Muy
queridos hermanos, hermanas, fieles laicos, venidos de esta
Diócesis de Cuauhtitlán en las cinco zonas pastorales y los
dieciocho decanatos. Muy queridas hermanas, hermanos de vida
consagrada, queridos hermanos en el ministerio ordenado de Cristo
servidor, Cristo Buen Pastor.
Nos hemos reunido aquí como peregrinos
en la fe, siguiendo las huellas de san Juan Diego Cuauhtlatoatzin,
tanto en su andar físico, como en su andar espiritual y eso
es lo que queremos en esta mañana con profundo gozo: vivir como
iglesia que quiere ser comunión, obediente al envió como María,
proclamar la grandeza del Señor.
Ante todo quiero saludarles, queridos hermanos peregrinos como
su pastor y reconocer en cada uno de ustedes el esfuerzo por
renovarnos desde Cristo para vivir con gran esperanza nuestra
fe. Esta es la tercera vez y el segundo año que caminamos juntos
al ser enviados por el Papa Benedicto XVI como su pastor, han
pasado tantas experiencias, hemos realizado diversos pasos,
algunos con más claridad que otros, unos más fáciles que otros,
pero siempre desde la fe, desde el sentido de Iglesia.
Poco a poco han surgido más y más fieles
laicos que respondiendo al llamado del Señor se han interesado
por vivir su discipulado y su misión en las distintas áreas
de la vida social como presencia de Cristo luz del mundo. Pero,
también, han surgido fieles laicos que se han incorporado en
diversos ministerios en el servicio interno de cada una de las
comunidades.
La relación con los sacerdotes, el desarrollo de la vocación
de cada uno va unido, también, a la presencia de los religiosos
que fieles a su consagración, fieles a su carisma han buscado
ser testigos del Padre y se han incorporado, también, a diversos
servicios en la comunidad, de hecho ya el hecho de su consagración
es para nosotros un anuncio del Reino. Entre la Vida Consagrada
de manera especial quiero que tengamos presentes a nuestras
hermanas de vida contemplativa, ellas que hacen presente nuestra
esperanza y nuestro futuro en donde veremos cara a cara a Dios
en el Reino eterno.
Muy queridos hermanos sacerdotes, el
camino con ustedes, mis más cercanos colaboradores, nos ha permitido
conocernos más, compartir los ideales sacerdotales como los
vamos comprendiendo desde el ministerio y la consolidación de
nuestra identidad sacerdotal, una gran aventura para ser con
Cristo, presencia del Buen Pastor que da la vida por las ovejas.
Aquí a los pies de nuestra Señora del cielo quiero poner todos
los anhelos de vida, de comunión, de misión que procuramos realizar.
Inspirados en el gran acontecimiento
de Aparecida, al que el Señor por pura gracia suya me permitió
participar, me dio la oportunidad de hacer presente esta querida
Diócesis de Cuauhtitlán y de la demás diócesis de nuestra nación
junto con los obispos mexicanos que estuvimos allá. Llevando
la experiencia rica, variada de nuestra fe. De manera especial
miraba cada comunidad con la esperanza y me unía a María para
cantar una acción de gracias al Padre por todo lo que nos ha
permitido realizar y por todo lo que nos proponemos de ahí mi
preocupación por vivir este acontecimiento en nuestra diócesis,
poco a poco lo hemos ido entregando por sectores a la vida consagrada,
a los laicos, pero de manera especial, desde luego, a cada uno
de ustedes mis queridos hermanos sacerdotes y a ustedes, queridos
discípulos del Señor, que se forman en nuestro seminario, para
ponernos en una misma óptica pastoral y de formación como discípulos
y misioneros. Paralelamente hemos procurado dar pasos, aún con
una gran experiencia de conversión pastoral en todos los agentes,
en lo que se refiere a la iniciación y reiniciación cristiana;
esta segunda cuando nos proponemos aprovechar la preparación
para el Sacramento de la Confirmación y convocar de manera más
incisiva a los mismos confirmados, a sus papás y padrinos, para
que con una catequesis adecuada pueda decidirse a ser verdaderos
discípulos y misioneros de Cristo. Que seamos como san Juan
Diego discípulos y misioneros. Con esta consigna nos hemos abierto
como diócesis a todos los niños y adolescentes de México y del
mundo entero, vamos aprendiendo a ser promotores de vida, de
comunión, vamos aprendiendo a compartir nuestras riquezas y
pobrezas.
Muy queridos hermanos, hermanas, ¿a
quién volveremos la mirada para que nos guíe? Hoy cuando nuestro
continente latinoamericano y caribeño se quiere enfatizar al
discipulado y la misión es Ella, María quien brilla ante nuestros
ojos como imagen acabada y fidelísima del seguimiento de Cristo
esta es la hora de la seguidora más radical de Cristo, de su
magisterio discipular y misionero, al que nos envía el Papa
Benedicto XVI: “María Santísima, la Virgen pura y sin mancha
es para nosotros escuela de fe destinada a conducirnos y a fortalecernos
en el camino que lleva al encuentro con el Creador del cielo
y de la tierra. El Papa vino a Aparecida con viva alegría para
decirnos en primer lugar: “Permanezcan en la escuela de María
inspírense en sus enseñanzas, procuren acoger y guardar dentro
del corazón las luces que Ella, por mandato divino, les envía
desde lo alto” (Aparecida 270).
Hoy en la primera lectura contemplamos
a Ella, bella, que traduce en su vida la sabiduría de Dios como
respuesta al llamado del Señor. Como en Aparecida, María,
Madre de Jesucristo y de sus discípulos ha estado cerca, nos
ha acogido, ha cuidado nuestras personas y trabajos cobijándonos
como a san Juan Diego y a nuestros pueblos, en pliegue de su
manto, bajo su maternal protección. Hoy le pedimos como Madre
perfecta, discípula y pedagoga de la evangelización que nos
enseñe a ser hijos en su Hijo y a hacer lo que Él nos diga.
(cf. Jn 2, 5)
Con cuanta ternura se ha acercado María
de Guadalupe, misionera nuestra a san Juan Diego para invitarlo
a participar de la misión de su Hijo, lo ha dirigido en primer
lugar, precisamente, ante el obispo, el representante de su
mismo Hijo Jesucristo Sumo Sacerdote, para que en comunión con
la iglesia naciente sea discípulo y misionero. Así nos llama
a nosotros y Juan Diego es modelo e intercesor. La docilidad
de Juan Diego nos enseña a acoger la palabra de nuestros sacerdotes
con fe, a escuchar y obedecer al obispo a vivir fortalecidos
en el camino de la esperanza, por eso la imagen que nos ha guiado
es este Juan Diego que camina, que lleva el sombrero que le
ha dado el obispo, pero que por respeto a él no lo usa para
cubrirse la cabeza, sino llevarlo cercano a su corazón. Juan
Diego caminando nos invita a salir del lugar en el que estamos,
a no quedarnos en costumbres, en rutinas, sino en dejarnos transformar
por la fuerza del Espíritu Santo para ser verdaderos peregrinos
de la fe; para estar en constante crecimiento con una conversión
permanente en nuestra persona, en nuestras comunidades, para
una conversión espiritual y pastoral.
Hoy hablemos con san Juan Diego en
esta casa de la Madre del cielo:
Querido Tata Juan Diego: Hoy queremos
contemplarte aquí junto a la niña nuestra que te miró con ternura,
te convención con su aliento, porque era su amor el que te daba
en él. Querido Tata, desde antes de que te encontraras con nuestro
Señor Jesucristo, antes que sus sacerdotes, sus representantes
te dieran la buena noticia de la salvación, eras ya un indio
bueno, te habías acogido a las tradiciones de tus mayores. Abriste
tu corazón con serenidad y madurez a la fe en Jesucristo y su
Iglesia, gracias también a nuestra Madre, supiste vivir ese
paso doloroso de dejar aquellas tradiciones y aquella enseñanza
para acoger la enseñanza de los sacerdotes, ser discípulo.
Por hoy te encomendamos nuestras comunidades, ricas en tradiciones,
ricas en humanismo, para que tú nos enseñes el camino de la
conversión inicial y permanente. Ayúdanos a encontrar la fuerza
para nuestra conversión permanente. Enséñanos a confiar en nuestra
Madre del cielo y en la presencia del verdadero Dios por quien
se vive, el Dios del cerca y del junto, que ha venido a habitar
en medio de nosotros. Ahora que gozas de las flores y de los
cantos intercede por nosotros ante el Dios de la vida para que
caminemos por sendas de verdad, de justicia y de caridad.
Te encomendamos nuestras familias de manera especial a los niños
y adolescentes con quienes queremos realizar este Congreso de
la Infancia y la Adolescencia Misionera, ayúdalos a encontrar
el sentido de su vida, ayúdalos a vivir el gozo del encuentro
con Jesucristo. Ten encomendamos a todos nuestros hermanos y
hermanas de vida consagrada para que con la misma claridad de
su respuesta en la fe, ellos puedan cada vez más profundizar
en su entrega generosa para edificar el Reino.
Y querido Tata tú que con devoción y respeto acudías frecuentemente
a la enseñanza de los sacerdotes, representantes de Jesucristo,
te pido que acojas a todo el presbiterio, a todos los que se
están formando para sacerdotes, danos esa ayuda que necesitamos
para ser sencillos servidores de la Palabra, para ser transparentes
en nuestro ministerio, en obediencia al obispo, en obediencia
al Papa, en obediencia a la Iglesia y que contigo podamos contemplar
el rostro de la Madre del cielo, para que sientamos esa confianza
y no tengamos ni vergüenza, ni miedo de ser contigo discípulos
y misioneros.
Gracias Tata Juan Diego.
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