Versión estenográfica
de la
Homilía
pronunciada
por Mons. José Isidro Guerrero Macías, Obispo de la Diócesis de Mexicali,
en ocasión de la peregrinación de la Arquidiócesis
de Tijuana, y las Diócesis de Mexicali y La Paz, a la Basílica
de Guadalupe.
Presidió
Mons. Miguel Ángel Alba Díaz, Obispo de la Diócesis de La Paz.
Concelebró Mons. Rafael Romo Muñoz, Arzobispo de la Arquidiócesis
de Tijuana y Mons. Sigifredo Noriega Barceló, Obispo de la Diócesis
de Ensenada.
17 de julio de 2008
Sin
temor a equivocarme puedo decir: la Santísima Virgen
María ha estado con nosotros en nuestro camino desde el día que
decidimos venir a visitarla, siempre atenta a sus hijos. Ella
es quien nos ilumina para llevarnos a su Hijo.
Quiero
decirle, a mi hermano en el episcopado, al arzobispo Rafael Romo
Muñoz que su pueblo que lo acompaña, es un pueblo único en medio
de tantas vicisitudes. Que haya alegría, que haya fe y esperanza
en esta Arquidiócesis de Tijuana. Es para aplaudir, decirle a Dios
y a la Virgen de Guadalupe: ¡Gracias por protegernos con tu manto
guadalupano!
Decirle
a mi hermano Sigifredo Noriega Barceló, que en su juventud siendo
una diócesis con un año de haberse erigido y desglosado de la Arquidiócesis
de Tijuana, es una diócesis pujante, llena de sueños, llena de alegrías,
llena de esperanza, porque están ustedes los que viven en esta diócesis,
que es una diócesis, la de la esperanza. Teniendo un obispo como
Sigi van a lograr muchos sueños y muchos ideales, porque él es norteño,
alegre como ustedes.
Decir
a nuestro obispo de La Paz, a Miguel Ángel Alba Díaz, que su espíritu
misionero y que su transparencia y su palabra que expresa por sus
labios siempre convence, porque Miguel Ángel es un sacerdote y un
obispo enamorado de Dios. Gracias Miguel Ángel por tus carismas
que nos hacen vibrar de gran emoción, hoy que presides nuestra Eucaristía.
Y tenemos la visita especial del Secretario de la CEM, un obispo
muy joven, Leopoldo González, es obispo auxiliar de Guadalajara.
Pero, pues, Dios lo llenó de gracias, y como es muy generoso dice:
el día que acepto ser secretario del Episcopado. Tú me das todo
Señor acepto, pero ayúdame. Leopoldo por tu presencia, nuestra gratitud.
Mexicali,
una diócesis que está bajo el nivel del mar y con climas muy especiales.
Este año nada más hemos tenido, creo que la máxima fue 51, pero
ahí están los corazones bien unidos al amor de Dios. Gracias por
su presencia y el esfuerzo de venir peregrinando de estas tierras
bajacalifornianas en donde el agua rodea nuestra península, siendo
el agua la presencia de vida, del amor de Dios.
Hermanos
sacerdotes, que nos acompañan, religiosas, seminaristas, pueblo
de Dios. Quiero compartir con ustedes, hijos, que hace 52 años un
niño, un niño de 6 años, en aquel templo junto a su madre y dos
hermanos, le decían: quiero ser feliz. Consejo de mamá, sí allí
estaba yo, muy pequeño, pequeño diciéndole a la Santísima Virgen
María: quiero ser feliz. Era un consejo de madre, pero nunca me
imaginé que un día yo estaría como sacerdote a sus pies, mucho menos
como episcopo. Por eso hoy quiero decirle a la Santísima Virgen
María que en mi vida ha hecho un gran milagro, ha hecho un prodigio
maravilloso y por eso es la Virgen, la Virgen por quien se vive.
La Madre de Dios que ama tanto a sus hijos. Que tal si yo no le
hubiera dicho quiero ser feliz; a lo mejor me hubiera concedido
gracias especiales o diferentes, pero me concedió ser sacerdote
y hoy indignamente obispo de Mexicali. También, ustedes díganle
hoy a la Santísima Virgen María: quiero se feliz, y Ella se encargará
de lo demás. Esa es mi vivencia que quiero compartir antes de meditar
en voz alta, lo que la Santísima Virgen María ya sabe. Ya sabe que
en cada uno de nosotros hay un templo, que la venera con ese título
de hiperdulía con que la Iglesia designa a la veneración a la Madre
de Dios y Madre nuestra. Pero hoy queremos sentirnos escuchados
por la Virgen, Ella ya lo sabe. Pero queremos compartir esa dicha
de sentirnos escuchados para volvernos a las tierras, ya no hay
tierras lejanas cuando hay amor todo es posible. Y cuando hay el
amor a María todo se ilumina.
Nosotros
como muchos otros cristianos a lo largo de más de 450 años venimos
a este lugar confiados en una promesa de amor. Los pocos pasajes
que encontramos en los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles,
que hacen referencia a María, la Madre de Jesús, trazan con sencillez
el temple y el carácter de una mujer de fe. Un esposa constante
en la fidelidad, una madre asidua en el amor. Aún con ese poco cautivó
desde el primer momento a la cristiandad y se le concedió el cariño
a su persona en la Iglesia Universal. Y este amor a María, esta
búsqueda de conocerla más, para amarla más, va consolidándose e
incluso aumentando de generación en generación. Haciéndose eco de
la palabra profética del Magnificat, todas las generaciones me llamaran
Bienaventurada. Pero no hubo una manifestación tan grande y llena
de sentido, tan llena de su amor, como la que sucedió por estos
rumbos, en el Cerrito del Tepeyac en diciembre de 1531, cuando apareció
frente al indio Juan Diego una mujer radiante como el sol, con la
luna a sus pies, portadora en su seno de una nueva vida. En su esplendor
de dirige como una Madre amorosa: Juanito, el más pequeño de
mis hijos, el más amado de mis hijos ¿A dónde vas hijito? y
prosigue ¿no soy la siempre Virgen María, Madre del Verdadero
Dios por quien se vive? Deseo que se me erija aquí un templo para
en el mostrar y dar todo mi amor y comprensión, auxilio y defensa,
pues yo soy su piadosa Madre. Quiero oír sus lamentos y remediar
todas sus miserias, penas y dolores. Es muy conocido por nosotros
el relato, en la cuarta aparición, ante la necesidad de Juan Diego
de su tío enfermo, al filo de la muerte. Va muy de mañana en busca
de un sacerdote, dada la urgencia, toma otro camino para no encontrarse
con Santa María y detenerse, pero Ella le sale al encuentro y le
replica con amor: “¿no estoy Yo aquí que soy tú Madre? ¿Acaso
no soy yo tu alegría?” Llena de confianza lo envía con la señal
esperado por el obispo y entre rosas pintada nos dejó su estampa
para siempre.
En
la quinta aparición sanando de su enfermedad a Juan Bernardino,
tío de Juan Diego. Nos dejó su nombre: Guadalupe. María nos sigue
invitando a la conversión y va a nuestro encuentro como lo hizo
con Juan Diego. Sí, María nos sigue invitando a la conversión y
la conversión empieza aquí adentro y hoy no allá, ni mañana. La
conversión empieza dentro de nosotros. Sí, esta conversión es el
ideal de María de tener a su Hijo en su corazón.
Virgen
Santísima de Guadalupe, Morenita linda que tienen tus ojos que cautivan,
quien puede dirigirte la mirada sin abrirte el corazón. Mis hermanos
obispos y todos ustedes hijos de la región de la provincia de Baja
California, Tijuana, Ensenada, La Paz y Mexicali venimos desde muy
lejos a tu casita del Tepeyac. Venimos de un México distinto, pero
al mismo tiempo igual. Tu pueblo tiene hambre de tu Hijo, de nuestro
Señor Jesús. Virgen de Guadalupe líbranos día a día de esta batalla,
para defender la vida desde su concepción hasta su muerte natural.
Nuestras
familias sienten cada vez más el peso del vacío y la soledad, que
deja la búsqueda, por resolver sus necesidades, preocupándose por
las cosas materiales. Hoy nuestros jóvenes se sienten solos. Hoy
el joven camina y camina sin sentido, muchos de ellos no tienen
esperanzas, ellos han muerto, no tienen la alegría de la vida.
Virgen
de Guadalupe por todos los rinconcitos de México nos hemos manifestado
a favor de la vida, a favor de la familia. El invento perfecto de
tu Hijo, en donde la familia experimentamos la presencia y la existencia
de Dios. Es ahí, en la familia, donde están las pruebas más contundentes
de que Dios existe; de que el amor del Padre en su Hijo y en el
Espíritu Santo se palpita y se siente. Ilumina nuestros pasos. Ilumina
a nuestras autoridades, a quienes han recibido la autoridad de lo
alto y que el pueblo mexicano ha dicho sí. Ilumínalos para que la
familia sea la catedral y el recinto en donde se canten las alegrías
y las glorias que Dios ha hecho con tanto amor para nosotros sus
hijos que tanto ama.
Señora
del Cielo acudimos a ti como niños pequeños, niños que se abrazan
al regazo de su madre ye encuentran el calor y la seguridad de madre,
que arda en nosotros el espíritu de tu Hijo, que recorremos el valor
para anunciar la verdad y que no nos avergoncemos de ser testigos
del amor de Dios. Que triste el que se avergüencen del amor de Dios,
por eso Virgen de Guadalupe tú todo lo sabes; todo lo entiendes;
todo lo llevas a tu corazón. Haznos sentir hoy en nuestra peregrinación
que somos escuchados y atendidos por tu intercesión ante el Padre
Celestial y ante tu consentido tu Hijo que Dios la vida por nosotros.
Virgencita
de Guadalupe, tu sabes cual es la enfermedad de la post-modernidad,
no es el cáncer, no es el sida la enfermedad de la post-modernidad
es la ausencia de Dios. La ausencia de Dios que la sociedad interpreta
y dice con otras palabras: adicciones, desintegración familiar,
corrupción de los cuerpos policíacos, mal uso de los derechos y
de la autoridad que se delega a quienes se elige para dirigir y
gobernar. La descomposición de la sociedad, miles de títulos como
el nihilismo,
que aniquila todo y destruye todo. Destruye a Dios y a nuestros
padres y la trascendencia: tú pide lo que quieres, elige lo que
tú quieras.
Virgencita,
tú lo sabes, haznos sentir en nuestra partida que tú de una manera
explícita sentiremos tu intercesión. Queremos ver niños reír, jóvenes
cantar, matrimonios enamorados, sacerdotes entregados, misioneros
sin cheques ni horarios. Queremos ver obispos, pastores, que van
delante de su pueblo como testigos del amor de Dios.
Virgencita
de Guadalupe hace 52 años vine por primera vez, pero tú lo sabes,
y quiero recordarme, vine seis veces a verte, seis años, todos los
años, con mamá y mis dos hermanos. Y veníamos, y al ver a nuestra
madre llorar, llorábamos también nosotros los niños, de grande entendí
porque lloraba. Y hoy me siento tan complacido, tan seguro, tan
lleno de Dios. Quiero invitarles a todos ustedes a que crean que
los milagros sí existen cuando uno se abandona a Dios.
Tenemos
ese culto de la hiperdulía con un amor infinito a la Virgen la Madre
de Dios por quien se vive.
Peregrinos
de las Californias Norte y Sur ¿qué haríamos sin ustedes? ¿qué haríamos
sin su testimonio? Existiera un obispo, pero un pastor lo hacéis
vosotros. Vosotros hacéis los pastores, que escuchan la voz de quienes
los guían. Pidan por nosotros, por nuestros hermanos sacerdotes
para que juntos construyamos en aquella región, en aquellas provincias
de las californias la gloria de Dios.
Que
Dios les bendiga y que hoy le digamos a la Virgen de Guadalupe:
quiero ser feliz.
Así
sea.