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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Lázaro Pérez Jiménez, Obispo de la Diócesis de Celaya,
en la peregrinación varonil de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

10 de octubre de 2007

Muy estimados sacerdotes que han querido darse cita esta mañana en la gran Basílica de Guadalupe, muy estimadas religiosas, muy estimados feligreses, fieles peregrinos que ya sea a pie, en bicicleta, en camión, antorchas han querido estar con nosotros, esta mañana. 

Yo quiero hacerles una llamada muy fuerte en este sentido: todos venimos deseosos de llegar a este santuario, de encontrarnos con la morenita del Tepeyac, como le llamaba el Papa Juan Pablo II;  y vamos a pasar y seguramente todos tenemos ansias, deseos de pasar por debajo de la Virgen para contemplar su imagen. Pero no termina todo con la contemplación de la imagen. Más aún al llegar acá nos quedamos en este amplío espacio para celebrar la Eucaristía y esta acción ya nos está diciendo a todos, como testimonio, que la devoción a la Santísima Virgen de Guadalupe no termina en ella. No venimos aquí para  honrar a la Virgen de Guadalupe, sólo a Ella; porque María nos ha traído a Jesucristo, al Redentor y Salvador, y es Ella quien nos ofrece a su Hijo en la celebración eucarística. Por eso que bello, que hermoso; que mientras el corazón nos impulsa a ver a la Madre nos encontramos con Ella y con su Hijo en esta Eucaristía.

El Papa Benedicto XVI, a quien ya debemos de amar profundamente, y lo digo porque todavía hay algunos que no olvidan a Juan Pablo II, ¡Y no lo olviden! Nos ha dejado un testimonio inigualable; pero tiene sucesor y el sucesor es Benedicto XVI, él en una carta de exhortación dedicada a la Eucaristía dice que la Virgen María está presente en cada celebración eucarística, porque si lo estuvo en el momento de la cruz acogiendo a su Hijo, lo está en cada celebración eucarística; no lo está como su Hijo pero está cerca y por lo tanto, aunque aquí estamos en este momento, convocados por Jesús para encontrarnos con Él, aquí está también la Virgen María, en toda celebración, pero especialmente en un lugar donde Ella quiso quedarse para siempre con nosotros.

Los obispos latinoamericanos, el mes de mayo que nos reunimos, al principio con el Papa Benedicto XVI, escribimos un documento, ya aprobado por el Santo Padre, en donde hablando de las diversas presencias de Jesucristo, a quien tenemos que encontrar, nos pone primero la Iglesia, segundo la Palabra de Dios, tercer lugar nos pone la Eucaristía, principalmente y más adelante dice: la Piedad Popular.

Esta piedad que ustedes están no sólo expresando sino viviendo, al vivir ustedes esta piedad como pueblo al mismo tiempo, están dando testimonio de su deseo de encontrar a Jesús. Si bien es cierto que nos encontramos en la comunidad, también nos encontramos con Jesucristo leyendo la Palabra de Dios, nos encontramos con Cristo de una manera única en la Eucaristía, también hay un encuentro con Jesucristo cuando mediante estas manifestaciones expresamos nuestra fe. Y tenemos una frase, que la tomamos del Papa Benedicto XVI: en la Piedad Popular ahí está el corazón de la fe del pueblo latinoamericano.  En esta piedad, en estas manifestaciones se encuentra el corazón de la fe del pueblo latinoamericano. Estamos, pues, frente un acto de fe que es el corazón, lo que le da vida al pueblo católico latinoamericano.  Y Dios quiera que esto nunca se pierda. No voy a tocar el tema de la primera lectura que es muy importante, pues nos recuerda como Dios se apiada de todos y que si nosotros nos apiadamos de cosas insignificantes,  como por un animalito, por la tierra; Dios se compadece mucho más por su pueblo pecador y por eso lo acoge y lo perdona. Pero yo quiero que nos llevemos el mensaje del Evangelio: Es Jesús quien enseña a orar.

Miren el Papa Benedicto XVI, que es un hombre brillante, muy  inteligente, no solamente nos ha escrito una encíclica de manera oficial, sino nos ha dejado un libro muy bello llamado Jesús de Nazaret, donde va analizando, contemplando, meditando algunas de las escenas de Jesús, obviamente en el Nuevo Testamento de los Evangelios y hay una parte dedicada a la oración y centrada en el Padre Nuestro y ¿qué nos dice el Papa Benedicto XVI sobre la oración? Primero que es un don.  Que así como para creer en Él, es necesario recibir el don, por el cual el Padre nos atrae para encontrarlo, para unirnos, así también, el dice el Papa Benedicto XVI,  la oración es un don, es un regalo.  No se aprende con la sola razón, no se compra la oración. La oración se aprende, pero se aprende porque Dios nos la regala. Ora, sabe orar quien ha recibido de Jesús la gracia de poder hacerlo. Y esto es lo que hemos visto en el Evangelio: los apóstoles le dicen; a Jesús que les enseñe. Habrán visto muchas veces a Jesús orando y sin embargo, aunque en alguna ocasión hayan repetido los salmos del Antiguo Testamento ellos encuentran un nuevo modo de rezar de Jesucristo y por eso le dicen: “Señor, enséñanos a orar”. La Oración es un don, es un regalo y sólo Dios, en la persona de Cristo nos enseña como orar. Y dice el Papa que, aunque la oración del Padre Nuestro, en cada una de las versiones, (san Mateo, san Lucas) una es más larga, otra es más breve, el corazón del Padre Nuestro, es que Jesús nos ha enseñado que en la oración nos dirigimos a un papá. Que Dios es papá y que con esa confianza con que le hablamos a nuestro padre y con esa misma y más tenemos que hablarle a Dios nuestro padre. Pero esto es posible cuando tenemos el don de la fe y el don de podernos dirigir al Señor.

La Virgen María recibió este don, recibió este regalo de la oración y se convierte también en maestra, el día que se encuentra con santa Isabel y ésta le llena de piropos, de flores; María inmediatamente termina cantando el Magnificat: “engrandece mi alma al Señor”. Estas notas sólo pudieron salir de una gracia puesta en el corazón de la Santísima Virgen María. Bueno, nosotros ya llegamos, estamos ante los pies de la Santísima Virgen María, Ella nos está ofreciendo como alimento a su propio Hijo Jesucristo, hoy Jesucristo nos pide que aprendamos a orar, pero que se lo pidamos, llevémonos esta convicción; la oración es una gracia, es un don, hay que pedirlo con humildad, porque muchas veces la gente dice: “Padre  yo no se orar, quiero empezar a orar y me distraigo, me pongo a orar y solamente pido cosas, no se alabar al Señor”. Y hoy Jesús nos dice que lo primero que tienes que pedir es que sea Yo el que te enseñe a orar, porque la oración es un don, es una gracia.

Vamos a continuar con la oración más grande que Jesús nos ha dejado, que es la oración Eucarística, pero llevemos esta convicción, este mensaje desde el corazón de María que también se convierte en maestra de oración, como nos enseñó el Papa Juan Pablo II, nosotros nos vamos también con esta convicción, este deseo, este compromiso de pedirle a Jesús; que siempre nos enseñe a orar, porque sin oración nos asfixiamos, sin oración no tiene sentido nuestra vida, sólo con la oración y la fuerza de la oración podemos incluso transformar nuestra vida, la de nuestra familia y la del mundo entero.

¡Felicidades, hermanos, que María nos enseñe a orar!   

 
 
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