Con gran alegría, esta mañana tenemos el gusto de llegar a
la Casa de la Virgen María, Nuestra Señora de Guadalupe. Aquí
está, puntual como cada año, la Iglesia Diocesana de Torreón,
representada por todos y cada uno de quienes hemos recorrido
más de mil kilómetros, para encontramos con la bendita imagen
de la Virgen Morena, impresa desde aquella mañana fría de diciembre
de 1531 en el ayate de Juan Diego, y desde entonces, grabada
con gran amor en el corazón de sus hijos e hijas, "habitantes
de esta tierra mexicana".
En esta ocasión, la Diócesis de Torreón acude a esta cita con
la "Madre del Verdadero Dios por quien se vive",
inmersa en el dinamismo, alegre y esperanzador, del Año Jubilar
de Oro por un doble acontecimiento: el Cincuenta Aniversario
de su Fundación y el Cincuenta Aniversario de Ordenación Episcopal
de su Primer Obispo y Fundador, Mons. Fernando Romo Gutiérrez,
quien por espacio de 32 años condujo con prudencia y solicitud,
con gran cariño y dedicación, nuestra Iglesia particular. Además,
con profunda alegría, nos unimos ya desde ahora a la gran celebración
que el 15 de septiembre de este año se vivirá con motivo del
Primer Centenario de fundación de la ciudad de Torreón. Desde
aquí, ponemos a los pies de la Virgen Morena, el presente y
el futuro de nuestra ciudad, los grandes retos y desafíos que
esa comunidad ha de enfrentar para construir un futuro más justo
y pleno para todos sus hijos e hijas.
Nuestra joven Iglesia nació con la herencia de una profunda
identidad mariana. Como en el ayate de Juan Diego, María imprimió
su imagen en el corazón de los laguneros. Ya desde los años
anteriores a la creación de la Diócesis y de la fundación de
la ciudad, el 5 de abril de 1875 fue erigida -en una localidad
que posteriormente entraría a formar parte de esta diócesis-
la Parroquia Nuestra Señora del Refugio, en Matamoros de la
Laguna, Coah.
Luego, unos cuantos meses después de que la estación ferroviaria
El Torreón fuera elevada a la dignidad de Villa, el Primer Obispo
de Saltillo, Don Santiago Garza Zambrano, erigió en ese lugar
la Parroquia Nuestra Señora de Guadalupe.
Era el 27 de diciembre de 1894. Después, apenas pasada la Revolución
Mexicana -cuando Torreón empezaba a ser ya una ciudad en crecimiento
y desarrollo- se inició la construcción de otro templo dedicado
a la Virgen Santísima, ahora bajo la advocación de Nuestra Señora
del Carmen, que fue elevado a Parroquia en 1920. A la fundación
de la Diócesis, este templo pasó a ser la Catedral de la Diócesis.
Posteriormente, el 18 de octubre de 1930, se bendijo otro templo
mariano, dedicado ahora a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.
Así, haciéndose presente en tierras laguneras con estas bellas
advocaciones marianas, María, como en la Iglesia primitiva,
"perseverando junto a los apóstoles a la espera del
Espíritu cooperó con el nacimiento de la Iglesia misionera,
imprimiéndole un sello mariano que la identifica hondamente".
Por eso, a partir de 1958, la Iglesia de Torreón no ha dejado
de contemplar filialmente a la Virgen María, que, "como
madre de tantos, fortalece los vínculos fraternos entre todas
las personas, alienta a la reconciliación y el perdón, y ayuda
a que los discípulos de Jesucristo se experimenten como una
familia, la familia de Dios, ya que en María nos encontramos
con Cristo, con el Padre y el Espíritu Santo, como asimismo
con los hermanos". (Documento de Aparecida No. 267)
Recogiendo la importante presencia de María en la vida de la
Iglesia, citando al reciente documento de Aparecida, podemos
afirmar que "María es la gran misionera, continuadora
de la misión de su Hijo y formadora de misioneros. Ella, así
como dio a luz al Salvador del mundo, trajo el Evangelio a nuestra
América. En el acontecimiento guadalupano, presidió, junto al
humilde Juan Diego, el Pentecostés que nos abrió a los dones
del Espíritu. Desde entonces son incontables las comunidades
que han encontrado en ella la inspiración más cercana para emprender
cómo ser discípulos y misioneros de Jesús", (Documento
de Aparecida No. 269).
En este momento de nuestro caminar diocesano, María brilla
ante nuestros ojos como imagen acabada y fidelísima del seguimiento
de Cristo. "María Santísima, la Virgen pura y sin mancha,
es para nosotros escuela de fe destinada a guiamos y a fortalecemos
en el camino que lleva al encuentro con el Creador del cielo
y de la Tierra". (Benedicto XVI, Discurso en el Santuario
de Nuestra Señora de Aparecida, el12 de mayo de 2007).
"Ella nos enseña el primado de la escucha de la Palabra
en la vida del discípulo y misionero. En ella, la Palabra de
Dios se encuentra de verdad en su casa, de donde sale y entra
con naturalidad. Ella habla y piensa con la Palabra de Dios;
la Palabra se hace su palabra, y su palabra nace de la Palabra
de Dios, Sus pensamientos están en sintonía con los pensamientos
de Dios; su querer es un querer junto con Dios". (Documento de Aparecida No. 271)
Contemplando a la Virgen María como nuestra Maestra y Guía,
podemos descubrir como ella nos "ayuda a mantener vivas
las actitudes de atención, de servicio, de entrega y de gratuidad
que deben distinguir a los discípulos de su Hijo. Indica, además,
cuál es la pedagogía para que los pobres, en cada una de nuestras
comunidades cristianas, se sientan como en su casa. Ella crea
comunión y educa a un estilo de vida compartida y solidaria,
en fraternidad, en atención y acogida del otro, especialmente
si es pobre o necesitado". (Documento de Aparecida
No. 272)
En el marco de nuestro Año Jubilar, contemplando los grandes
retos que debemos asumir, hagamos hoy el compromiso de enriquecer,
con el ejemplo de María, "la dimensión materna de nuestra
comunidad eclesial y su actitud acogedora, que la convierte
en 'casa y escuela de la comunión' y en espacio espiritual que
prepara para la misión". (Documento de Aparecida No.
272)
Permanezcamos en la escuela de María. Inspirémonos en sus enseñanzas.
Pongamos todo nuestro empeño en acoger y guardar dentro del
corazón las luces que ella nos ofrece.
Hermanas y hermanos: dejémonos cautivar por el testimonio alegre
y fiel de María Santísima. Sigamos celebrando nuestro Año Jubilar
de Oro, "Anunciando el Evangelio" con renovado
entusiasmo, sabiendo que siempre nos acompaña la primera evangelizadora,
discípula y misionera: María, la "Madre del Verdadero
Dios por quien se vive".
Permítanme concluir, en nombra de toda nuestra Iglesia diocesana,
con esta plegaria dirigida a María, la primera seguidora de
Jesús, pidiendo a Dios que nos siga protegiendo con su Espíritu
y que Nuestra Señora, la Virgen de Guadalupe, nos regale la
experiencia de ser discípulos amados.
"CELEBREMOS EL JUBILEO ANUNCIANDO EL EVANGELIO"