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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. José de Jesús Martínez Zepeda, Obispo de la Diócesis de Irapuato, en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

8 de octubre de 2007

Hermanas y hermanos todos en el Señor.

El peregrinar, el caminar ha querido ser un símbolo, también, de nuestro compromiso pastoral en la diócesis, que tiene a penas, un poco más de tres años y medio, y que a la luz del mandato del Señor hemos emprendido un camino de fe y esperanza. Puestas las fuerzas, no en nuestras capacidades o seguridad personal, ni de grupo, sino en la misericordia y en la Providencia Divina, de quien hemos recibido este mandato, de constituir una nueva porción del pueblo de Dios en esa cabecera de Irapuato, con los nueve municipios que la conforman, y esta mañana, en ese peregrinar hemos llegado hasta este bendito lugar a las plantas de la Virgen María, en donde Ella pidió un templo para manifestar su amor, su ternura, su misericordia y nosotros hemos venido para escuchar nuevamente estas dulces palabras y acogernos en su regazo, al mismo tiempo que renovamos nuestro compromiso y traemos ante sus plantas nuestros proyectos.

Este año nosotros queremos proclamar el proyecto de la diócesis; pero, para ubicarnos queremos, decir muy claramente, que queremos sumarnos a la corriente, al impulso que marca a toda la Iglesia en América Latina y que resumimos en este momento diciendo: “Nos comprometemos a trabajar con un renovado esfuerzo para cumplir nuestra misión de iglesia; en y desde Irapuato”.

Y en este compromiso, en este renovado esfuerzo se encuadra el plan de pastoral de la diócesis, que no quiere ser otra cosa, sino un compromiso común fruto de la inspiración del Espíritu Santo, bajo el impulso de los Santos y de la protección Virgen María para seguir a Cristo muy de cerca en sus pasos y cumplir con la misión que Él ha encomendado a la Iglesia: “Vayan por todo el mundo y anuncien el mensaje de la salvación, que yo les he anunciado” “Bauticen los que crean, se bauticen y cumplan esto se salvarán”

Bueno, pues, este es el mandato y nosotros tomando en cuenta; nuestras situaciones particulares, nuestros retos concretos, esos desafíos que hemos asumido y a los cuales queremos responder, los hemos plasmado brevemente en lo que llamamos; nuestro plan de pastoral.

Un trabajo en el que queremos que sea la guía de una evangelización orgánica que pueda tomar en cuenta y atender el mensaje de la salvación, al mismo tiempo que está en concordancia íntima con su celebración y con el testimonio que hemos de encontrar en el testimonio de la vida diaria.

Estos son los proyectos, pero no cabe duda que necesitamos abrir los oídos, el corazón y fortalecer la voluntad para escuchar realmente al Señor, por eso Él viene en nuestro auxilio, y esta mañana hemos leído un pasaje del profeta Jonás, una narración que tiene un fin pedagógico y mostrar teniendo delante de los ojos el ejemplo de otros, ¿cómo podemos ser pusilánimes ante las encomiendas del Señor? Algunos, dicen: que la palabra Jonás o Jonas, significaría algo así como pichón o como algunos dicen ahora gallina o pusilánime, alguien que ante un propósito se muestra temeroso y sacatón: ¡no quiere! ¡se resiste! y vemos que hace Jonás; el Señor le da una encomienda: “Levántate y ve Nínive la gran ciudad y predica en ella, que su maldad ha llegado hasta mí”, ¿y qué hace Jonás? En lugar de decir; sí Señor aquí estoy a tu disposición y entregarse generosamente a la misión trata de esconderse y huir. De hecho nos dice; que levantó Jonás para huir, pensando ingenuamente que puede esconderse a los ojos del Señor, y tomó una barca, queriendo irse lejos para que la voz Señor no lo alcanzará. Pero hasta ahí llegó la voz del Señor en forma de una violenta tormenta que amenazaba la embarcación, hasta que aquellos compañeros de viaje interpretaron que esto estaba fuera de lo ordinario: ¿aquí alguien tiene la culpa? Finalmente descubrieron que era aquel hombre que se resistía ante el Señor.

Bueno, no hemos llegado al final, pero sabemos que al fin Jonás se dejó convencer a medias y fue a predicar, pero después todavía con gran amargura, reclamándole al Señor, porque aquellos hombres de Nínive se habían convertido y habían recibido el perdón del Señor, que se había condolido de aquellos pecadores.

Bueno, pues, es el momento de confrontarnos con esta Palabra y de preguntar a la Diócesis de Irapuato, nosotros sus pastores, sus agentes de pastoral, sus consejos parroquiales, vicarías, secretariados, dimensiones; ¿Cuál es tu actitud? No vaya a ser que seamos Jonases, que seamos palomos, que seamos pusilánimes, coyones, que ante el mensaje claro, contundente del Señor: comprométanse con renovado esfuerzo a evangelizar en la Diócesis de Irapuato, queramos a encontrar huidas y lejanías del Señor, que pueden ser de muchas maneras, no un barca que se vaya por el mar, pero muchos pretextos, muchas maneras de escabuir el bulto y de no asumir esta responsabilidad de evangelizar.

Por eso también iluminados por las luces venidas de Aparecida, la reunión en donde los obispos representantes de América Latina se reunieron, vivamos una auténtica y profunda conversión pastoral.

Donde volvamos en verdad a poner cada cosa en su lugar y los principales motores de nuestra pastoral, no sea aquellos que nos traen reconocimiento, ventajas o recompensas materiales y económicas, sino en verdad aquellos que el Señor nos pide para anunciar: la salvación,  la conversión, el acercamiento y la misericordia del Señor.

Una conversión pastoral que signifique ir por el camino de la comunión, de la participación y la comunión de todos. Donde, también, los pastores estemos más dispuestos ha convertirnos a nuestros hermanos laicos, a estar cerca de ellos, escucharlos, atender sus voces, responder a sus necesidades y hacerlos participes de las marchas de las comunidades, donde ellos pasen y tengan un lugar, no sólo de tropa, sino también de oficiales, de dirección y decisión, una auténtica conversión pastoral. Y también, una auténtica conversión pastoral que nos ponga en la dimensión del testimonio.

Estamos en una época en la que queremos ver y escuchar la Palabra encarnada en obras, en personas, en acciones, y esas acciones tienen que estar en una dimensión de servicio, en esta dinámica de la fraternidad, en esta dinámica de la justicia.

Hay una pobreza que es opción de vida, el Señor en el Evangelio nos llama a vivir con esta actitud, no dejar que las riquezas emboten nuestro corazón y cieguen nuestros ojos, pero hay otra que son las circunstancias propias de la sociedad que se vuelven en opresión e impiden el desarrollo integral de las personas, y el Señor nos llama a ponernos en esta dinámica del Buen Samaritano de aquel que se pone a lado: ayuda, comparte, promueve y levanta.

Bueno, hermanas y hermanos todos en el Señor, he querido bosquejar muy brevemente el programa inmediato de nuestro trabajo pastoral, y como una motivación de este compromiso y de este caminar, pues, anhelamos poder dedicar la catedral.

La catedral que quiere ser un símbolo, un monumento de nuestra de vocación, que al ver este templo nosotros recordemos que hemos sido llamados a constituir una nueva iglesia local. Hemos sido enviados por el Señor a evangelizar con un renovado compromiso apostólico y misionero, esa es nuestra vocación y por eso no queremos tenerla: descuida, arrumbada, maloliente, derruida, fea, oscura, sucia, con bancas que se caen a pedazos, con confesionarios que se caen.

¿Qué quiere el obispo si ya tiene una catedral? Bueno tengo un templo, bastante descuidadito que quiere ser una digna catedral como signo de nuestra vocación y como signo de nuestra misión a la que no queremos huir, descuidar, sacarle el bulto, comportarnos como Jonás, como unos palomos, coyones, pollos, pusilánimes, sino decirle al Señor: sí, aquí estamos, mándanos y eso será un símbolo que nos recuerde y todos los otros acontecimientos al lado que vendrán a motivarnos, pero no perdamos de vista, porque luego pensamos decir: ¡Ah, el obispo quiere celebrar, cuando empezamos a hacerle mañanitas y fiestesitas! No por favor, eso ni lo mencionemos, ¿cuándo comenzamos?, ¿cuándo vamos a proclamar el plan de pastoral?, ¿cuándo lo vamos a conocer?, ¿cuándo vamos a descubrir nuestro lugar ahí, todos?, ¿cuándo nos vamos a organizar para comenzar con una intensa catequesis, kerigmatica? es decir: cuándo vamos a renovar el anuncio fundamental de la fe, que haga llegar el llamado del Señor, que toque los corazones, que nos conmueva, que nos lleve a las plantas de Cristo para llorar ahí; nuestra debilidad, nuestras miserias, nuestros pecados, y le pidamos que nos perdone, que manifieste sobre nosotros su misericordia, su gracia, su perdón y a partir de ahí la decisión firme de ser sus enviados, sus discípulos, sus apóstoles.

Pues, pidámosle a la Virgen María que quiere manifestar ante nosotros su bondad y su misericordia, que nos dé las luces y las fuerzas para cumplir estas tareas, que le encomendamos de manera particular esta mañana y le pedimos que interceda ante su Hijo para que nos lleguen las gracias y los dones que necesitamos a fin de ser audaces apóstoles, misioneros y testigos de Cristo Jesús.

Así sea.   

 
 
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