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Homilía
pronunciada por Mons. Renato Ascencio León, Obispo de la Diócesis de Ciudad Juárez, en la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

20 de julio de 2007

Muy queridos hijos y hermanos:

1.- Una vez más estamos en esta Basílica del Tepeyac, bendecida por la maternal presencia de nuestra Madre Santísima de Guadalupe, bajo su mirada amorosa de Señora, Madre y Reina nuestra; “Madre del verdadero Dios por quien se vive”. Estamos aquí llegados de nuestra Diócesis trayéndole el memorial de nuestras súplicas, de nuestras oraciones, de nuestras necesidades; trayéndole también, el saludo y las necesidades de quienes no han podido acompañamos y se han encomendado a nuestras oraciones.

Venimos de nuestra Diócesis de Ciudad Juárez, tierra que nos ha acogido, tierra adoptada por muchos mexicanos, centro de población que abriga a hermanos de toda la República, tierra bendita, tierra que ha llegado a ser para nosotros hogar, centro de trabajo, de nuevas relaciones, de nuevas familias. Ciudad Juárez, nuestra Diócesis, después de 50 años de existencia, sigue siendo tierra de esperanza.

Pero también tierra que vive problemas específicos, difíciles. Nuestra tierra es frontera, y lo es en todos los órdenes; la violencia, la desintegración familiar, la presión disolvente a que se ven sometidos nuestros jóvenes, son una constante. Tenemos problemas y hoy, a los pies de Nuestra Señora de Guadalupe, los depositamos como una súplica. A Ella, Madre de todos nosotros, encomendamos nuestra Diócesis, nuestros trabajos, nuestras familias, nuestras necesidades, nuestras autoridades.

2.- Pero ahora, nuestra peregrinación tiene algo de especial. Estamos a unas cuantas semanas de celebrar el 50° Aniversario, nuestras Bodas de Oro, de nuestra vida como iglesia local, como Diócesis. Y como bien sabemos, el Papa Pío XII puso bajo la especial protección de nuestra Madre Santísima de Guadalupe la Diócesis recién creada. Esto hace que nuestra presencia hoy, en este santo lugar, sea una especial acción de gracias al Dios y Padre de quien procede todo bien. 50 años durante los cuales nuestra Iglesia, bajo la mirada amorosa de la Virgen y la acción del Espíritu Santo, ha llevado adelante el trabajo que le ha sido encomendado: Anunciar a todos el Evangelio de la vida. ¡Cuántas gracias ha concedido Dios a nuestra Ciudad en estos 50 años! ¿Podríamos imaginarnos Ciudad Juárez, su camino recorrido, su historia, su configuración, sin el don de haber sido elevada a la dignidad de Diócesis? Dios ha acompañado a nuestra Ciudad con especial amor, siempre, desde su lejana fundación, pero con especial intensidad desde que fue constituida como Iglesia local, bajo la guía de un pastor, sucesor de los Apóstoles, con su presbiterio, sus laicos, en especial los más comprometidos. ¡Cuánto trabajo realizado! ¡Cuánta semilla sembrada!

De nuestro corazón brota un canto agradecido y también nosotros cantamos nuestro Magnificat. En efecto, nosotros queremos proclamar la grandeza del Señor, su amor, su misericordia; y su fidelidad; queremos alegrarnos y festejar a Dios, nuestro Salvador, porque ha querido hacer de nosotros una Iglesia local, una comunidad destinada a hacer presente la doctrina del Señor. El es Santo y poderoso, El es el Padre de la misericordia, una misericordia que se prolonga de generación en generación y que llega a todos los que le aman. Y queremos, inspirados en María, corresponder a sus gracias.

3.- Para lograrlo, qué mejor que considerar la dimensión evangelizadora del hecho guadalupano. Evangelizar es poner en contacto al evangelizado con el poder sanador y liberador del Dios revelado por Jesucristo. Es anunciar el Reino de la verdad y de la vida, de la paz y del amor. En el hecho guadalupano María se revela como "nuestra piadosa Madre". Tanto las palabras de María, como su actitud y acciones en todo el relato del Nican Mopohua destacan lo que se va a desarrollar en la acción evangelizadora de los misioneros. María es la Madre del Evangelio viviente; Jesús ha venido a nosotros por el ministerio maternal de María. Santa María de Guadalupe se presenta entre nosotros, de la misma forma que en el evangelio, como la mujer disponible al Espíritu, como la primera servidora del evangelio, como la primera evangelizada y la primera evangelizadora. Aquí, como en el evangelio, aparece anunciando a Cristo, asociada a El en la historia de la salvación, y actuando en beneficio de los hombres a los que lleva la liberación de su Hijo.

En efecto, en el relato de las apariciones nos dice: "Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa pues yo soy vuestra piadosa Madre, a ti, a todos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír ahí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores". (n. 23-25) Nos encontramos, queridos hermanos en este templo que ella quiso que le levantara nuestra fe; Ella quiere mostrar y dar todo su amor, compasión, auxilio y defensa; esto forma parte del objetivo de la evangelización guadalupana; es el objetivo de toda verdadera evangelización. (cf. Lc. 4,16ss). Son palabras y obras, dichos y hechos: "mostrar y dar". Además, esta cercanía ante el pobre es total, pues la Virgen quiere mostrar y dar todo su amor, compasión, auxilio y defensa. Esta totalidad está expresada también en los cuatro términos usados. Evangelizar en el marco guadalupano, es amar a los pobres, a los desvalidos; sufrir junto con ellos (compasión); también es auxiliar y defender a los oprimidos, la razón que da la Virgen para hacer esto es la piedad: "porque soy vuestra piadosa Madre".

Y no podría ser de otro modo. Anunciar el evangelio es anunciar la libertad de los hijos de Dios; acoger el evangelio, es quedar Ubres de todos los poderes del mal que nos oprimen, que nos hacen ser menos felices, menos plenos, menos humanos. En el Evangelio Jesús otorga siempre a sus discípulos la potestad de expulsar los demonios, de curar a los enfermos, de resucitar los muertos, es decir, anunciar el evangelio es anunciar la libertad, y acogerlo, es quedar libre, sobre todo de esa esclavitud de la que dimanan todas las demás esclavitudes y que llamamos pecado. Nuestra respuesta al hecho guadalupano debe ser también nuestro compromiso evangelizador. Cada generación ha de leer el hecho guadalupano en su propia circunstancia. Si me permiten un atrevimiento, les diré que María no vino a hacer turismo a nuestra Patria, vino a anunciarnos y a mostrarnos a su Hijo, vino a anunciar el evangelio. Y ese debe ser, igualmente, nuestro compromiso.

4.- El Papa Benedicto XVI nos decía en el discurso de inauguración de la Conferencia del CELAM en Aparecida, Brasil, refiriéndose a nosotros los Obispos, pero que igualmente debemos' hacerlo extensivo a todo el pueblo de Dios: "El, ministerio episcopal nos impele al discernimiento de la voluntad salvífica, en la búsqueda de una pastoral que eduque al pueblo de Dios para reconocer y acoger los valores trascendentes a la fidelidad al Señor y al evangelio".

Es verdad que los tiempos de hoy son difíciles para la Iglesia y que todos sus hijos viven atribulados. La vida social está atravesando momentos de confusión desorientadora. Se ataca impunemente a la santidad del matrimonio y de la familia, comenzando por hacer concesiones delante de presiones capaces de incidir negativamente en los procesos legislativos; se justifican algunos crímenes contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual; se atenta contra la dignidad del ser humano; se extiende la herida del divorcio y las uniones libres.

Es necesario reflexionar, encaminar la actividad apostólica como una verdadera misión dentro del rebaño que es nuestra Iglesia, promoviendo una evangelización metódica y capilar en vistas a una adhesión personal a Cristo.

5.- Celebrar 50 años de vida Diocesana en nuestra Ciudad Juárez, aceptados como don y compromiso, como un regalo y una conquista diaria, ha de ser la ocasión propicia para que renovemos nuestro compromiso evangelizador; para que seamos en realidad una Iglesia viva, capaz de hacer llegar el mensaje liberador del Evangelio, al estilo de la evangelización guadalupana, a todos los ambientes, a todos los hogares, a los centros de trabajo, al mundo obrero, al mundo de la educación. Una evangelización metódica y capilar.

Se nos presenta una oportunidad providencial al celebrar este aniversario de Oro precisamente cuando ha terminado la V Conferencia Episcopal Latinoamericana realizada en Aparecida Brasil y que fuera inaugurada por el Papa Benedicto XVI el pasado 13 de mayo y en la que se ha tomado la determinación de que se realice una gran Misión Continental.

Los obispos que nos han representado han aprovechado esta oportunidad para invitar al pueblo de Latinoamérica y del Caribe a renovar el fuego del Espíritu para experimentar un encuentro personal con Jesucristo vivo y, como discípulos, seguirle con coherencia y dinamismo. Se renovó el deseo de trabajar para que todos los católicos profundicemos en nuestra identidad como discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestra nuestro Continente en Él tenga vida. Se ha asumido el compromiso de vivir en estado de Misión Permanente. Nos han invitado, con el beneplácito y apoyo del Santo Padre, a que todos nos unamos a este proyecto para vivirlo en nuestras Diócesis y parroquias. Desde el final de la V Conferencia se ha estado trabajando en algunas iniciativas para impulsar su difusión y la puesta en Práctica en orden a la Misión Continental, que buscará a los alejados de la Iglesia asumiendo el reto de evangelizar con mayor profundidad a todos los bautizados.

Necesitamos fortalecer la convivencia pacífica en nuestro país, porque cuando ésta se destruye se causan enormes sufrimientos a todos, pero principalmente a los que menos tienen. Se aprecia hoy la gravedad de los pecados sociales que claman al cielo, porque generan violencia, rompen la paz y la armonía entre nuestras comunidades, entre estos pecados tenemos que mencionar el narcotráfico, el lavado de dinero ilícito, la corrupción, y el terror de la violencia que acecha diversas poblaciones de nuestra querida República.

Estos pecados manifiestan una profunda crisis debido a la pérdida del sentido de Dios y a la ausencia de los principios morales que deben regir la vida de todo hombre. Sin una referencia moral se cae en un afán ilimitado de riqueza y de poder, que ofusca toda visión evangélica de la realidad social (no. 56 de la Exhortación Apostólica Ecclesia in America del Santo Padre Juan Pablo ti).

Los obispos de México nos hacen un llamado para conservar hoy la alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas, como sucede por momentos en algunas regiones de nuestro país. Hagámoslo con un ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir. Guiados por María de Guadalupe, recobremos el valor y la audacia apostólicos para defender la dignidad y la vida de las mujeres y hombres de México desde la concepción, en todas sus etapas, y hasta la muerte natural, sin relativismos. Llenemos esa vida con la presencia de Cristo, centro de Nuestra fe, es a Él a quien hoy pedimos una vez más, "Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado" (Lc 24,29).

Aquí, en este bendito lugar, al momento que le damos gracias por los dones recibidos durante 50 años de vida diocesana, queremos expresar también nuestro compromiso de ser verdaderos evangelizadores, de ser para nuestra comunidad eclesial sal y luz; sal que preserve de la corrupción, luz que ilumine la vida.

Conclusión: Que la Virgen Santísima de Guadalupe guíe nuestros pasos, y haga de todos nosotros instrumentos dóciles, como lo fue Ella en las manos de Dios, para que podamos entregarnos completa y dócilmente a la evangelización unidos a toda América Latina y El Caribe en esta Misión Continental que ha sido proclamada en Aparecida.

Nuestra Diócesis nos necesita y nos impulsa para que la fortalezcamos en sus fracasos y en sus profundas caídas y nos convirtamos en mensajeros del evangelio.

Que Ella, nuestra Madre y Reina, nos ayude e inspire para que podamos dar la respuesta apropiada a su Hijo en nuestra Diócesis renovada por la alegría de esta celebración jubilar y abra nuestra esperanza para la nueva etapa que habremos de comenzar a partir de esta celebración. Así sea.

 
 
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