Muy queridos sacerdotes,
muy queridos hermanos y hermanas, todos venidos desde la Diócesis
de Ciudad Valles. Hemos venido para postrarnos a los pies de
nuestra Madre Santísima de Guadalupe. Como cada año nuestra
diócesis quiere presentarle a nuestra Madre Santísima ese homenaje
de fe, de amor, de devoción, presentarle nuestras peticiones,
cada uno trae en su corazón: alegrías, gozos, pero, también,
penas y esperanzas, porque todo lo que le presentamos a la Santísima
Virgen María (y Ella las toma en sus manos), todas estas peticiones,
ciertamente que las escucha y las atiende, porque somos sus
hijos, Ella misma nos lo dijo: “¿No estoy yo aquí que soy
tu Madre? ¿No estás en mi regazo y corres por mi cuenta? ¿No
soy yo vida y salud? ¿Necesitas alguna otra cosa?”.
Pues, hermanos y
hermanas, al presentarnos aquí ante esta bendita imagen de María,
que quiso dejarnos toda Ella vestida de sol, la luna bajo sus
pies, su manto lleno de estrellas. Así nosotros, queridos hermanos,
al venir aquí, al postrarnos ante Ella, también, queremos aprender
los hermosos ejemplos que Ella nos da, porque Ella es nuestra
Madre amorosa y para aprender estos ejemplos basta con ir a
lo que nos dice el Santo Evangelio de María.
No podemos comprender, entender, a María sin verla siempre unida
a Jesús y unida también a la Iglesia. Podemos nosotros descubrir
cuatro momentos en la vida de María, donde Ella está presente
junto a Jesús y también para dársenos como ejemplo y para manifestar
y extender su protección sobre toda la Iglesia, sobre todos
y cada uno de nosotros.
El primer momento
es el de la Encarnación. La Encarnación del Hijo de Dios en
el seno purísimo de la María. Cuando le fue anunciado por parte
del ángel este grandioso misterio, Ella dice: “He aquí la
esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra”, y ahí
tenemos ya una enseñanza magistral. María haciendo la voluntad
de Dios. Que es lo que también nosotros, hermanos, estamos llamados
a hacer en nuestra vida diaria, hacer la voluntad de Dios.
Tenemos así que preguntarnos, cada día: ¿Señor que quieres que
yo haga? y conociendo esta voluntad de Dios aceptarla, vivirla
en nuestro corazón y con esta aceptación ciertamente que María
tomó sobre sí, ese compromiso de llevar a Cristo durante nueve
meses y proclamó su alegría y su gozo y fue con su prima Isabel
a decirle: “Glorifica mi alma al Señor y mi espíritu se llena
de júbilo en Dios mí Salvador”.
Hermanos, las obras
de Dios que el Señor realice en nosotros, deben de producir
en nosotros ese deseo de alabarlo, de glorificarlo, también,
nosotros como Ella, decir: “Glorifica mi alma al Señor”,
por tantos y tantos beneficios que nos da, que nos concede
cada día. Y luego, también, en este mismo misterio está el nacimiento,
el nacimiento de Jesús y es María la primera que junto con su
esposo José adoran este misterio. Ahí en ese pequeño niño, ahí
está Dios, Dios omnipotente y ellos lo adoran y se postran ante
Él, porque María a dado a luz a Jesús, al Salvador del mundo
para todos los hombres, también para nosotros y debemos darle
gracias.
Hay un segundo momento
en la vida de María que el Evangelio nos presenta. En la vida
pública de Jesús, María está presente en las bodas de Cana,
y allí ve que falta el vino, y se interesa, va con Jesús: “No
tienen vino”. “Que nos va a ti y a mí, déjalos”, le dice
Jesús, pero María se adelanta y les dice: “Hagan lo que Él
les diga” y Jesús por la insistencia de María, su Madre,
digámoslo así; se ve obligado a realizar su primer milagro,
convirtió el agua en vino. Ciertamente que la presencia de Jesús
allí, la presencia de María nos están indicando el gran interés
que el Señor tiene por los matrimonios. Jesús quiere bendecir
los matrimonios, cada uno de los matrimonios. Esa agua convertida
en vino, es la gracia del Señor, que Dios derrama en abundancia
sobre los esposos cristianos. Y ahí tenemos un mensaje para
las familias, para todas las familias, para todos aquellos que
se preparan también para un matrimonio, Jesús quiere estar presente
en medio de ellos. Acordándonos de aquella promesa que hizo
donde dos o más están unidos en mi nombre, allí estoy yo en
medio de ellos, así Jesús quiere estar presente en cada matrimonio
cristiano.
Un tercer momento,
hermanos, el Calvario, ahí está también presente al pie
de la cruz llena de dolor, pero también llena de un inmenso
amor por toda la humanidad, porque Jesús está ofreciendo su
sacrificio por la redención de todos los hombres y María está
allí también con Él, de pie. Y allí escucha aquellas Palabras
de Cristo: “Mujer ahí tienes a tu hijo”, señalándole
a Juan el apóstol y luego se dirige a Juan y le dice: “Ahí
tienes a tu Madre” desde ese momento María Madre de Jesús,
Madre del Verdadero Dios, Jesucristo, se hace también madre
nuestra en ese momento de dolor. Aquí podríamos nosotros decir:
María más que nadie comprende el dolor del corazón humano, los
sufrimientos de la humanidad, los sufrimientos de tantos pueblos,
de tantas familias, de tantos corazones. Aquí es donde tenemos
que presentarle a María los dolores y sufrimientos de cada uno,
porque Ella los ha sentido en sí misma como Madre, unida a su
Hijo Jesucristo como Redentor. Por eso la cruz, hermanos, es
también la gran enseñanza de María, el amor y el dolor unidos
en el mismo corazón.
Encomendémosle a
María todos estos sufrimientos, también de nuestra diócesis,
también de todos esos hermanos nuestros que sufren que están
enfermemos, recordamos al padre Juan Narváez, al padre Alfredo,
al padre Francisco Villareal, a los padres, al padre Paco, tantos
también que sufren y de ustedes, hermanos y hermanas, cuantos
familiares, también, estarán enfermos pongámoslos en las manos
de la Santísima Virgen. Y luego todo ese sufrimiento que se
hizo presente en nuestra diócesis en las inundaciones, cuantos
hermanos nuestros que perdieron su casa, sus bienes, que sufrieron
en sus cosechas en sus siembras, es un sufrimiento. Pero, Ella,
María lo recibe para transformarlo en gracia, en alegría, en
solidaridad entre todos los hermanos.
Precisamente santa
María de Guadalupe fue aquella que escuchó la tristeza de Juan
Diego por su tío enfermo, Juan Bernardino, Ella, le dice, “No
te preocupes, tu tío ya está sano”, o sea que en la cruz
María une el dolor, sí, pero también el amor.
Y el cuarto momento
de la presencia de María con Jesús y con la Iglesia es en Pentecostés
en el Cenáculo, allí María está junto con todos los
apóstoles haciendo oración para pedir por los apóstoles que
van a iniciar la gran misión que Cristo les ha confiado: ir
por todo el mundo anunciando el Evangelio, llevar la Palabra
de Dios a todas partes, hasta los últimos rincones de la tierra.
Pentecostés, hermanos. Nuestra diócesis está viviendo este Pentecostés
porque tiene como tarea la nueva evangelización que el Santo
Padre nos ha indicado. La evangelización que tiene que llegar
hasta los últimos rincones de nuestra diócesis, en cada parroquia,
en cada comunidad, la Palabra de Jesús tiene que resonar.
Los apóstoles, los
sacerdotes, sí, pero también ustedes, familias, laicos, jóvenes,
apóstoles de Jesucristo, discípulos y misioneros, como hoy la
Iglesia en toda la América Latina. Y además recordamos el próximo
domingo, “Domingo Mundial de las Misiones”, que nos invita a
pedir al Señor por interseción de la Santísima Virgen María,
todas las misiones y los misioneros en el mundo, todavía son
millones de hombres y mujeres que no conocen al Verdadero Dios,
la Iglesia hace oración en esta jornada del próximo domingo.
La oración, los sacrificios, la ayuda económica y también la
disponibilidad personal para decir: “Señor, si me llamas aquí
estoy”, “Quiero ir a esos campos donde la mies es mucha y los
trabajadores son pocos, aquí estoy”.
Bueno, pues hermanos,
en estos cuatro momentos que corresponden a los cuatro misterios
del Rosario. Vayamos a María, encomendémonos a Ella. Y hoy especialmente
le encomendamos la programación de este año de nuestra diócesis
dentro de nuestro plan de pastoral, que Ella se digne bendecirlo
para que con su amor maternal lo llevemos a su plena realización
y que sea para bien de toda la diócesis, de todos nuestros hermanos.
Muchas gracias. |
|