Fieles a nuestras tradiciones y al cariño que le tenemos a
nuestra Madre Santísima, esta mañana nos volvemos a encontrar
ante la imagen milagrosa de la siempre Virgen. María, "Madre del verdadero Dios por quien se vive,
para tributarle nuestro sincero homenaje, agradecerle todas
sus bendiciones y suplicarle que nos colme de Vocaciones al
Sacerdocio y a la Vida Consagrada, que bendiga todo el esfuerzo
que ponemos en normar nuestros criterios pastorales conforme
al Plan Diocesano de nuestra Arquidiócesis, y que siga intercediendo
por todos nosotros delante de Jesús, "Camino, Verdad y
Vida".
Llegamos al cerro del Tepeyac con el corazón agradecido. Que
estos momentos significativos se vean colmados de una intensa
paz y de un profundo reconocimiento a todo cuanto la Santísima
Virgen de Guadalupe va realizando por nosotros cada día.
Encomendemos a la Virgen Madre, con particular devoción la
persona y las intenciones del Romano Pontífice Benedicto XVI.
Que Ella lo cuide, lo proteja y lo inspire siempre en cada una
de sus acciones, para que logre hacer que resplandezca la luz
de Cristo ante los hombres y las mujeres de hoy. Agradecemos la Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano
recientemente efectuada en Aparecida y oramos por el CELAM que
este momento se encuentra reunido en la isla de Cuba llevando
acabo su sesión de trabajo.
Venimos a cumplir con nuestra visita anual. Sabemos que María
es modelo extraordinario de la Iglesia en el orden de la fe.
Ella es la creyente en quien resplandece la fe como don, apertura,
respuesta y fidelidad. Es la perfecta discípula que se abre
a la palabra y se deja penetrar por su dinamismo: Cuando no
la comprende y queda sorprendida, no la rechaza o relega; la
medita y la guarda. Y cuando suena dura a sus oídos, persiste
confiadamente en el diálogo de fe con el Dios que le habla;
así en la escena del hallazgo de Jesús, en el templo y en Caná,
cuando su hijo rechazaba inicialmente su súplica. Fe que la
impulsa a subir al Calvario y a asociarse a la cruz, como el
único árbol de la vida: Por su fe es la Virgen fiel, en quien
se cumple la bienaventuranza mayor: «feliz la que ha creído»,.
El servicio fiel y materno que la Virgen ejerce a favor nuestro
no desvirtúa la única mediación de Cristo, sino que es prueba
de ella:
Pues todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre
los hombres no nace de una necesidad obligada, sino del divino
beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo;
se apoya en la meditación de éste, depende totalmente de ella
y de la misma saca todo su poder. Y, lejos de impedir la unión
inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta.
La
Virgen María, como Madre y Modelo de la Iglesia nos invita a ser
para los demás camino de encuentro con Cristo. Debemos contemplar
su fidelidad inquebrantable a los planes de Dios y su extraordinaria
sensibilidad a los más hondos anhelos del corazón humano, de
modo que también nosotros podamos acoger la Palabra de Dios
en nuestro corazón y ser fieles a Dios y a los hombres, dejando
que en nosotros se cumpla su voluntad y acercando a los hermanos
a la salvación de Jesucristo como lo hace la Santísima Virgen.
Congresos Eucarísticos
Por otra parte, ustedes saben que estamos a un año del XLIX Congreso Eucarístico Internacional que, Dios mediante,
se llevará a cabo en la ciudad de Québec (Canadá), del 15 al
22 de Junio del 2008. Unos días antes, del 1 al 4 de mayo se
celebrará en Morelia, Michoacán, el IV Congreso Eucarístico
Nacional y, con nosotros en Yucatán el Congreso de la Arquidiócesis
será del 16 al 20 de abril del próximo año).
Los Congresos Eucarísticos serán una ocasión privilegiada para
honrar este don de Dios al corazón de la vida cristina y para
acordarse de las raíces cristianas de muchos países que esperan
una nueva evangelización. La eucaristía sigue siendo, aún hoy,
un fermento de la cultura y una prenda de esperanza para el
futuro de un mundo que se mueve por los caminos de la globalización.
La
Sagrada Eucaristía es un sacrificio de alabanza. Esencialmente
orientado a la comunión plena entre Dios y el hombre. «El sacrificio
eucarístico es la fuente y el culmen de todo el culto de la
Iglesia y de toda la vida cristiana. Los fieles participan con
mayor plenitud en el sacrificio de acción de gracias, propiciación,
de impetración y de alabanza no sólo cuando ofrecen al Padre
con todo su corazón, en unión con el sacerdote, la víctima sagrada
y, en ella, se ofrecen a sí mismos, sino también cuando reciben
la misma víctima en el sacramento».
Como expresa el término mismo, la Eucaristía es «agradecimiento»;
en ella el Hijo de Dios une a sí la humanidad redimida en un
canto de acción de gracias y de alabanza.
En la Última Cena, para instituir la Eucaristía, Jesús dio gracias
a su Padre; este
es el origen del nombre de este sacramento. Ahora bien, la teología de san Juan y de san Pablo exalta de
manera particular la comunión del creyente con Cristo en la
Eucaristía. En el discurso de la sinagoga de Cafarnaúm, Jesús
dice explícitamente: «Yo soy el pan vivo, bajo del cielo. Si
uno come de este pan, vivirá para siempre».
Todo el texto de ese discurso está orientado a subrayar la comunión
vital que se establece, en la fe, entre Cristo, pan de vida,
y quien come de él. Aparece, en concreto, la frase típica del
cuarto evangelio para indicar la intimidad mística entre Cristo
y el discípulo: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece
en mí, y yo en él».
El drama del olvido de Dios
El hombre contemporáneo, fascinado por sus logros creadores,
tiende, de hecho, a olvidar a su Creador y a establecerse como
único dueño de su propio destino. El gran riesgo del olvido
del Creador consiste, sobre todo que el hombre se encierre en
sí mismo, en un egocentrismo que genera incapacidad de amar
y comprometerse de una manera estable y duradera, llevando a
una frustración creciente de la aspiración universal al amor
y a la libertad.
El motivo radica en que el ser humano, creado a la imagen de
Dios y para la comunión, con El, "no puede encontrar su
propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a
los demás". La realización
de su persona pasa por este don de sí mismo que significa apertura
al otro, acogida y respeto de la vida. La muerte de Dios en
la cultura lleva consigo casi inevitablemente la muerte del
hombre.
La
Sagrada Eucaristía contiene lo esencial de la respuesta cristiana
al drama de un humanismo que ha perdido su referencia constitutiva
a un Dios creador y salvador. La Eucaristía es la memoria de
Dios en acto de salvación. Memorial de la muerte y de la resurrección
de Jesucristo, lleva al mundo el Evangelio de la paz definitiva,
que sigue siendo, sin embargo, un objeto de esperanza en la
vida presente.
Al celebrar la sagrada Eucaristía, en nombre de toda la humanidad
redimida por Jesucristo, la Iglesia acoge el don prometido a
ella: "El Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les
va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les
recordará todo lo que yo les he dicho”.
Es Dios mismo quien se acuerda de su alianza con la humanidad
y que se da como alimento de vida eterna. "Se acuerda de
su amor", canta la Virgen María en el Magnificat.
Queremos también ofrecerle por las manos de la Santísima Virgen
de Guadalupe a nuestro Señor las doce Capillas de Adoración
Permanente al Santísimo Sacramento, en honor a la Santísima
Virgen de Guadalupe.
Hermanos muy queridos: la Iglesia "encuentra en la Eucaristía
el alimento de vida que la sostiene en su caminar".
El pan de la Eucaristía es fuerza de los débiles, es consuelo
de los enfermos, viático de los moribundos y alimento sustancial
que sostiene a tantos cristianos en el testimonio que han de
dar -en los diversos ambientes – a favor de la verdad del Evangelio. La
Santísima Virgen constituye para la Iglesia el modelo de la
participación generosa en el sacrificio. En la presentación
de Jesús en el templo y, sobre todo, al pie de la cruz, María
realiza la entrega de sí que la asocia como Madre al sufrimiento
y a las pruebas de su Hijo. Así, tanto en la vida diaria como
en la celebración eucarística,
la «Virgen oferente» anima a los cristianos a «ofrecer sacrificios
espirituales, aceptas a Dios por mediación de Jesucristo».
Pidamos a la Santísima Virgen de Guadalupe que el pueblo de
Dios que peregrina en Yucatán, siendo convocado sistemáticamente
por sus pastores con espíritu misionero, viva alegre y fraternalmente
experiencias comunitarias en Pequeñas Comunidades Parroquiales
en torno al Evangelio, de modo que descubra vivencialmente la
importancia de estos grupos y se entusiasme por expresar la
comunidad parroquial en pequeñas comunidades de bautizados.
El 27 de enero de 1979, cuando el Papa Juan Pablo" vino
.por primera vez a México, sintetizó todo el papel de la Santísima
Virgen en la vida del cristiano, con la siguiente oración; Hoy,
en recuerdo y en homenaje a él, la repito con idéntico fervor:
"Oh Virgen Inmaculada, Madre del verdadero Dios y Madre
de la Iglesia. Tú que desde este lugar manifiestas tu clemencia
y tu compasión a todos los que solicitan tu amparo, escucha
la oración que con filial confianza te dirigimos y preséntala
ante tu hijo Jesús, único redentor nuestro. Madre de Misericordia, Maestra del sacrificio escondido y silencioso,
a Ti que sales al encuentro de nosotros los pecadores, te consagramos
en este día todo nuestro ser y todo nuestro amor.
Te consagramos también nuestra vida, nuestros trabajos, nuestras
alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores. Da la paz,
la justicia, la prosperidad a nuestros pueblos, ya que todo
lo que tenemos y somos, lo ponemos bajo tu cuidado, Señora y
Madre nuestra.
Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino de
una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia: no nos sueltes
de tu mano amorosa. Virgen de Guadalupe, Madre de las Américas,
te pedimos por todos los obispos, para que conduzcan a los fieles
por senderos de vida intensamente cristiana, de amor y de humilde
servicio a Dios y a las almas.
Contempla esta inmensa mies e intercede para que el Señor infunda
hambre de santidad a todo el Pueblo de Dios, y otorgue abundantes
vocaciones de sacerdotes y religiosas, fuertes en la fe y celosos
dispensadores de los misterios de Dios.
Concede a nuestros hogares la gracia de amar y respetar la vida
que comienza, con el mismo amor con el que concebiste en tu
seno la vida del Hijo de Dios. Virgen Santa María, Madre del
Amor Hermoso, protege a nuestras familias, para que estén siempre
muy unidas, y bendice la educación de los hijos. Esperanza nuestra,
míranos con compasión, enséñanos a ir continuamente a Jesús
y, si caemos ayúdanos a levantarnos, a volver a Él, mediante
la confesión de nuestras culpas y pecados en el sacramento de
la penitencia, que trae sosiego al alma.
Te suplicamos que nos concedas un amor muy grande a todos los
santos Sacramentos, que son como las huellas que tu Hijo nos
dejó en la Tierra. Así, Madre Santísima, con la paz de Dios en la conciencia,
con nuestros corazones libres del mal y de odios, podremos llevar
a todos la verdadera alegría y la verdadera paz, que viene de
tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, que con Dios Padre y con
el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de
los siglos. Amén"