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Homilía
pronunciada por Mons. Constancio Miranda Weckmann, Obispo de la Diócesis de Atlacomulco, en la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

19 de octubre de 2007

Estimados hermanos sacerdotes. Mons. Vicario General, Camerino Conteras Apolonio. Señor Rector del Seminario, Rolando Martínez Lara y nuestro Director Espiritual Diocesano de la peregrinación de la Pía Unión de Peregrinos, José Luis García Cardoso. Todos hermanos sacerdotes de la diócesis.

Quiero saludar al seminario en sus dos grandes secciones que es el Seminario Mayor con la Teología, la Filosofía y el Introductorio. Y el Seminario Menor con el año de nivelación y la vocación. Las hermanas de la Vida Consagrada de las veinte comunidades que laboran, que sirven en nuestra diócesis, saludar a los que nos coordinan la Pía Unión de Peregrinos, Javier Zúñiga y sus colaboradores, tanto los más cercanos a nivel diocesano, como los delegados a nivel parroquial y comunitario. A todos ustedes hermanos peregrinos, que de una manera oficial y solemne desde el lunes comenzamos a peregrinar de la iglesia catedral, celebrando la Eucaristía, pidiéndole buen viaje, a las seis de la mañana partía nuestra peregrinación que se fue engrosando al caminar durante todo el territorio diocesano. Y hoy aquí reunidos nos encontramos, para traerle a nuestra Madre todos nuestros agradecimientos y súplicas, para que bendiga nuestros hogares, nuestras parroquias y nuestra diócesis. Vamos a reflexionar en este acontecimiento.

Con María de Guadalupe discípulos misioneros de su Hijo.

Con gran alegría toda la Iglesia Diocesana de Atlacomulco, postrada a los pies de la Morenita del Tepeyac, nuestra Madre y Señora María de Guadalupe, está celebrando el grande sacramento de la Eucaristía, para revitalizar su ser de Discípulo Misionero de su querido Hijo Jesucristo nuestro Rey y Señor.

Hoy venimos con nuestros corazones llenos de agradecimientos, pues traemos el reconocimiento de muchos favores que por medio de Ella hemos recibido de Dios. Presentamos a nuestros hermanos sacerdotes, puntal y crecimiento de nuestra Iglesia Diocesana, que con su entrega abnegada y generosa, nos conducen a la salvación. Agradecemos la presencia de la Vida Consagrada entre nosotros, ya que su testimonio y labor pastoral, en la vivencia de cada uno de sus carismas, nos impulsa a seguir adelante.

Traemos el seminario henchido de jóvenes valientes y sanos que están llenos de ilusión en el camino de discernir el futuro de su vocación para el servicio. Ofrecemos el amor de los esposos y de las familias por la vida. Vida en todos los sentidos, misma que llena todos los ambientes de nuestras comunidades y las renueva. Presentes están nuestros jóvenes, futuro y realidad actual de nuestros quehaceres. Presentes a manos llenas en la peregrinación y todos, sin duda, aún en sus casas, presentes en nuestro corazón siendo hoy portadores de sus aspiraciones.

Aquí están los laicos, tan valiosos en la dinámica de la construcción del Reino. Esos niños y esos ancianos, esos enfermos y esos campesinos, esos de edad media y esos indígenas, esos trabajadores de las fábricas y esos que salen a otras poblaciones a laborar, esas mujeres y esos hombres... Un inmenso conglomerado que tiene un rostro católico inconfundible, que quiere involucrarse cada día más en la pastoral. Nuestros 12 decanatos, cada día con más vida apostólica; teniendo como deseo y finalidad la tarea, sin apuros, de la creación de un nuevo plan de pastoral; trabajo dinamizado por los agentes ya enumerados, organizados en grandes comisiones diocesanas, junto con las tareas profética, litúrgica y social; estamos llenos de esperanza.

Todo ello va fortaleciendo nuestro discipulado, mismo que nos impulsa a ser misioneros de verdad. Volteamos hacia Ti, Virgencita Santa, para aprender paso a paso el itinerario cierto de un discípulo misionero de tu Hijo Jesús. El mensaje de Guadalupe es un Evangelio claro de cómo seguir al Señor y de cómo llevarlo a sus hermanos. Tú viniste al Tepeyac como misionera de tu Hijo para ayudarnos a que todos los mexicanos nos convirtamos en auténticos discípulos.

No podemos quedarnos tranquilos, nosotros los bautizados, nosotros que hemos venido peregrinando hasta el Tepeyac, manifestando que somos discípulos de Jesús; necesitamos, como misioneros, salir al encuentro de las personas, las familias y las comunidades para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de sentido, verdad y de amor, de alegría y de esperanza. Urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados por la victoria pascual, del Señor de la historia, que Él nos convoca en Iglesia, y quiere multiplicar el número de discípulos misioneros en la construcción de su reino en nuestra diócesis. María Santísima de Guadalupe hemos venido a pedir tu compañía siempre cercana, llena de comprensión y. ternura; enséñanos a salir de nosotros mismos en camino de sacrificio, amor y servicio, como lo hiciste en la visitación a tu prima Isabel, para que, peregrinos en el camino, cantemos las maravillas que Dios ha hecho en nosotros conforme a su promesa.

Quédate con nosotros Virgen Santa, María de Guadalupe, con nuestras familias y con nuestras parroquias, con nuestras comunidades de vida consagrada y con nuestro seminario, con nuestros niños y con nuestros jóvenes, con nuestros enfermos y con nuestros sacerdotes, con nuestros ancianos y con nuestro señor obispo, con nuestros campesinos y con nuestros indígenas, con nuestros empleados y con nuestros profesionistas... Fortalécenos a todos en la fe para que seamos auténticos discípulos misioneros de tu Hijo Jesucristo.

 
 
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