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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por
Mons. José Andrés Corral Arredondo, Obispo de la Diócesis de Parral, en la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

19 de julio de 2007

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos, hermanas religiosas, hermanos todos. Una vez más como cada año venimos a postrarnos a los pies de Nuestra Madre, la Morenita del Tepeyac. Y con toda seguridad, también como cada año, venimos cargando en nuestras espaldas, en nuestros corazones alegrías, tristezas, dolores, sufrimientos personales y de nuestros familiares.

Una vez más también venimos cargados de peticiones para Nuestra Madre y hacemos bien, con quien más que con Ella podemos acudir a vaciar nuestro corazón para que Ella lo llene con su amor maternal. Pero en este año hermanos hay algo más, como les decía en la pequeña reflexión con la que los acompañé en el camino.

Hoy venimos aquí ante Nuestra Madre trayendo los frutos de 15 años de vida diocesana, los frutos para agradecerle a Ella que desde el primer momento estuvo a nuestro lado, a Ella a quien desde el primer momento de vida diocesana consagramos todo lo que somos, todo lo que tenemos, siendo también la titular de nuestra Catedral.

15 años hermanos en los que sin duda ninguna el Señor nos ha regalado tantas cosas buenas y en los que María Nuestra Madre, la Morenita del Tepeyac, contempla complacida con amor los esfuerzos de todos y cada uno de nuestros sacerdotes, diáconos, ministros, celebradores de la Palabra, ministros de la Eucaristía, padres de familia, maestros, religiosos, religiosas, niños, jóvenes, adultos, ancianos, indígenas, presos.

Por eso venimos a decirle: ¡Gracias Madre Mía! Gracias por caminar con nosotros, gracias por irnos ayudando paso a paso a pesar de nuestras miserias a construir esta iglesia diocesana, Iglesia de Cristo tu Hijo.

Pero Ella también, hermanos, ha estado presente en nuestros momentos difíciles, ha estado también presente en nuestras debilidades, ha estado también presente en nuestras miserias.
Cuántas veces como Madre amorosa nos habrá tendido la manos para levantarnos, para animarnos, para decirnos ánimo deja tus egoísmos, deja tus soberbias, deja tus miserias, conviértete, cambia, crece, camina.

Hoy, hermanos, venimos a que nos tome de las manos, a que nos estreche en su regazo para que junto con nosotros le digamos a su Hijo, le digamos al Padre: Derrama tu misericordia infinita sobre cada uno de nosotros, perdona nuestras fallas, perdona nuestros egoísmos, perdona todas nuestras miserias.

Hoy, hermanos, aquí en la Casa de Nuestra Madre, en nuestra casa, ponemos también junto a su corazón de Madre el futuro de nuestra iglesia diocesana. Queremos que alentados, animados por Ella, nuestra iglesia sea más iglesia misionera, más iglesia evangelizadora, una iglesia capaz por todos y cada uno de sus miembros en llevar hasta el último rincón con la palabra y con la vida el mensaje de amor, el mensaje de salvación, el mensaje liberador de Cristo Jesús nuestro hermano.

Hoy queremos decirle a la Morenita del Tepeyac que queremos que bajo su protección, queremos que nuestra iglesia sea una iglesia orante, más orante, que celebre con fe, con alegría, con entusiasmo el gran misterio de amor del Padre manifestado en el tiempo, en la entrega total de Cristo por nosotros.

Hoy venimos a decirle a Nuestra Madre que queremos que nuestra iglesia diocesana crezca en amor, que sea una iglesia comprometida con los que más sufren, con quienes más lloran, con quienes más en nuestra diócesis son humillados, pisoteados, oprimidos, queremos una iglesia diocesana más al servicio de los pobres y de los más pobres entre los pobres. María la gran discípula es, hermanos, y tiene que ser siempre nuestra maestra, nuestra catequista.

A sus pies ponemos de nuevo nuestra joven iglesia diocesana, a sus pies ponemos nuestro seminario donde poco a poco van formándose los ministros de su Hijo, a su pies ponemos todas nuestras familias, tan bombardeadas hoy, a quienes tratan de tambalear en sus principios básicos fundamentales.

Nuestras familias tampoco iglesias domesticas, queremos familias nuevas, renovadas, convertidas, que sean verdaderas escuelas de fe, de amor, que sean verdaderos santuarios donde se aprenda día con día a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Por eso las ponemos a los pies de la Madre.

Por último hermanos los invito a que contemplemos la ternura de los ojos, de la mirada, de esta preciosa mujer. Esa mirada que contempla con amor al indio san Juan Diego y en Él a todos y cada uno de nosotros. Esa mirada tierna de Santa María de Guadalupe es reflejo de la mirada tierna de su Hijo que abraza con amor a la pecadora y le dice: se te perdona mucho porque has amado mucho.

Esta mirada de Santa María de Guadalupe se refleja en aquel que contempla con amor a la adultera y le dice: nadie te ha condenado, tampoco yo, levántate y no peques más. Es reflejo de la mirada de aquel que contempla con dolor a la madre que llora la muerte de su hijo y le dice: mujer no llores. Es la mirada, la misma mirada con la que Jesús contempla aquel centurión y le dice: no llores, tu hija ha muerto, duerme, ten fe. Es la mirada, hermanos, de aquel que penetra el corazón del traidor y le dice con amor: ¿amigo con un beso entregar al Hijo del Hombre?

Es la mirada que pone a temblar a Pedro cuando cobardemente niega a su Maestro, pero es la mirada también que quema el corazón de Pedro, cuando le dice:¿Pedro me amas? si Señor tu lo sabes todo, tu sabes que te amo. Y por último, es la mirada del Hijo moribundo en la Cruz que contempla al discípulo amado y en él a cada uno de nosotros y contempla a su Madre: Hijo ahí tienes a tu Madre, Madre ahí tienes a tu Hijo.

No nos vayamos hermanos sin el resplandor de la mirada de esta nuestra madre, la gran misionera, la gran evangelizadora, la que en cada pedazo de su imagen nos entrega también un pedazo de su Hijo.

Santa María de Guadalupe, Reina de México, salva nuestra patria, conserva nuestra fe, bendice y protege cada uno de nuestros hogares.

Que así sea.

 
 
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