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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Emilio Carlos Berlie Belaunzarán, Arzobispo de la Arquidiócesis de Yucatán, en ocasión de la peregrinación de su arquidiócesis a la Basílica de Guadalupe.

12 de julio de 2008

Muy queridos miembros del presbiterio, saludo de manera muy especial a los que tienen más años en el trabajo ministerial. Los que están celebrando algún aniversario. Los que a lo largo de los años, como don Alfonso, han traído siempre a la peregrinación, el padre Basto, el padre Luis Espíndola, pues, todos los que con mucho esfuerzo, pero siempre han animado a los fieles para que vengan. Qué bonito que de diferentes lugares de la arquidiócesis, no obstante los sacrificios, los esfuerzos vengan. Como se dice: Cuando hay amor no pesa. Cuando hay amor los sacrificios no pesan.  

Entonces, yo creo que eso es lo que le queremos decir a la Santísima Virgen, que le tenemos mucho cariño y que por lo tanto los sacrificios que hay que hacer, pues, no nos pesan, porque se hacen con cariño. Esto lo aprendí de una señora muy sencilla de una zona agrícola de mi tierra, Aguascalientes. Le pregunté: ¿cómo le va con sus hijos? por dialogar un momentito, y me respondió: Pues, mire padrecito, muchos sacrificios, pero no me pesan porque son mis hijos. Qué bonito.

Realmente cuando hay un verdadero amor los sacrificios no pesan, porque el amor lo compensa y lo sobrepasa todo. Así que ese es el mensaje de nuestra presencia, esta luminosa mañana, que como todos los años el 12 de julio, que nos toca venir aquí, según la programación que tiene la Basílica de Guadalupe que venimos con tanto entusiasmo, con tanto gusto venimos como embajadores del millón seiscientos cincuenta mil católicos que se quedan por allá en Yucatán. Así es que cada uno de nosotros, siéntanse embajador de sus hermanos, tanto para traerle sus saludos a la Virgen, porque así es un embajador tiene que traer lo saludos a la Virgen; como llevarles las bendiciones de la Santísima Virgen María.

Vamos, ahora, a empezar nuestra reflexión, en la fidelidad de hijos muy agradecidos, cumplimos un año más de peregrinar hasta los pies de la Santísima Virgen María en su advocación de nuestra Señora de Guadalupe en el día fijado, como todos los años, para este encuentro de los hijos de la Arquidiócesis de Yucatán con la Emperatriz de América. Que bueno que no obstante todas las dificultades pudieron acomodar sus compromisos y tareas de la  vida ordinaria, para poder realizar el largo trayecto y llegar hasta el cerro del Tepeyac con sus corazones agradecidos y suplicantes. Dejemos ante la tilma milagrosa nuestras súplicas y oraciones a nuestra Madre del Cielo.

Un servidor, en particular, quiero darle gracias a la Santísima Virgen María, porque siempre he sentido su intercesión benevolente. Imagínense me bautizaron el 12 de diciembre, así es que la providencia de Dios quiso ponerme bajo el amparo y protección de la Virgen María. Mi bautismo o sea mi inserción a la Iglesia Católica se llevó acabo un 12 de diciembre. Este año estoy dando gracias por veinticinco años de ministerio episcopal que el Señor ha querido regalarme: doce en la Diócesis de Tijuana y trece en la Arquidiócesis de Yucatán.

Todos llevamos en el corazón muchas ventajas recibidas por la maternal intercesión de Ella y en silencio profundo pidámosle perdón por las veces en que no hemos querido estar a la altura de su inigualable bondad. Las personas, decía recientemente el Papa Benedicto, necesitan hoy ser llamadas de nuevo al objetivo último de su existencia; reconocer que en su interior hay una profunda sed de Dios. Necesitamos, decía el Santo Padre, tener la oportunidad de enriquecernos con el pozo de su amor infinito, porque es fácil ser atraído por las posibilidades casi ilimitadas que la ciencia y que la técnica nos ofrecen. Es fácil cometer el error de creer que se puede conseguir con nuestros propios esfuerzos saciar esas necesidades tan profundas del corazón humano, esta es una ilusión. Sin Dios, el cual nos da lo que por nosotros mismos no podemos alcanzar, nuestras vidas estarían vacías. Necesitamos ser llamados continuamente a cultivar una relación personal con Jesús, que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.

Nosotros desde siempre hemos honrado a la Virgen María Santísima con el título de Madre de Dios, porque expresa muy bien la misión de la Virgen María en la historia de la salvación. Todos los demás títulos atribuidos a la Virgen se fundamentan en su vocación de Madre del Redentor a la criatura humana elegida por Dios, para realizar el plan de la salvación centrado en el gran misterio de la encarnación del Verbo Divino. Todos sabemos que esos privilegios le fueron concedidos a la Virgen, no para alejarla de nosotros, sino para que pudiese estar más cerca. También, el puesto único e irrepetible que María ocupa en la comunidad de los creyentes deriva de esa vocación fundamental: ser la Madre del Redentor, ser la Madre de Jesucristo. Y precisamente por ser Madre de la Iglesia, la Virgen es también Madre de cada uno de nosotros, que somos miembros de la Iglesia, del Cuerpo Místico de Cristo. Desde la cruz Jesús encomendó a su Madre a cada uno de sus discípulos y al mismo tiempo encomendó a cada uno de sus discípulos al amor de su Madre.

San Juan concluye el breve y sugestivo relato con las palabras: “y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”, es decir: la acogió en su propia realidad, en su propio ser, forma parte de su vida y las dos vidas se compenetran. Por tanto en el momento supremo del cumplimiento de la misión mesiánica Jesús deja a cada uno de sus discípulos, como herencia preciosa, a su misma Madre la Virgen María.

Ahora bien, hermanos, pasando a otro aspecto; todos recordamos que hace unas semanas celebramos en Mérida, con la presencia del Señor Nuncio Apostólico, la clausura de nuestro V Congreso Eucarístico Diocesano. Y que después en los días del pasado mes de mayo en Morelia tuvimos el IV Congreso Eucarístico Nacional cosa que nos dio muchísimo gusto y que fue muy hermoso. Y hace un mes, también, en Québec, en Canadá se vivió el XLIX Congreso Eucarístico Internacional.

La Eucaristía es el sacramento de Dios, que no nos deja solos en nuestro camino, se pone a nuestro lado, nos indica la dirección. Todos somos un poquito, como los discípulos de Emaús que necesitaban oír la interpretación de los acontecimientos de la pasión y reconocer a Jesús en la Eucaristía, para luego volver a integrase a la comunidad. Yo siempre repito mucho eso: espiritualidad a la gratitud, que se transforme en espiritualidad de la comunión y que se transforma en espiritualidad de la fraternidad. La gratitud, la comunión y la fraternidad son exactamente el misterio de Emaús. Porque aquellos discípulos volvieron a sus hermanos, fíjense que bonito, por eso esas tres dimensiones hay que subrayarlas mucho en nuestras vidas comunitarias: gratitud, comunión, fraternidad.

Nos postramos ante un Dios que ha bajado en primer lugar hacía el hombre: como el buen samaritano para socorrerle y volverle a dar la vida. Que se ha arrodillado ante nosotros, para lavar nuestros pies sucios e invitándonos así al perdón y a la reconciliación. Adorar el cuerpo de Cristo, quiere decir, creer en ese pedacito de paz está real y verdaderamente presente Cristo, quien da verdaderamente sentido a la vida; al inmenso universo y a la más pequeña criatura y a toda la historia humana y aún la más breve de las existencias. La adoración al Santísimo es una oración que prolonga la comunión eucarística, en la que el alma sigue alimentándose. Se alimenta del amor, de la verdad, de la paz, se alimenta de la esperanza, pues, Aquel ante el cual nos postramos no nos juzga, no nos aplasta, sino que nos ama, nos libera y nos transforma.

Por eso veo con tan buenos ojos, y ojala que se sigan multiplicando las capillas de adoración permanente al Santísimo. Hay doce parroquias que tienen capilla de adoración permanente al Santísimo. Y esa adoración la llevan personas civiles, personas seglares, doce parroquias veinticuatro horas sobre veinticuatro, trescientos sesenta y cinco días sobre trescientos sesenta y cinco días. Qué bonito que tenemos doce faros, verdad, muy bonito de esa luz indeficiente de adoración al Santísimo Sacramento.

Una palabra ahora sobre el Santo Rosario. Todos nosotros conservamos el inapreciable tesoro de esta plegaría tan querida por la Virgen María, como olvidar la oración del Rosario en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestras calles, en nuestras parroquias. Hoy, juntos confirmamos que el Santo Rosario no es una práctica piadosa del pasado, como oración de otros tiempos, en los que se podía pensar con nostalgia. El Rosario está experimentando una nueva primavera. No cabe duda, que éste, es uno de los signos más elocuentes del amor, que las generaciones jóvenes sienten por Jesús y por su Madre la Virgen María. En el mundo actual tan dispersivo, esta oración ayuda a poner a Cristo en el centro como hacia la Virgen, que meditaba en su corazón todo lo que se decía de su Hijo y también lo que Él hacia y decía. Fíjense, ese grande convertido, que se convirtió a la Iglesia Católica en 1986 Scott Hahn, ese gran convertido. Antes convertirse dice que rezaba diario el Rosario, lo dice en ese libro tan bonito que se llama Roma, dulce hogar. Imagínense que cosa tan bonita, él rezaba el Rosario sin todavía haberse convertido para pedirle a la Virgen que le ayudara en su conversión, fíjense que cosa tan hermosa.

Cuando se reza el Rosario se reviven los momentos importantes y significativos de la historia de salvación; se recorren las diversas etapas de la misión de Cristo con María el corazón se orienta hacia el misterio de Jesús; se pone a Cristo en el centro de nuestra vida, de nuestro tiempo, de nuestras ciudades, mediante la contemplación de la meditación de sus santos misterios, gozo, de luz, de dolor y de gloria.

Que María nos ayude a acoger en nosotros la gracia que precede estos misterios, para que a través de nosotros pueda difundirse a la sociedad y a partir de las relaciones diarias y purificarlas de las numerosas fuerzas negativas abriendo de para en par el corazón a la novedad de Dios. Cuando reza el Rosario de modo auténtico y no mecánico y superficial, nos trae grande paz y reconciliación. Encierra en sí la fuerza sanadora del nombre santísimo de Jesús invocado por fe y con amor en el centro de cada Ave María. Sobre el trasfondo de las Aves Marías, afirmó el inolvidable Juan Pablo II, se va poniendo en las manos de la Madre de Dios y Madre nuestra todo aquello que embarga la vida del individuo, de su familia, de su nación, de la Iglesia, de la humanidad, las experiencias personales y del prójimo. Sobretodo a las personas cercanas o que llevamos más en nuestro corazón o que tienen mayor necesidad. De este modo la sencilla plegaría del Rosario sintoniza con el ritmo de la vida humana. (Hasta aquí las palabras de Juan Pablo II).

Y ahora una palabra a favor de la vida. Por otra parte nuestro pueblo tiene derecho a una vida plena, propia de los hijos de Dios, con unas condiciones cada vez más humanas, libres de las amenazas, del hambre y de toda forma de violencia, por esta razón los obispos de México consideramos que es nuestra obligación fomentar una cultura de servicio a la vida. Don maravilloso que Dios nos ha entregado y que los católicos y creyentes hombres y mujeres de buena voluntad estamos llamados a cuidar, proteger y depender.

Los obispos pensamos que el respeto por la vida del ser humano debe comenzar en el momento de la concepción y continuar hasta su muerte natural. Como pastores agradecemos y alentamos las manifestaciones de la vida y pedimos a todos que continúen con ánimo e intensifiquen su trabajo en la formación de las conciencias, que valoren, respeten y promuevan la vida. La Iglesia está convocada a ser abogada de la justicia y defensora de los pobres y de los más indefensos. La Iglesia que formamos todos los bautizados no puede, ni debe quedarse al margen de la lucha por la vida y por eso gozosamente nos preparamos a ese encuentro mundial de las familias en enero del año que entra, que se llevará acabo aquí en la Ciudad de México y que ya todos estamos en ese camino de preparación, de expectativa, de estudio, de reflexión y de plegaría. En sintonía con Sydney 2008 y el Año de San Pablo finalmente mi pensamiento va hasta Australia a donde hoy está llegando el santo Padre Benedicto XVI, hoy  12 de julio.

En Sydney tendrá lugar la XXIII Jornada Mundial de la Juventud. El próximo martes 15 está prevista la fiesta de acogida de los jóvenes y el 19 tendrá lugar la gran Vigilia y el domingo 20 la Celebración Eucarística, momento culminante y concluyente del acontecimiento. Invito a toda la arquidiócesis a sentirse participe de esta nueva etapa de la grande peregrinación de los jóvenes a través del mundo iniciada en 1985 por el Siervo de Dios Juan Pablo II. Hemos iniciado en todo el mundo además, por deseo explícito del Papa, el Año de San Pablo. Que cada día nos esforcemos en conocer este apóstol excepcional y nos dediquemos a meditar y asimilar sus enseñanzas.

Conclusión:

¡Oh María llena de gracia! Preservada de todo pecado desde el primer instante de tu concepción. Abogada de gracia y ejemplo de santidad intercede por nosotros ante tu Hijo para que sepamos ser santos e irreprochables a sus ojos por el amor. Que sepamos acoger y celebrar el don de la vida humana de la propia y la de los demás desde su concepción hasta su término natural.

Madre de Guadalupe que descendiste para entregarnos a tu Hijo, que te has dado como Madre y nos acoges en tu regazo, derrama sobre nosotros, recíbenos, todo tu amor, tu compasión, tu auxilio y tu defensa. Ayúdanos a escuchar a tu hijo Cristo Jesús, a seguirlo como discípulos perseverantes y anunciarlo como ardorosos misioneros. Con tu intercesión queremos profundizar nuestra fe, buscar el progreso de nuestra patria por caminos de justicia y de paz.

María, Madre buena, queremos caminar contigo, crecer cada día en la esperanza, que nos lleva a vivir cada día en tu presencia para celebrar gozosos el fruto bendito de tu vientre Jesús.

Amén.

 
 
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