Muy amados hermanos sacerdotes, amadísimas religiosas,
amadísimos fieles cristianos laicos.
Qué hermosa la palabra con que Mons. Luis Felipe nos recibía al
empezar esta Santa Misa.
Queremos experimentar hermanos el ser hijos de Dios, porque estamos
en la casa de la Madre del Hijo de Dios y en la casa de la Madre
de la Iglesia.
La Iglesia, hermanos, nosotros Iglesia Católica; celebramos este domingo,
la Solemnidad de la Ascensión de Jesús, que en esta forma
volviendo a Dios su Padre y nuestro Padre, al cielo completa,
podemos decir así, la Pascua, que es paso del Señor en medio de
nosotros, bajo del Padre, vivió entre nosotros una edad de hombre,
como verdadero hombre, sin dejar nunca de ser Dios, y vuelve al
Padre para completar así su Pascua.
Qué hermosa oportunidad tenemos, hermanos, para pedirle a Dios
nuestro Señor por intercesión de la Virgen María en este título
bendito de Nuestra Señora de Guadalupe, pedirle a Dios que nos
conceda a nosotros que peregrinamos en este mundo; la gracia de
poder vivir como hijos de Dios.
Que la presencia eficaz de Santa María, Madre del Verdaderísimo
Dios por quien se vive y Madre nuestra nos sostenga y nos acompañe
siempre. Por eso hemos llegado al Tepeyac para visitarla especialmente
este día.
Voy a invitarlos, hermanos, también a pensar que en Brasil ha
estado el Papa Benedicto XVI con los obispos representantes de
todos los obispos de América y nos dicen: “Con María
seamos Discípulos y Misioneros de Jesucristo para que nuestros
pueblos en Él, en Cristo tengan vida”, porque Él es, así lo
dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”Este domingo
amadísimos hermanos, la Diócesis de Tepic cumple una obligación
de cariño, de amor hacia la Virgen de Guadalupe en su Basílica
conforme ha sido la voluntad de México en estos últimos años.
Quiero invitar igualmente, no solamente a los peregrinos que han
llegado de la Diócesis de Tepic, sino todos ustedes nuestros hermanos,
a quienes hemos encontrado también con la misma disposición cariñosa
de hijos de Dios, invitarlos para que juntos demos a nuestro Padre
Dios esta adoración del día domingo, como nos ha pedido en una
forma muy especial el Papa Benedicto XVI y como lo había hecho
también el Papa Juan Pablo II, que en ocasiones lo encontramos
aquí en estos lugares de nuestra Basílica.
Queremos, amadísimos hermanos, estar unidos con la intensión del
Episcopado de toda América Latina, por eso el lema de nuestra
peregrinación diocesana de Tepic a esta Basílica coincide con
la intensión Eclesial y Misionera de la V Conferencia del Episcopado
de América, este año 2007: “Con María seamos Discípulos
y Misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en
Él, tengan vida”. Estamos todavía, amadísimos hermanos, en
el tiempo de la Pascua de Resurrección de Jesús, nuestro Salvador
y cuando buscamos a la Virgen María, Ella siempre nos dirige hacía
su Hijo Jesús como Madre Amorosa y como Madre de la Iglesia y
viviendo así como hijos de Dios deberíamos aprender a ser santos,
porque somos hijos de Dios. Alabando a María, hermanos, alabamos
a Dios en esta Pascua.
Hoy con la Virgen, nuestra Señora y nuestra Madre, queremos celebrar
la Solemnidad de la Ascensión del Señor, de su regreso
al Padre Celestial, para enviarnos al Espíritu consolador, al
Espíritu de verdad, al Espíritu de fortaleza que ilustre a nuestros
obispos y que nos ilumine a quienes deseamos cumplir, también
cada uno de nosotros en nuestros lugares, cumplir la voluntad
de Dios.
Estamos viviendo el tiempo pascual y buscamos que el Espíritu
de la Pascua de Jesús Resucitado; sea también nuestro espíritu
para que inspire nuestra vida cristiana, como lo expresa con frecuencia
la liturgia de este tiempo. Uno de estos días de la Pascua la
oración de la Iglesia, nuestra Iglesia, decía: Concédenos Señor
ajustar nuestra vida al misterio de la Pascua que celebramos llenos
de gozo, a fin que alejados deberás del pecado y buscándote en
todo a ti el poder de Cristo Resucitado nos proteja y nos salve.
Por esto, amadísimos hermanos, nuestro canto de Aleluya que cantamos
en la Pascua, les pido que no sea solamente un canto que salga
de nuestros labios o de nuestra garganta, sino que salga del corazón,
de nuestra vida, de nuestro pensamiento, de nuestra conducta diaria;
como decía san Agustín hace muchos años a sus cristianos: “Dios
escucha nuestro pensamiento, como nosotros podemos escuchar el
llanto de un niño”, entonces démosle nuestro pensamiento,
¿y cómo podremos, hermanos celebrar y gozar esta visita de
peregrinos en esta Basílica del Tepeyac con nuestra Virgen de
Guadalupe? como lo estamos haciendo, celebrando la Santa Misa
Dominical, no tenemos nada mejor y más agradable a Dios que celebrar
la Santa Eucaristía.
Este sacramento, hermanos, el más importante, es sin género de
duda el sacramento, que estamos celebrando de la Eucaristía, porque
la Eucaristía nos ha dado lo que dijo y lo que hizo Jesús. Nuestra
Eucaristía es Jesús mismo, que se hace presente y por eso, amadísimos
hermanos, les pido que lo hagamos presente hoy en nuestra fiesta
de la Ascensión, porque Él es al que honramos y servimos cuando
nos acercamos a la Virgen Madre de Dios por quien se vive y Ella
quiere recibirnos, para llevarnos como de la mano hasta la presencia
de su Hijo Jesús en nuestra fiesta, hoy, es un momento que nos
une a María como nuestra Santa Madre María de Guadalupe, la Virgencita
del Tepeyac, digámoselo así en diminutivo, nuestra Virgencita
y le pedimos a Ella este año que nos enseñe a ser hijos de Dios,
y que sigamos el ejemplo fiel de san Juan Diego, porque él vivió
cariñosamente unido a Ella como hijo de Dios.
Hoy amadísimos hermanos, todos los peregrinos del Tepeyac debemos
y podemos hacerlo expresar con toda la fuerza de nuestra fe y
decirle a María: Santa María Madre de Dios ruega por nosotros.
Debemos decirlo con toda conciencia, esa es la palabra de la fe,
palabra bendita que nos habla del regalo más precioso que Dios
quiso hacerle a María, ser la Santa Madre de Dios, por eso le
repetimos muchas veces de corazón: Santa María Madre de Dios,
ruega por nosotros.
Qué hermosa realidad, amadísimos hermanos, fue la presencia de
María en aquella comunidad naciente hace cerca de dos mil años,
cuando empezaba la Iglesia, cuando estaban los discípulos esperando
la venida del Espíritu Santo.
Hoy acabamos de escuchar la lectura del Evangelio y la lectura
del libro de los Hechos, como les dijo el Señor a sus apóstoles
antes de elevarse: “Permanezcan unidos hasta que venga de lo
alto el Espíritu de verdad, la fuerza de lo alto”.
Que hermosa realidad la presencia de María, en esos momentos,
el libro de los Hechos dice, hermanos que: “María, la Madre
de Jesús perseveraba con ellos en la oración”, y hoy podemos,
decir también, en forma semejante acudimos a Ella, la Madre del
Señor para que nos acoja, nos sostenga y como Madre de la Iglesia
sea igualmente para nosotros Maestra para aprender de Ella, como
nos están pidiendo nuestros obispos en América; nos enseña a ser
discípulos y misioneros de Jesús Resucitado. Ella, hermanos, siendo
Madre de Jesús fue la mejor discípula del Señor y Ella la misionera
por excelencia en la Iglesia, nos hará que podamos llegar a ser
discípulos y misioneros de su Hijo, como nos lo están pidiendo
nuestros obispos de América en su V Conferencia que están realizando
en la ciudad de la Aparecida en Brasil.
Jesús les dijo a sus apóstoles: “ustedes serán mis testigos”,
y también nosotros somos invitados, somos llamados, somos enviados
para ser testigos de que Jesús es el Hijo de Dios y nuestro Salvador.
Al comenzar esta V Asamblea del Episcopado, el Papa Benedicto
XVI decía, a nuestros obispos en su discurso inicial: esta
V Conferencia va a reflexionar sobre esta situación religiosa
y cultural de nuestros pueblos para ayudar a los fieles cristianos
a vivir su fe con alegría y con coherencia, a tomar conciencia
de que somos discípulos y misioneros de Cristo, enviados por Él
al mundo para anunciar y dar testimonio de nuestra fe y de nuestro
amor.
Este discurso inaugural del Papa, hermanos siempre ha sido y lo
fue también ahora en la V Conferencia, como un programa para nuestros
obispos, él enfatizó como debemos reforzar la catequesis en todos
los niveles siempre inspirada y basada en la Palabra de Dios,
y él ese mismo día, nos lo dijo Monseñor al recibirnos hoy, enfatizó
con especial cuidado el Sacramento de la Eucaristía y la importancia
de celebrar la Santa Misa los domingos.
Siempre, hermanos, la renovación que se anuncia debe ser en relación
a Cristo, porque cuando se hacen estas reuniones sin Cristo, estos
intentos de renovación sin Cristo fácilmente se deterioran, por
eso hermanos, esta conferencia actual que están realizando los
obispos, marca una importancia grande en la pastoral social de
nuestra Iglesia Católica.
Amadísimos hermanos, vamos a pedirle a María, Nuestra Madre, como
lo decimos todos los días al rezar el Ave María: Santa María
Madre de Dios, ruega Señora por nosotros los pecadores ahora y
en la hora de nuestra muerte. Todo, amadísimos hermanos, todo
nos lleva para decirle a Dios: gracias Padre por la presencia
de Jesús y por el acompañamiento de tu Iglesia en la formación
de discípulos y misioneros de Cristo.
Gracias Padre por regalarnos en tu Hijo Jesús, regalarnos todo
tu amor, porque Él es el camino, la verdad y la vida. Le vamos
a decir también a María: gracias Santa María de Guadalupe, Madre
de Dios y Madre de la Iglesia, eres la mejor discípula de tu propio
Hijo, eres nuestra Maestra para hacernos conocer a tu Hijo, y
hacernos que podamos llegar hacer discípulos y misioneros de Él.
Amén. |
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