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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Sigifredo Noriega Barceló, Obispo de Ensenada, durante la misa presidida por S. E. Mons. Rafael Romo Muñoz,
Arzobispo de Tijuana en la peregrinación de la Arquidiócesis de Tijuana y las Diócesis de Mexicali, La Paz y Ensenada a la Basílica de Guadalupe.

19 de julio de 2007

Hermanos, hermanas, estamos en la Casa de Nuestra Madre porque hemos creído, nos juntamos a toda esa gran fila del pueblo de Dios que ha creído desde ese día que María creyó e Isabel le dijo dichosa tú que has creído saber podemos decir dichosos ustedes, dichosos nosotros que hemos creído.

Estamos en la Casa de Nuestra Madre, nos sentimos acogidos, confiados, amados, nos sentimos alegres llenos de la tierna amabilidad y de la compañía de Nuestra Madre.

Nos sentimos parte de esa larga fila del pueblo de Dios que se ha acercado a este lugar santo para agradecer y pedir, para llorar y esperar, para expresar su amor y seguir viviendo.

El Evangelio que hemos escuchado nos envuelve en el manto que significa la Visitación, la visita en la historia de nuestra salvación. Dios se hace presente, se encarna y se da a su pueblo y la visita de los que son de Dios, la Virgen María que se da para acompañar a todos los peregrinos de la vida a los que creemos en su hijo, a este pueblo aquí reunido o que deseó estar reunido en esta ocasión, que acepta y agradece todas las maravillas que Dios ha hecho en él y a través de él, a través de todos los pueblos.

En nuestra peregrinación a la casa de Nuestra Madre a esta casa que nos mandó construir. Aprendemos que su visita es para quedarse con nosotros, para peregrinar con nosotros, para acompañarnos en la vida.

Uno de los rasgos más característicos de la fe en Dios es saber acudir a quien pueda estar necesitando de nuestra presencia, ese es el primer gesto de María después de acoger con fe su misión de ser Madre del Salvador, saber acompañar a quien tiene necesidad, hacerse prójimo; como escuchamos el domingo pasado.

Creo que esta ha sido nuestra experiencia como pueblo de Dios peregrino y hacedor de la historia de nuestro México. María nos da la lección de que hay una nueva forma de amar que debemos de recuperar en nuestros días y que consiste en acompañar a vivir a quien se encuentra hundido en la soledad bloqueado por la depresión, ¿no es acaso una de las enfermedades más comunes de nuestro tiempo?

Al que se siente atrapado por la enfermedad. La mayor parte de la gente que peregrina a este Santuario viene pidiendo salud, para el que acude y para los que se quedan en casa, para el marginado por la droga o sencillamente vacío de toda alegría y esperanza de vida.

Me da la impresión de que estamos pensando en nuestro tiempo, proyectando y consolidando una sociedad hecha solamente para los fuertes, para los agraciados, para los jóvenes, para los sanos, para los triunfadores, para aquellos que son capaces de gozar y de disfrutar de la vida.

Es tan difícil encontrar personas que se dediquen a visitar como María, como Jesús, a visitar los hermanos y hermanas que no tienen estas características que privilegian nuestra mentalidad moderna, así no es posible experimentar la alegría de contagiar y dar vida. Como lo hizo María en su visita a Isabel y a todos los necesitados de nuestra historia.

El que tiene la misma fe de María, la primera creyente en la encarnación se siente llamado a vivir de otra forma, hoy le queremos decir a Nuestra Madre: Madre ruega por nosotros para que seamos las personas que visitan; es decir, que se hacen presentes en la historia de cada día.

Hoy también aprendemos que su visita es para que nos pongamos en camino, como Ella presurosa y amable, humana y humanizadora, sensible a las necesidades que caminan con Ella, las Isabeles y los Zacarías, las Juanés y las Juanitas compañeros del viaje de la fe, hacedores de la historia y testigos de la esperanza de la salvación. No es fácil aceptar el mensaje evangélico de ponerse en camino y mucho menos presurosos y alegres como lo hizo María.

Son tantas las ocupaciones y los agobios que consideramos no tener tiempo no para nosotros mismos, mucho menos para las personas que nos acompañan en el viaje de nuestra vida y más para los que no entran en nuestros planes porque son de otras ideas o costumbres; yo creo que es la forma moderna de racismo.

Hoy nos ponemos es camino como Iglesia de Baja California, como esta nueva provincia como bien nos indicaba nuestro Arzobispo, Tijuana, Mexicali y la Paz ya tienen un buen trecho recorrido como iglesias locales, Ensenada apenas va para tres meses.

Como nueva provincia pastoral de Baja California vamos empezando nuestro caminar, ojalá que nuestro ponernos en camino sea como el de María, que tengamos la prisa de la caridad pastoral, la lucidez para saber mirar con los ojos de la fe, lo que más conviene en nuestro tiempo y la alegría que brota de la esperanza de que Dios sigue visitando a su pueblo y María Santísima también.

Que bueno que nuestros primeros misioneros tuvieron esta visión al encomendar todos los trabajos de evangelización a María Nuestra Madre bajo la invocación de Nuestra Señora de Loreto. Hoy hemos respondido a esta palabra con este hermoso Salmo que expresa que la salvación es para todos los pueblos y que la alabanza también es de todos los pueblos.

Hoy nos unimos a todos estos pueblos que alaban a Dios por María, por habernos dado a María, por habernos María acompañado y por acompañarnos en estos momentos que vivimos.

Celebramos pues nuestra salvación en la Casa de Nuestra Madre, toda Eucaristía que se celebra en cualquier rincón del mundo tiene el mismo valor: Es la Pascua del Hijo de Dios venido al mundo por el sí de María.


Hoy nuestra Eucaristía como pueblo de Dios que peregrina en Baja California y en otros lugares, en este lugar que nos evoca tantas esperanzas, lágrimas y luchas tiene un significado especial en este hoy de nuestra salvación y ese significado es el momento que cada uno de nosotros vivimos, pero también el momento sobre todo en Baja California Norte, el momento intensamente político que está viviendo.

Todo esto lo ponemos en manos de Nuestro Señor, lo ponemos en este pan, en este vino, lo ponemos en las manos de María para que Ella lo lleve a Jesús. Dichosos nosotros que hemos creído, gracias a que Ella creyó primero en la Encarnación.

 
 
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