Muy
apreciados hermanos Sacerdotes y fieles laicos de nuestra querida
Diócesis de Culiacán les saludo fraternalmente en este día de
gracia y bendición; me dirijo primeramente a ustedes haciéndoles
llegar a cada uno un especial saludo de nuestro Señor Obispo D.
Benjamín Jiménez Hernández, Padre y Pastor de nuestra Iglesia
Diocesana de Culiacán. Queridos hermanos todos.
Hemos
querido detener hoy nuestra marcha en este largo peregrinar de
nuestras vidas, para contemplar el rostro amoroso y tierno de
nuestro Padre Dios, y contemplar igualmente a María, esta santa
y pura Mujer, Señora y Madre nuestra, la Virgen bella y hermosa
de Nazaret, a quien Tú, Señor, has querido colocar por encima
de todas las criaturas celestiales y terrenas.
Hemos
venido desde lejos al encuentro de nuestro Dios y Señor, porque
toda peregrinación es una búsqueda de Dios, y nosotros, peregrinos
en este valle de lágrimas, tenemos el gozo de haberlo ya encontrado.
Suplicamos ante todo a Dios que este peregrinar sea para cada
uno una inmejorable oportunidad para renovar la fe y la esperanza
en nuestros corazones.
Madre
Santa, Tú nos has dado a Jesús, es tu Hijo Amado, y así como el
Padre Eterno ha dicho "Éste es mi Hijo Amado", tú lo
puedes decir también.
Jesucristo, gracias a la bondad infinita de Dios y gracias al
si generoso de María, se presentó ante nosotros como el rostro
humano de Dios y el rostro divino del hombre.
Bien
podría en este día de gloria y bendición proclamar como San Cirilo
de Alejandría: “Tengo ante mis ojos la asamblea de los santos,
que llenos de gozo y fervor han acudido aquí, respondiendo con
prontitud a la invitación de la Santa Madre de Dios, la siempre
Virgen María”.
Te
saludamos y damos gracias, Santa y Misteriosa Trinidad, que nos
has convocado, a nosotros tus hijos., en esta Casa -Santuario
de Santa María de Guadalupe, la Virgen Morena del Tepeyac. Te
saludamos, Madre Santísima, Reina y Protectora de nuestras familias.
Te
saludamos con gran alegría, porque eres el tesoro digno de ser
venerado por el universo entero. Te
saludamos tus hijos, pastores y fieles laicos de la Diócesis de
Culiacán; a Ti que encerraste en tu seno vivir a Aquel que es
inmenso e inabarcable; a Ti, por quien la Santa Trinidad es adorada
y glorificada; por quien exulta el cielo; por quien se alegran
los ángeles y arcángeles.
Por
Ti, Santa María de Guadalupe, el Hijo unigénito de Dios ha iluminado
a los hombres y mujeres que vivían en tinieblas y en sombra de
muerte.
Hermanos míos, ¿quién habrá que sea capaz de cantar como es debido
las alabanzas de María? Ella, esta dulce y hermosa Mujer -como
decía San Bernardo-, es Madre y Virgen a la vez; ¡qué cosa tan
admirable! era Dios que todos nosotros reverenciemos y adoremos
la unidad, que rindamos un culto impregnado de santo temor a la
Trinidad indivisa, al celebrar hoy, con nuestras humildes alabanzas,
a la Madre de Dios y a su amado Hijo Jesús, porque a Él pertenece
la gloria y el honor por los siglos de los siglos.
Por
eso, hasta el día de hoy sigue resonando en el corazón de la Iglesia
y del mundo entero el cántico de María: "Desde ahora me felicitarán
todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes
por mí". Tú eres bendita, María, entre las mujeres y bendito
es el fruto de tu vientre.
Por eso, Padre Santo, llenos de fe y esperanza, nuestra Diócesis
de Culiacán quiere suplicarte unida a toda la Iglesia, diciendo:
"Contempla, Señor, a la Madre de tu Hijo y escúchanos".
Te
damos gracias porque nos has dado a María como Madre y ejemplo...
Te
damos gracias porque tu humilde esclava ha estado presente en
los momentos más dolorosos y dichosos de la vida de nuestras comunidades
y de nuestras familias.
Queremos
consagrarte nuestras vidas, nuestros trabajos de cada día, nuestras
esperanzas, nuestros dolores y sufrimientos de cada día. Te suplicamos
que, así como diste a María fuerza para permanecer junto a la
Cruz, nos confortes en la tribulación y por su maternal intercesión
nos concedas el gozo de la resurrección.
Así sea.
Unimos
en esta Santa Misa nuestra ferviente oración por nuestros hermanos
del Perú, que están sufriendo los embates y consecuencias dolorosas
del terremoto.
Digamos
juntos: "Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios,
no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades.
Antes bien, líbranos de todos los peligros, Oh Virgen gloriosa
y bendita. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios, para que seamos
dignos de alcanzar las divinas gracias y promesas de nuestro Señor
Jesucristo".
Amén. |
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