Queridos
hermanos sacerdotes, diáconos, ministros del altar y fieles zacatecanos
y de otras partes de nuestro país que siempre se hacen presentes
en este Santuario Nacional del Tepeyac. Los saludo a todos deseándoles
los mejor en este momento tan importante que vive nuestra Patria
y siempre en compañía de la Virgen Santa María de Guadalupe que
vela por nuestra nación mexicana. Saludo también a todos los que
nos escuchan por la radio.
Estamos celebrando nuestra peregrinación diocesana anual número
122 a este Santuario Nacional de Santa María de Guadalupe, nuestra
querida Madre por voluntad de Cristo quien nos la entregó en la
persona de san Juan Evangelista, cuando Cristo estaba muriendo
en la cruz. Nos la ha dado como madre especial del pueblo mexicano
y demás pueblos de América Latina y del Caribe, con su ejemplo
e interseción queremos alcanzar todas las gracias que Dios nos
quiera conceder confiados en su interseción, en el desarrollo
del misterio de la salvación.
Hoy, precisamente, queremos contemplarla como la fiel y perseverante
discípula y misionera de Cristo en su servicio maternal para con
nosotros los mexicanos y demás hermanos de nuestro continente
latinoamericano y del Caribe. Quiero, pues, que reflexionemos
brevemente acerca de la de la personalidad de María discípula
y misionera en la vida de nuestros pueblos y a la luz de las enseñanzas
de la V Conferencia de nuestros obispos en el Santuario de la
Aparecida en Brasil, el pasado mayo del 2007.
Dentro del plan del Padre para salvamos por medio de su Hijo
hecho hombre por obra y gracia del Espíritu Santo, descubrimos
la presencia y la colaboración de la Virgen María, como discípula
y misionera de Jesús. Ella al ser elegida por Dios Padre para
ser la Madre del “Verdadero Dios por quien se vive”, ha
sabido responder a la vocación altísima de ser Madre del Redentor
y Madre espiritual de los cristianos a través de ser discípula
y misionera de Dios Uno y Trino en su designio de amor y redención.
La
Virgen María, nos dicen los obispos de Aparecida, "Como
interlocutora del Padre en su proyecto de enviar su Verbo al mundo
para la salvación humana, llega con su fe a ser el primer miembro
de la comunidad de los creyentes en Cristo, y también se hace
colaboradora en el nacimiento espiritual de los discípulos de
Jesús. Del Evangelio emerge su figura de mujer libre y fuerte,
conscientemente orientada al verdadero seguimiento de Cristo.
Ella ha vivido por entero toda la peregrinación de la fe como
Madre de Cristo y luego de los discípulos, sin que le fuera ahorrada
la incomprensión y la búsqueda constante del proyecto del Padre.
Alcanzó así a estar al pie de la cruz en una comunión profunda,
para entrar plenamente en el misterio de la alianza, del amor
y de la fidelidad.” (Aparecida n.266. Mayo 2007). De esta
manera se ha hecha discípula del Padre bajo la guía y la luz del
Espíritu Santo, quien la cubrió con su poder para que fuese, a
partir de ser la atenta y fiel discípula, Madre y Virgen de Cristo
Jesús y de la Iglesia.
En segundo lugar: María de Guadalupe, “es la gran misionera,
continuadora de la misión de su Hijo y formadora de nuevos misioneros
de generación en generación. Ella, así como dio a luz al Salvador
del mundo, trajo el Evangelio a nuestra América: en el Acontecimiento
Guadalupano junto al humilde san Juan Diego, es este acontecimiento
el Pentecostés que nos abrió los dones del Espíritu para esta
tierra de los pueblos Latinoamericanos y del Caribe. Desde entonces
las comunidades que han encontrado en ella la inspiración más
cercana para aprender como ser discípulos y misioneros de Jesús.
Con gozo constatamos que se ha hecho parte del caminar de cada
uno de nuestros pueblos, entrando profundamente en el tejido de
su historia y acogiendo los rasgos más nobles y significativos
de su gente. Las diversas advocaciones, junto con la de Santa
María de Guadalupe, desde este santuario y con todos los santuarios
esparcidos a lo largo y ancho del continente testimonian la presencia
cercana de María a toda la gente y al mismo tiempo, manifiestan
la fe y la confianza que los devotos sienten por Ella; que les
pertenece y ellos la sienten como Madre y Hermana" (Aparecida,
n. 269).
Termino mi homilía exhortándoles para vivir las bienaventuranzas
que hoy el Evangelio nos propone y también sabedores que al incorporarnos
hoy para peregrinar una vez más a este bendito Santuario Nacional
del Tepeyac, Casa de María de Guadalupe, siempre abierta para
acoger a sus hijos que tanto ama, como zacatecanos y mexicanos,
imploramos hoy de manera especial su amor, protección y consuelos
en las penas y pruebas dolorosas de nuestra existencia de peregrinos
por el mundo, camino a la Patria Celeste. Recuerdo con tristeza
y con firmísima esperanza de que nuestros hermanos alcancen el
cielo. A los peregrinos de la región de san Jerónimo, que yendo
primero a Chalma intentaban llegar a este bendito Santuario, ya
supieron por los medios comunicación social; como el camión en
que venían se desbarrancó 40 metros, 9 muertos zacatecanos en
el afán de llegar al corazón de Cristo y al corazón de María de
Guadalupe en este Santuario. Quiera el Señor consolar a los deudos
zacatecanos, nos unimos a ellos y estamos en actitud de poderles
ayudar de alguna manera en su penalidad, yo supe cuando ya venía
para acá, pero el párroco de san Jerónimo, tanto el señor Vicario
General, como yo, nos hemos puesto de acuerdo con él para que
esté pendiente de este hecho tan doloroso, y como compartirlo.
También, ustedes saben todas las muertes que ha habido en estos
días, las inundaciones que padecen muchos lugares en nuestra República
Mexicana: el clima, la inestabilidad por los atentados que se
ha hecho a los ductos del petróleo en Veracruz, y antes en otros
lugares, esto no quiere la Virgen desde luego, si no quiere la
comunión y la comprensión entre todos nosotros para procurar juntos
el bien común, la seguridad de nuestra nación mexicana.
Hoy, queremos discípulos y misioneros de Cristo Jesús y acompañados
con su ejemplo e intercesión, aprendiendo en la escuela suya a
descubrir a María; la gran Maestra, Discípula y Misionera a ser
fieles y fecundos discípulos y misioneros del Evangelio con el
espíritu de las bienaventuranzas. Estemos dispuestos a colaborar
unos con otros, unidos como hermanos en la forja de nuestra Patria
y nuestra Nación, en la cual reinen el perdón, el diálogo basado
en la verdad y la justicia, la misericordia y el amor fraterno
sin fronteras y sin odios y rencores, defendiendo la integridad
de la vida desde su comienzo hasta que Dios la retira en el misterio
de su sabiduría, de su omnipotencia y su amor.
Hoy pedimos por todas nuestras familias para que se conserven
unidas como santuario de la vida e iglesia doméstica, recordemos
a nuestros niños, adolescentes y jóvenes, a nuestros ancianos,
a los sanos y a los enfermos a los que han partido hacia la patria
eterna, y mientras tanto siendo promotores de paz y comunión desde
ahora y para siempre.
¡Que Dios y María de Guadalupe nos acompañen, con san Mateo
Correa Magallanes, nuestro primer mártir zacatecano, sacerdote
de nuestra iglesia y el Beato Miguel Agustín Pro, también zacatecano,
nos protejan de todo mal, impulsen nuestra vida por los caminos
del Evangelio: que es Cristo camino y vida para que nuestros pueblos
tenga vida digna y en abundancia. Seremos así desde este Santuario
bendito que nos reconforta hoy, en nuestra 122 peregrinación heraldos
y cantores de la bondad del Evangelio, que es Cristo Jesús, vida,
salvación y esperanza de la gloria de todos nosotros! |
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