"UNA FE ALEGRE EN MEDIO DE LA NOCHE"
"Tranquilícense y no teman. Soy yo" (Mateo 14, 26).
1. SALUDO
Venimos alegres desde la Sierra Tarahumara para postrarnos
a los pies de nuestra Madre de Guadalupe. Venimos a cantar,
aunque el dolor parezca ahogar la voz en el pecho. Estamos aquí
para agradecer el don de la vida, desde una realidad de muerte
temprana e injusta.
La fe y alegría de estas niñas rarámuris y de esta gente mestiza
no tiene sonidos falsos, pues brota de la certeza de que la
muerte no tiene la última palabra; de la certeza de que el Señor
está en medio del mar como Dueño absoluto. El gozo de nuestra gente es sereno y creyente. Nace de la certeza
de que el Dios de María es el Dios de la vida, contra los ídolos
de la muerte.
2. PREGUNTAS ANTE LA REALIDAD
Pero, ¿se puede creer y estar alegres, cuando en la Tarahumara
muchos niños siguen muriendo de desnutrición; cuando la vida
de los pobres se seca porque es directamente atacada y arrasada
en su cultura y en su tierra; cuando ni en los medios de comunicación
salen los hechos lamentables de la pobreza extrema y de violencia
en que vive nuestro pueblo?
¿Vale hablar de alegría, mientras que la indiferencia y la
prisa nos hacen pasar de largo ante los que mueren por falta
de justicia y amor; cuando a los pobres se les ve de arriba
abajo; cuando a los mismos turistas se les recomienda que mejor
no se detengan? ¿No seré ingenuo al invitar a la alegría, cuando
muchos agentes de pastoral ha saben qué hacer cuando sus niños
mueren por falta de medicinas; los jóvenes se drogan al ver
un futuro indigno; los hombres no ven esperanza por falta de
fuentes de trabajo; los indígenas emigran porque no tienen ya
campos para cultivar…?
¿Puede un obispo invitar a la alegría creyente, mientras mira
que sus sacerdotes son tan pocos para un campo tan vasto; sus
valientes religiosas viven en situaciones duras; su seminario
con apenas dos formadores; las sectas en plena ebullición; los
bosques prácticamente arrasados...? ¿Dónde está Jesús en medio de todo esto? ¿No se habrá quedado
en una oración alejada de la realidad de su pueblo? ¿No será,
acaso, un fantasma inventado por nosotros para escapar a la
dureza de estas realidades? ¿No se nos habrá esfumando en medio
de las crisis?
3. LA FE COMO ACTITUD
Es providencial que hoy resuene este Evangelio en la Liturgia
de la Iglesia. Ante la tempestad, los discípulos no veían ¡as
luces. No sabían ni de dónde venían ni a donde iban. El mismo
Pedro sintió miedo, y empezó a hundirse. De su interior brotó
un grito: "¡Sálvame, Señor!".
¿Quién no pasa crisis? La vida misma es una crisis que requiere
una actitud a tomar. Por eso, hermanos, el primer reto ante
la crisis es el ver. Ver la realidad, pero con actitud de fe:
tener fe ante los fracasos, ante la violencia, ante la enfermedad,
y ante la misma muerte.
La realidad sólo se mira cuando se tiene fe. Pero, ¿de qué fe se trata? En tiempo de Jesús, la fe que circulaba
se había reducido a leyes y ritos religiosos. No es que esto
sea malo, pero Jesús sabía que esta roca no iba a aguantar ante
las borrascas. Se dio cuenta que la vida de sus seguidores no
iba a ser fácil. Por eso les presenta la fe como roca.
Jesús, como Dueño de la vida, le tiende la mano a Pedro. Ahora
lo sostiene y le enseña. "Mira- le dice- no temas. Soy
yo". Así nos dice a nosotros hoy: "Cuando vengan
las tormentas, las calumnias, los celos, la falta de identidad,
la persecución, el hambre, el mismo martirio, las injusticias...;
fíate de mí. Aunque no veas más que sombras; aunque imagines
que soy fantasma; aunque sólo veas una pequeña hostia... Cuando
venga el dolor, la vejez, la angustia, los momentos enfermedad...;
fíate de mí. Yo estoy en medio de ustedes.
Jesús sabe que necesitamos esa fe madura. Ahora, en esta época
de cambios o, Como algunos dicen, en este "cambio de época",
donde se cuestionan los valores y se cae en relativismos; donde
las instituciones se debilitan y se vive en una crisis de valores;
es necesario estar cimentados en la roca firme de una fe alegre.
¿Quién es esa roca? Es Jesús.
4. ACTUAR
Hermanos todos presentes en esta Basílica:
- Creamos y estemos alegres, pues el Señor no permite que
nos hundamos. En medio de nuestros problemas y dudas, Él nos
acompaña y no nos deja solos. Él camina con nosotros, aunque
parezca que está lejano.
Pero hay que gritarle con toda el alma y pedirle que nos ayude
para no hundirnos. La oración es eso: un grito. Un grito que
siempre nos lleva a la orilla.
- Aunque muchos medios informativos difundan vientos contrarios
a la Iglesia. Aunque muchas sectas, y hasta muchos católicos
la ataquen, la Iglesia es la barca de Jesús, y no se podrá
hundir, pues es obra de Él. A pesar de nuestros errores, El
es la garantía de verdad. Aunque pase esto y lo otro, las
puertas del infierno no podrán destruir la obra de Dios.
5. MARÍA NOS ENSEÑA A CONFIAR
Ahora que estamos contemplando a María aquí en este lugar;
ella nos parece más cercana a nuestra condición terrena. No
son, por ahora, sus privilegios los que nos interesan. Nos interesa
que Ella es solidaria con nosotros en la fe. Ella, que es "dichosa
porque ha creído", nos invita a nosotros a ser dichosos
al creer. Ella afrontó los mismos problemas que afrontamos nosotros.
Por eso nos comprende muy bien.
Pidámosle una fe nueva: que pase, del mero cumplimiento de
leyes y tradiciones, a una fe más audaz y más personal. Una
fe más pura: que no se base en títulos hereditarios, sino en
la pura elección gratuita divina. Una fe más alegre: que nos ayude para que la realidad no nos
destroce, y que nos dé ojos nuevos para verla. Sabiendo, desde
luego, que la fe mira más al "para qué" y no tanto
al "por que. Es mejor decir: ¿qué puede salir de todo esto?
¿Qué puedo hacer para que esta realidad cambie? ¿Qué hacer para
que las vocaciones broten ahí donde el Señor las ha plantado?...
6. FINAL
La primera palabra que Dios dirige a María y a la humanidad
es: "Xaire". Es un piropo; una nueva noticia: "¡Hola
agraciada!". Así saluda Dios a María, y así nos saluda
a nosotros. Así nos saluda, también, María. Alégrate tú, hijo mío. No digas, como Juan Diego, que eres
cola o que nada vales. Tú vales mucho, y yo quiero hacerte mi
mensajero. El hombre quiere exaltarse, pero mi Hijo nos redimió
bajándose. Está siempre alegre. Que todo el mundo te conozca
por tu bondad. Que nada te angustie. ¿No estoy yo aquí que soy
tu Madre?
A ti, querido Enrique, se te va a conferir el ministerio del
Lectorado. Ojala que el tiempo que te queda de formación sea
un espacio que aproveches bien. Los fieles de Tarahumara esperan
tener pronto en ti a un sacerdote santo. Imita a María, quien ha escuchado la Palabra de Dios y la ha
custodiado. Escuchar la Palabra es la actitud primordial de
la fe. La fe no es en primera línea un acto de pensamiento personal,
ni una creación del entendimiento humano, sino la acogida del
pensamiento divino expresado concretamente bajo forma de palabra.
Creer es abrirse a esta palabra y recibir todo el pensamiento
que ella manifiesta. Déjate prender e iluminar por el pensamiento divino. Déjate
configurar con la Virgen, quien ha hablado poco y escuchado
mucho.
Lee y escucha diariamente la Palabra de Dios. Medítala para
que esa palabra sea asimilada en tu corazón hasta convertirte
tú mismo en aquello que meditas. Contempla y gusta esa Palabra
para que, brillando dentro, pueda salir con fuerza hacia fuera.
Pero, sobre todo, sé congruente con lo que meditas. Así, esa
Palabra, al proclamarla, tendrá su eficacia en los que te escuchan.
Para evitar la vana palabrería, toma como hábito tus espacios
diarios de oración personal. Ahí escucharás lo que el Señor
desea que anuncies. Esta lectura, meditación y contemplación,
te santificará y santificará a los fieles que te escuchen.