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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Guillermo Ortiz Mondragón, Obispo de la Diócesis de Cuauhtitlán, en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

22 de noviembre de 2007

Muy queridos hermanos, hermanas, fieles laicos, venidos de esta Diócesis de Cuauhtitlán en las cinco zonas pastorales y los dieciocho decanatos. Muy queridas hermanas, hermanos de vida consagrada, queridos hermanos en el ministerio ordenado de Cristo servidor, Cristo Buen Pastor.

Nos hemos reunido aquí como peregrinos en la fe, siguiendo las huellas de san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, tanto en su andar físico, como en su andar espiritual y eso es lo que queremos en esta mañana con profundo gozo: vivir como iglesia que quiere ser comunión, obediente al envió como María, proclamar la grandeza del Señor.

Ante todo quiero saludarles, queridos hermanos peregrinos como su pastor y reconocer en cada uno de ustedes el esfuerzo por renovarnos desde Cristo para vivir con gran esperanza nuestra fe. Esta es la tercera vez y el segundo año que caminamos juntos al ser enviados por el Papa Benedicto XVI como su pastor, han pasado tantas experiencias, hemos realizado diversos pasos, algunos con más claridad que otros, unos más fáciles que otros, pero siempre desde la fe, desde el sentido de Iglesia.

Poco a poco han surgido más y más fieles laicos que respondiendo al llamado del Señor se han interesado por vivir su discipulado y su misión en las distintas áreas de la vida social como presencia de Cristo luz del mundo. Pero, también, han surgido fieles laicos que se han incorporado en diversos ministerios en el servicio interno de cada una de las comunidades.

La relación con los sacerdotes, el desarrollo de la vocación de cada uno va unido, también, a la presencia de los religiosos que fieles a su consagración, fieles a su carisma han buscado ser testigos del Padre y se han incorporado, también, a diversos servicios en la comunidad, de hecho ya el hecho de su consagración es para nosotros un anuncio del Reino. Entre la Vida Consagrada de manera especial quiero que tengamos presentes a nuestras hermanas de vida contemplativa, ellas que hacen presente nuestra esperanza y nuestro futuro en donde veremos cara a cara a Dios en el Reino eterno.

Muy queridos hermanos sacerdotes, el camino con ustedes, mis más cercanos colaboradores, nos ha permitido conocernos más, compartir los ideales sacerdotales como los vamos comprendiendo desde el ministerio y la consolidación de nuestra identidad sacerdotal, una gran aventura para ser con Cristo, presencia del Buen Pastor que da la vida por las ovejas. Aquí a los pies de nuestra Señora del cielo quiero poner todos los anhelos de vida, de comunión, de misión que procuramos realizar.

Inspirados en el gran acontecimiento de Aparecida, al que el Señor por pura gracia suya me permitió participar, me dio la oportunidad de hacer presente esta querida Diócesis de Cuauhtitlán y de la demás diócesis de nuestra nación junto con los obispos mexicanos que estuvimos allá. Llevando la experiencia rica, variada de nuestra fe. De manera especial miraba cada comunidad con la esperanza y me unía a María para cantar una acción de gracias al Padre por todo lo que nos ha permitido realizar y por todo lo que nos proponemos de ahí mi preocupación por vivir este acontecimiento en nuestra diócesis, poco a poco lo hemos ido entregando por sectores a la vida consagrada, a los laicos, pero de manera especial, desde luego, a cada uno de ustedes mis queridos hermanos sacerdotes y a ustedes, queridos discípulos del Señor, que se forman en nuestro seminario, para ponernos en una misma óptica pastoral y de formación como discípulos y misioneros. Paralelamente hemos procurado dar pasos, aún con una gran experiencia de conversión pastoral en todos los agentes, en lo que se refiere a la iniciación y reiniciación cristiana; esta segunda cuando nos proponemos aprovechar la preparación para el Sacramento de la Confirmación y convocar de manera más incisiva a los mismos confirmados, a sus papás y padrinos, para que con una catequesis adecuada pueda decidirse a ser verdaderos discípulos y misioneros de Cristo. Que seamos como san Juan Diego discípulos y misioneros. Con esta consigna nos hemos abierto como diócesis a todos los niños y adolescentes de México y del mundo entero, vamos aprendiendo a ser promotores de vida, de comunión, vamos aprendiendo a compartir nuestras riquezas y pobrezas.

Muy queridos hermanos, hermanas, ¿a quién volveremos la mirada para que nos guíe? Hoy cuando nuestro continente latinoamericano y caribeño se quiere enfatizar al discipulado y la misión es Ella, María quien brilla ante nuestros ojos como imagen acabada y fidelísima del seguimiento de Cristo esta es la hora de la seguidora más radical de Cristo, de su magisterio discipular y misionero, al que nos envía el Papa Benedicto XVI: “María Santísima, la Virgen pura y sin mancha es para nosotros escuela de fe destinada a conducirnos y a fortalecernos en el camino que lleva al encuentro con el Creador del cielo y de la tierra. El Papa vino a Aparecida con viva alegría para decirnos en primer lugar: “Permanezcan en la escuela de María inspírense en sus enseñanzas, procuren acoger y guardar dentro del corazón las luces que Ella, por mandato divino, les envía desde lo alto” (Aparecida 270).

Hoy en la primera lectura contemplamos a Ella, bella, que traduce en su vida la sabiduría de Dios como respuesta al llamado del Señor. Como en Aparecida, María, Madre de Jesucristo y de sus discípulos ha estado cerca, nos ha acogido, ha cuidado nuestras personas y trabajos cobijándonos como a san Juan Diego y a nuestros pueblos, en pliegue de su manto, bajo su maternal protección. Hoy le pedimos como Madre perfecta, discípula y pedagoga de la evangelización que nos enseñe a ser hijos en su Hijo y a hacer lo que Él nos diga. (cf. Jn 2, 5)

Con cuanta ternura se ha acercado María de Guadalupe, misionera nuestra a san Juan Diego para invitarlo a participar de la misión de su Hijo, lo ha dirigido en primer lugar, precisamente, ante el obispo, el representante de su mismo Hijo Jesucristo Sumo Sacerdote, para que en comunión con la iglesia naciente sea discípulo y misionero. Así nos llama a nosotros y Juan Diego es modelo e intercesor. La docilidad de Juan Diego nos enseña a acoger la palabra de nuestros sacerdotes con fe, a escuchar y obedecer al obispo a vivir fortalecidos en el camino de la esperanza, por eso la imagen que nos ha guiado es este Juan Diego que camina, que lleva el sombrero que le ha dado el obispo, pero que por respeto a él no lo usa para cubrirse la cabeza, sino llevarlo cercano a su corazón. Juan Diego caminando nos invita a salir del lugar en el que estamos, a no quedarnos en costumbres, en rutinas, sino en dejarnos transformar por la fuerza del Espíritu Santo para ser verdaderos peregrinos de la fe; para estar en constante crecimiento con una conversión permanente en nuestra persona, en nuestras comunidades, para una conversión espiritual y pastoral.

Hoy hablemos con san Juan Diego en esta casa de la Madre del cielo:

Querido Tata Juan Diego: Hoy queremos contemplarte aquí junto a la niña nuestra que te miró con ternura, te convención con su aliento, porque era su amor el que te daba en él. Querido Tata, desde antes de que te encontraras con nuestro Señor Jesucristo, antes que sus sacerdotes, sus representantes te dieran la buena noticia de la salvación, eras ya un indio bueno, te habías acogido a las tradiciones de tus mayores. Abriste tu corazón con serenidad y madurez a la fe en Jesucristo y su Iglesia, gracias también a nuestra Madre, supiste vivir ese paso doloroso de dejar aquellas tradiciones y aquella enseñanza para acoger la enseñanza de los sacerdotes, ser discípulo.

Por hoy te encomendamos nuestras comunidades, ricas en tradiciones, ricas en humanismo, para que tú nos enseñes el camino de la conversión inicial y permanente. Ayúdanos a encontrar la fuerza para nuestra conversión permanente. Enséñanos a confiar en nuestra Madre del cielo y en la presencia del verdadero Dios por quien se vive, el Dios del cerca y del junto, que ha venido a habitar en medio de nosotros. Ahora que gozas de las flores y de los cantos intercede por nosotros ante el Dios de la vida para que caminemos por sendas de verdad, de justicia y de caridad.

Te encomendamos nuestras familias de manera especial a los niños y adolescentes con quienes queremos realizar este Congreso de la Infancia y la Adolescencia Misionera, ayúdalos a encontrar el sentido de su vida, ayúdalos a vivir el gozo del encuentro con Jesucristo. Ten encomendamos a todos nuestros hermanos y hermanas de vida consagrada para que con la misma claridad de su respuesta en la fe, ellos puedan cada vez más profundizar en su entrega generosa para edificar el Reino.

Y querido Tata tú que con devoción y respeto acudías frecuentemente a la enseñanza de los sacerdotes, representantes de Jesucristo, te pido que acojas a todo el presbiterio, a todos los que se están formando para sacerdotes, danos esa ayuda que necesitamos para ser sencillos servidores de la Palabra, para ser transparentes en nuestro ministerio, en obediencia al obispo, en obediencia al Papa, en obediencia a la Iglesia y que contigo podamos contemplar el rostro de la Madre del cielo, para que sientamos esa confianza y no tengamos ni vergüenza, ni miedo de ser contigo discípulos y misioneros.

Gracias Tata Juan Diego. 
 
 
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