Hermanas y hermanos todos en el Señor.
El peregrinar, el caminar ha querido ser un símbolo, también,
de nuestro compromiso pastoral en la diócesis, que tiene a penas,
un poco más de tres años y medio, y que a la luz del mandato del
Señor hemos emprendido un camino de fe y esperanza. Puestas las
fuerzas, no en nuestras capacidades o seguridad personal, ni de
grupo, sino en la misericordia y en la Providencia Divina, de
quien hemos recibido este mandato, de constituir una nueva porción
del pueblo de Dios en esa cabecera de Irapuato, con los nueve
municipios que la conforman, y esta mañana, en ese peregrinar
hemos llegado hasta este bendito lugar a las plantas de la Virgen
María, en donde Ella pidió un templo para manifestar su amor,
su ternura, su misericordia y nosotros hemos venido para escuchar
nuevamente estas dulces palabras y acogernos en su regazo, al
mismo tiempo que renovamos nuestro compromiso y traemos ante sus
plantas nuestros proyectos.
Este año nosotros queremos proclamar el proyecto de la diócesis;
pero, para ubicarnos queremos, decir muy claramente, que queremos
sumarnos a la corriente, al impulso que marca a toda la Iglesia
en América Latina y que resumimos en este momento diciendo: “Nos
comprometemos a trabajar con un renovado esfuerzo para cumplir
nuestra misión de iglesia; en y desde Irapuato”.
Y en este compromiso, en este renovado esfuerzo se encuadra el
plan de pastoral de la diócesis, que no quiere ser otra cosa,
sino un compromiso común fruto de la inspiración del Espíritu
Santo, bajo el impulso de los Santos y de la protección Virgen
María para seguir a Cristo muy de cerca en sus pasos y cumplir
con la misión que Él ha encomendado a la Iglesia: “Vayan por
todo el mundo y anuncien el mensaje de la salvación, que yo les
he anunciado” “Bauticen los que crean, se bauticen y cumplan esto
se salvarán”
Bueno, pues, este es el mandato y nosotros tomando en cuenta;
nuestras situaciones particulares, nuestros retos concretos, esos
desafíos que hemos asumido y a los cuales queremos responder,
los hemos plasmado brevemente en lo que llamamos; nuestro plan
de pastoral.
Un trabajo en el que queremos que sea la guía de una evangelización
orgánica que pueda tomar en cuenta y atender el mensaje de la
salvación, al mismo tiempo que está en concordancia íntima con
su celebración y con el testimonio que hemos de encontrar en el
testimonio de la vida diaria.
Estos son los proyectos, pero no cabe duda que necesitamos
abrir los oídos, el corazón y fortalecer la voluntad para escuchar
realmente al Señor, por eso Él viene en nuestro auxilio, y esta
mañana hemos leído un pasaje del profeta Jonás, una narración
que tiene un fin pedagógico y mostrar teniendo delante de los
ojos el ejemplo de otros, ¿cómo podemos ser pusilánimes ante las
encomiendas del Señor? Algunos, dicen: que la palabra Jonás o
Jonas, significaría algo así como pichón o como algunos dicen
ahora gallina o pusilánime, alguien que ante un propósito se muestra
temeroso y sacatón: ¡no quiere! ¡se resiste! y vemos que hace
Jonás; el Señor le da una encomienda: “Levántate y ve Nínive
la gran ciudad y predica en ella, que su maldad ha llegado hasta
mí”, ¿y qué hace Jonás? En lugar de decir; sí Señor aquí estoy
a tu disposición y entregarse generosamente a la misión trata
de esconderse y huir. De hecho nos dice; que levantó Jonás para
huir, pensando ingenuamente que puede esconderse a los ojos del
Señor, y tomó una barca, queriendo irse lejos para que la voz
Señor no lo alcanzará. Pero hasta ahí llegó la voz del Señor en
forma de una violenta tormenta que amenazaba la embarcación, hasta
que aquellos compañeros de viaje interpretaron que esto estaba
fuera de lo ordinario: ¿aquí alguien tiene la culpa? Finalmente
descubrieron que era aquel hombre que se resistía ante el Señor.
Bueno, no hemos llegado al final, pero sabemos que al fin Jonás
se dejó convencer a medias y fue a predicar, pero después todavía
con gran amargura, reclamándole al Señor, porque aquellos hombres
de Nínive se habían convertido y habían recibido el perdón del
Señor, que se había condolido de aquellos pecadores.
Bueno, pues, es el momento de confrontarnos con esta Palabra
y de preguntar a la Diócesis de Irapuato, nosotros sus pastores,
sus agentes de pastoral, sus consejos parroquiales, vicarías,
secretariados, dimensiones; ¿Cuál es tu actitud? No vaya a ser
que seamos Jonases, que seamos palomos, que seamos pusilánimes,
coyones, que ante el mensaje claro, contundente del Señor: comprométanse
con renovado esfuerzo a evangelizar en la Diócesis de Irapuato,
queramos a encontrar huidas y lejanías del Señor, que pueden ser
de muchas maneras, no un barca que se vaya por el mar, pero muchos
pretextos, muchas maneras de escabuir el bulto y de no asumir
esta responsabilidad de evangelizar.
Por eso también iluminados por las luces venidas de Aparecida,
la reunión en donde los obispos representantes de América Latina
se reunieron, vivamos una auténtica y profunda conversión pastoral.
Donde volvamos en verdad a poner cada cosa en su lugar y los principales
motores de nuestra pastoral, no sea aquellos que nos traen reconocimiento,
ventajas o recompensas materiales y económicas, sino en verdad
aquellos que el Señor nos pide para anunciar: la salvación, la
conversión, el acercamiento y la misericordia del Señor.
Una conversión pastoral que signifique ir por el camino de
la comunión, de la participación y la comunión de todos. Donde,
también, los pastores estemos más dispuestos ha convertirnos a
nuestros hermanos laicos, a estar cerca de ellos, escucharlos,
atender sus voces, responder a sus necesidades y hacerlos participes
de las marchas de las comunidades, donde ellos pasen y tengan
un lugar, no sólo de tropa, sino también de oficiales, de dirección
y decisión, una auténtica conversión pastoral. Y también, una
auténtica conversión pastoral que nos ponga en la dimensión del
testimonio.
Estamos en una época en la que queremos ver y escuchar la Palabra
encarnada en obras, en personas, en acciones, y esas acciones
tienen que estar en una dimensión de servicio, en esta dinámica
de la fraternidad, en esta dinámica de la justicia.
Hay una pobreza que es opción de vida, el Señor en el Evangelio
nos llama a vivir con esta actitud, no dejar que las riquezas
emboten nuestro corazón y cieguen nuestros ojos, pero hay otra
que son las circunstancias propias de la sociedad que se vuelven
en opresión e impiden el desarrollo integral de las personas,
y el Señor nos llama a ponernos en esta dinámica del Buen Samaritano
de aquel que se pone a lado: ayuda, comparte, promueve y levanta.
Bueno, hermanas y hermanos todos en el Señor, he querido bosquejar
muy brevemente el programa inmediato de nuestro trabajo pastoral,
y como una motivación de este compromiso y de este caminar, pues,
anhelamos poder dedicar la catedral.
La catedral que quiere ser un símbolo, un monumento de nuestra
de vocación, que al ver este templo nosotros recordemos que hemos
sido llamados a constituir una nueva iglesia local. Hemos sido
enviados por el Señor a evangelizar con un renovado compromiso
apostólico y misionero, esa es nuestra vocación y por eso no queremos
tenerla: descuida, arrumbada, maloliente, derruida, fea, oscura,
sucia, con bancas que se caen a pedazos, con confesionarios que
se caen.
¿Qué quiere el obispo si ya tiene una catedral? Bueno tengo
un templo, bastante descuidadito que quiere ser una digna catedral
como signo de nuestra vocación y como signo de nuestra misión
a la que no queremos huir, descuidar, sacarle el bulto, comportarnos
como Jonás, como unos palomos, coyones, pollos, pusilánimes, sino
decirle al Señor: sí, aquí estamos, mándanos y eso será un símbolo
que nos recuerde y todos los otros acontecimientos al lado que
vendrán a motivarnos, pero no perdamos de vista, porque luego
pensamos decir: ¡Ah, el obispo quiere celebrar, cuando empezamos
a hacerle mañanitas y fiestesitas! No por favor, eso ni lo mencionemos,
¿cuándo comenzamos?, ¿cuándo vamos a proclamar el plan de pastoral?,
¿cuándo lo vamos a conocer?, ¿cuándo vamos a descubrir nuestro
lugar ahí, todos?, ¿cuándo nos vamos a organizar para comenzar
con una intensa catequesis, kerigmatica? es decir: cuándo vamos
a renovar el anuncio fundamental de la fe, que haga llegar el
llamado del Señor, que toque los corazones, que nos conmueva,
que nos lleve a las plantas de Cristo para llorar ahí; nuestra
debilidad, nuestras miserias, nuestros pecados, y le pidamos que
nos perdone, que manifieste sobre nosotros su misericordia, su
gracia, su perdón y a partir de ahí la decisión firme de ser sus
enviados, sus discípulos, sus apóstoles.
Pues, pidámosle a la Virgen María que quiere manifestar ante
nosotros su bondad y su misericordia, que nos dé las luces y las
fuerzas para cumplir estas tareas, que le encomendamos de manera
particular esta mañana y le pedimos que interceda ante su Hijo
para que nos lleguen las gracias y los dones que necesitamos a
fin de ser audaces apóstoles, misioneros y testigos de Cristo
Jesús.
Así sea. |
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