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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Rafael Muñoz Núñez, Administrador de la Diócesis de Aguascalientes, en ocasión de la peregrinación de la diócesis a la Basílica de Guadalupe.

18 de noviembre de 2007

Muy amados sacerdotes, queridos seminaristas de Aguascalientes, queridas religiosas, hermanos nuestros en general, peregrinos a este santuario dedicado a la Virgen María, para responder a sus deseos de mostrarse madre de todos los moradores de esta tierra.

Debo empezar por expresar mi sentida gratitud y reconocimiento a los responsables de esta peregrinación, especialmente al padre (Rigo), el Vicario General, al padre Raúl Sosa, Secretario General de la Diócesis, por haberme dado la oportunidad de acompañar al noble y piadoso pueblo de Aguascalientes a rendir este sencillo pero significativo homenaje de amor y gratitud a la bienaventurada virgen María de Guadalupe en su santuario, en su casa, edificada precisamente aquí, en este lugar donde sucedió el asombroso acontecimiento de las apariciones de María.

Este maravilloso acontecimiento que invade las páginas de la historia de nuestra patria, e inundó de fe, de esperanza y de amor a nuestro pueblo, el más pequeño y delicado como le llamaría la virgen María. Iluminados por la fe y atraídos por el amor entrañable que ha despertado en todos nosotros la inefable presencia, la voz dulce y atrayente de la mujer del Apocalipsis descrita por san Juan como una mujer revestida de sol con la Luna bajo sus pies y apunto de dar a luz que se apareció, precisamente en este lugar, santificado por sus plantas benditas para traer a los moradores de esta tierra la luz del Evangelio y el fuego inextinguible del Dios por quien se vive. Dándole sentido profundo a un amor fraterno hasta entonces desconocido en estas tierras divididas por antagonismos irreconciliables y odios ancestrales.

Hoy hemos venido todos nosotros: sacerdotes, religiosas, organizaciones laicales y fieles en general, a rendir un fervoroso homenaje de amor a esta bella dama que ha bajado del cielo para decirnos: "yo soy la madre del Dios por quien se vive"  y tú eres mi hijo, el más pequeño, que estas bajo mi sombra y amparo y vives en el pliegue de mi manto para que nada aflija tu corazón.

¿Quién de nosotros, queridos hermanos, al entrar en este lugar santo que encierra en sus muros, las interminables plegaria de tantos peregrinos que ha recorrido centenares de kilómetros para llegar aquí, la meta de su peregrinación, el término de sus fatigas, quién de nosotros, no siente en su ser la estremecedora presencia de María que durante 476 años sigue diciéndonos con su encanto y su belleza, con su corazón maternal y su incansable presencia: “Aquí estoy, yo que soy tu madre, nada temas”.

El venir aquí, a este lugar santo, nos impulsa hermanos a abrir nuestros recuerdos de aquel inolvidable suceso que conmovió no sólo a México entero, sino a la América toda y cuyos ecos trascendieron el mar y llegaron al Viejo Continente arrancado la sorpresa aún del mismo Sumo Pontífice, que exclamó atónito al oír el relato de lo acontecido en nuestra patria: "No ha hecho cosa alguna con ninguna otra nación".

Entrar aquí, a esta abrigadora casa de santa María de Guadalupe, es descubrir con los ojos de la fe y ver con nuestros propios ojos, es sentir los acelerados latidos del corazón, comprobar emocionados con oraciones y cantos en los labios, con júbilo en el alma, a veces con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos, que todo lo que nos contaron nuestros padres y nos sigue atestiguando la Iglesia es verdad.     

Yo mismo puedo comprobar que allí, tras de esta bendita imagen de María, plasmada por sus mismas manos virginales en la burda tilma del indio afortunado, ahora santo de la Iglesia, se esconde con delicadeza, toda belleza, la ternura de una madre, que nos sigue diciendo y asegurando: "hijito mío, que nada aflija tu corazón, ¿qué no estas en mi regazo, y corres por mi cuenta, que no soy yo vida y salud?”

Venimos aquí, hermanos, a unir nuestras voces como un solo corazón que como incienso se eleva al cielo para darle gracias a Dios por el don inefable de su Madre, que como a san Juan en la cumbre del Calvario nos sigue diciendo a nosotros ahora: “Ahí tienen a su Madre”. Y agradecidos bendecir a María de Guadalupe por venir a posar sus plantas benditas en nuestra tierra y seguir demostrándonos su maternal protección y presencia en todas nuestras luchas, sufrimientos, empresas, proyectos. Proyectos de este pueblo, suyo, el más pequeño y delicado el cual tenemos el privilegio de pertenecer.

Cuando contemplamos la bendita imagen de Santa María de Guadalupe, como ahora nosotros, no podemos menos que sentir el estremecimiento de pensar que nos encontramos ante un hecho sobrenatural que rebasa nuestros sentidos y nuestra razón. Y que si bien es un hecho histórico irrefutable invade el terreno de la fe avalado por el Magisterio de la Iglesia. Como quisiéramos muchos de nosotros quedarnos aquí en esta casa, ante sala del cielo y llenar nuestra vida, nuestros oídos y nuestros corazones de la exquisita ternura de este inmenso manantial que es corazón de nuestra Madre, pero tenemos que seguir adelante, ya que la vida, la familia y el trabajo nos esperan.

Muy queridos hermanos, a pesar de los límites obligados de una homilía, quisiera invitarlos a ser una pequeña reflexión, casi parafraseando algunas palabras que la Santísima Virgen de Guadalupe dijera a san Juan Diego y que han marcado a México para siempre como el eco que ha resonado durante 476 años en los oídos y en el corazón de todas las generaciones que han vivido bajo el cielo de esta bendita tierra.

Ahora nosotros somos el Juan Diego de hoy, que viene a encontrarse emocionado con su Madre del Cielo: “Juan, Juan Diego, hijo mío ¿a dónde vas?”. ¿A dónde vas? Primeras palabras con que María llamó la atención de Juan Diego, ahora nos dirá a nosotros: ¿a dónde vas México? ¿a dónde vas Aguascalientes? ¿a dónde vamos nosotros ahora? ¿a dónde va nuestra patria tan sacudida por tantas adversidades? ¿a dónde va nuestro pueblo tan desorientado por doctrinas inficionadas  de falsedad  e influenciado por la invasión de sectas que con verdades a medias y con un evangelio mutilado atrapan a tantos cristianos desorientados o ignorantes de su fe? ¿a dónde van nuestros jóvenes que tantas veces se ven envueltos en la vorágine de la droga y el alcoholismo, de la sexualidad exaltada e irrefrenable? ¿a dónde van nuestras familias invadidas y afectadas por la violencia intrafamiliar, por tantas influencias perniciosas que atenta contra la esencia misma del sacramento, como el aborto de los hijos, el divorcio, la infidelidad o las absurdas uniones de homosexuales y lesbianas que pretenden llamarse matrimonios, como si esas caricaturas pudieran suplantar o suplir el mandato divino de un hombre y una mujer para siempre? ¿a dónde va el futuro de nuestra patria tan invadida de un craso materialismo, consumismo y securalismo que cierra tantas veces la puerta de la inteligencia, que embota los sentidos y asfixia el espíritu? ¿a dónde van las mujeres que con la práctica del crimen nefando del aborto ciegan tantas vidas humanas que son parte de la riqueza de nuestra patria? Crimen deplorable, y de lo que es peor inducido por autoridades civiles a quien la autoridad máxima divina le ha encomendado la guarda y protección de la vida humana como lo más sagrado y valioso bajo el pretexto engañoso del argumento de que la mujer tiene derecho a decidir sobre su cuerpo y preguntamos ¿también derecho a matar a sus propios hijos que ya viven en su seno y necesitan de su protección para nacer y vivir? Y para que seguir esta numeración interminable de males que hoy aquejan nuestro pueblo como la inseguridad, la violencia, el secuestro, el robo, los asaltos, etc., sin olvidar que los medios de comunicación como la televisión, el cine, la radio y la prensa impresa por lo general inclinada, no a despertar la conciencia crítica de sus receptores, sino más bien tratar de adormecerla con el prurito de la libertad de expresión, que muchas veces se convierte en libertinaje de expresión conculcando y pisoteando todo principio espiritual y moral y transmitiendo antivalores, muchos de ellos universales como la eutanasia, el suicidio, la homosexualidad, la infidelidad matrimonial tratando de llevar a sus espectadores a pensar de que esos mensajes son los más natural del mundo y aún justificar sus conductas.

Es justo señalar que este panorama tan oscuro y lastimoso tiene también un reverso: un México de fe sencilla como la de Juan Diego capaz de transformar toda su vida, como la de muchos aquí presentes. Una fe que estalla en oración, en cantos piadosos llenos de esperanza y de amor a Dios y a su Madre Santísima; una fe que los hace capaces de recorrer kilómetros y kilómetros para venir a postrarse a las plantas de Santa María con los oídos y los ojos abiertos, para ver y oír y hacer lo que la Madre les dice; una fe capaz de vencer las adversidades que les presenta la vida: enfermedades, pobreza, dolores diversos y vivir una vida en paz, serena; confiados en la providencia divina que cuida hasta de los pajarillos del cielo y de las florecillas del campo que hoy son y mañana no aparecen. Esta fe luminosa y esta amor invencible de millones de mexicanos es lo que hace a nuestro México el verdadero Juan Diego que sigue inspirando la vida de tantos niños sencillos, de tantos jóvenes que aún en medio de las asechanzas del demonio, que como león rugiente busca a quien devorar, como dice san Pedro. De tantas familias integradas por el amor puro y fuerte que se juraron ante el altar y que alimenta su corazón y toda la vida familiar.

Queridos, hermanos, imposible sería descifrar todo el rico y abundante contenido del mensaje guadalupano, que a mi juicio no hemos reflexionado suficientemente y debiera ser objeto de nuestras reflexiones posteriores. Por ahora basta que reflexionemos en una afirmación más de la Santísima Virgen de Guadalupe a Juan Diego, después de presentarse como: “Yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive”, después de esta bella catequesis en la que en pocas palabras enseña cuatro verdades de nuestra fe como “Yo soy la siempre Virgen”. Virginidad perpetua antes del parto, en el parto y después del parto, siempre virgen. La segunda enseñanza “soy la Madre del Dios por quien se vive” nos dice Ella, la  elegida para ser la Madre del verbo de Dios. La tercera “Ella es Madre del Dios creador de todas las cosas y todo vive por Él y para Él” más tarde dirá a que vino a México: “Quiero que se me edifique un templo para mostrarme en el Madre amorosa de todos los moradores de esta tierra” que bellas y consoladoras palabras. “Quiero mostrarme Madre” que viene a ser como una generosa respuesta a aquellas palabras dramáticas que salieron de los labios de Cristo crucificado en el Calvario “Mujer ahí tienes a tu hijo” su providencia solícita no podía dejarnos desamparados y antes de morir Cristo ensancho el corazón de María, para que cupiéramos todos. Todos los que necesitamos del calor, de la ternura, de la solicitud de una Madre que no muera, que no se canse, que siga mostrándonos su protección y su amor.

Como olvidar las consoladoras palabras que Santa María de Guadalupe decía a Juan Diego: “Le daré a las gentes todo mi amor personal, en mi mirada compasiva, en mi auxilio, en mi salvación porque yo soy en verdad vuestra Madre compasiva” (Tomado del Nican Mopohua)

Este pasaje, queridos hermanos, es revelador, la tarea primordial de la Virgen María será dar a conocer a Dios y llevarnos a Él, para ello se valdrá de un método original; su suave figura plasmada en la tilma de Juan Diego, su presencia fascinante, su dulce voz, sus ojos llenos de ternura serán el conducto para descubrir la imagen de Dios y descubrirnos que la más bella imagen de Dios es esta misteriosa mujer. Y que María es un reflejo, un trasunto de Dios, conocerla a Ella es introducirnos casi insensiblemente en el conocimiento del verdadero Dios. Hay que decirlo claramente, el Evangelio del Tepeyac es un todo un cántico a la maternidad espiritual de María entonado por Ella misma. Las asombrosas palabras que brotaron de sus labios lo proclaman con elocuencia: “Juan, Juanito, Juan Dieguito, hijo mío el más pequeño de mis hijos” que delicada solicitud y que ternura tan exquisita la de esta Madre incomparable. Y no se diga si recordamos la conmovedora escena de la cuarta aparición: “Escucha ponlo en tu corazón” decía María y ahora nos lo está diciendo a nosotros desde esta audiencia que estamos teniendo con María: “Que no se perturbe tu rostro y tu corazón ¿qué no estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿no estás bajo mi sombra y resguardo? ¿no soy yo la fuente de tu alegría? ¿no estás en el hueco de mi manto, en el cruce de mis brazos? ¿qué más deseas? ” (Tomado del Nican Mopohua)

Así todas las palabras de María en su conversación con Juan Diego exhalan un suave perfume maternal, nadie, ninguna madre sobre la tierra ha dicho, ni podrá decir, por más grande que sea su amor, las sobreabundantes, inspiradoras y consoladoras palabras de Santa María de Guadalupe, este es el punto central, el meollo de su mensaje y sus apariciones: “Yo soy la Madre de Dios y Madre tuya y quiero mostrarme tal a todos los moradores de esta tierra” y ahí está desde su imagen bendita donde late su corazón ante nosotros y aquí estamos nosotros, también, con nuestro corazón latiendo por amor a María. Sus dulces y consoladoras palabras han envuelto, arrullado y consolado a nuestro pueblo durante tantos años a pesar de su dramática historia y ahora tan abatido y sacudido por tantas adversidades.

Estamos viviendo momentos difíciles en donde están en juego los valores morales y espirituales que han forjado, sostenido y enriquecido a nuestra patria conculcados, despreciados e ignorados. La fe se debilita en muchos cristianos influenciados por ideologías adversas que pululan el ambiente, ya materialista y secularista, ya por la influencia y virulencia de tantas sectas que ha hecho impacto sobretodo en la gente sencilla, por el desbordamiento de las pasiones hedonista, a veces descarado.

Muy queridos hermanos, en esta audiencia que la bendita Madre del cielo nos ha concedido depositemos a sus plantas nuestras necesidades, nuestros problemas y también nuestras preocupaciones, los sueños y proyectos e ilusiones que tenemos en nuestra vida cada uno de nosotros, convencidos de que seremos escuchados por esta bendita Madre.

María de Guadalupe. María, dulce nombre traído del cielo, pronunciado por un ángel, nombre lleno de salud y de misterio, que nos pone a nosotros tan cerca del cielo que designa con más propiedad a aquella Mujer que en su Hijo nos trajo la salvación y nos hizo sentir todo el estremecimiento de un hijo abrazado estrechamente a su madre.

María, nada se canta más suave, nada se escucha más grato, nada se piensa más sublime, nada se venera más intensamente en el cielo y en la tierra, nada se ama más tiernamente.

María, el eco de su nombre deja en el alma una impresión profunda de emoción, una suavidad celeste, un gusto secreto de felicidad ante lo cual se disipan todos los cansancios del camino y de la vida, se enjugan todas las lágrimas, se ilumina el cielo de la esperanza.

Hermanos míos, unámonos todos a los millones y millones de labios que a través de los siglos y ahora mismo pronuncian este nombre con alegría y con esperanza en el dolor, en las incomprensiones, en el silencio del alma, en los sufrimientos de la vida y en las angustias de la muerte. María es nuestra herencia más preciada que Cristo mismo, que junto con su cuerpo y su sangre nos dejo su Madre. Amar a María con un amor filial y sincero debe trascender y abarcar toda nuestra vida, que junto con el amor a Cristo, constituyen nuestra plena riqueza que se convertiría en una antesala del cielo.

María ha sido para su pueblo, ahora para cada uno de nosotros, luz para los que andamos en tinieblas, consuelo para los abatidos, escudo que aparta la irá de Dios, propiciación de los pecados, estrella que brilla en el cielo de la Iglesia, imagen y trasunto de Dios, guía que conduce nuestros pasos, inspiración de virtud, de pureza y de humildad, de docilidad a la voluntad de Dios, de fe luminosa y radiante, y en fin, de lo más nobles y más bellos sentimientos del corazón humano.

Hermanos míos, nuestra Diócesis de Aguascalientes, nuestra patria entera y su fe acendrada nació al arrullo tierno y amoroso de la Madre del cielo, que Ella nos lleve en sus brazos, en su corazón, que sea su fortaleza en quien apoyarse, sea alivio en sus penas, bálsamo que cure sus heridas, sus dolores, a veces tan intensos que los invitara a afrontarlos como Ella al pie de la cruz, con lágrimas en los ojos, pero con la mirada puesta en la cruz de su Hijo.

Queridos hermanos, que Dios y la Virgen María de Guadalupe bendigan sus familias, a sus hijos, bendiga sus empresas, sus trabajos y nos permita a todos encontrarnos un día reunidos con Ella para siempre en la patria del cielo.

Así sea.

 
 
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