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Homilía
Homilía pronunciada por Mons. Fernando Chávez Ruvalcaba, Obispo de la Diócesis de Zacatecas, en ocasión a su peregrinación a la Basílica de Guadalupe.

12 de septiembre de 2007

María discípula y misionera de cristo para la salvación de nuestro México y de los pueblos de América Latina y el Caribe.

Queridos hermanos sacerdotes, diáconos, ministros del altar y fieles zacatecanos y de otras partes de nuestro país que siempre se hacen presentes en este Santuario Nacional del Tepeyac. Los saludo a todos deseándoles los mejor en este momento tan importante que vive nuestra Patria y siempre en compañía de la Virgen Santa María de Guadalupe que vela por nuestra nación mexicana. Saludo también a todos los que nos escuchan por la radio.

Estamos celebrando nuestra peregrinación diocesana anual número 122 a este Santuario Nacional de Santa María de Guadalupe, nuestra querida Madre por voluntad de Cristo quien nos la entregó en la persona de san Juan Evangelista, cuando Cristo estaba muriendo en la cruz. Nos la ha dado como madre especial del pueblo mexicano y demás pueblos de América Latina y del Caribe, con su ejemplo e interseción queremos alcanzar todas las gracias que Dios nos quiera conceder confiados en su interseción, en el desarrollo del misterio de la salvación.

Hoy, precisamente, queremos contemplarla como la fiel y perseverante discípula y misionera de Cristo en su servicio maternal para con nosotros los mexicanos y demás hermanos de nuestro continente latinoamericano y del Caribe. Quiero, pues, que reflexionemos brevemente acerca de la de la personalidad de María discípula y misionera en la vida de nuestros pueblos y a la luz de las enseñanzas de la V Conferencia de nuestros obispos en el Santuario de la Aparecida en Brasil, el pasado mayo del 2007.

Dentro del plan del Padre para salvamos por medio de su Hijo hecho hombre por obra y gracia del Espíritu Santo, descubrimos la presencia y la colaboración de la Virgen María, como discípula y misionera de Jesús. Ella al ser elegida por Dios Padre para ser la Madre del “Verdadero Dios por quien se vive”, ha sabido responder a la vocación altísima de ser Madre del Redentor y Madre espiritual de los cristianos a través de ser discípula y misionera de Dios Uno y Trino en su designio de amor y redención.

La Virgen María, nos dicen los obispos de Aparecida, "Como interlocutora del Padre en su proyecto de enviar su Verbo al mundo para la salvación humana, llega con su fe a ser el primer miembro de la comunidad de los creyentes en Cristo, y también se hace colaboradora en el nacimiento espiritual de los discípulos de Jesús. Del Evangelio emerge su figura de mujer libre y fuerte, conscientemente orientada al verdadero seguimiento de Cristo. Ella ha vivido por entero toda la peregrinación de la fe como Madre de Cristo y luego de los discípulos, sin que le fuera ahorrada la incomprensión y la búsqueda constante del proyecto del Padre. Alcanzó así a estar al pie de la cruz en una comunión profunda, para entrar plenamente en el misterio de la alianza, del amor y de la fidelidad.” (Aparecida n.266. Mayo 2007). De esta manera se ha hecha discípula del Padre bajo la guía y la luz del Espíritu Santo, quien la cubrió con su poder para que fuese, a partir de ser la atenta y fiel discípula, Madre y Virgen de Cristo Jesús y de la Iglesia.

En segundo lugar: María de Guadalupe, “es la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de nuevos misioneros de generación en generación. Ella, así como dio a luz al Salvador del mundo, trajo el Evangelio a nuestra América: en el Acontecimiento Guadalupano junto al humilde san Juan Diego, es este acontecimiento el Pentecostés que nos abrió los dones del Espíritu para esta tierra de los pueblos Latinoamericanos y del Caribe. Desde entonces las comunidades que han encontrado en ella la inspiración más cercana para aprender como ser discípulos y misioneros de Jesús. Con gozo constatamos que se ha hecho parte del caminar de cada uno de nuestros pueblos, entrando profundamente en el tejido de su historia y acogiendo los rasgos más nobles y significativos de su gente. Las diversas advocaciones, junto con la de Santa María de Guadalupe, desde este santuario y con todos los santuarios esparcidos a lo largo y ancho del continente testimonian la presencia cercana de María a toda la gente y al mismo tiempo, manifiestan la fe y la confianza que los devotos sienten por Ella; que les pertenece y ellos la sienten como Madre y Hermana" (Aparecida, n. 269).

Termino mi homilía exhortándoles para vivir las bienaventuranzas que hoy el Evangelio nos propone y también sabedores que al incorporarnos hoy para peregrinar una vez más a este bendito Santuario Nacional del Tepeyac, Casa de María de Guadalupe, siempre abierta para acoger a sus hijos que tanto ama, como zacatecanos y mexicanos, imploramos hoy de manera especial su amor, protección y consuelos en las penas y pruebas dolorosas de nuestra existencia de peregrinos por el mundo, camino a la Patria Celeste. Recuerdo con tristeza y con firmísima esperanza de que nuestros hermanos alcancen el cielo. A los peregrinos de la región de san Jerónimo, que yendo primero a Chalma intentaban llegar a este bendito Santuario, ya supieron por los medios comunicación social; como el camión en que venían se desbarrancó 40 metros, 9 muertos zacatecanos en el afán de llegar al corazón de Cristo y al corazón de María de Guadalupe en este Santuario. Quiera el Señor consolar a los deudos zacatecanos, nos unimos a ellos y estamos en actitud de poderles ayudar de alguna manera en su penalidad, yo supe cuando ya venía para acá, pero el párroco de san Jerónimo, tanto el señor Vicario General, como yo, nos hemos puesto de acuerdo con él para que esté pendiente de este hecho tan doloroso, y como compartirlo. También, ustedes saben todas las muertes que ha habido en estos días, las inundaciones que padecen muchos lugares en nuestra República Mexicana: el clima, la inestabilidad por los atentados que se ha hecho a los ductos del petróleo en Veracruz, y antes en otros lugares, esto no quiere la Virgen desde luego, si no  quiere la comunión y la comprensión entre todos nosotros para procurar juntos el bien común, la seguridad de nuestra nación mexicana.

Hoy, queremos discípulos y misioneros de Cristo Jesús y acompañados con su ejemplo e intercesión, aprendiendo en la escuela suya a descubrir a María;  la gran Maestra, Discípula y Misionera a ser fieles y fecundos discípulos y misioneros del Evangelio con el espíritu de las bienaventuranzas. Estemos dispuestos a colaborar unos con otros, unidos como hermanos en la forja de nuestra Patria y nuestra Nación, en la cual reinen el perdón, el diálogo basado en la verdad y la justicia, la misericordia y el amor fraterno sin fronteras y sin odios y rencores, defendiendo la integridad de la vida desde su comienzo hasta que Dios la retira en el misterio de su sabiduría, de su omnipotencia y su amor.

Hoy pedimos por todas nuestras familias para que se conserven unidas como santuario de la vida e iglesia doméstica, recordemos a nuestros niños, adolescentes y jóvenes, a nuestros ancianos, a los sanos y a los enfermos a los que han partido hacia la patria eterna, y mientras tanto siendo promotores de paz y comunión desde ahora y para siempre.

¡Que Dios y María de Guadalupe nos acompañen, con san Mateo Correa Magallanes, nuestro primer mártir zacatecano, sacerdote de nuestra iglesia y el Beato Miguel Agustín Pro, también zacatecano, nos protejan de todo mal, impulsen nuestra vida por los caminos del Evangelio: que es Cristo camino y vida para que nuestros pueblos tenga vida digna y en abundancia. Seremos así desde este Santuario bendito que nos reconforta hoy, en nuestra 122 peregrinación heraldos y cantores de la bondad del Evangelio, que es Cristo Jesús, vida, salvación y esperanza de la gloria de todos nosotros!

 
 
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