Muy queridos hijos y hermanos:
1.- Una vez más estamos en esta Basílica del Tepeyac, bendecida
por la maternal presencia de nuestra Madre Santísima de Guadalupe,
bajo su mirada amorosa de Señora, Madre y Reina nuestra; “Madre
del verdadero Dios por quien se vive”. Estamos aquí llegados de
nuestra Diócesis trayéndole el memorial de nuestras súplicas,
de nuestras oraciones, de nuestras necesidades; trayéndole también,
el saludo y las necesidades de quienes no han podido acompañamos
y se han encomendado a nuestras oraciones.
Venimos de nuestra Diócesis de Ciudad Juárez, tierra que nos
ha acogido, tierra adoptada por muchos mexicanos, centro de población
que abriga a hermanos de toda la República, tierra bendita, tierra
que ha llegado a ser para nosotros hogar, centro de trabajo, de
nuevas relaciones, de nuevas familias. Ciudad Juárez, nuestra
Diócesis, después de 50 años de existencia, sigue siendo tierra
de esperanza.
Pero también tierra que vive problemas específicos, difíciles.
Nuestra tierra es frontera, y lo es en todos los órdenes; la violencia,
la desintegración familiar, la presión disolvente a que se ven
sometidos nuestros jóvenes, son una constante. Tenemos problemas
y hoy, a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe, los depositamos
como una súplica. A Ella, Madre de todos nosotros, encomendamos
nuestra Diócesis, nuestros trabajos, nuestras familias, nuestras
necesidades, nuestras autoridades.
2.- Pero ahora, nuestra peregrinación tiene algo de especial.
Estamos a unas cuantas semanas de celebrar el 50° Aniversario,
nuestras Bodas de Oro, de nuestra vida como iglesia local, como
Diócesis. Y como bien sabemos, el Papa Pío XII puso bajo la especial
protección de nuestra Madre Santísima de Guadalupe la Diócesis
recién creada. Esto hace que nuestra presencia hoy, en este santo
lugar, sea una especial acción de gracias al Dios y Padre de quien
procede todo bien. 50 años durante los cuales nuestra Iglesia,
bajo la mirada amorosa de la Virgen y la acción del Espíritu Santo,
ha llevado adelante el trabajo que le ha sido encomendado: Anunciar
a todos el Evangelio de la vida. ¡Cuántas gracias ha concedido
Dios a nuestra Ciudad en estos 50 años! ¿Podríamos imaginarnos
Ciudad Juárez, su camino recorrido, su historia, su configuración,
sin el don de haber sido elevada a la dignidad de Diócesis? Dios
ha acompañado a nuestra Ciudad con especial amor, siempre, desde
su lejana fundación, pero con especial intensidad desde que fue
constituida como Iglesia local, bajo la guía de un pastor, sucesor
de los Apóstoles, con su presbiterio, sus laicos, en especial
los más comprometidos. ¡Cuánto trabajo realizado! ¡Cuánta semilla
sembrada!
De nuestro corazón brota un canto agradecido y también nosotros
cantamos nuestro Magnificat. En efecto, nosotros queremos proclamar
la grandeza del Señor, su amor, su misericordia; y su fidelidad;
queremos alegrarnos y festejar a Dios, nuestro Salvador, porque
ha querido hacer de nosotros una Iglesia local, una comunidad
destinada a hacer presente la doctrina del Señor. El es Santo
y poderoso, El es el Padre de la misericordia, una misericordia
que se prolonga de generación en generación y que llega a todos
los que le aman. Y queremos, inspirados en María, corresponder
a sus gracias.
3.- Para lograrlo, qué mejor que considerar la dimensión evangelizadora
del hecho guadalupano. Evangelizar es poner en contacto al evangelizado
con el poder sanador y liberador del Dios revelado por Jesucristo.
Es anunciar el Reino de la verdad y de la vida, de la paz y del
amor. En el hecho guadalupano María se revela como "nuestra
piadosa Madre". Tanto las palabras de María, como su actitud
y acciones en todo el relato del Nican Mopohua destacan lo que
se va a desarrollar en la acción evangelizadora de los misioneros.
María es la Madre del Evangelio viviente; Jesús ha venido a nosotros
por el ministerio maternal de María. Santa María de Guadalupe
se presenta entre nosotros, de la misma forma que en el evangelio,
como la mujer disponible al Espíritu, como la primera servidora
del evangelio, como la primera evangelizada y la primera evangelizadora.
Aquí, como en el evangelio, aparece anunciando a Cristo, asociada
a El en la historia de la salvación, y actuando en beneficio de
los hombres a los que lleva la liberación de su Hijo.
En efecto, en el relato de las apariciones nos dice: "Deseo
vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y
dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa pues yo soy vuestra
piadosa Madre, a ti, a todos vosotros juntos los moradores de
esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí
confíen; oír ahí sus lamentos, y remediar todas sus miserias,
penas y dolores". (n. 23-25) Nos encontramos, queridos hermanos
en este templo que ella quiso que le levantara nuestra fe; Ella
quiere mostrar y dar todo su amor, compasión, auxilio y defensa;
esto forma parte del objetivo de la evangelización guadalupana;
es el objetivo de toda verdadera evangelización. (cf. Lc. 4,16ss).
Son palabras y obras, dichos y hechos: "mostrar y dar".
Además, esta cercanía ante el pobre es total, pues la Virgen quiere
mostrar y dar todo su amor, compasión, auxilio y defensa. Esta
totalidad está expresada también en los cuatro términos usados.
Evangelizar en el marco guadalupano, es amar a los pobres, a los
desvalidos; sufrir junto con ellos (compasión); también es auxiliar
y defender a los oprimidos, la razón que da la Virgen para hacer
esto es la piedad: "porque soy vuestra piadosa Madre".
Y no podría ser de otro modo. Anunciar el evangelio es anunciar
la libertad de los hijos de Dios; acoger el evangelio, es quedar
Ubres de todos los poderes del mal que nos oprimen, que nos hacen
ser menos felices, menos plenos, menos humanos. En el Evangelio
Jesús otorga siempre a sus discípulos la potestad de expulsar
los demonios, de curar a los enfermos, de resucitar los muertos,
es decir, anunciar el evangelio es anunciar la libertad, y acogerlo,
es quedar libre, sobre todo de esa esclavitud de la que dimanan
todas las demás esclavitudes y que llamamos pecado. Nuestra respuesta
al hecho guadalupano debe ser también nuestro compromiso evangelizador.
Cada generación ha de leer el hecho guadalupano en su propia circunstancia.
Si me permiten un atrevimiento, les diré que María no vino a hacer
turismo a nuestra Patria, vino a anunciarnos y a mostrarnos a
su Hijo, vino a anunciar el evangelio. Y ese debe ser, igualmente,
nuestro compromiso.
4.- El Papa Benedicto XVI nos decía en el discurso de inauguración
de la Conferencia del CELAM en Aparecida, Brasil, refiriéndose
a nosotros los Obispos, pero que igualmente debemos' hacerlo extensivo
a todo el pueblo de Dios: "El, ministerio episcopal nos impele
al discernimiento de la voluntad salvífica, en la búsqueda de
una pastoral que eduque al pueblo de Dios para reconocer y acoger
los valores trascendentes a la fidelidad al Señor y al evangelio".
Es verdad que los tiempos de hoy son difíciles para la Iglesia
y que todos sus hijos viven atribulados. La vida social está atravesando
momentos de confusión desorientadora. Se ataca impunemente a la
santidad del matrimonio y de la familia, comenzando por hacer
concesiones delante de presiones capaces de incidir negativamente
en los procesos legislativos; se justifican algunos crímenes contra
la vida en nombre de los derechos de la libertad individual; se
atenta contra la dignidad del ser humano; se extiende la herida
del divorcio y las uniones libres.
Es necesario reflexionar, encaminar la actividad apostólica
como una verdadera misión dentro del rebaño que es nuestra Iglesia,
promoviendo una evangelización metódica y capilar en vistas a
una adhesión personal a Cristo.
5.- Celebrar 50 años de vida Diocesana en nuestra Ciudad Juárez,
aceptados como don y compromiso, como un regalo y una conquista
diaria, ha de ser la ocasión propicia para que renovemos nuestro
compromiso evangelizador; para que seamos en realidad una Iglesia
viva, capaz de hacer llegar el mensaje liberador del Evangelio,
al estilo de la evangelización guadalupana, a todos los ambientes,
a todos los hogares, a los centros de trabajo, al mundo obrero,
al mundo de la educación. Una evangelización metódica y capilar.
Se nos presenta una oportunidad providencial al celebrar este
aniversario de Oro precisamente cuando ha terminado la V Conferencia
Episcopal Latinoamericana realizada en Aparecida Brasil y que
fuera inaugurada por el Papa Benedicto XVI el pasado 13 de mayo
y en la que se ha tomado la determinación de que se realice una
gran Misión Continental.
Los obispos que nos han representado han aprovechado esta oportunidad
para invitar al pueblo de Latinoamérica y del Caribe a renovar
el fuego del Espíritu para experimentar un encuentro personal
con Jesucristo vivo y, como discípulos, seguirle con coherencia
y dinamismo. Se renovó el deseo de trabajar para que todos los
católicos profundicemos en nuestra identidad como discípulos y
misioneros de Jesucristo para que nuestra nuestro Continente en
Él tenga vida. Se ha asumido el compromiso de vivir en estado de Misión Permanente.
Nos han invitado, con el beneplácito y apoyo del Santo Padre,
a que todos nos unamos a este proyecto para vivirlo en nuestras
Diócesis y parroquias. Desde el final de la V Conferencia se ha
estado trabajando en algunas iniciativas para impulsar su difusión
y la puesta en Práctica en orden a la Misión Continental, que
buscará a los alejados de la Iglesia asumiendo el reto de evangelizar
con mayor profundidad a todos los bautizados.
Necesitamos fortalecer la convivencia pacífica en nuestro país,
porque cuando ésta se destruye se causan enormes sufrimientos
a todos, pero principalmente a los que menos tienen. Se aprecia
hoy la gravedad de los pecados sociales que claman al cielo, porque
generan violencia, rompen la paz y la armonía entre nuestras comunidades,
entre estos pecados tenemos que mencionar el narcotráfico, el
lavado de dinero ilícito, la corrupción, y el terror de la violencia
que acecha diversas poblaciones de nuestra querida República.
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