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Homilía
pronunciada por Mons. Rodrigo Aguilar,
en la peregrinación de la Diócesis de Tehuacán, Puebla, a la Basílica de Guadalupe.

04 de febrero de 2007

Hermanas y Hermanos todos:

Venimos llenos de fe, de gratitud y de gozo a encontrarnos con nuestra Madre Buena, la siempre Virgen María de Guadalupe, en su Casita del Tepeyac, para recibir su amor, compasión, auxilio y defensa.

Desde luego que encontrarnos con la Virgen María de Guadalupe, significa encontrarnos con su Hijo, Cristo Jesús, el centro de nuestra celebración eucarística.

La Palabra de Dios de este Domingo V del Tiempo Ordinario, nos presenta a tres personas que nos ayudan a profundizar en este encuentro con Jesús, y son: Isaías, Pablo y Simón Pedro.

Los tres contemplan diversas manifestaciones de la gloria de Dios, lo que les hace reconocer su propia indignidad y miseria; pero Dios los renueva y los envía a una misión importante.

Isaías vive en el siglo VIII antes de Cristo; estando en el templo de Jerusalén ve “al Señor, sentado sobre un trono muy alto y magnífico”, rodeado de serafines.

Ante esta visión, Isaías exclama: “¡Ay de mí!, estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros… porque he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos.” Pero Dios lo restaura, diciéndole: “Tu iniquidad ha sido quitada y tus pecados están perdonados.” A la pregunta que el Señor se hace de a quién enviar, Isaías responde con prontitud: “Aquí estoy, Señor, envíame.”

San Pablo, por su parte, se dirige a la comunidad de Corinto para subrayar el acontecimiento fundamental de la muerte y resurrección de Jesús. Pablo reconoce con humildad y franqueza cómo antes él mismo fue perseguidor de la Iglesia de Dios, por lo que se considera como un aborto, indigno de llamarse apóstol.

En un hermoso y maduro equilibrio humano y espiritual, reconoce su pecado, pero también la obra de Dios en él y a través de él; aunque se considera indigno de ser llamado apóstol, continúa: “Sin embargo, por la gracia de Dios, soy lo que soy, y su gracia no ha sido estéril en mí; al contrario, he trabajado más que todos ellos, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios, que está conmigo.”

En el Evangelio aparece Simón Pedro, originario de Cafarnaúm y pescador en el lago de Genesaret, quien ha tenido una noche infructuosa, nada han pescado. Junto con sus compañeros, está lavando las redes cuando se acerca Jesús, sube a su barca y se pone a enseñar a la multitud.

Al terminar, dice a Simón Pedro: “Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar”. Simón está cansado, tras una noche sin haber podido pescar nada; además, ya han lavado las redes; piensa que es un desatino intentar nuevamente; van a hacer el ridículo, mejor es irse a descansar; sin embargo, deja a un lado sus pensamientos y sentimientos, su experiencia de pescador, y hace caso a Jesús: “confiado en tu palabra, echaré las redes”. “Así lo hizo y cogieron tal cantidad de pescados, que las redes se rompían”. “Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: ¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!”.

Pero Jesús le replica: “No temas, desde ahora serás pescador de hombres”. Simón Pedro y sus compañeros “llevaron las barcas a tierra y, dejándolo todo” [barca, redes, pesca abundante], siguieron a Jesús.

A Isaías, san Pablo y Simón Pedro se suma Juan Diego con una experiencia semejante, en la contemplación de la gloria de Dios y en el reconocimiento de la propia indignidad.

Juan Diego contempla la gloria de Dios en la aparición de la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive. Juan Diego “se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol; el risco en que posaba su planta, flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas; y relumbraba la tierra como el arco iris”.

Haciendo caso a la Virgen, Juan Diego va a la casa del obispo de México para decirle el encargo de la Señora del cielo, de que en el lugar de la aparición se construya un templo. Como el obispo no le hace caso, Juan Diego regresa con la Señora del cielo y le comenta lo sucedido: “Comprendí perfectamente, en la manera como me respondió, que piensa que es quizás invención mía que tú quieres que aquí te hagan un templo y que acaso no es de orden tuya; por lo cual te ruego encarecidamente, Señora y Niña mía, que a alguno de los principales, conocido, respetado y estimado, le encargues que lleve tu mensaje, para que le crean; porque yo soy un hombrecillo, soy un cordel, soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente menuda, y tú, Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora, que me envías a un lugar por donde no ando y donde no paro. Perdóname que te cause gran pesadumbre y caiga en tu enojo, Señora y Dueña mía.”

La Virgen María de Guadalupe sólo le responde que, teniendo muchos servidores y mensajeros, “es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad”. A lo cual se dispone enteramente Juan Diego, como sabemos por el relato.

¿Qué nos dicen estos hechos? ¿Qué significan para nosotros? Muchos momentos, como la celebración de los sacramentos, la oración ante el sagrario, esta Eucaristía en la Basílica del Tepeyac, son ocasión favorable para contemplar la gloria de Dios, su santidad que nos invade y se manifiesta de diversas maneras.

No venimos nada más de paseo; sino como peregrinos al encuentro de nuestra Madre la Virgen María de Guadalupe y, con ella, al encuentro de Cristo Jesús.

Contemplemos las señales de la manifestación de Dios ¿Cuál es nuestra reacción? ¿la de Isaías, la de san Pablo, la de Simón Pedro, la de Juan Diego?

Es saludable ver con humildad y valentía nuestra indignidad, nuestro pecado; no merecemos las bendiciones de Dios; pero Él nos rescata, nos perdona, nos dice que no tengamos miedo, confía en nosotros, nos envía a una misión importante, para cumplirla no aisladamente, sino en comunión eclesial.

Recordemos cómo el Papa Juan Pablo II, de venerada memoria, nos repetía las palabras de Jesús al inicio de este milenio: “remen mar adentro”. Lancémonos y luego, aunque los juicios humanos sugieran algo muy diverso a lo que el Señor nos indica, confiemos en su palabra, echemos las redes. Seamos discípulos y misioneros íntegros, perseverantes y entusiastas de Cristo Jesús. Que esto se note en aspectos concretos de nuestra vida diaria:

  • Respetemos, acojamos y valoremos la vida humana del no nacido y también del ya nacido, no importa su edad, sexo, sus cualidades o limitaciones.
  • Mejoremos la comunicación y la unidad en nuestra familia.
  • En familia ayudemos a otras familias.
  • Haya más fuentes de trabajo, más trabajo honesto; seamos creativos y solidarios, para promover progreso en los lugares más marginados.
  • Haya espíritu de colaboración entre los empleados en los diversos trabajos, y que éstos sean justamente remunerados.
  • Haya menos afán por imponer la propia postura, por incrementar las propias ganancias; más disposición a escuchar, más anhelo por ganar todos.
  • Haya menos corrupción, delincuencia e inseguridad;
  • La educación promueva mejores ciudadanos y mejores creyentes, de modo que nuestra fe se manifieste en todos los aspectos de nuestra vida.
  • Reconociendo abiertamente nuestros pecados, busquemos la conversión, con la certeza de que Dios nos ama, nos perdona, nos envía.
  • Avancemos en la elaboración y ejecución del plan pastoral parroquial, en unidad decanal y hacia el plan diocesano.

María de Guadalupe, Madre Buena, cuando nos sintamos cansados y, tal vez, desesperados, repítenos las palabras que dijiste a Juan Diego: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás, por ventura, en mi regazo?”

También, Madre Buena, cuando hayamos recibido los beneficios de tu amor, compasión, auxilio y defensa, en las muchas rosas que depositas en el regazo de nuestra vida, que sepamos alegrarnos y compartir este gozo a los demás.

Madre Buena: ayúdanos a escuchar a Tu Hijo, a hacer lo que Él nos diga.

Cristo Jesús: Aunque a veces nos hayamos esforzado sin resultados satisfactorios y no veamos razonable lo que nos pides, queremos confiar en Ti. Cuando contemplemos, asombrados, las maravillas de tu poder en nuestra vida y en los que nos rodean, nos apasionemos contigo, el tesoro por el que vale la pena dejar todo lo demás, para seguirte y anunciarte con valentía y entusiasmo, que vives y reinas por los siglos de los siglos.  Amén.

 
 
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