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Versión estenográfica de la
Homilía

pronunciada por
el Pbro. Manuel Méndez Evaristo, en la peregrinación de la Diócesis de Zamora, Michoacán a la Basílica de Guadalupe.

17 de enero de 2007

Que como un trueno rompió el silencio y vino a poner orden en nuestro mundo y vino a dar sentido y dirección a esta historia humana, a este mundo nuestro. Este es el mensaje de la primera página de la Sagrada Escritura, porque fue la palabra lo primero que existió. Se entiende que nosotros que hemos sido creados y que somos sostenidos por esa Palabra de Dios, no podemos vivir sin contar historias, vivir una historia humana, es tener algo que contar.

Cuando nosotros crecemos como seres humanos avanzamos en el dominio de la palabra y una persona interesante, es una persona que cuenta historias quedan sentido a la vida.

El evangelista san Juan para indicarnos cual es esta fuerza de la Palabra, nos dice que en el principio existía la Palabra, la Palabra era Dios, la Palabra se dirigía a Dios y esa palabra es Jesucristo. La palabra última, la palabra definitiva, por la cual nosotros sabemos que Dios es nuestro Padre y que nosotros somos hermanos.

Nos hemos reunido nosotros en esta tarde como Diócesis de Zamora, para recordar juntos algunas historias que nos constituyen, que nos dan fuerza, que nos ayudan a ver nuestra realidad presente con esperanza y avanzar hacia el futuro con mucha resolución, porque sabemos que Aquel que nos ha creado es el que nos conduce, es el que nos fortalece y es el nos espera.

Yo quisiera compartir en esta tarde con ustedes tres pequeñas historias para tratar de iluminar el acontecimiento que estamos celebrando. La primera, es el primer credo del pueblo de Dios, y nos dice; ese credo del pueblo de Dios, uniendo en boca de cada hebreo, diciendo así: Mi padre era un arameo errante, fuimos esclavos en Egipto, el Señor nos sacó de ahí, con mano poderosa y brazo extendido, y nos trajo a habitar una tierra que emana leche y miel.

Eso es lo que contaba cada hebreo, cada miembro del pueblo de Dios, a todo aquel que le pedía que diera razones de su esperanza. Es interesante este credo del pueblo de Dios. Porque lo que está diciendo, el pueblo, es que nosotros tenemos nuestro origen como pueblo en una persona que camina, en una persona que se arriesga en diferentes direcciones, y precisamente caminando da un mensaje a los demás, diciendo: yo soy alguien que busca, yo soy alguien que va al encuentro de lo desconocido, yo soy alguien que como todo peregrino, que como todo caminante, se pone en situación de fragilidad. Porque el andar cansa, porque el andar puede hacernos que a veces andemos errando sin rumbo fijo, porque el que camina siempre está abierto a lo nuevo.

Esto es lo que nosotros hemos querido hacer al caminar hacia este Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. Hemos querido revivir esa experiencia constitutiva de nuestro ser cristianos, de nuestro ser creyentes. Hemos caminado para ver rostros nuevos, para ver lugares nuevos y sobre todo hemos caminado para ver el rostro moreno siempre nuevo de María Santísima de Guadalupe. Hemos venido precisamente como peregrinos porque sabemos que toda esta historia hermosa de la Virgen Morena en medio de nosotros inició con un hombre que caminaba.

Nos dice la historia, que Juan Diego bajaba por la colima del cerro caminando hacia Tlatelolco. Y es precisamente que estando en esa situación de caminar, en esa situación de búsqueda porque él mismo va a decir, que va a Tlatelolco para aprender las cosas hermosas y verdaderas que le enseñan los sacerdotes de Jesucristo nuestro Señor sobre la fe verdadera. Y allí caminando, y allí buscando encontrar sentido a su vida, Juan Diego escucha una palabra que transforma toda su existencia.

La Virgen Morena, le pregunta: Juanito, Juan Diego, ¿A dónde vas?, y esa pregunta ¿A dónde vas?, es una pregunta que va poner al indio Juan Diego en un camino seguro hacia la fe verdadera. Para que Juan Diego pueda saber cual es la dirección de sus pasos, tiene que volver hacia atrás y tiene que preguntarse ¿de dónde viene?, y nosotros conocemos la historia.

La historia de Juan Diego, es que viene de una historia dolorosa, donde el pueblo al que el pertenece lo ha perdido todo. Ha perdido su identidad, ha perdido sus costumbres, ha perdido sus dioses, no sabe ahora que dirección tomar. Y esta pregunta que lo invita hacer un examen de su pasado, va a ubicarlo en un presente lleno de gozo. Porque él que se sabe indigno, de ser interlocutor de otra persona, se encuentra de una manera sorpresiva para él, platicando con una hermosa Señora, con la Señora que se presenta como la siempre Virgen María, la Madre del Verdaderísimo Dios por quien se vive.

En ese momento el indio se ve reivindicado, el que no se atrevía a dar la cara a nadie se encuentra con que hay alguien que le ofrece su rostro, que es un rostro de paz, que es un rostro de amor, y es un rostro que lo reafirma en un presente lleno de gozo, lleno de vida, lleno de esperanza. Entonces, cuando él se sabe amado, cuando él se sabe acogido por aquel rostro moreno, por la Señora del Cielo, entonces le dice: yo ya sé a donde tengo que ir, yo iré a donde tú me mandes.

Y me parece a mí que esta historia tiene que hacernos pensar a nosotros como miembros de esta querida Diócesis de Zamora. Nosotros venimos de un pasado lleno de gloria, un pasado lleno de gloria porque tantos hombres y mujeres han dado un testimonio auténtico de la fe cristiana. Hay tantos frutos que recoger en esta Diócesis de Zamora que no podemos sino ver hacia atrás bendiciendo al Señor. Si dijéramos hoy, ¿Diócesis de Zamora, a dónde vas? Tendríamos que decir: venimos de un pasado lleno de Dios, estamos en la presencia de Dios como sus hijos amados y vamos hacia delante llenos de confianza. Porque el Señor que ha estado con nosotros, está con nosotros y estará con nosotros.

A mí me da mucho gusto y mucha emoción, el descubrir que casi la mitad de los que estamos aquí venimos de la Sierra Tarasca. Yo nací en un pueblo indígena, San Juan Nuevo Paricutiro, y yo con ustedes, siendo un miembro de su pueblo, he descubierto que el pueblo tarasco, es un pueblo generoso, es un pueblo acogedor, es un pueblo que habla de esperanza. Es la nación purepecha, que está contenta, se siente orgullosa de ser indígena, se siente orgullosa de ser cristiana, y hoy, hay peregrinado con gusto a este santuario. Por supuesto, todavía nuestra diócesis tiene una deuda con ustedes, porque todavía los pueblos indígenas no pueden ser los predilectos de la Iglesia, pero hacia allá avanzamos, con la acogida de ustedes, con la generosidad de ustedes y con esa apertura de todos aquellos que tenemos la piel morena, como María de Guadalupe.

Estamos seguros de que para nuestra Diócesis de Zamora se esperan días, cada día mejores, porque el Señor está con nosotros.
Pensando en esta fiesta me tope con una historia que me conmovió. Dicen que el apóstol Tomás, aquel que siempre era el incrédulo, siempre llegaba tarde a todas las reuniones apostólicas, no estuvo a tiempo el día en que Jesús se apareció a los apóstoles en el cenáculo y Jesús tuvo que venir de nuevo a confirmarlo.

Y dice esta historia que el apóstol Tomás tampoco estuvo presente el día en que María Santísima se fue de este mundo al Padre, el día en que María Santísima se durmió o murió. Y entonces los apóstoles la sepultaron en un sepulcro hermoso, clausuraron la tumba, y cuando llegó Tomás, dijo: no es posible, ¿por qué no me esperaron?, ¿por qué pusieron a María en el sepulcro antes de que yo llegará?, y entonces los apóstoles decidieron abrir el sepulcro, y para la gran sorpresa de todos el olor que despedía el sepulcro era perfume de rosas. Y esta es una historia del siglo primero, y es una historia que nos dice; que cada vez que María Santísima se presenta es con un mensaje de paz y con un mensaje de hermosura, estamos aquí para celebrar el misterio de las rosas.

Yo creo, que nosotros que hemos peregrinado hasta este Santuario tenemos muchas deudas con nuestro cristianismo. Hemos resuelto nuestras dificultades de una manera violenta. La historia antigua que acabo de contar, nos dice; que, María Santísima premio el amor de Tomás con rosas, con perfume de rosas, con flores. Nosotros sabemos que todos los problemas humanos no se resolverán con violencia, se resolverán en la medida en que nosotros vivamos el misterio callado y silencio de María Santísima que es mostrarse con perfume de rosas, mostrase con ramo de rosas.

Cada vez que nosotros vamos a la Iglesia llevamos flores. Porque, cuando vayamos a visitar a nuestros amigos llevarles también flores, tal vez sea una manera sencilla, ingenua tal vez de solucionar los problemas, de vivir de alguna manera el misterio de María Santísima en medio de nosotros.

Hermanos, estamos aquí porque somos hombres y mujeres de fe, estamos aquí porque queremos reencontrarnos como personas, como cristianos, como miembros de una comunidad cristiana, que anhela la presencia del Señor en sus días.

Yo creo que, nosotros hoy tenemos que volver a nuestra diócesis con ese mensaje renovado de María Santísima, que nada nos preocupe. El Señor nos ha mandado ese rostro hermoso de María Santísima, que nosotros nos sintamos cobijados por el gran amor de Dios, a través de ese rostro moreno de Nuestra Señora de Guadalupe. Tenemos mucho camino por delante, y ese camino lo seguiremos andando de la mano de María Santísima, necesitamos transformarnos en factores de paz y no de violencia, que el Señor nos conceda esa grande gracia.

Yo los invito a todos ustedes para que en un momento de silencio fijando nuestros ojos, en ese lienzo hermoso de la Morenita del Tepeyac le abramos nuestro corazón, le hablemos de nuestro sufrimiento, le compartamos nuestros anhelos, nuestros planes, nuestros deseos de ser mejores, nuestros deseos de ser siempre factores de paz y de unidad.

 
 
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