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Homilía
Homilía pronunciada por Mons. Emilio Carlos Berlie Belaunzarán, IV Arzobispo del Arquidiócesis de Yucatán,  en la peregrinación de su arquidiócesis a la Basílica de Guadalupe.

12 de julio de 2007

Muy querido Sr. Obispo Auxiliar D. Rafael Palma Capetillo, muy querido Padre Vicario General Mons. Joaquín Vázquez Ávila. Muy queridos Monseñores Alfonso Zapata Acosta y Manuel Vargas Góngora. Muy queridos hermanos sacerdotes, religiosos y religiosas. Muy queridos peregrinos de la Arquidiócesis de Yucatán: Muy queridos hermanos todos en el Corazón Inmaculado de nuestra Madre Santísima de Guadalupe:
Fieles a nuestras tradiciones y al cariño que le tenemos a nuestra Madre Santísima, esta mañana nos volvemos a encontrar ante la imagen milagrosa de la siempre Virgen. María, "Madre del verdadero Dios por quien se vive,[1] para tributarle nuestro sincero homenaje, agradecerle todas sus bendiciones y suplicarle que nos colme de Vocaciones al Sacerdocio y a la Vida Consagrada, que bendiga todo el esfuerzo que ponemos en normar nuestros criterios pastorales conforme al Plan Diocesano de nuestra Arquidiócesis, y que siga intercediendo por todos nosotros delante de Jesús, "Camino, Verdad y Vida".

Llegamos al cerro del Tepeyac con el corazón agradecido. Que estos momentos significativos se vean colmados de una intensa paz y de un profundo reconocimiento a todo cuanto la Santísima Virgen de Guadalupe va realizando por nosotros cada día.

Encomendemos a la Virgen Madre, con particular devoción la persona y las intenciones del Romano Pontífice Benedicto XVI. Que Ella lo cuide, lo proteja y lo inspire siempre en cada una de sus acciones, para que logre hacer que resplandezca la luz de Cristo ante los hombres y las mujeres de hoy. Agradecemos la Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano recientemente efectuada en Aparecida y oramos por el CELAM que este momento se encuentra reunido en la isla de Cuba llevando acabo su sesión de trabajo.

Venimos a cumplir con nuestra visita anual. Sabemos que María es modelo extraordinario de la Iglesia en el orden de la fe. Ella es la creyente en quien resplandece la fe como don, apertura, respuesta y fidelidad. Es la perfecta discípula que se abre a la palabra y se deja penetrar por su dinamismo: Cuando no la comprende y queda sorprendida, no la rechaza o relega; la medita y la guarda. Y cuando suena dura a sus oídos, persiste confiadamente en el diálogo de fe con el Dios que le habla; así en la escena del hallazgo de Jesús, en el templo y en Caná, cuando su hijo rechazaba inicialmente su súplica. Fe que la impulsa a subir al Calvario y a asociarse a la cruz, como el único árbol de la vida: Por su fe es la Virgen fiel, en quien se cumple la bienaventuranza mayor: «feliz la que ha creído»,[2].

El servicio fiel y materno que la Virgen ejerce a favor nuestro no desvirtúa la única mediación de Cristo, sino que es prueba de ella:

Pues todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres no nace de una necesidad obligada, sino del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la meditación de éste, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder. Y, lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta[3].

La Virgen María, como Madre y Modelo de la Iglesia nos invita a ser para los demás camino de encuentro con Cristo. Debemos contemplar su fidelidad inquebrantable a los planes de Dios y su extraordinaria sensibilidad a los más hondos anhelos del corazón humano, de modo que también nosotros podamos acoger la Palabra de Dios en nuestro corazón y ser fieles a Dios y a los hombres, dejando que en nosotros se cumpla su voluntad y acercando a los hermanos a la salvación de Jesucristo como lo hace la Santísima Virgen.

Congresos Eucarísticos

Por otra parte, ustedes saben que estamos a un año del XLIX Congreso Eucarístico Internacional que, Dios mediante, se llevará a cabo en la ciudad de Québec (Canadá), del 15 al 22 de Junio del 2008. Unos días antes, del 1 al 4 de mayo se celebrará en Morelia, Michoacán, el IV Congreso Eucarístico Nacional y, con nosotros en Yucatán el Congreso de la Arquidiócesis será del 16 al 20 de abril del próximo año).

Los Congresos Eucarísticos serán una ocasión privilegiada para honrar este don de Dios al corazón de la vida cristina y para acordarse de las raíces cristianas de muchos países que esperan una nueva evangelización. La eucaristía sigue siendo, aún hoy, un fermento de la cultura y una prenda de esperanza para el futuro de un mundo que se mueve por los caminos de la globalización[4].

La Sagrada Eucaristía es un sacrificio de alabanza. Esencialmente orientado a la comunión plena entre Dios y el hombre. «El sacrificio eucarístico es la fuente y el culmen de todo el culto de la Iglesia y de toda la vida cristiana. Los fieles participan con mayor plenitud en el sacrificio de acción de gracias, propiciación, de impetración y de alabanza no sólo cuando ofrecen al Padre con todo su corazón, en unión con el sacerdote, la víctima sagrada y, en ella, se ofrecen a sí mismos, sino también cuando reciben la misma víctima en el sacramento»[5].

Como expresa el término mismo, la Eucaristía es «agradecimiento»; en ella el Hijo de Dios une a sí la humanidad redimida en un canto de acción de gracias y de alabanza.

En la Última Cena, para instituir la Eucaristía, Jesús dio gracias a su Padre[6]; este es el origen del nombre de este sacramento.
Ahora bien, la teología de san Juan y de san Pablo exalta de manera particular la comunión del creyente con Cristo en la Eucaristía. En el discurso de la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús dice explícitamente: «Yo soy el pan vivo, bajo del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre»[7].

Todo el texto de ese discurso está orientado a subrayar la comunión vital que se establece, en la fe, entre Cristo, pan de vida, y quien come de él. Aparece, en concreto, la frase típica del cuarto evangelio para indicar la intimidad mística entre Cristo y el discípulo: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él»[8].

El drama del olvido de Dios

El hombre contemporáneo, fascinado por sus logros creadores, tiende, de hecho, a olvidar a su Creador y a establecerse como único dueño de su propio destino. El gran riesgo del olvido del Creador consiste, sobre todo que el hombre se encierre en sí mismo, en un egocentrismo que genera incapacidad de amar y comprometerse de una manera estable y duradera, llevando a una frustración creciente de la aspiración universal al amor y a la libertad.

El motivo radica en que el ser humano, creado a la imagen de Dios y para la comunión, con El, "no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás".[9] La realización de su persona pasa por este don de sí mismo que significa apertura al otro, acogida y respeto de la vida. La muerte de Dios en la cultura lleva consigo casi inevitablemente la muerte del hombre[10].

La Sagrada Eucaristía contiene lo esencial de la respuesta cristiana al drama de un humanismo que ha perdido su referencia constitutiva a un Dios creador y salvador. La Eucaristía es la memoria de Dios en acto de salvación. Memorial de la muerte y de la resurrección de Jesucristo, lleva al mundo el Evangelio de la paz definitiva, que sigue siendo, sin embargo, un objeto de esperanza en la vida presente.

Al celebrar la sagrada Eucaristía, en nombre de toda la humanidad redimida por Jesucristo, la Iglesia acoge el don prometido a ella: "El Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho”[11].
Es Dios mismo quien se acuerda de su alianza con la humanidad y que se da como alimento de vida eterna. "Se acuerda de su amor", canta la Virgen María en el Magnificat[12]. Queremos también ofrecerle por las manos de la Santísima Virgen de Guadalupe a nuestro Señor las doce Capillas de Adoración Permanente al Santísimo Sacramento, en honor a la Santísima Virgen de Guadalupe.

Hermanos muy queridos: la Iglesia "encuentra en la Eucaristía el alimento de vida que la sostiene en su caminar"[13]. El pan de la Eucaristía es fuerza de los débiles, es consuelo de los enfermos, viático de los moribundos y alimento sustancial que sostiene a tantos cristianos en el testimonio que han de dar -en los diversos ambientes – a favor de la verdad del Evangelio[14]. La Santísima Virgen constituye para la Iglesia el modelo de la participación generosa en el sacrificio. En la presentación de Jesús en el templo y, sobre todo, al pie de la cruz, María realiza la entrega de sí que la asocia como Madre al sufrimiento y a las pruebas de su Hijo. Así, tanto en la vida diaria como en la celebración [15]eucarística, la «Virgen oferente» anima a los cristianos a «ofrecer sacrificios espirituales, aceptas a Dios por mediación de Jesucristo»[16].

Pidamos a la Santísima Virgen de Guadalupe que el pueblo de Dios que peregrina en Yucatán, siendo convocado sistemáticamente por sus pastores con espíritu misionero, viva alegre y fraternalmente experiencias comunitarias en Pequeñas Comunidades Parroquiales en torno al Evangelio, de modo que descubra vivencialmente la importancia de estos grupos y se entusiasme por expresar la comunidad parroquial en pequeñas comunidades de bautizados. El 27 de enero de 1979, cuando el Papa Juan Pablo" vino .por primera vez a México, sintetizó todo el papel de la Santísima Virgen en la vida del cristiano, con la siguiente oración; Hoy, en recuerdo y en homenaje a él, la repito con idéntico fervor:

"Oh Virgen Inmaculada, Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia. Tú que desde este lugar manifiestas tu clemencia y tu compasión a todos los que solicitan tu amparo, escucha la oración que con filial confianza te dirigimos y preséntala ante tu hijo Jesús, único redentor nuestro. Madre de Misericordia, Maestra del sacrificio escondido y silencioso, a Ti que sales al encuentro de nosotros los pecadores, te consagramos en este día todo nuestro ser y todo nuestro amor.

Te consagramos también nuestra vida, nuestros trabajos, nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores. Da la paz, la justicia, la prosperidad a nuestros pueblos, ya que todo lo que tenemos y somos, lo ponemos bajo tu cuidado, Señora y Madre nuestra.


Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia: no nos sueltes de tu mano amorosa. Virgen de Guadalupe, Madre de las Américas, te pedimos por todos los obispos, para que conduzcan a los fieles por senderos de vida intensamente cristiana, de amor y de humilde servicio a Dios y a las almas.

Contempla esta inmensa mies e intercede para que el Señor infunda hambre de santidad a todo el Pueblo de Dios, y otorgue abundantes vocaciones de sacerdotes y religiosas, fuertes en la fe y celosos dispensadores de los misterios de Dios.

Concede a nuestros hogares la gracia de amar y respetar la vida que comienza, con el mismo amor con el que concebiste en tu seno la vida del Hijo de Dios. Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a nuestras familias, para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de los hijos. Esperanza nuestra, míranos con compasión, enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos ayúdanos a levantarnos, a volver a Él, mediante la confesión de nuestras culpas y pecados en el sacramento de la penitencia, que trae sosiego al alma.

Te suplicamos que nos concedas un amor muy grande a todos los santos Sacramentos, que son como las huellas que tu Hijo nos dejó en la Tierra. Así, Madre Santísima, con la paz de Dios en la conciencia, con nuestros corazones libres del mal y de odios, podremos llevar a todos la verdadera alegría y la verdadera paz, que viene de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, que con Dios Padre y con el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos            de los siglos. Amén"


Notas

[1] Nican Mopohua , 6
[2] Lc. 1, 45; DP 259
[3] LG 60
[4] La Eucaristía, Don de Dios para la vida del mundo, Documento teológico básico para el XLIX Congreso Eucarístico Internacional 2008, p. 12.
[5] Sagrada Congregación para los Ritos, “Eucharisticum Mysterium”, n. 3 e
[6] cf. Mateo 16, 26-27 y paralelos
[7] Juan 6, 51
[8] Juan 6, 56; cf. 15, 4-9
[9] Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et Spes, n. 24
[10] La Eucaristía, Don de Dios para la vida del mundo, Documento teológico básico para el XLIX Congreso Eucarístico Internacional 2008, p.16.
[11] Jn14,26
[12] Lc 1, 54
[13] Texto base del XL VIII Congreso Eucarístico Internacional, núm. 32
[14] Ibid., 40
[15] Marialis cultus, 20
[16] I P 2, 5
 
 
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