Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons.
Luis Hernández Pérez, administrador diocesano de la Diócesis
de Tlaxcala, en ocasión de la peregrinación de la diócesis
a la Basílica de Guadalupe.
12 de noviembre de 2007
La
Diócesis de Tlaxcala viene
suplicante a las plantas de la Madre del verdadero Dios por quien
se vive a dar gracias por los cuarenta y ocho años de nueva diócesis
o de renovación como Diócesis de Tlaxcala. Ayer se cumplieron cuarenta
y ocho años de la toma de posesión del señor Munive de feliz en la Catedral que fue entonces San José Tlaxcala. Pero,
también, en este día se celebró su ordenación episcopal, allá en el
atrio de la Basílica de nuestra Señora de Ocotlán. Nació precisamente
la diócesis a las plantas de la Santísima Virgen María bajo la advocación
de Ocotlán.
Y hemos venido caminando, primero con el señor Munive, posteriormente
con el señor Jacinto, que nos acompañó durante quince años y que el
Señor lo mandó llamar a la casa del Padre y que el 27 de diciembre
entró al gozo del Señor y pedimos por el eterno descanso de ellos
para que Dios les recompense su trabajo pastoral.
Pero la diócesis sigue caminando y por eso hoy el presbiterio,
los religiosos, las religiosas, los fieles cristianos venimos reverentes
a postrarnos ante la imagen de la Santísima Virgen de Guadalupe. Y
precisamente estamos en el lugar en que María se encontró con aquel
humilde cristiano Juan Diego que venía de su tierra a Tlatelolco a
celebrar los oficios divinos y a recibir la enseñanza de la doctrina
cristiana y como oyó: “Juanito, Juan Dieguito”, y él se sorprendió
mucho, y entonces invitado a que subiera, contempló a la Señora del
cielo, hermosísima, radiante, todo estaba transformado, para él todo
era brillante como piedras preciosas, las peñas, los pastos, las flores,
porque tenían contacto con la Madre de Dios. Ella se presentó: “Yo
soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se
vive, quiero que vayas a ver al obispo de México para decirle que
yo quiero que se me levante un templo en este lugar para dispensar
mi amor, mi cariño, mi ternura para todos los que me invoquen”.
Así, pues, también hermanos, estamos nosotros acudiendo precisamente
a María que nos invitó a acudir a Ella y por eso cada uno le venimos
a ofrecer nuestras penas, necesidades, nuestros proyectos, también,
le suplicamos que presente nuestra petición de perdón a Dios presente,
porque todos somos pecadores necesitados de un Redentor. Pero le venimos,
también, a pedir porque vamos a celebrar dentro de dos años los cincuenta
años de la diócesis y el caminar de la diócesis en la pastoral y en
los preparativos estamos haciéndolo, como también estamos en espera
que pronto sea elegido el nuevo señor obispo de la Diócesis de Tlaxcala.
Todo eso le venimos a pedir y cada uno en su corazón presente a la
Santísima Virgen María nuestras penas, nuestras preocupaciones, nuestros
enfermos, nuestros ancianos, nuestros damnificados, hermanos de Tabasco
y de Chiapas y de toda la República para que haya paz.
Así, también, ayer fue la votación para elegir a los nuevos
presidentes municipales y también diputados y que desgraciadamente
se presentaron cosas desagradables: panfletos injuriosos, no solamente
para los candidatos, sino también para las familias de ellos y eso
hiere mucho y ojala que pensemos delante de la Santísima Virgen María
que debemos construir precisamente nuestra patria por caminos de justicia
y de paz, para encontrar la felicidad y por eso que todo el pueblo
tlaxcalteca nos unamos y que vivamos nuestra democracia madurando
cada vez más, respetando la elección de las mayorías para que nos
gobiernen. Así, pues, no importa la presencia de los partidos, sino
que al contrario respetar la determinación de cada uno de los tlaxcaltecas
para elegir a nuestros gobernantes, que respetemos y que contribuyamos
sobretodo a la paz para que progresemos por los caminos de justicia
y de paz.
También, venimos a pedirle a la Santísima Virgen María que
sigamos descubriendo esos caminos para ser discípulos y misioneros.
Se acaba de celebrar en Aparecida, Brasil la V Conferencia Episcopal
del CELAM y precisamente nuestros obispos nos han hecho reflexionar
acerca de que somos discípulos de Jesucristo y misioneros. Él nos
ha llamado. El día de nuestro bautismo, Él nos llamó como dice el
Padre los ha llamado, para recibir la redención de Jesucristo y por
eso nos ha lavado, nos ha purificado y nos ha adoptado como sus hijos
y sus hijas, por eso nosotros los cristianos debemos reflexionar acerca
de esa dignidad de ser hijos e hijas de Dios. Pero, también, como
discípulos y discípulas del Señor Jesús y por eso conformar nuestra
vida a través de nuestro caminar cada uno en nuestro estado para buscar
precisamente ser discípulos del Evangelio conociendo ante todo lo
que nos dice Jesús en el Evangelio para aprenderlo y, también, para
recibir el envío. Por la confirmación todos hemos recibido el envío
para ir a predicar el Evangelio, para proclamar el Evangelio no solamente
con las palabras sino con nuestra conducta. Así, pues, no nos olvidemos
de esa misión que nosotros tenemos de llevar el Evangelio a toda criatura.
Así, pues, habiendo escuchado la Palabra de Dios a través de
las lecturas sobretodo en la carta del apóstol San Pablo a los Galatas,
nos habla llegada la plenitud de los tiempos. ¿cuáles tiempos?
los tiempos de redención, cuando se cumplió el tiempo de la redención,
envió Dios a su Hijo y por eso san Juan, también, nos dice que el
Padre nos ha regalado a su propio Hijo, para salvarnos, para que nosotros
los cristianos apreciemos ese don del Padre de habernos regalado a
su propio Hijo para salvarnos. Entonces envió a su Hijo nacido
de mujer, ¿de qué mujer? de María, la elegida por Dios, la llena
de gracia, la que recibió el anuncio por medio del arcángel san Gabriel,
pedirle de parte de Dios su consentimiento para ser la Madre del Hijo
de Dios. Pero al mismo tiempo la humanidad, también, le suplicaba
a María que aceptara ser la Madre del redentor porque necesitábamos
nosotros los hombres a un redentor y por eso el primer compromiso
y al conocer esa voluntad del Padre, la voluntad de Dios, contesta
con humildad: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según
tu palabra” y como ese hágase de la creación, que Dios creó todas
las cosas de la nada por su voluntad, así, también, María acepta,
se compromete con Dios, para ser la Madre de su Hijo. María fue llena
de gracia desde el primer instante de su concepción por eso está llena
de gracia. Por eso Dios mismo le manda ese saludo único: “salve
la llena de gracia” la que no tiene pecado original, la que no
tuvo pecado, porque iba a ser precisamente la Madre de Dios.
También, hemos escuchado que somos hijos adoptivos de Dios,
ya no somos siervos sino hijos, y si somos hijos somos herederos de
la vida eterna del Hijo. Es el misterio que nos invita Jesús a su
salvación, a su redención, por eso cuando nosotros felicitamos a la
Santísima Virgen María, porque aceptó ser la Madre del Hijo de Dios
y ser nuestra Madre, se comprometió, también, con nosotros. Por eso
en Éfeso cuando se proclamó la maternidad divina en las aulas, el
pueblo cristiano de Éfeso afuera cantaba: “Santa María, Madre de
Dios, ruega por nosotros los pecadores” y los padres conciliares,
precisamente como el eco de Dios proclamó a la Santísima Virgen María
verdadera Madre Dios. Así, pues la Santísima Virgen fue reconocida
como la Madre de Dios allá en Éfeso en el año 431.
Pues bien, entonces, nosotros estamos llenos de alegría porque
sabemos que María está íntimamente unida al Redentor, al Salvador;
pero, también, es hija de Adán, también es nuestra hermana a pesar
de ser nuestra Madre en el orden de la gracia. Pero precisamente nosotros
somos concientes de que contamos con la poderosa intersección de la
Santísima Virgen María por ser la Madre de Dios. Recordemos como Jesús
en la cruz, antes de morir nos dejó el testamento en la persona de
Juan, hijo, hija: “Ahí tienen a su Madre” entonces, María es
nuestra Madre, hijos, hijas, “Ahí tienen a su Madre” María
Santísima es nuestra Madre y por eso, hermanos, somos concientes de
que las advocaciones de María, como en este caso de Guadalupe, para
nosotros allá en Tlaxcala: de Ocotlan, de la caridad, de la defensa,
del Carmen, etc., es la misma Madre de Dios bajo distintas advocaciones
y que estamos precisamente a su cuidado. Y por eso recordando las
palabras que le dijo a Juan Diego, cuando él preocupado por la salud
de su tío y que no acudió, primero el sábado, la primera aparición,
domingo, el lunes no se presentó, entonces le dijo: “¿qué te preocupa?
¿qué te aqueja? ¿no estoy aquí que soy tu Madre? ¿no corres bajo mi
cuenta y riesgo, bajo mi protección?” Pues, lo mismo, hermanos,
está diciendo la Santísima Virgen María a todos nosotros los aquí
presentes que venimos, también, preocupados por tantas cosas y por
eso nuestro corazón se abre aquí a las plantas de la Santísima Virgen
María, porque Ella dijo estar dispuesta a escuchar a los que sufren,
a los que lloran y también sentirnos consolados con sus palabras maternales
“¿no estoy yo aquí que soy tu Madre?” entonces, recordemos la
Madre de Dios, es mi Madre, es nuestra Madre, María Santísima es nuestra
Madre “¿qué te preocupa? ¿qué te acongoja? ¿no estoy yo aquí que
soy tu Madre?¿no corres bajo mi cuenta y riesgo? ¿no estás bajo mi
manto?”
Por eso venimos, hermanos, a este lugar donde María hace 475
años, y dentro de un mes 476, María Santísima nos está invitando y
acudimos precisamente como hijos para depositar toda nuestra confianza
en la Santísima Virgen María como nuestra Madre, nuestra intercesora,
la modelo de la vida cristiana y por eso estamos llenos de alegría
aquí en su casa y de los mexicanos, casa de María, casa de la Madre
y casa de nosotros sus hijos.
Hemos escuchado la proclamación del Santo Evangelio, como María
habiendo sido elegida para ser la Madre de Dios
y que san Juan, nos dice, en su versículo 14 de su capitulo 1: “Y
el verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros”. El misterio
de la encarnación del anonadamiento del Hijo de Dios, que esconde
su divinidad bajo los velos de la humanidad, un cuerpo y un alma,
pero la persona es la que asume a ese hombre y por tanto es verdadero
Dios y verdadero hombre, es nuestro hermano. Se hizo precisamente
la kenosis, el esconderse, el anonadamiento de Dios, que nos
dice san Pablo en su carta a los Filipenses, se anonado así mismo
tomando la forma de siervo y por tanto, dice, san Pablo; por eso Dios
lo exaltó sobre todo nombre de tal manera que el nombre de Jesús toda
rodilla se doble en los cielos y en la tierra porque es el Kirios,
el Señor, entonces es nuestro salvador.
Pues, hermanos, esos misterio de la
encarnación, ese misterio de la Kenosis nos enseña a nosotros, también,
a acudir. María Santísima se encaminó presurosa, como hemos escuchado
por la narración evangélica de san Lucas, se encaminó presurosa a
las montañas de Judea para encontrar a su prima Isabel, porque por
revelación María conoció que su prima ya iba en el sexto mes de embarazo,
porque no hay nada imposible para Dios. Una anciana que ya había pasado
la edad y que Dios la levantó precisamente de aquella humillación
que sentían las del Antiguo Testamento. Y María va a servir a su prima
impulsada por el Espíritu Santo, porque precisamente al llegar María
a Aim Karim, y a saludar seguramente
a su prima Isabel: Shalom Isabel. Isabel quedó llena del Espíritu
Santo por las palabras de María y más aún la criatura que llevaba
en su seno, también quedó santificada, que después sería Juan, quedó
y dio brincos de alegría por la presencia de su salvador. Pero Isabel,
también queda iluminada por Dios, por el Espíritu Santo de que María
ya era la Madre de Dios y por eso irrumpe en alabanza “Bendita
tú entre todas la mujeres y bendito sea el fruto de tu vientre. ¿Quién
soy yo para que la Madre de mi Señor venga a verme? Al oír tu saludos
en mis oídos, la criatura que llevo en mi seno dio saltos de alegría,
bendita tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado
de parte del Señor”.
Pues, hermano, estamos recibiendo la
evangelización, María es el modelo de la fe cristiana, de la esperanza,
de la caridad y del servicio y por eso estamos aprendiendo también
de María esa fe que demostró en aceptar la Palabra de Dios, para que
todos nosotros que vivimos de la fe, porque ya sabemos que sin la
fe es imposible relacionarnos con Dios, es imposible creer en Dios,
es imposible esperar en Dios, es imposible amar a Dios, es imposible
amar a nuestro prójimo. Entonces, María es el modelo como nos dice
el Concilio Vaticano II de las virtudes cristianas, pues bien, María
fue alabada “Bendita tú porque has creído y se cumplirá en ti todas
las cosas que te ha dicho el Señor”.
Entonces, también, aprendamos de María
en su humildad que reconoce “Glorifica mi alma al Señor y mi espíritu
se llene de júbilo en Dios mi salvador, porque el que es Todopoderoso
ha hecho en mí cosas admirables, santo en su nombre”. Así que
María irrumpe en esa alabanza “Glorifica mi alma al Señor y mi
espíritu se llena de júbilo en Dios mi salvador” y alabando a
Dios llena Ella, también, de júbilo del Espíritu Santo como nosotros
nos debemos sentir llenos de alegría al reconocer cada uno de nosotros
los beneficios que hemos recibido de Dios: el Bautismo, la Confirmación,
ser hijos e hijas de Dios, llenos del Espíritu Santo para ser misioneros,
recibir el cuerpo y la sangre de Cristo en la Eucaristía, actualizar
para el pueblo cristiano como sacerdotes el misterio de la cruz, de
la resurrección y el envío del Espíritu Santo. Eso es lo que tenemos
todos los cristianos que han recibido el Sacramento del Matrimonio
y todos y cada uno; los niños, los adolescentes, los jóvenes, todo
el pueblo cristiano, los religiosos, las religiosas, todos tenemos
que irrumpir, también, glorificando, diciendo: “Glorifica mi alma
al Señor y mi espíritu se llene de júbilo en Dios mi salvador”.
Esa es la humildad de María, reconocer que lo que tiene lo ha recibido
de Dios, así también, nosotros lo que hemos recibido de Dios, es de
Dios y por eso debemos glorificar al Señor.
Cuando estuvimos precisamente ante
el obispo e impuso las manos sobre nosotros, para en nombre de Dios
transmitirnos la participación del Sacerdocio Ministerial de Cristo
en segundo grado como presbíteros, también sentimos esa elección de
Dios que nos hizo participes siendo pecadores, no hay duda de que
somos pecadores y que el Señor nos ha elegido sin mérito nuestro,
por eso es gracia. En cuanto que no lo merecemos, ninguno de nosotros
merece ser hijo e hija de Dios, ninguno de nosotros merece al Espíritu
Santo, ninguno de nosotros merece la Eucaristía, ninguno de nosotros
merece los de más sacramentos, el matrimonio, ni tampoco la participación
en el Orden Presbiteral en primer grado de Jesucristo, en segunda
grado presbíteros y en plenitud de los obispos. Entonces, para nosotros
es motivo de decir: “Glorifica mi alma al Señor y mi espíritu se
llene de júbilo en Dios mi salvador, porque el que es Todopoderoso
ha hecho en mí cosas admirables, santo es su nombre”.
Y nosotros los presbíteros recordamos
en medio de nuestra humanidad, de nuestra fragilidad, que reconocemos
que no es por nuestros meritos y Jesús nos repite cuando reconocemos
nuestras faltas y debilidades: “No me escogiste tú, sino Yo te
escogí a ti conociendo lo que eras, pero te invito precisamente a
que vuelvas” Como invitó a Pedro arrepentido después de su triple
negación, como recibió a los apóstoles que lo habían abandonado para
formar nuevamente el cenáculo, para esperar en oración con María la
venida del Espíritu Santo y la plenitud que iban a recibir el día
de Pentecostés.
Hoy nosotros estamos, también, en el
cenáculo con María, esperando precisamente la acción divina de Dios,
del Espíritu Santo en esta casa de oración, en esta casa de la Madre,
también estamos esperando la plenitud de gracia cada uno en nuestro
Estado para recibir la gracia, para ser discípulos y misioneros.
Entonces, estamos dando gracias a Dios,
pero también, María proclamó de ahora en adelante me llamaran: “Bienaventurada
todas las generaciones, porque precisamente el Señor Dios ha hecho
en mí cosas admirables, santo es su nombre”. Esa es la humildad
de María reconocer la verdad Ella recibió de parte de Dios gratuitamente,
así, también, nosotros, vuelvo a repetir, todo lo que hemos recibido
es por gracia de Dios. Y por eso estamos ahora cumpliendo las palabras
de María, me llamarán: “Bienaventurada todas las generaciones,
porque lo que ha hecho en mí el Todopoderoso” y por eso estamos
aquí para alabarla, bendecirla, glorificarla porque Ella es nuestra
intercesora, es la que nos acoge como Madre amorosa para cubrirnos
con su manto, para darnos aliento en nuestras deficiencias, en nuestros
desalientos, para darle consuelo a los que sufren, a los ancianos,
a los enfermos, a los matrimonios que sufren tantas penas y que los
cristianos deben buscar como esposos vivir esa alianza de amor que
hicieron el día de su matrimonio y disfrutar de la gracia sacramental
de santificarse amándose todos los días de su vida.
Y por tanto, hermanos, ustedes, también,
como adolescentes, como niños, como jóvenes y todos los pueblos cristianos
estamos precisamente alabando a la Madre de Dios porque el Señor ha
hecho cosas admirables en Ella. Por eso nosotros estamos alegres,
pero, también, estamos actualizando el sacrificio de Cristo. Y como
nos invitó Su Santidad Juan Pablo II, de feliz memoria, en su Encíclica
“La Iglesia de la Eucaristía”. Nos recuerda que así como los apóstoles
fueron invitados por Jesús, allá en el cenáculo, los cristianos, también,
somos invitados por Jesús y precisamente para revelarnos sus misterios
y por eso nos hace partícipes a los sacerdotes en segundo grado. Los
presbíteros que participamos en segundo sagrado del sacerdocio de
Cristo, nos dice, precisamente que hace una elección de nosotros,
para representarlo en Persona Christi a la predicación del
Evangelio en el nombre de Cristo y la administración de los sacramentos
en especial el de la Eucaristía. Y por eso dice el Papa: “Cuando
lo apóstoles fuero invitados y Jesús tomó un pan y les dijo; tomen,
coman este es mi cuerpo. Y vieron resuelto el problema cómo comer
del cuerpo de Cristo bajo la especie del pan. Y tomando una copa con
vino, les dijo; tomen, beban esta es mi sangre, sangre de la Nueva
Alianza que será derramada en misión de los pecados” Y precisamente
comunicó a los apóstoles y después a los que recibimos el sacerdocio
“Hagan esto en memoria mía”.
Por eso cada vez que nosotros actualizamos
ese sacrificio de Cristo es para el pueblo cristiano, es para ser
participes del cuerpo y sangre de Cristo. Y nos dice, el Papa: “No
nos olvidemos que la carne de Cristo, es carne de María y por eso
nos da de comer de su cuerpo y de su sangre y recibimos, también,
el cuerpo y sangre de María que le dio a su Hijo Jesús”. Y que
nos hace participes a nosotros de ese misterio de identificación,
cuantas veces se celebra sobre el altar el sacrificio de Cristo se
actualiza el misterio de nuestra redención. Nosotros ofrecemos siempre
al mismo Cordero, no uno hoy y otro mañana, sino siempre el mismo.
Así los padres de la Iglesia del siglo IV que nos propone Juan Pablo
II en su Encíclica, nos recuerda: “No veas en el pan y en el vino
meros elementos naturales, sino acuérdate que Cristo, dijo; esto es
mi cuerpo, esto es mi sangre. Y por tanto oh sacramento de amor en
el cual se recibe a Cristo, el alma se llena de alegría por la gloria
futura que nos ha de dar”.
Y ayer que escuchamos la Palabra de
Dios y que nos hablada de la resurrección y que recordar que nosotros
estamos actualizando, principalmente los domingos, “creo en la
resurrección de los muertos, creo en la vida eterna”, estamos
precisamente recordando que la Eucaristía es prenda de salvación de
vida, “Yo soy el pan de la vida”. Recibimos la vida de Cristo,
la vida del Padre, pero, también, nos va a resucitar el último día.
Y por eso encomendamos a todos los difuntos a la misericordia de Dios
para que los reciba en su Reino y, también, para que los resucite.
Y por eso nosotros estamos confesando “creo en la resurrección
de los muertos” Pero recibimos esa promesa de resurrección y de
vida en la Eucaristía.
Pues, hermanos, sigamos ofreciendo
al Padre Celestial por Jesucristo ese su sacrifico actualizado y dando
gracias a Dios por habernos dado a su Madre que es nuestra intercesora,
que es nuestra Madre, que nos cobija bajo su manto maternal.
Así sea.