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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Alfonso Humberto Robles Cota,
Obispo de la Diócesis de Tepic, en la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.

20 de mayo de 2007

Muy amados hermanos sacerdotes, amadísimas religiosas, amadísimos fieles cristianos laicos.

Qué hermosa la palabra con que Mons. Luis Felipe nos recibía al empezar esta Santa Misa.

Queremos experimentar hermanos el ser hijos de Dios, porque estamos en la casa de la Madre del Hijo de Dios y en la casa de la Madre de la Iglesia.


La Iglesia
, hermanos, nosotros Iglesia Católica; celebramos este domingo, la Solemnidad de la Ascensión de Jesús, que en esta forma volviendo a Dios su Padre y nuestro Padre, al cielo completa, podemos decir así, la Pascua, que es paso del Señor en medio de nosotros, bajo del Padre, vivió entre nosotros una edad de hombre, como verdadero hombre, sin dejar nunca de ser Dios, y vuelve al Padre para completar así su Pascua.

Qué hermosa oportunidad tenemos, hermanos, para pedirle a Dios nuestro Señor por intercesión de la Virgen María en este título bendito de Nuestra Señora de Guadalupe, pedirle a Dios que nos conceda a nosotros que peregrinamos en este mundo; la gracia de poder vivir como hijos de Dios.

Que la presencia eficaz de Santa María, Madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive y Madre nuestra nos sostenga y nos acompañe siempre. Por eso hemos llegado al Tepeyac para visitarla especialmente este día.

Voy a invitarlos, hermanos, también a pensar que en Brasil ha estado el Papa Benedicto XVI con los obispos representantes de todos los obispos de América y nos dicen: “Con María seamos Discípulos y Misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él, en Cristo tengan vida”, porque Él es, así lo dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”Este domingo amadísimos hermanos, la Diócesis de Tepic cumple una obligación de cariño, de amor hacia la Virgen de Guadalupe en su Basílica conforme ha sido la voluntad de México en estos últimos años.

Quiero invitar igualmente, no solamente a los peregrinos que han llegado de la Diócesis de Tepic, sino todos ustedes nuestros hermanos, a quienes hemos encontrado también con la misma disposición cariñosa de hijos de Dios, invitarlos para que juntos demos a nuestro Padre Dios esta adoración del día domingo, como nos ha pedido en una forma muy especial el Papa Benedicto XVI y como lo había hecho también el Papa Juan Pablo II, que en ocasiones lo encontramos aquí en estos lugares de nuestra Basílica.

Queremos, amadísimos hermanos, estar unidos con la intensión del Episcopado de toda América Latina, por eso el lema de nuestra peregrinación diocesana de Tepic a esta Basílica coincide con la intensión Eclesial y Misionera de la V Conferencia del Episcopado de América, este año 2007: “Con María seamos Discípulos y Misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él, tengan vida”. Estamos todavía, amadísimos hermanos, en el tiempo de la Pascua de Resurrección de Jesús, nuestro Salvador y cuando buscamos a la Virgen María, Ella siempre nos dirige hacía su Hijo Jesús como Madre Amorosa y como Madre de la Iglesia y viviendo así como hijos de Dios deberíamos aprender a ser santos, porque somos hijos de Dios.  Alabando a María, hermanos, alabamos a Dios en esta Pascua.

Hoy con la Virgen, nuestra Señora y nuestra Madre, queremos celebrar la Solemnidad de la Ascensión del Señor, de su regreso al Padre Celestial, para enviarnos al Espíritu consolador, al Espíritu de verdad, al Espíritu de fortaleza que ilustre a nuestros obispos y que nos ilumine a quienes deseamos cumplir, también cada uno de nosotros en nuestros lugares, cumplir la voluntad de Dios.

Estamos viviendo el tiempo pascual y buscamos que el Espíritu de la Pascua de Jesús Resucitado; sea también nuestro espíritu para que inspire nuestra vida cristiana, como lo expresa con frecuencia la liturgia de este tiempo. Uno de estos días de la Pascua la oración de la Iglesia, nuestra Iglesia, decía: Concédenos Señor ajustar nuestra vida al misterio de la Pascua que celebramos llenos de gozo, a fin que alejados deberás del pecado y buscándote en todo a ti el poder de Cristo Resucitado nos proteja y nos salve.

Por esto, amadísimos hermanos, nuestro canto de Aleluya que cantamos en la Pascua, les pido que no sea solamente un canto que salga de nuestros labios o de nuestra garganta, sino que salga del corazón, de nuestra vida, de nuestro pensamiento, de nuestra conducta diaria; como decía san Agustín hace muchos años a sus cristianos: “Dios escucha nuestro pensamiento, como nosotros podemos escuchar el llanto de un niño”, entonces démosle nuestro pensamiento, ¿y cómo podremos, hermanos celebrar y gozar esta visita de peregrinos en esta Basílica del Tepeyac con nuestra Virgen de Guadalupe? como lo estamos haciendo, celebrando la Santa Misa Dominical, no tenemos nada mejor y más agradable a Dios que celebrar la Santa Eucaristía.

Este sacramento, hermanos, el más importante, es sin género de duda el sacramento, que estamos celebrando de la Eucaristía, porque la Eucaristía nos ha dado lo que dijo y lo que hizo Jesús. Nuestra Eucaristía es Jesús mismo, que se hace presente y por eso, amadísimos hermanos, les pido que lo hagamos presente hoy en nuestra fiesta de la Ascensión, porque Él es al que honramos y servimos cuando nos acercamos a la Virgen Madre de Dios por quien se vive y Ella quiere recibirnos, para llevarnos como de la mano hasta la presencia de su Hijo Jesús en nuestra fiesta, hoy, es un momento que nos une a María como nuestra Santa Madre María de Guadalupe, la Virgencita del Tepeyac, digámoselo así en diminutivo, nuestra Virgencita y le pedimos a Ella este año que nos enseñe a ser hijos de Dios, y que sigamos el ejemplo fiel de san Juan Diego, porque él vivió cariñosamente unido a Ella como hijo de Dios.

Hoy amadísimos hermanos, todos los peregrinos del Tepeyac debemos y podemos hacerlo expresar con toda la fuerza de nuestra fe y decirle a María: Santa María Madre de Dios ruega por nosotros.

Debemos decirlo con toda conciencia, esa es la palabra de la fe, palabra bendita que nos habla del regalo más precioso que Dios quiso hacerle a María, ser la Santa Madre de Dios, por eso le repetimos muchas veces de corazón: Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros.

Qué hermosa realidad, amadísimos hermanos, fue la presencia de María en aquella comunidad naciente hace cerca de dos mil años, cuando empezaba la Iglesia, cuando estaban los discípulos esperando la venida del Espíritu Santo.

Hoy acabamos de escuchar la lectura del Evangelio y la lectura del libro de los Hechos, como les dijo el Señor a sus apóstoles antes de elevarse: “Permanezcan unidos hasta que venga de lo alto el Espíritu de verdad, la fuerza de lo alto”.

Que hermosa realidad la presencia de María, en esos momentos, el libro de los Hechos dice, hermanos que: “María, la Madre de Jesús perseveraba con ellos en la oración”, y hoy podemos, decir también, en forma semejante acudimos a Ella, la Madre del Señor para que nos acoja, nos sostenga y como Madre de la Iglesia sea igualmente para nosotros Maestra para aprender de Ella, como nos están pidiendo nuestros obispos en América; nos enseña a ser discípulos y misioneros de Jesús Resucitado. Ella, hermanos, siendo Madre de Jesús fue la mejor discípula del Señor y Ella la misionera por excelencia en la Iglesia, nos hará que podamos llegar a ser discípulos y misioneros de su Hijo, como nos lo están pidiendo nuestros obispos de América en su V Conferencia que están realizando en la ciudad de la Aparecida en Brasil.

Jesús les dijo a sus apóstoles: “ustedes serán mis testigos”, y también nosotros somos invitados, somos llamados, somos enviados para ser testigos de que Jesús es el Hijo de Dios y nuestro Salvador. Al comenzar esta V Asamblea del Episcopado, el Papa Benedicto XVI decía, a nuestros obispos en su discurso inicial: esta V Conferencia va a reflexionar sobre esta situación religiosa y cultural de nuestros pueblos para ayudar a los fieles cristianos a vivir su fe con alegría y con coherencia, a tomar conciencia de que somos discípulos y misioneros de Cristo, enviados por Él al mundo para anunciar y dar testimonio de nuestra fe y de nuestro amor.

Este discurso inaugural del Papa, hermanos siempre ha sido y lo fue también ahora en la V Conferencia, como un programa para nuestros obispos, él enfatizó como debemos reforzar la catequesis en todos los niveles siempre inspirada y basada en la Palabra de Dios, y él ese mismo día, nos lo dijo Monseñor al recibirnos hoy, enfatizó con especial cuidado el Sacramento de la Eucaristía y la importancia de celebrar la Santa Misa los domingos.

Siempre, hermanos, la renovación que se anuncia debe ser en relación a Cristo, porque cuando se hacen estas reuniones sin Cristo, estos intentos de renovación sin Cristo fácilmente se deterioran, por eso hermanos, esta conferencia actual que están realizando los obispos, marca una importancia grande en la pastoral social de nuestra Iglesia Católica.

Amadísimos hermanos, vamos a pedirle a María, Nuestra Madre, como lo decimos todos los días al rezar el Ave María: Santa María Madre de Dios, ruega Señora por nosotros los pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Todo, amadísimos hermanos, todo nos lleva para decirle a Dios: gracias Padre por la presencia de Jesús y por el acompañamiento de tu Iglesia en la formación de discípulos y misioneros de Cristo.

Gracias Padre por regalarnos en tu Hijo Jesús, regalarnos todo tu amor, porque Él es el camino, la verdad y la vida. Le vamos a decir también a María: gracias Santa María de Guadalupe, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, eres la mejor discípula de tu propio Hijo, eres nuestra Maestra para hacernos conocer a tu Hijo, y hacernos que podamos llegar hacer discípulos y misioneros de Él.


Amén.
 
 
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