus dones para que pueda tener claro el camino y para que pueda gozar de toda la fuerza para recorrerlo. Vamos estar en estos tiempos que comenzaremos pronto, vamos a estar también en manos del Espíritu Santo.

Porque así como el Padre envió a su Hijo para la salvación de nosotros, todos, así Cristo el Señor nos mando su Espíritu para la fortificación interior, para la santificación de toda su Iglesia. Permítanme decirlo así; quedamos en buenas manos, ¿en qué manos?

En las del Espíritu Santo, porque así campea en el escudo de Mons. Hipólito Reyes este lema, su encomienda al Espíritu Santo: “El Espíritu del Señor que está sobre mí” palabras que Cristo dijo de sí mismo, en la sinagoga de Nazaret. “El Espíritu del Señor está sobre mí” pues está sobre todos nosotros que somos de Cristo, que por el bautismo estamos identificados con Él. Y está en una forma especial en aquel que será dentro de muy pocos días nuestro Padre en Cristo. Y por eso estamos alegres, y por eso presentamos nuestra alegría, también por esta razón y la ponemos a los pies de María Santísima.

Pero también por Mons. Hipólito Reyes pedimos su intercesión. Claro que él lo sabrá hacer personalmente, pero nosotros llenos de cariño y de reconocimiento, porque ha puesto su persona a nuestro servicio le decimos a María Santísima: Señor bendice a nuestro nuevo pastor, asístelo para que el Espíritu Santo descienda sobre él, lo consagre en una forma nueva y lo envíe para seguir adelante la tarea de la iglesia de llevar el nombre de Jesús a todas partes para que a nadie le falte los medios para llegar a poder ver a Jesús.

A quien hoy vemos y contemplamos bajo los velos de fe, pero llegar a verlo cara a cara. Como el himno famoso de Tomás de Aquino: Señor Jesús a quien hoy veo detrás de los velos borrosos de la fe. Señor Jesús concédeme algún día verte cara a cara, una vez que han sido recorridos los velos de la fe.

Eso le pedimos a María Santísima intercesora para nuestro hermanos Hipólito y para todos aquellos que vamos hacer el pueblo al que nuestro Señor pone para que él le sirva en su tarea apostólica.  

Así sea.

 
 
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